El réquiem de Mozart y la luz que entra a través de los vitrales inundan cada rincón de la Parroquia El Calvario, creando un ambiente acogedor que abstrae del bullicioso exterior de las calles de Campo Valdés.Esta iglesia es uno de los tres templos que construyó el padre Eduardo Díez Estrada, según recuerda el párroco Rafael Betancur Machado, bastante parecida a la Catedral Metropolitana, pero más iluminada.
Y aunque no es tan grande como la Catedral, es desde hace 18 años Monumento Nacional, Patrimonio Histórico y "hogar" de un grupo de 80 jóvenes que desde hace 24 años decidió atender el llamado de Dios.
"Yo estoy aquí desde los 9 años cuando empecé como acólito", recuerda a sus 39 abriles Mario López Correa, presidente de la Cofradía Pasionista Parroquia de El Calvario.
Esta es una asociación de fieles católicos que se reúnen, en este caso, en torno a la advocación a Cristo.
Como Mario, muchos de sus compañeros ingresaron desde niños y aquí siguen, felices, dedicados a la Iglesia y, en particular, a la Semana Santa.
Algunos estudian y muchos otros trabajan, pero todos sacan tiempo para sus tareas en El Calvario. Hay diseñadores textiles, algunos expertos en computadores, otros que le jalan a la mecánica y hasta la gastronomía, como las pizzas italianas que vende Mario. Además, "aquí todos somos medio ingenieros y medio arquitectos", agrega mientras explica cómo hacen las andas y las escenografías para las ceremonias religiosas.
"Estos son muchachos muy serios, sin vicios y de una vida cristiana ejemplar", opina el padre Rafael Betancur.
El hecho de estar consagrados a Cristo no significa que lleven una vida monacal. "A nosotros nos gusta el reguetón, bailar y salir con nuestras novias", precisa Mario López, "pero para todo hay tiempo y tenemos muy claro lo importante que es tener a Dios en el corazón".
Precisamente eso es lo que les inculcan a los niños del barrio como Joan Manuel Márquez, Edward o Juan José, alumnos de la Institución Educativa Campo Valdés. "Hace tres años que vengo los sábados y domingos porque aquí uno se conecta más con Dios", señala Joan Manuel.
Lo bueno del trabajo de estos jóvenes, en el que las mujeres también son bienvenidas, es que cuenta con el respaldo de la comunidad. "Incluso de aquellos que hacen parte de combitos. Saben lo que hacemos y nos respetan", precisa Johny Bedoya, otro de los integrantes de la Cofradía.
Agrega que es muy importante poderles servir de ejemplo a los niños e inculcarles "los principios y valores que nosotros recibimos de nuestros padres y abuelos. Sinceramente no entiendo por qué a los jóvenes de hoy les da miedo o pena hablar de Dios".
De fama
Las imágenes de la iglesia El Calvario son quiteñas y de tamaño natural. Cada una pesa en promedio entre 45 y 48 kilos. Si a esto se suma el peso de las sillas y la mesa en la que se sientan Jesús y los 12 apóstoles, más el peso de la anda sobre la cual salen para la procesión, hablamos de casi una tonelada, "que cargamos entre 32 personas".
La anda que más les enorgullece cargar es la número uno, la del Santo Sepulcro que sale en procesión el Viernes Santo y que es un honor llevar en hombros.
Tienen otra pequeña, la número seis, que es la que cargan los niños de entre 9 y 10 años de edad, con un pequeño Cristo.
Todo el grupo trabaja día y noche durante los días previos a la Semana Mayor: serruchan, atornillan, martillan, cosen, diseñan y recrean a los santos. Para lograrlo venden empanadas, boletas y hasta hacen viejotecas para recaudar fondos con los que compran telas e implementos. "Todo por amor a Dios".
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