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Rodrigo Botero Montoya
Rodrigo Botero Montoya

Entre el Optimismo y la Euforia

Rodrigo Botero Montoya | Medellín | Publicado el 2 de septiembre de 2010
La sociedad colombiana registra un clima generalizado de optimismo, el cual contrasta con la situación del mundo industrializado y la de varios países latinoamericanos. Este fenómeno es atribuible en parte, pero sólo en parte, a factores económicos coyunturales. También obedece a tendencias de largo plazo que empiezan a hacerse evidentes, a factores sicológicos y, en parte no despreciable, a factores políticos. Se observa una reactivación de la demanda agregada mayor de la esperada. (Pero el ritmo de crecimiento previsto es menor que el de economías emergentes comparables en América Latina y en Asia). La inflación es baja y estable. El aumento del consumo de los hogares impulsa la demanda interna. La inversión extranjera conserva el dinamismo.

Se empiezan a cosechar los beneficios de la transición demográfica, los esfuerzos por mejorar el nivel educativo de la población, un proceso de urbanización multi-céntrica, y la elevación del estatus de la mujer. Se pone en evidencia la conformación de una extensa clase media y el surgimiento de un amplio mercado de bienes de consumo masivo.

Las reformas económicas de principios de los noventa en materia de manejo monetario y cambiario, telecomunicaciones, puertos, y políticas de comercio exterior han comprobado su efectividad. La adaptación de la estructura productiva a la apertura comercial ha dotado al país de empresas de nivel internacional, capaces de competir con el resto del mundo, y de una dirigencia gerencial moderna.

Los factores sicológicos reflejan la satisfacción colectiva por la manera ordenada y tranquila como ocurrió el cambio de gobierno. El país pudo conocer y evaluar a seis aspirantes a la presidencia, ninguno de los cuales representaba una amenaza sistémica. Los debates de los candidatos frente a los medios de comunicación se desarrollaron en un contexto de civilidad y respeto mutuo. El resultado electoral fue aceptado sin vacilación por el candidato perdedor y acogido con magnanimidad por el ganador.

Tanto la sociedad civil como los participantes en la contienda electoral dieron muestras de madurez que la opinión internacional reconoce y valora. Independientemente de sus preferencias partidistas, los colombianos reconocen la importancia que tiene para la legitimidad democrática estar gobernados por unas instituciones fuertes.

La transferencia de poder sin turbulencia, y la continuidad en los lineamientos generales de la acción estatal, aunque con cambios de énfasis y de matiz en política económica, objetivos de seguridad y manejo de las relaciones internacionales, han transmitido un mensaje de tranquilidad a los inversionistas. La estabilidad de precios y la competencia empresarial contribuyen a mejorar el ingreso familiar.

En materia política, los colombianos experimentan la satisfacción de haber reafirmado, ante propios y extraños, los rasgos característicos de su personalidad histórica: mesura, vocación democrática temprana y rechazo decidido al caudillismo. Así algunos prefieran no manifestarlo en forma explícita, el país disfruta un sentimiento de alivio similar al que experimentó en 1910 y 1957, cuando le impidió al gobernante de turno perpetuarse en el poder.

Si bien los motivos para un optimismo moderado son válidos, conviene estar precavidos contra la aparición de síntomas de euforia. La formación de burbujas especulativas es inconveniente. El mercado bursátil empieza a dar señales de sobre-valoración de las acciones. En cuanto al sector gubernamental, debe evitarse que una actitud de complacencia debilite el impulso para llevar a cabo un ambicioso programa de reformas.

Tenemos serios problemas de desempleo, desequilibrio fiscal y revaluación del peso, que reclaman atención prioritaria.

En vez de felicitarnos por aventajar a los países con el peor manejo económico imaginable, deberíamos comparar nuestro desempeño en materia de crecimiento, reducción de pobreza y generación de empleo, con el de Perú.

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4 de febrero de 2012

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