Raquel le manda a decir a Darío Gómez, el cantante de música popular, que si se lo encuentra por allá o en la calle "la volvería loca y se desbarataría de la dicha" y, por eso, le sugeriría preparar sus mejillas porque se las dejaría rojas de todos los besitos que tiene para él.
Y es que en las noches de invierno, mientras algunos compañeros corren y juegan en el patio, otras lloran o ríen en los corredores y la mayoría se arrulla en sus camas con el sonido de las gotitas que caen sobre el techo, ella busca en la radio al Rey del despecho y, cuando logra sintonizarlo, su cabeza se baña de recuerdos, su pecho se inunda de suspiros y su corazón flota de amor por él mientras tararea sus canciones bajo la lluvia.
Mary le tiene cierta envidia a Raquel cuando la escucha cantar. No porque tenga una voz prodigiosa, de hecho es desentonada, sino porque Raquel sí tiene la memoria para recordar las canciones que ella también se sabía pero que olvidó, de un día para otro, cuando entró en crisis y en el Hospital Mental le aplicaron electrochoques en su cabeza.
Desde que Mary llegó a esta "montaña mágica", está tomando tres pastillitas menos, siente que sus párpados ya no le pesan y sus ojos le abren más, tampoco viste camisa de fuerza, ni ha visto los "aparatos" que esa vez le pusieron en la sien y le borraron las letras de las canciones de Darío Gómez.
El único "corrientazo" que siente es de alegría cuando descubre que las flores y las verduras sí escuchan, porque sus margaritas y sus remolachas crecen más bellas si les conversa. Y los únicos "choques" que ha tenido Mary en el tiempo que lleva es con los autistas, que se tropiezan con ella cuando van de un lado a otro, sin parar ni mirar hacia delante.
Líberman aún no se ha tropezado con ella pero sí le gusta cogerle la mano o "apachurrarle" las florecitas del jardín dado que no puede dejar de mover sus brazos y desea agarrar todo lo que ve.
En el medioevo, hubieran creído que Líberman estaba poseído por el demonio. En los primeros años del Renacimiento habría sido tripulante de un barco que despegaba de los puertos europeos a la deriva, sin agua, alimentos, capitán ni marinero, cuyo nombre era "La Nave de los locos".
Cuando la lepra desapareció de Europa y sus leprosarios quedaron vacíos, allí lo habrían amarrado con cadenas de hierro en compañía de criminales, enfermos de sífilis, magos y hechiceros.
A principios de siglo XX en Medellín habría sido recluido en el antiguo manicomio de Bermejal, cuyas instalaciones, con muros, jaulas y rejas, daban la apariencia de ser cárcel, zoológico y hospital al mismo tiempo.
Y cuando llegó a este lugar en vez de darle "camisas de fuerza químicas" en la lengua para que sus manos se controlaran y lo adormecieran, prefirieron reducirle el medicamento y agregarle un bombo y dos platillos para que los tocara, no dejara de moverse y fuera reconocido como un "tamborilero" con ritmo.
Así como Raquel, Mary y Líberman, hay más de 100 pacientes, esquizofrénicos, paranoicos, autistas y maniaco-depresivos que antes estaban en la calle, sin familia y en situaciones en las que sus derechos eran vulnerados.
"El loco" siempre fue el personaje más querido y famoso del pueblo. "Cuando las ciudades crecen, ese loco se pierde, deja de reconocerse y se vuelve un anónimo en el barrio por el que nadie responde" explica Gisela Suárez, la sicóloga de este sitio.
Hoy en día, a los locos no se les manda en barcos ni se les ponen cadenas en el cuello, pero los grupos ilegales armados "los abren del barrio" y sus familias los dejan en la calle porque no quieren o no pueden seguirlos manteniendo en casa.
De ahí que exista este lugar que, sin cobrarles un solo peso a sus usuarios, convierte lo que para la sociedad era un "deshecho" en sujetos.
Lo que en algún momento de su historia funcionó como convento, colegio de niñas, correccional de menores, centro de rehabilitación para drogadictos, hoy en día, gracias a la Secretaría de Bienestar Social que la incluye en su presupuesto y a Ecosesa (Empresa Cooperativa de Servicios de Educación y Salud) que la opera, atiende a adultos indigentes con discapacidad física y/o mental.
El 84 por ciento de los usuarios internos padece sicosis y los demás son discapacitados físicos que también estaban en situación de calle y llegaron voluntariamente.
Este lugar no es un asilo pero da estadía y comida, no es escuela y sin embargo hay profesores que enseñan, y tampoco es hospital siquiátrico, aunque hay enfermeras que asisten.
Según Juan Fernando Pérez, director de la Nueva Escuela Lacaniana, esta institución es única en Colombia y como pocas en Latinoamérica porque "considera que el loco es un ser que aún tiene derecho al uso de la palabra" y como tal lo escuchan y atienden desde su particularidad. "Allí, cada loco es con su cuento y su delirio" dice el sicoanalista Héctor Gallo quien elogia el hecho de que este lugar, sin muros ni rejas, sea una "casa de locos despiertos que no están robotizados, sedados ni dormidos".
Allí, María Teresa puede mover sus hombros y bailar el mapalé toda la mañana como suele hacerlo. Francisco sigue coleccionando clavitos, Ana cargando su muñequita de trapo, los que padecen sindrome de Down siguen gritando "¡Te amo!", Uriel hace tertulias sobre Higuita y el Chavo del ocho, Mary ahora le habla a las zanahorias de la huerta y Raquel espera un pintalabios de "traído" para seguir alucinando con el beso de Darío Gómez.
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