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El Malestar Americano

  • Rodrigo Botero Montoya | Rodrigo Botero Montoya
    Rodrigo Botero Montoya | Rodrigo Botero Montoya
16 de febrero de 2011
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Estados Unidos atraviesa un período de malhumor colectivo, de inconformidad con lo que Shakespeare llamaba el invierno de nuestro descontento. Es difícil precisar la causa de este fenómeno, o de saber si se trata de un asunto transitorio o de un cambio de tendencia de cierta duración. Sea como fuere, el debate público refleja una disminución del tradicional optimismo norteamericano.

El viraje mencionado tiene componentes económicos, militares y sociales que se manifiestan en la calidad del discurso político y las prioridades gubernamentales. La enorme destrucción de riqueza que produjo la crisis financiera de 2008, y la magnitud de los costos sociales que siguen teniendo sus secuelas, han sacudido la confianza en la solidez de la economía y en los fundamentos del American Way of Life.

La asignación de responsabilidades por lo ocurrido ha dado lugar a una proliferación de libros y de interpretaciones.

Unos atribuyen la culpa principal a errores garrafales de acción y de omisión por parte de quienes han tenido a su cargo dirigir la política económica y supervisar el sistema financiero. Otros culpan a la irresponsabilidad de los banqueros y al desbordado afán de enriquecimiento de los denominados amos del universo, bajo la mirada permisiva, cuando no cómplice, de los dirigentes políticos.

La revelación del tamaño de las bonificaciones recibidas por ejecutivos que condujeron sus empresas a la quiebra, o a requerir cuantiosos subsidios gubernamentales para subsistir, contribuyen a alimentar una actitud de indignación entre la opinión pública. El intercambio retrospectivo de recriminaciones ha terminado por afectar la reputación de la Reserva Federal, el Departamento del Tesoro y los otrora célebres magnates de Wall Street.

La percepción de inequidad social se ha visto reforzada por estudios que demuestran que las reducciones de impuestos acordadas por el gobierno anterior condujeron a una escandalosa concentración de riqueza y de poder político en los sectores de mayores ingresos de la población.

El ingrediente militar tiene aspectos paradójicos. Estados Unidos es el único país que tiene la capacidad de proyectar poderío bélico en cualquier lugar del planeta. El tamaño de su presupuesto de defensa es comparable al del resto del mundo. En la actualidad, el gasto militar norteamericano representa un porcentaje del PIB superior al que existía antes del colapso de la Unión Soviética.

El final de la Guerra Fría no produjo el anhelado dividendo de paz. Así lo determina el consenso bipartidista acerca de la necesidad de mantener una superioridad abrumadora sobre cualquier adversario potencial.

Las guerras en Iraq y Afganistán han producido fatiga y frustración. Los políticos elogian los sacrificios de los combatientes pero procuran que entre ellos no se encuentren sus hijos. Nueve años de guerra contra el terrorismo no ofrecen perspectivas de concluir en forma victoriosa.

Los retrocesos económicos y militares, así como el surgimiento de China como potencia mundial, han dado lugar a brotes de aislacionismo, intolerancia y xenofobia.

El avance de las economías emergentes aparece como una amenaza en vez de constituir una oportunidad. El dinamismo económico de la región Asia-Pacífico ha servido de pretexto para la aparición de una literatura acerca del tema de una supuesta decadencia. Historiadores y científicos políticos se preguntan si estamos presenciando el declinar de Estados Unidos o, más bien, el declinar de Occidente.

Es posible que el clima de descontento actual sea un movimiento pasajero de opinión y que, a mediano plazo, Estados Unidos recupere la confianza y la voluntad de ejercer un liderazgo internacional esclarecido. Por ahora, la crispación política originada en un sentimiento generalizado de malestar afecta tanto la gobernabilidad nacional como las relaciones de Washington con los demás países.

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