Comuna 13 Medellín

  • Medellín, 1 de septiembre de 2014
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Aun sin balas, el temor persiste en la comuna 13

En esta zona del occidente de la ciudad mermaron las balaceras, pero otras prácticas de los combos siguen sometiendo a la población.

Por Javier Alexander Macías | Medellín | Publicado el 20 de abril de 2013

Las calles ladeadas, intrincadas, que en ocasiones se cruzan abruptamente unas con otras, y se cierran, y llevan a muchas y a la vez a ninguna parte, hacen de la comuna 13 —San Javier— un laberinto amarrado a la montaña.

En ese laberinto vive Martha. No recuerda hace cuánto, pero sí sabe con certeza que a punta de gruesas gotas de sudor le tocó adaptarse a subir largas filas de escalones deformes, disparejos. Hace poco menos de dos meses, esos callejones en los que su respiración se atasca, se quedan solos antes de las 10 de la noche. Un toque de queda los hace un lugar desértico, donde la ley, pese a la presencia del Ejército y de la Policía, tiene también otro nombre: los combos.

Encubre su voz gruesa detrás de las cortinas, entre un tenue rayo de luz que ilumina su ojo y le parte el labio, y cuenta que la orden de mantenerse en las viviendas viene de “los Conejos”, uno de los combos que ha librado una guerra en el sector que habita. Ella corre presurosa a cumplir el mandato —ni que fuera boba— dice.

Jhon, el hermano menor de Martha, desapareció en noviembre de 2002, un mes después de que la comuna 13 fuera retomada entre balas y helicópteros por 1.500 hombres de la Fuerza Pública en una operación llamada Orión, que terminó con las milicias de las guerrillas asentadas en esas laderas.

—Ahí hubo ayuda de paramilitares, lo juro por mi madre—, dice la mujer hostigada, ajada por los años. Su hermano, sobreviviente de tantas guerras en esos laberintos, desapareció un miércoles a las 10:00 a.m. cuando iba para el centro a vender legumbres que vociferaba por un improvisado parlante en una carreta de madera. Así lo cuenta ella.

Desde la terraza de su casa, mientras colgaba la ropa recién lavada para secarla, vio que hombres encapuchados se llevaron a Jhon por uno de los callejones. “Corrí hasta que los alcancé. Les pregunté qué pasaba con él y me dijeron que por la tarde regresaría. Entonces, me pegué del brazo de uno de ellos y este me puso un revólver en la cabeza y me dijo qué me devolviera o ahí mismo me moría”. Martha regresó, pero por Jhon siguen las velas y las oraciones que suplican al cielo su retorno.

Poco ha cambiado
Las últimas noches en la comuna 13 son sosegadas. Solo se siente el crepitar del viento entre los techos de latón de las casas, unas casi encima de las otras. Hace dos semanas las balas no truenan en los morros, y Martha no duerme en el suelo ni pone un colchón sobre su hijo para blindarlo en caso de que los proyectiles entren por las paredes de su rancho.

Su “bebé” tiene seis años. Esta mujer delgada no le permite salir a la calle después del asesinato de dos menores de edad por un combo; incluso contar los huecos de balas en el techo o meter los dedos en los agujeros de las paredes se ha convertido en el pasatiempo preferido del niño.

En el barrio donde vive Martha, prácticas subrepticias de los combos armados pululan entre la estrechez de los escalones, que en las noches son matizados con un color marrón por el haz de luz de las lámparas callejeras.

En manos de “los muchachos” hay una lista de mujeres del sector “que las van a motilar porque las han visto con los policías y para ellos eso es traición o ‘sapeada’ y no les gusta. Hay otras que se hacen con los del otro combo y antes estaban con los de acá y eso tampoco les gusta”.

Para evitar la trasquilada de las bandas, Maritza no sale de su casa. Lleva 17 días enclaustrada en el último cuarto, evadiendo las tijeras de los que mandan 10 cuadras alrededor de su hogar, acabando el hastío de la espera y el temor con unos audífonos y vallenatos hasta que sus oídos no soportan ni la espuma del auricular.

“Ya no se qué hacer. No puedo ni ir a la tienda. A veces quisiera salir pero los veo rondar, se hacen al frente de mi casa, me gritan cosas”. La mala experiencia de Maritza se trasladó a sus noches, en las que sueña, una y otra vez, que su cabeza es rapada por muchachos con los que vivió su infancia.

En su casa mira constantemente hacia la puerta; piensa en la universidad donde su nombre ya tiene diez cruces en la lista de asistencia. —Nos vamos a ir. Es que estar encerrados no es vida para nadie— dice Nora, la madre de Maritza, anegada en lágrimas y temores.

Entre vacunas y fronteras
Los ojos verdes de un gato siguen la sombra espectral de dos mininos agazapados en el callejón. Hace una hora dos disparos alteraron el silencio del barrio El Salado. Los tiros fueron hechos a las lámparas para dejar a oscuras el zaguán y mimetizar a 30 muchachos que hacen parte del combo.

Los números de las puertas de sus casas fueron quitados por ellos para evitar que lleguen las notificaciones de procesos judiciales. El sonido de dos disparos alertó a Jorge quien cerró presurosamente su puerta, cuyo golpe alebrestó a los perros de su cuadra y a los lejanos que dormían en las azoteas oscuras. Hacía 30 minutos uno de los “muchachos” le cobró la cuota: dos cervezas para él y su compañero y 20 mil pesos que entregó en billetes de 10 mil, cinco mil y mil.

—Por acá le cobran vacuna hasta al que vende aguacates-, explica. Lleva dos meses con el negocio y ya piensa en venderlo, porque no aguanta la cobradera de los ‘pelaos’ que ven en la extorsión el nuevo combustible para la guerra librada esquina a esquina. Buseros, taxistas, tiendas y vendedores ambulantes hacen parte del abanico de posibilidades en los que los combos ponen, en su orden, la cuota, la amenaza, el desplazamiento, el balazo o el muerto.

“Hasta la Iglesia han ido a pedir un porcentaje de las limosnas. El cura de por acá porque es parao y antes les dice que respeten la casa de Dios y no les da nada, sino ya se la hubieran montado y no hay quien se los baje”, cuenta un ‘pelao’ cuyos ojos rojos delatan la marihuana que ha consumido.

Los militares lo señalan como un campanero que grita “¡Laura!” para delatar la presencia de la Policía o del Ejército. Pero él se defiende y afirma que es un estudiante, pero no precisa de qué. Al momento de la alarma, del grito, todo lo ilegal desaparece entre huecos, caletas en casas de madera, zaguanes y alcantarillas.

Martha dice que su comuna es estigmatizada. Que ahora está tranquila. —Pero los muchachos de allá no pueden pasar para acá ni los de acá para allá—, y señala la cancha, una de las llamadas fronteras invisibles del barrio.

Uno de esos días calurosos, en los que servir tazas de café y atender “dotores” por 12 horas dejó exhausta a Carla, hermana de Martha, el bus de regreso a casa la arrulló y terminó en el barrio de al lado. Dos muchachos flacos, con un incipiente mostacho le dijeron que ella era del otro lado. Así que la bajaron a patadas del bus y con un revólver apuntándole a la cara la sentenciaron a no volver a verla por ese barrio.

“Está tranquilo —reitera Carla— pero si usted va a venir tiene que avisar para uno ir hasta un sitio y que lo vean con uno, si no, le caen y uno no sabe qué pueda pasarle”. Así le sucedió al vendedor de arepas. Cuentan que un día se metió al callejón indebido y no volvió a saberse de él.

Las reglas ilegales impuestas por combos de muchachos que en ocasiones no pasan de 15 años, van desde llevarse mercados sin pagar de las tiendas, hasta obligar a los que tienen droguerías a entregarles medicamentos costosos. “Ellos mandan por uno para que les ponga inyecciones o les cure incluso heridas de bala. Lo suben hasta el barrio porque no pueden bajar. Si pasan una línea imaginaria, se mueren”, afirma el dueño de una de las droguerías.

Una pintura de lucecitas
Diariamente un nuevo habitante de la comuna 13 le arranca un pedazo a la montaña. Los ranchos se aferran al morro. Las luces titilantes de las casas evidencian en la noche que cada vez se llega más alto.

Al salir, se deja un terruño de casas apiñadas con mares de cables y antenas sobre callejuelas en las que se acumulan cerros de basuras en las esquinas. Las aceras rezuman orines de perros. Los muchachos armados siguen en la penumbra.

Las últimas noches tienen un sino de calma, aún así, disparos esporádicos retumban y los habitantes ya reconocen los sonidos de los cañones.

—Eso fue un 38, o eso fue un fusil— explica José, tío de Martha. Pese a las fronteras, las extorsiones, las amenazas y los homicidios, en ese conglomerado de casas de ladrillo y niños que juegan en las calles, donde jóvenes se esconden o caminan agachando la cabeza, la gente aún levanta la mano para saludar cuando se pasa de largo por ese laberinto amarrado a la montaña.

En definitiva

La presencia de la Policía y del Ejército en la comuna 13 ha llevado a que las balaceras en ese sector de la ciudad disminuyan. Pero el miedo persiste por los combos en los barrios.

LA MICROHISTORIA

RESISTENCIA PACÍFICA DE LOS ARTISTAS

A pesar de los altos índices de criminalidad y presencia de combos delincuenciales que la azotan, la comuna 13 se destaca por albergar varias organizaciones artísticas y culturales muy reconocidas en la ciudad. Entre las que sobresalen están Son Batá, La Élite y C15, las cuales a través de la música, en especial el rap, resisten los embates de la violencia y transmiten mensajes de convivencia que tienen aceptación en la comunidad.

Como ejemplo de resistencia pacífica, estos grupos de artistas y raperos fueron los gestores de un festival anual de hip-hop, Revolución sin muertos, cuyo último evento se realizó en noviembre pasado.

PARA SABER MÁS

CONTRA EL DELITO, CON INVERSIÓN SOCIAL

Desde finales de marzo, con un refuerzo de más de mil policías y el director de la Policía a bordo, se ejecutó el plan de Intervención Concentrada en la ciudad, que tuvo como uno de sus focos la comuna 13, la más afectada por homicidios, balaceras, desplazamiento forzado, entre otros delitos.

Según el balance oficial, se logró frenar el aumento de la criminalidad. El sector es objeto de un plan de inversión social que para este año es de 92.000 millones de pesos, destinados a proyectos sociales, infraestructura, salud y educación.

En febrero se entregó el nuevo centro de salud San Javier y el año pasado las escaleras eléctricas.

Interacción y participación

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Aun sin balas, el temor persiste en la comuna 13

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3 Comentarios - 1 de septiembre de 2014
  • lecture Comentario realizado el 4/21/2013 9:19:21 PM

    Es verdad, en la unidad donde vivo, nos vemos obligados a pagarle alos "muchachos" por que asi haya policia nuestras vidas corren peligro. Ademas se entran como predro por su casa...

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  • FRANKO_89 Comentario realizado el 4/21/2013 3:51:14 PM

    los tombos cuando es cuchan un tiro ahy mismo se esconden y dejan que se maten cuando todo pasa ahi si aparecen y sale diciendo el corenel de polica ese tal angel que todo lo tienen controlado

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  • sa Comentario realizado el 4/21/2013 11:42:23 AM

    CON TODO EL RESPETO SEÑORES PERIODISTAS, SI ESTA COMUNA ESTA EN CONFLICTO ES MALO Y SI ESTA TRANQUILA ES PEOR, YA DEJEMOS DE ESTIGMATIZAR LA 13, NO MATAMOS EL DEDO A UNA HERIDA QUE ESTA CICATRIZANDO, POR FAVOR,HABLEMOS DE LO POSITIVO QUE PASA TAMBIÉN EN LA 13, LA DELINCUENCIA TAMBIÉN ESTA EN TODAS LAS COMUNAS EL PAIS Y EN EL MUNDO.

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