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ES DIFÍCIL OCULTAR LA DESILUSIÓN
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ES DIFÍCIL OCULTAR LA DESILUSIÓN

Por FERNANDO HENRIQUE CARDOSO | Publicado el 11 de diciembre de 2012

No soy propenso a quejas ni desalientos. No obstante, al pensar en lo que diría en este artículo sentí cierta melancolía. Traté de cambiar la atención dirigiéndome a la economía. Pero, ¿de qué sirve repetir las críticas a los equívocos de la política petrolera, que comenzaron con la redefinición de las normas para la exploración del manto presalino? Las nuevas reglas crearon un sistema de reparto que se presentó como inspirado en el modelo noruego, cuando se asemeja al modelo adoptado en países con regímenes autoritarios.

Hasta ahora, el nuevo modelo solamente ha generado atrasos, costos excesivos y estancamiento, además de una lucha mezquina respecto de regalías que todavía no se producen y que, cuando existan, serán una llave abierta para el gasto corriente y las presiones inflacionarias.

La contención del precio de la gasolina ya se volvió rutina, aunque afecta la rentabilidad de Petrobrás y desorganiza la producción de etanol. El objetivo es asegurar la inflación mediante artificios y garantizar la satisfacción de los usuarios. Guardo silencio sobre los efectos de la reducción continua del impuesto sobre productos industrializados para vehículos y del combustible barato. Ya los prefectos se ocuparán de ampliar calles y avenidas para dar cabida a tanto bienestar.

¿Y qué decir del intento de recortar el costo de la energía eléctrica, que tuvo como resultado inmediato la pérdida de valor de las acciones de las empresas? Lo peor es que nadie será responsable por las posibles ganancias especulativas ocurridas por la falta de compostura verbal.

¿Valdría la pena insistir en que el tren bala es un desvarío en la coyuntura actual, pues terminará siendo pagado por los contribuyentes, como están siendo pagadas las fábricas mal licitadas? Para la construcción de éstas sólo acuden empresas estatales financiadas por el Banco Nacional de Desarrollo, con dinero transferido de la Tesorería, es decir, el de usted, el mío, el nuestro. ¿Y las carreteras? ¿Y los aeropuertos? Y así sucesivamente.

Mirando en retrospectiva, en los años de la gran ilusión, allá por fines de los 70 y mediados de los 80, nos aterrorizaban los "proyectos de impacto", como la Autopista Transamazónica, el Ferrocarril de Aço y otros tantos, elaborados a partir de decisiones tecnocráticas de los gabinetes ministeriales. No podríamos imaginar que después de las huelgas de los metalúrgicos de Sao Bernardo y el movimiento civil en 1983 que exigió elecciones presidenciales directas, las mismas distorsiones serían practicadas por quienes las combatían.

Lo que entristece, empero, no es sólo la conducta de algunas personas. Es el silencio de las instituciones democráticas. Los medios hablan y cumplen con su papel. Lo cumplen tan bien que son confundidos por quienes soportan las fechorías como si fueran ellos y no la policía los que descubren los desatinos o como si sirvieran a la oposición, interesada en desgastar al gobierno.

Recientemente, algunas instituciones del Estado han empezado a actuar responsablemente: el Ministerio Público poco a poco ha perdido su pátina ideológica para concentrarse en lo que es debido, la defensa de la ley a nombre de la sociedad. Los tribunales empiezan a sacudirse la pereza y a juzgar, dándoles igual si el reo es potentado o pobretón. Pero el Congreso y los partidos están lejos de corresponder a las ansias de quienes redactamos la Constitución de 1988.

El Congreso, que en la Carta Magna de 1988, por su inspiración inicial parlamentarista, quedó con enormes responsabilidades de fiscalización, prefiere callar y someterse al Ejecutivo. Volvemos a los tiempos de la Antigua República de 1889-1930. Sólo que ahora somos "modernos": no se hace fraude en el voto; las mayorías se aseguran en los mostradores de los ministerios, ricos en contratos, y por torcidas enmiendas parlamentarias. Con mayorías de 80 por ciento, parece hasta injusto pedir que actúe la oposición. ¿Cómo?

De todas maneras, es necesario vociferar y mostrar indignación y repulsa, aunque poca se consiga en la práctica, aun sin esperanzas de victoria o retribución inmediata, como se hacía en tiempos del autoritarismo. No hay bien que dure toda la vida ni mal que no se acabe. Llegará el momento, como llegó en los años 1980, en que, con toda la apariencia del poder, el sistema hará agua. Entre miles de personas que se benefician con la maquinaria del poder y los millones de personas "emergentes", ávidas de mejorar sus condiciones de vida en este Brasil eterno, hay espacio para nuevos sermones.

¿Nuevas ilusiones? Quién sabe. Pero sin ellas, queda sólo la rutina de lo ya visto, de las fechorías y de los "no sé, no vi, no me comprometo".

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