
Que la Justicia se ubique en los últimos peldaños del prestigio ciudadano es una de las peores herencias de este y los últimos años. La deslegitimación de la rama judicial es letal para la democracia.
El año que termina presenta dentro de sus balances más desfavorables la caída imparable en la respetabilidad de la Justicia.
Mala imagen que, en este caso, corresponde cabalmente a la realidad que tanto el funcionamiento del aparato judicial como los desatinos de sus funcionarios al más alto nivel han ofrecido a la sociedad.
De la justicia como servicio público, encuentran los colombianos una estructura morosa, formalista, casi que inmóvil. Que, aparte de dilatar sin fin la definición de situaciones jurídicas que para los ciudadanos son vitales, no asegura protección legal a quienes acreditan legítimamente sus derechos.
Y de la justicia como dignidad, que aseguraba magistratura a los togados más capaces, eruditos y honrados, ya no quedan sino recuerdos.
La politiquería hizo entrada en las más altas cortes hace varios años, pero ya asentó su nefasta forma de actuar como parte estructural de la rama.
La respetabilidad de muchos magistrados se ha hecho añicos, producto de actuaciones en las que el sentido de la dignidad de la investidura que representan ha sido pisoteada en búsqueda de otros objetivos distintos a la recta administración de justicia.
El Consejo Superior de la Judicatura, y concretamente su Sala Disciplinaria, batió este año sus propias marcas de desprestigio. Allí actuaron sin ningún sentido ético, prohijando un abuso continuado del derecho con el vergonzoso "carrusel de pensiones", con defraudación no sólo del patrimonio público sino de la confianza ciudadana en los poderes estatales.
Tampoco quedaron bien las más altas instancias judiciales -salvo la Corte Constitucional, que permaneció al margen- durante el penoso proceso de reforma constitucional a la justicia.
Mientras el Consejo de Estado decía un día una cosa y al siguiente otra, magistrados de la Corte Suprema jugaban a tres bandas, conviniendo con el Gobierno, solapadamente y a espaldas del país, beneficios particulares disfrazados de ampliación de períodos y mayor edad de retiro.
El Ministerio de Justicia, reabierto tras quedarse sin funciones, debutó con un ministro, Juan Carlos Esguerra, que menospreció la inteligencia de los colombianos y creyó que nuestra candidez y resignación daban para aprobar cualquier cosa en el Congreso, en contra del interés público. Al final, claro, tuvo que renunciar para salvar su decoro profesional.
Y antes de esta crisis que sorprendió al Ejecutivo, al Legislativo y al Judicial con las vergüenzas al aire, el Consejo de Estado comprobó que la elección de la Fiscal General en 2011, había sido irregular, con violación de los Estatutos de la Corte Suprema y, por ende, anuló el nombramiento.
Mientras tanto, unos magistrados que terminaban período en una Corte, se hacían nombrar en otra, en una especie adicional de carrusel burocrático-judicial que generó reparos éticos y preguntas fundadas sobre la meritocracia, que hace tiempo se diluyó entre tanto clientelismo.
Y para cerrar tan desolador panorama, desde octubre, el país ve con estupor los efectos del paro judicial que ha añadido inactividad casi total a la ya de por sí tardía administración judicial.
El país no puede continuar con esta deslegitimación de su Justicia. Esta era la rama del poder que rescataba la confianza en la institucionalidad, ante la corrupción de los demás poderes. Ahora ella, la Justicia, no puede dejarse tragar en ese torbellino.
Por
juan Guillermo Jaramillo Díaz
Exmagistrado - Decano de la Facultad de Derecho de la U. Pontificia Bolivariana
Un balance de la justicia para 2012, mirado desde el sector central, es decir, las altas cortes, es un balance defectuoso. A nivel regional, el resultado sería distinto.
Los juristas entendemos que, en particular la Corte Suprema de Justicia, está debiéndole muchísimo al país en materia de jurisprudencia. Es hoy, lastimosamente, una jurisprudencia improvisada, contradictoria, inconveniente y de muy pocos aciertos.
El desprestigio que reflejan las encuestas sobre la administración de justicia es muy grave. Los pueblos podrían vivir con malos gobernantes o, incluso, con gobiernos corruptos. Pero los pueblos no pueden vivir en paz con una Justicia defectuosa, que no genere confianza.
Y es que no están llegando a las altas cortes los más capaces. Los más competentes de los tribunales, o los mejores doctrinantes, no son los que está accediendo a las cortes. Ahí hay unas componendas lamentables entre la Corte Suprema y el Consejo Superior de la Judicatura.
Quienes portamos la toga durante muchos años, con honor, sentimos dolor al ver paros judiciales que causan tantos daños a la comunidad, y con mayor razón, al ver fracturada la judicatura, que debía ser un órgano sereno y respetado por la sociedad.
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La justicia colombiana es solo una figura de ficción. Si estos funcionarios judiciales levantan un para para robarse unos ingresos que no ganaron, esto nos muestra que desde arriba hasta abajo, todos los involucrados en el negocio de la justicia no son personas de fiar.
Por lo regulas los circos solo necesitan es espectadores. (...).
Que verguenza de justicia de este pobre país.
La descarada persecución de algunos jueces y fiscales contra nuestros Militares , probablemente por intereses políticos , les ha aportado una buena parte del repudio y la desconfianza del pueblo. Es doloroso ver cómo abusando de su poder persiguen implacables a algunos ciudadanos a la vez que muestran indiferencia hacia tenebrosos delincuentes.
En total acuerdo con el doctor, ya no podemos referirnos a la jurisprudencia como seguridad juridíca sino inseguridad.


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