El anuncio de la Universidad de Caldas de destinar una zona para que sus estudiantes consuman drogas "con tranquilidad", puede ser un arma de doble filo. Por un lado, la idea es que los viciosos no irrespeten todo el campus, sólo una parte, pero también puede parecer una invitación oficial a tirar vicio. En todo caso, representa una contradicción inmensa entre sitio y propuesta y, sin duda, es un embeleco más que se comete en nombre del libre desarrollo de la personalidad.
No se concibe que una sociedad como la nuestra, que ha sufrido el rigor de las drogas en todas sus formas, se permita estos descalabros. Los papás nos hemos pasado la vida apostando por la causa de los hijos alejados de ellas, hablándoles sobre los daños irreversibles que causa su consumo, de la degradación que producen en el ser humano, de la facilidad para caer en sus redes y del complicado proceso de dejarlas. Les hemos inculcado el valor del estudio, del éxito alcanzado a pulso, sin facilismos, ¿y todo para qué? para que lleguen un día al lugar donde uno espera que van a dar un paso significativo en dirección de su crecimiento profesional y se encuentren una señal con una flecha que lleva al camino de la perdición. Me niego a entenderlo. Qué apuesta tan arriesgada y peligrosa, más ahora, cuando los muchachos llegan a la facultad cada vez más jóvenes, a lo sumo de 16 o 17 años, una edad en la que son todavía muy vulnerables y fácilmente influenciables.
Seguramente en todas las universidades existe un "aeropuerto", pero han sido espacios estigmatizados por las directivas y por los estudiantes que sí saben a qué se va a una institución de educación superior. Hace cerca de dos años la Universidad de Antioquia emprendió una campaña para reducir el consumo de drogas dentro del claustro, ejemplo que deberían replicar todos los centros de educación en el territorio nacional y no al contrario, rindiéndose fácil ante un grupo de viciosos y decretando para ellos un lote del alma mater.
Me pregunto si a un lado del tiradero de vicio abrirán una oficina para que los prepago, hombres y mujeres, tengan un punto fijo de mercadeo. También podría haber distribuidoras de licor para los que necesiten llevar el trago en su morral y un casino para los ludópatas que cambian las clases por un juego de cartas, digo, como una manera de ser equitativos con todos los males circundantes.
¿Será posible que este tipo de servicios adicionales ganen peso y se conviertan en el valor agregado que busquen los estudiantes a la hora de elegir su centro de formación profesional? No, señores, cada cosa en su lugar.
Pico y Placa Medellín
viernes
2 y 8
2 y 8