Mientras el rebosante optimismo de Luis Carlos Villegas, presidente de la Andi, insiste en que Colombia debe crecer por encima del 9%, comienza a fraguarse en algunos sectores del país el movimiento de los "indignados" que han conmovido las calles adyacentes a Wall Street.
Allí, amplios grupos juveniles protestan airados por la forma como se ha venido manejando la crisis económica, de la cual entre los grandes perjudicados está la generación de empleo en la juventud.
Paralelamente con esta protesta, se conocen los índices de desempleo que agobian la población juvenil en el hemisferio occidental.
España encabeza el ranquin con un 46%, seguida de Grecia con un 43% e Italia con un 27%, naciones que están jalonando la crisis de la deuda y la estabilidad del euro en la Unión Europea.
En esta vitrina de frustración social, aparece Colombia con un 22% de desempleo joven, mientras Chile lo hace con un 17%, cifra igual a la de los Estados Unidos. El promedio mundial es del 14%, lo que significa que Colombia está ocho puntos por encima de la media.
Parte de esta deplorable situación tiene sus raíces en la sordidez de determinadas compañías que no han sido consecuentes con su reiterada prédica de aplicar la responsabilidad social empresarial en las gestiones de sus negocios.
A falta de creatividad, imaginación, productividad, innovación, eficiencia y transparencia, para hacer sus empresas más rentables y productivas, cuadran sus balances echando mano de la línea del menor esfuerzo, cual es la de adelgazar la nómina de sus jóvenes profesionales. No importa que para lograr formar ese capital humano calificado hayan tenido que invertir grandes sumas en su capacitación. Tampoco los desvela que al lanzarlos a la calle, las dolorosas consecuencias las sufran tanto en su dignidad personal como en las afugias familiares que se originan con tan draconiana fórmula.
Muchos de estos jóvenes profesionales que después de grandes sacrificios logran culminar una actividad profesional -a falta de enganche de su mano de obra o de fulminantes despidos- tienen que emigrar a buscar en el exterior lo que no pudieron hallar en un país que pretende crecer por encima del 9% del PIB.
Pierde con ese éxodo, poco humano, -porque de ellos, pocos regresan- no solo la unidad familiar en sus afectos y desarraigos, sino la sociedad que invirtió significativos recursos financieros para capacitarlos, cuando no la ética en los negocios. Se malogra la moral ciudadana, al verse importantes núcleos de los desplazados del mercado laboral, sumergidos en negocios tan temerarios como azarosos.
Mientras esta situación ocurre, la concentración del ingreso en el sector más rico es más alta y la ausencia de ingresos del sector más pobre es más evidente. Es la brecha que acaba de ahondar la gran desigualdad que pone a Colombia en el tercer lugar del mundo de las inequidades, título que hasta ahora ninguna de las locomotoras planteadas por el gobierno nacional logra triturar.
El desempleo juvenil, que es el pertrecho del cual se valen los movimientos conocidos como el de los "indignados" para disparar contra las injusticias auspiciadas en buena parte por la concentración económica que invade al mundo, aporrea duramente a Colombia. No olvidemos que grupos juveniles, al invadir las calles, tumbaron la reforma educativa. Antes, hace más de medio siglo, lograron derrocar la dictadura del general Rojas Pinilla, llenando plazas y avenidas.
Ahora, estos contingentes, dejan oír sus voces -voces de alboradas- para reclamar más compromiso de quienes tienen en sus manos los recursos y posibilidades para generar empleo profesional, digno, estable y calificado.
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