ESTA ES LA primera entrega de una serie periodística dedicada a los "arquitectos del rebusque". Esos que amansan la calle a punta de pericia, para habitarla con algo de comodidad.
Con las manos y un machete, Pastor Eduardo Agudelo cavó un hueco debajo del puente de la Terminal de Transportes, o sea en la troncal nacional hacia la costa Atlántica.
Pastor era cualquiera. Uno más de esos flacos anónimos que se conocen con el genérico de indigentes, hasta que tumbó parte de la autopista, de tanto comerle a las entrañas de la estructura.
Primero se supo del trancón monumental que soportaron sin paciencia los que iban para el norte el viernes 23 de octubre. Luego, que el daño no fue por aguas mal habidas sino a causa de un tal Pastor con mañas de topo y vida de ermitaño.
Como un fantasma, todavía ronda cerca de la boca del socavón que le sellaron los funcionarios de Espacio Público, a ver si por un ladito logra culminar el proyecto de morirse en el lugar que lo ha visto pasar los últimos 17 años de la vida.
La historia de Pastor es un pretexto para contar otras: las de los "arquitectos del cartón, la madera y el pavimento" que construyen condominios sin valor pero con precio, en los territorios residuales de la ciudad.
Conocimos a William: su habitación es un carro de rodillos. Y a Guillermo León, que hizo la casa en la unión de los viaductos que bordean el cerro Nutibara. También a Bolívar, con su televisor prendido en plena acera. Y en un desagüe del río Medellín, encontramos al Topo. Pero Rojitas es el protagonista de hoy en esta serie por entregas con los huéspedes del hotel calle. Cero estrellas.
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roberto
Comentario realizado el 16 de noviembre de 2009 - 16:12
Triste historia la de Luis Carlos y por lo que parece no fue la droga la que lo llevó a ese extremo y a verse abandonado por su familia. Faltó mencionar la causa que lo llevó a la calle.
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viborax
Comentario realizado el 16 de noviembre de 2009 - 08:15
La indolencia social, los muros invisibles de quienes nada tienen. Son legión; algunos lo aceptan y otros se revelan. Y todos pasamos de largo. Los arrinconados que se sublevan, nos cogen en las esquinas, nos raponean o peor, nos matan amparados en la industria del crimen que nos azota. Mantenemos viva nuestra némesis.
Juan Carlos Rojas vive en el sector de Barrio Triste hace seis años. Habita un cajón de madera de un metro con 20 de largo por 50 centímetros de ancho y por eso recibe el apodo de Chavo del Ocho. Se lo regalaron en un local comercial y procura conservarlo con el máximo de limpieza y orden.