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LA ESCUELA TOMADA

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25 de mayo de 2013
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Hace poco me contaron que en los salones de clase de cierta universidad los estudiantes hacen vaca para que alguno vaya a comprar los "porros" que venden dentro del mismo campus, sin escrúpulos y sin que las autoridades académicas y disciplinarias se inmuten.

No me desmayé. Pero sentí que el corazón se me desinflaba lentamente, hasta quedar como una uva pasa: chiquito, negro y arrugado, igual que cuando supe que en algunas cafeterías de algunas universidades ofrecen el catálogo de las prepago que, entre cita y cita, asisten a clases en las diferentes facultades. Con la certeza de que pasa igual en muchas, si no en todas, por mi mente pasó un aviso luminoso de esos que no paran: "Colombia, no futuro".

Para completar el cuadro, hace poco me crucé con un niño de apenas ocho o nueve años. Iba con los ojos llorosos, sin rumbo. Le pregunté si estaba perdido y me respondió con espontánea ironía: "La que está perdida es la escuela". El reloj marcaba un poco más de la hora de entrada, pero él no quería. "Me quitaron el mecato", dijo, "me toca aguantar hambre todo el día". Los más grandes nos dejan entrar si les damos algo, pero como no traje plata tuve que entregarles la lonchera para que no me cascaran. Si por mí fuera no volvía, me da miedo defenderme y me da rabia ser cobarde".

"Todos tenemos miedo", le dije, y me senté con él en el borde de la acera, en silencio. Para qué hablar. Para qué decirle que esto pronto va a cambiar y otras mentiras. Le pregunté si tenía hambre, pregunta boba porque el desayuno había cambiado de dueño. Ya me tenía que ir, no sin comprarle un jugo y una almojábana, pero quedé enferma, de miedo y cobardía, como él.

Igual que La casa tomada, de Julio Cortázar, la escuela también ha sido tomada. Unos intrusos con enormes tentáculos se han incrustado en el alma de la academia y hoy los estudiantes, como los hermanos protagonistas de aquel cuento, se van desplazados. La violencia, las drogas, la intimidación, el matoneo y la prostitución, aparecen como las actividades vocacionales de la época, mezcladas con el cálculo de lo ilícito y la geografía desolada, mientras a recreo perpetuo se van la ética y los valores de la sana convivencia.

¿Puede haber educación sin escuela? Más aún: ¿Puede haber escuela sin niños que vayan a ella con la ilusión aprender?

Días después en el Gran Salón de Plaza Mayor, lleno hasta las banderas por la conferencia sobre Innovación, tecnología y educación, a propósito de los cuarenta años de la Universidad Cooperativa de Colombia en Medellín, el analista internacional Andrés Oppenheimer nos contaba que en algunos países de Asia los abuelos de los estudiantes se sientan en la parte de atrás del aula a esperarlos, mientras leen o hacen sudokus, hasta la hora que sea necesario.

Son culturas distintas, claro, pero en Colombia también están acompañados todo el tiempo… por el jíbaro, el proxeneta y el extorsionista de turno.

Bien lo dijo Oppenheimer: "La educación es una cosa demasiado importante para dejarla en manos de los políticos". Busqué en la pantalla gigante la cara de nuestro gobernador de Antioquia, la más educada, pero parece que espabilé muy largo. Seguro sonrió, como todos nosotros, aunque no sé si aplaudió.

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