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Por JORGE G. CASTAÑEDA | Publicado el 2 de marzo de 2013

En lo personal, lamento el ocaso de la diosa del sindicalismo mexicano.

A pesar de la distancia política -y personal- que se abrió entre nosotros hace un par de años, y que intenté explicar aquí en un largo ensayo, a nadie se le puede desear un final de su propia historia de esta naturaleza.

Dos años de recriminaciones mutuas e incontables agravios anteriores no borran una amistad de 20, por lo menos en mi Manual de Carreño.

Digo final porque estoy convencido de dos lugares comunes: uno, el gobierno de Peña Nieto tiene los pelos de la burra en la mano; probará que los excesos de insensibilidad, mal gusto y derroche de la maestra eran delitos, no simples errores de juicio; y mostrará que el SNTE nunca autorizó, y más bien prohibió, que ella dilapidara sus cuotas en tales despilfarros.

Por otra parte, se garantizará el debido proceso y se respetará la presunción de inocencia de Elba Esther. Sería por completo incongruente exigir el cumplimiento de estos dos preceptos jurídicos en películas documentales o para ciudadanos franceses, y no para ella.

Dicho esto, la caída posee una única responsable, y se llama Elba.

Tres rasgos de su desempeño político lo comprueban ampliamente y se resumen en el fatigado pero útil término de hubris (mal traducido del griego antiguo como soberbia). Primero: EEG fue una gran dirigente sindical -consumó la metamorfosis del magisterio mexicano en un amplio estamento de clase media baja- pero cada vez que se aventuraba fuera de su zona natural, se tropezaba o francamente fracasaba.

Le sucedió en su ambición de ser lideresa del PRI y jefa de su bancada legislativa, de aumentar y ampliar el IVA, de intervenir en la política educativa, de formar su propio partido, y de realizar alianzas electorales duraderas y productivas. Pensaba que sus talentos sindicales se podían transferir automáticamente a otros ámbitos. No fue posible.

Entre otras razones, por el segundo rasgo: una renuencia consuetudinaria a leer, estudiar, discutir en serio (no debatir y reafirmar sus posturas preexistentes), a rodearse de algo más que acólitos, y a organizar mínimamente su agenda y su tiempo.

Dependía de sus acólitos para saber qué decían los periódicos, los libros políticos, los opúsculos especializados o incluso las descripciones técnicas de temas torales (otra vez, el IVA), y para poner orden en su caos cotidiano.

Su desprecio por estos temas lo igualaba sólo su desdén por las personas escogidas para conducirlos.

En la mente de EEG, su intuición, su experiencia y sus confidentes bastaban para informarla de y organizarle todo. No le informaron de lo esencial.

En tercer lugar, nunca entendió que cuando las encuestas, los interlocutores independientes, los ensayos y los análisis le repetían incesantemente, desde hace por lo menos 10 años, que se estaba construyendo una imagen pública espantosa en el seno de toda la sociedad mexicana, era cierto.

Su comportamiento personal, al socializarse y no pode r ser simplemente sublimado por tratarse de una excéntrica y excesiva sindicalista más, fue rechazado por una inmensa mayoría de los mexicanos que se enteraban, y cada vez se enteraban más.

Algunos de sus dialogantes quizás buscaban molestarla, deprimirla o sacarla de sus casillas; otros seguramente buscaban llevar agua a su molino.

Pero la realidad pronto superó las intenciones de sus expositores: los abusos de Elba, la falta de transparencia y rendición de cuentas en el uso de las cuotas sindicales, y la obligatoriedad de las mismas acabó por generar una sensación de despotismo no muy ilustrado y dotado de un gran cinismo aparente.

Siempre alegaba que sus maestros la querían (en efecto, hasta cierto punto); que el "pueblo" la admiraba (menos cierto), y que guardaba una magnífica relación con las élites mexicanas (falso, a sus espaldas), la intelectual exceptuada.

El hubris lo pagamos caro todos quienes lo padecemos. Pero entre más poder, riqueza y ambición se tiene, peores son sus estragos. La prueba... ahí está.

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