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La terna inmortal

06 de noviembre de 2009
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Hay momentos en que el choque de trenes -término acuñado por los periodistas para señalar los conflictos interinstitucionales que saturan las relaciones entre los organismos del Estado colombiano- parecen peleas de escolares.

La Constitución establece que el Fiscal General de la Nación se escoge por la Corte Suprema de Justicia de una terna presentada por el Presidente de la República.

Así debería cumplirse, pero la Corte, con sus propias y justificables razones declara que en el presente caso dicha terna es inviable.

La primera pregunta que nos hacemos los ciudadanos interesados en la buena marcha del Estado no es quién tiene la razón, sino por qué se suscita un conflicto cuando la propia Carta Constitucional dispone la armonía y la colaboración recíproca entre los poderes públicos.

La respuesta, al menos para el autor de este perfil, es que falta ese ánimo de cordura que conduce a evitar el dichoso choque de trenes, deleite mediático para los explotadores de las desavenencias personales e institucionales convertibles en escándalos y estos en grandes titulares y resonantes pregones radiales y televisivos.

En el caso que nos ocupa, ¿no resulta posible que el Presidente de la Corte, con el argumento muy sólido de que el Fiscal en las actuales circunstancias de criminalidad desbordada que toca los altos estrados estatales debe ser un penalista, converse privadamente con el Primer Mandatario y, sin presencia periodística ni filtraciones desleales, le inste para que la terna tenga ese carácter al menos en parte?

Estamos seguros de que por el bien de la nación, el Presidente Uribe lo aceptaría de buen grado y escogería penalistas de reconocido prestigio y notables capacidades para este propósito.

Pienso que el sentido común, con razón calificado como el menos común de los sentidos, está faltando para evitar los choques de trenes o solucionarlos antes de que se polaricen las diferencias y se conviertan en confrontaciones institucionales, cuando no en retos de orgullo, vanidad, soberbia o terquedad.

El Estado no puede estar constituido por compartimentos-estancos, inmersos en su particular quehacer y por ende archipiélagos desarticulados y distantes.

Una auténtica democracia funciona como una maquinaria bien aceitada, en la que componentes diversos marchan a la perfección.

La nuestra, siendo la más firme, constante e institucionalmente sólida de Latinoamérica, ¿no podría retornar a lo que fue?

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