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Los jóvenes pinchan al “Gigante”

Brasil se sacude abruptamente en las calles después de una década de crecimiento económico y reducción de la pobreza. Las protestas ponen a prueba su andamiaje político y su solidez social.

  • Los jóvenes pinchan al "Gigante" | ILUSTRACIÓN MORPHART
    Los jóvenes pinchan al "Gigante" | ILUSTRACIÓN MORPHART
19 de junio de 2013
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Ha despertado de la forma más febril el "gigante suramericano".

Brasil, el que hasta hace unas semanas era la envidia del Continente y la "novia bonita" con la que todos querían salir, ha dejado ver las cicatrices sociales que aún permanecen intactas bajo el ropaje del crecimiento económico y la reducción de la pobreza.

Las protestas que desde hace dos semanas sacuden los cimientos de un proyecto de transformación social iniciado por Fernando Henrique Cardoso y desarrollado en buena parte bajo la administración de Lula da Silva, ponen a prueba la capacidad política de Dilma Rousseff, su experiencia en la negociación social y su talante democrático.

Porque de entrada, esas multitudinarias protestas pacíficas, no exentas de algunos brotes de vandalismo, no buscan tumbar al Gobierno. Uno de los cánticos de los jóvenes es elocuente: "No somos Turquía, no somos Grecia; somos Brasil saliendo de la inercia".

El aumento de las tarifas en el servicio del transporte público fue quizás la llama que hacía falta para que explotara esa insatisfacción social acumulada durante décadas de dictadura militar, años de corrupción política e inocultables asimetrías en la redistribución de la riqueza.

No es paradójico, sino una consecuencia directa, que los casi 30 millones de brasileños que dieron el salto de la pobreza a una incipiente pero estable clase media sean ahora en buena parte los que protestan en las calles.

Su umbral de insatisfacción, en vez de reducirse, ha aumentado exponencialmente. Hoy demandan mejores sistemas de transporte, educación y salud, y el acceso a las nuevas tecnologías los han empoderado de tal forma que se sienten agentes del cambio.

Un cambio que hasta hace poco se creía adscrito únicamente a los partidos, hoy de paso, hundidos en el desprestigio y la ilegitimidad que causa la corrupción.

Hábilmente, y con no poco oportunismo, la presidenta Dilma Rousseff ha tendido la mano a los manifestantes. No sabemos si el enroque pueda resultarle ganador, pero ya tuvo un efecto directo: la represión policial de los primeros días ha dado paso a la tensa calma y a la apertura del diálogo, cara a cara, entre el gobierno y algunos líderes de las manifestaciones.

El escenario no podía ser más atractivo para quienes protestan ni más comprometedor para quien negocia con ellos. Los ojos del mundo, representados en cientos de periodistas de los cinco continentes que cubren la Copa Confederaciones de Fútbol, han tenido que hacer "gambetas" para poder registrar la otra cara, la menos amable, del Brasil que embrujó al mundo.

De ahí la importancia estratégica que supone para el Gobierno resolver bien esta encrucijada social y los enormes dividendos que buscarán obtener los "indignados" brasileños.

Rousseff, y tras bambalinas Lula da Silva, han sido notificados de que no es suficiente crecer en lo económico, sino ser mejores en lo social y lo humano.

Que el estado de bienestar que se le reconoce a Brasil en el ámbito internacional se traduzca y se irradie por venas comunicantes al resto de brasileños, muchos de ellos aún atrapados en los cordones de miseria y exclusión que alimentan, entre otros, el narcotráfico y la delincuencia organizada.

Los jóvenes han tocado las fibras más sensibles del "gigante suramericano". No buscan tumbar al Gobierno, porque saben que este puede caerse solo si no cierra las fisuras por donde se filtran cada cierto tiempo, y sin avisar, el descontento social y el hastío hacia los partidos políticos y la corrupción.

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