Hablar de 50 religiosos asesinados en Colombia en la última década (en un promedio de cinco por año) resulta, además de escalofriante, motivo de inquietud sobre qué tan garantizada está su seguridad y qué tan respetada es su palabra por los actores armados ilegales y por la delincuencia común.
Sacude la memoria, por ejemplo, traer al presente el recuerdo de Monseñor Isaías Duarte Cancino, arzobispo de Cali, asesinado en marzo de 2002, y cuyo crimen aún no ha sido esclarecido en cuanto a sus autores intelectuales. Impunidad es otra lamentable situación que arrastra esta ola de muertes.
Con mucha valentía, Monseñor Juan Vicente Córdoba, Secretario General de la Conferencia Episcopal Colombiana, le dijo a este diario que de aquellos ataques muchos se cometieron por el compromiso que mantienen los pastores con sus comunidades, tan vulnerables a las acciones de los actores armados ilegales en las calles y los campos del país.
Aunque esta cifra de asesinatos indigna y conmueve, por el caro servicio que les prestan sacerdotes, monjas y seminaristas a los colombianos, en los testimonios recogidos se descubre que la gran preocupación es la de ellos por sus feligreses, atormentados por los desmanes y arbitrariedades de los violentos.
"Esta es la consecuencia -advirtió Monseñor Córdoba- de una opción de trabajar en la Iglesia al lado de un pueblo que es su rebaño (...) el pastor debe estar con sus ovejas. No puede huir ni salir corriendo ni evitar los problemas. Una cosa es ser prudente y otra cobarde". ¡Qué voz tan íntegra y firme!
No queremos ver que graviten amenazas ni que caigan agresiones sobre los religiosos del país, ni los católicos ni los de otros credos. Ellos son, para nosotros, una oportunidad de paz y de refugio espiritual que no pueden ser callados por quienes están por fuera de la ley. Oramos por su suerte y reclamamos de las autoridades pronta acción para protegerlos.
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