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  • Medellín, 25 de mayo de 2012
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La Medellín que no botó el edificio por la ventana

SI LAS GRIETAS son las arrugas de las paredes, Medellín tiene varios edificios ancianos que, aunque han visto el ocaso de un siglo y el amanecer de dos, no tienen la piel ajada ni las ojeras de toda su vida en vela.
Carolina Calle | Medellín | Publicado el 5 de diciembre de 2010
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La Medellín que no botó el edificio por la ventana
Juan Antonio Sánchez | Esquiba donde funcionaba La Sorpresa en el primer piso y el Club Tresillos en el segundo. Ahora es la Notaría 18.
La Medellín que no botó el edificio por la ventana
Óscar Arango Franco | Del Edificio Constaín sobre la carrera Palacé y la calle Boyacá que otrora fue una pesebrera, hogar, tienda, almacén, bar y café, hay escrituras que datan de 1844 cuando pertenecía a la familia Constaín.
Por las mismas escaleras por las que ahora suben parejas felices a contraer o a deshacer nupcias en la Notaría 18, se rodaban los borrachos a deshoras de oficina cuando salían del Bar Primero de Mayo y aterrizaban con raspones y chichones sobre esa curvita del centro donde La Playa cambia de nombre y comienza a llamarse Avenida Primero de Mayo.

Cuando hoy ascienden escrituras y testamentos de la mano de albaceas, antier descendieron tiples y guitarras con serenateros que, a falta de clientes que los llevaran a autenticar su amor debajo de balcones, regresaban con la melodía sellada entre los dedos y las letras anudadas en la garganta.

En sus últimos años como taberna cuando dejó de ser el parqueadero de tríos y quintetos, su clientela varió y quienes comenzaron a frecuentarlo, en su mayoría homosexuales, lo apodaron "Donde las águilas se atreven" según recuerda Alonso Álvarez, un veterano de la noche que aún no se jubila del centro y sus picardías y sale cada día a ver qué pasa, con quién se encuentra y cuál fachada le sirve de excusa para contar una historia.

La Sorpresa era en la esquina donde terminaba la juerga del sábado. Era una salsamentaria, justo en el primer piso del Edificio Palacé que se llenaba de trasnochados. Según recuerda uno de los propietarios del antiguo predio, allí era obligatorio comprar el pandeyuca para inaugurar el desayuno, el consomé para calmar el guayabo y la chunchurria para camuflar el tufo antes de regresar a casa el domingo.

Ese vértice donde se conjugan la primera carrera que se trazó en Medellín (que antes de llamarse Palacé tuvo el nombre San Roque) con la calle que recubre la quebrada Santa Elena, es hoy una sucursal de la harina, una boutique de celulares, un expendio de pollos y un punto estratégico para la distribución de volantitos de brujos.

Décadas atrás, la brisa que hoy no traspasa el balcón y se detiene en los vidrios de la oficina del notario, agitó las ventanas de madera del Club Tresillos, a las cartas y las fichas de los señores que tenían una audiencia con el juego durante todos los días hábiles que ganaron con jubilarse.

Aunque no es un rascacielos y del segundo piso se divisa el serpenteo del pavimento, la vejez prematura de edificios corroídos y un paisaje de carros, para los funcionarios que hoy lo habitan es una excepción contemplar el centro dentro de una herencia que le ganó un pleito al olvido y ahora es un patrimonio histórico de Medellín.

El edificio siamés
Junto a la iglesia de la Candelaria está la otra cabeza de esta construcción que ocupa toda la cuadra. El edificio Constaín fue el primero de la ciudad que tuvo luz eléctrica y que ha sido testigo de sombras y destellos a lo largo de tres siglos.

La administradora, Lucía Uribe, tiene documentos que confirman que en 1918 se hizo su primera remodelación en vista de la campaña municipal que prohibía los aleros a principios del siglo XX con el fin de empañar los vestigios coloniales que impusieron los españoles.

Se sabe que el encargado del cambio fue el arquitecto Enrique Olarte y que las escrituras pasaron por las manos de los herederos del reconocido Eduardo Vásquez. -¿Y quién es ese?- Pregunta Edilio García, el lustrabotas del paseo Carabobo, que tiene su oficina al frente del Carré y del Vásquez, el par de edificios que sacan la cara y la fachada por la memoria de la antigua plaza de Cisneros.

-El millonario que mandó a hacer a estos mellizos- le responde don Arturo Hincapié rascándose el sombrero mientras mastica un palillo y recuerda las veces que salía de la plaza de mercado con una canasta colgada en la cabeza y otra a cuestas para llevar a los barrios de ricos el revuelto a domicilio.

Los mellizos de la plaza
"Guayaquil es un convento a comparación de antes" exclama el arquitecto Diego Arenas Betancur, quien conoció un automóvil y los edificios de ladrillo cuando llegó del pueblo que hasta entonces solo reconocía el vapor del ferrocarril y a las casas de bahareque.

Ese día se despidió de Fredonia con su hermano Rodrigo y abordó la tercera clase del tren que lo dejó en ese corazón del centro que desde muy joven ya tenía taquicardia. A la bajada lo asustó el tranvía porque "sonaba como una maraca gigante y a veces aullaba como si se estuviera desbaratando el mundo".

El paseo de La Playa tenía sus puentes y las basuras que en todas las épocas tiran a los arroyos. Aún recuerda que era el cementerio de mascotas y que fueron varios perros y gatos los que perfumaron las orillas nauseabundas de la quebrada Santa Elena.

Al anochecer concilió una pesadilla inolvidable donde hoy es la Secretaría de Educación que en aquel entonces era un hotelucho en el edificio Carré. Apenas era un niño para comprender esos gemidos de hombres y mujeres que aun en la madrugada irrumpían las paredes de madera, robándole el sueño, coloreándole las ojeras y entonándole los bostezos del día siguiente.

¡Victoria!
Cuando se ajustaban los 28 minutos, el recepcionista de la pensión le tocaba tres veces la puerta para que la pareja se vistiera en los 120 segundos que le restaban. Si no, les tocaba más duro, más veces y advertía "Se les acabó el tiempo".

Así recuerda al edificio Victoria donde funcionaba el Hotel Montería don Antonio Peña, quien estira su bigote a blanco y negro con una sonrisa traviesa cuando enumera las mujeres que conseguía en la calle y las entraba a las carreras.

El propietario del antiguo almacén de música del frente, no olvida los alaridos que se emitían desde el hotel Montería porque no desentonaban con el ritmo cotidiano del Guayaquil de hace tres décadas que terminaba de perderse, con sus borrachos, ladrones y prostitutas, en los más bajos fondos.

"¡Pagame, pagame!" gritaba una chica sudorosa mientras su cliente, que salía con los pantalones abajo, se perdía por la calle Amador y la dejaba con cara de boba asomada por la ventana.

Desde que la calle Carabobo se convirtió en un paseo peatonal y los edificios Vásquez y Carré restauraron sus atuendos, esta otra joya de la historia paisa reconstruyó las florecitas y uvitas que traía su traje neoclásico y le dio el color del sol que entraba a través del arco de su frontón.

Hoy siguen entrando y saliendo a ratitos del edificio Victoria. Al mediodía por almuerzos gourmet y en la noche por comidas rápidas. Esa pensión de mala muerte es ahora una plazoleta gastronómica de buena vida donde no hay nostalgia al retroceder al pasado porque da gusto vivir un presente que saborea los matices de una ciudad que no desplomó sus testigos ni botó el edificio por la ventana.

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10 Comentarios - 25 de mayo de 2012
  • oagudelo Comentario realizado el 15 de octubre de 2011 - 09:20

    EXELENTE HISTORIA ASI ES BONITO CONTAR ESTAS HISTORIAS....

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  • gebe Comentario realizado el 16 de mayo de 2011 - 10:00

    Asi, si señor,asi es como se debe escribir, excelente .......................Gracias

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  • Dario Comentario realizado el 8 de diciembre de 2010 - 13:39

    Restaurados,Antigua Estación del ferrocarril,edificios carre y vasquez,casa barrientos,palacio naciónal,palacio de calibio entre otros,muy bueno por que esto ayuda a conservar la historia,a varecruz no fue lacuria la que le puso la mano,la curia no sabe nada de eso,faltan varias edificaciones por restaurar y seria importante que le pusieran mano al asunto.

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  • titalivia Comentario realizado el 5 de diciembre de 2010 - 23:14

    No, pues gracias! Un solo edificio no destruido despues de las hermosuras que habian, muy agradecida, muy agradecida, muy agradecida. Que articulo con falta de objetividad.

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  • novoa Comentario realizado el 5 de diciembre de 2010 - 17:40

    Es muy lamentable que medellin, a `pesar de su "orgullo" es de las pocas ciudades en latinoamerica que no tiene centro historico. Todo gracias al avance desmedido de la ambicion de las curadurias...

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