
Leonel Estrada le descubrió a Medellín el arte moderno y contemporáneo. Hasta cuando organizó la primera Bienal de Coltejer, en 1968, apenas recibíamos noticias fugaces y extemporáneas sobre las tendencias artísticas más avanzadas en el exterior.
Las críticas de Marta Traba por televisión nos parecían casi insolentes porque el aislamiento de la ciudad alentaba una inocencia estética ensimismada. El abstraccionismo y cualquier distorsión de la figura y las formas clásicas eran extravagancias.
Entonces, los estudiantes de la Universidad de Antioquia tuvimos la inmensa fortuna de cursar varias semanas el programa extracurricular más inesperado y enriquecedor que pudiera ofrecérsenos en la época: Día tras día recorríamos los salones de la Bienal, en el nuevo edificio del Museo de la nueva Ciudad Universitaria. De tal modo nos familiarizamos con los artistas de la vanguardia global, que acomodamos en la región del olvido el viejo Museo de Zea como si fuera la congelación de un pasado remotísimo.
Empezamos a identificar la función trascendental de la crítica en las voces y las presencias del mismo Leonel y de Darío Ruiz y otros Quijotes de la cultura, que nos acercaron a Giulio Carlo Argan , a Gillo Dorfles , a Jorge Romero Bres t, a José Gómez Sicre , quien nos orientó en un magnífico seminario para comprender la universalidad de la protesta de Picasso en el Gernika . Gracias a las tres primeras Bienales, Medellín asumió, antes, durante y después de cada uno de esos eventos irrepetibles, la categoría de centro mundial de reflexión sobre las artes plásticas.
La terminología del arte moderno les estaba reservada a los artistas y estudiosos. Los espectadores corrientes se quedaban perplejos con las definiciones de los catálogos y las clasificaciones de las muestras. Leonel Estrada redujo esa interferencia de la comunicación entre el arte y la gente al publicar su erudito, ilustrativo y sencillo diccionario de términos y tendencias. Y sus artículos, en el Suplemento Dominical y en otras publicaciones, constituían lecciones de valor inestimable para los lectores bien enterados o para los que estuvieran urgidos de elementos de apreciación estética.
Leonel fue colaborador y asesor fijo, difusor constante de las novísimas tendencias artísticas y de sus originales creaciones de poesía humana y mística e incluso de humor ingenioso y saludable, durante los 28 años en que fungí como Editor del Suplemento de EL COLOMBIANO.
Nos acompañó siempre, con su esposa, María Elena, en la amable cofradía del Café Literario (desde 1989 hasta 2004), donde convergían las generaciones diversas en amistoso encuentro quincenal para dialogar sobre ideas, artes y letras. Era un tertuliano iluminante, un artista del cuadro y de la palabra. Si no hubiera sido gracias a un personaje esencial como Leonel Estrada Jaramillo , tal vez Medellín no habría descubierto el arte moderno.
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Felicitaciones Juan José. Informado e informativo sobre este personaje que se acaba de ir. Las nuevas generaciones apreciarán mucho de su vida y obra gracias a comentarios como el tuyo hoy.


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