Al ingeniero metalúrgico Juan Felipe Loaiza lo acompañaba un mísero tinto en el marco de la plaza de Titiribí, cuando vio venir a una flaquita, ojoncita, que le pareció como querida.
Heidy Emerly Gómez, una muchacha sin estudios para la época, confiesa que también lo miró de reojo y que pensó, muy creída ella, "ve, ese morenito está bonito".
Seis años después, ya casados, ambos se vieron atrapados dentro de una mina de carbón. Ese día, aunque el pánico no parecía exacerbado, Heidy pensó que no se había equivocado y que esa persona a quien percibía asustadiza era nada menos que el hombre de su vida.
Era la primera vez y hasta ahora la única, que esta mujer de 29 años sufría el rigor de un derrumbe estando dentro de un túnel de 2 kilómetros de profundidad, con 20 por ciento de aire comprimido, algo muy parecido a lo que debe ser la claustrofobia.
Pero ni siquiera sintió miedo. El ingeniero incluso parecía más nervioso. Estaban a 1.000 metros del sitio de donde se había desprendido una roca, que fue la que hizo taponar la salida.
"Vos sabés que no te vas a quedar encerrado, porque seguro encontrás otro desfogue, pero sí genera impresión ver la vía cerrada", confiesa Juan Felipe. Heidy, al contrario, dice torciendo la boca y levantando los hombros que ella se quedó fresca, "a mi no me dio nada, fue normalito", dice.
¿Una chica acostumbrada a caminar en chanclitas habrá imaginado que su destino era trabajar bajo la tierra? "Me daba mucho miedo porque a uno siempre le hablan de un hueco horrible. Pero ya cuando conocí a Juan, él me invitó y ya no quise salir de acá", agrega.
La mina El Bosque, ubicada en el kilómetro 3 en la vía Albanía-Titiribí, donde labora Heidy hace tres años, se parece a un mítico monstruo al que se le tiene miedo porque no se le conoce. Pero una vez adentro, una vez comenzás a caminar a lo largo de esa especie de autopista lóbrega, te das cuenta que no hay ningún monstruo y que, por el contrario, allí trabajan seres como ella, que usan aretas y crema Ponds para hidratar la piel.
Porque es que al lado de la tosquedad de los mineros, de esas caras renegridas, Heidy emerge como la figura de una 'barbie'. Una que sólo se ha maquillado dos veces en la vida: para el grado y para el matrimonio.
Sin embargo, su responsabilidad no es la de una casa de muñecas. Tiene a cuestas el enorme encargo, como técnica en salud ocupacional, de medir el oxígeno, el monóxido de carbono y el metano, para que esta mina que produce 80.000 toneladas de carbón al año, no vaya y explote.
Los mitos de la caverna Ángel Barrera, un minero que cumple funciones de avanzador, recuerda que en marzo de este año y en el mismo lugar donde está ahora parado, murió su sobrino asfixiado por los gases.
Se llamaba Luis Norberto Sánchez y tenía apenas 22 años de edad. "No lo socorrimos a tiempo porque pensamos que estaba descansando. El gran error que cometió fue haberse metido a un lugar al que le habían dicho que no se podía", dice.
A Heidy le dolió mucho esa muerte, pero dice sin ambages que se trató de una imprudencia que ya estaba advertida. Es la segunda persona que fallece dentro de esta excavación en 16 años de funcionamiento, dice el récord. Al ser las minas de carbón las más peligrosas de la industria, los muertos se contarían por montones, sino fuera porque El Bosque es una de las más tecnificadas de la región.
Dentro de las funciones de Heidy también está acompañar a los dinamiteros en las voladuras y cargar en sus manos tratadas con manicure, el explosivo. Ni siquiera los ventarrones y las estremecidas que viajan por los pasadizos, luego de una detonación, la amedrentan.
Eso de que las mujeres en las minas traen consigo la desdicha y la mala suerte, hace parte más de las leyendas vernáculas que hablan de bolas de fuego saliendo a la media noche.
Aunque vale decir que el Código de Minas prohíbe que las mujeres trabajen arrancando minerales de las peñas, lo que sí permite es que ejerzan labores de control y administración.
A Heidy no le gusta echarse la bendición. Sólo le pide a mi Dios, como es costumbre desde esos primitivos excavadores del siglo XVII, que como entre, salga.
Sus ángeles de la guarda son cuatro perros Fox-terrier y una "chandita", que la guían en lo que parece el laberinto de una casa embrujada. 'Firulais' es el más avispado de los cuadrúpedos en deslizar la barriga por entre las callecitas inclinadas por donde entran los mineros a taladrar.
Por ahí también se arrastra Heidy para cumplir la misión de dar cantaleta gratis a los mineros. Para estar encima de ellos y que se pongan el casco. Para asegurarse de que como entren, salgan.
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Heydi tiene cerca de 100 personas a cargo. Su misión todos los días es medir los gases para que no se produzca una explosión y velar porque los mineros cumplan todas las normas de seguridad al pie de letra. Además, sigue de cerca la salud de los trabajadores y hasta se ha convertido en una consejera. Todos la respetan y siguen sus instrucciones.
Donaldo Zuluaga
Se calcula que en este sitio hay cerca de 15 millones de toneladas. A un promedio de 100.000 toneladas-año, son 150 años de producción aseguradas.