Su nombre es indispensable en las letras colombianas. Por su naturalidad, por esa forma simple de contar las cosas y llamarla poesía, por su Golpe de Dados y por su voz necesaria, vamos a echar de menos a Mario Rivero.
El poeta de las cosas sencillas, el del pelo cano y la barba azabache, detuvo su corazón el domingo en Bogotá, lejos de su Envigado.
A Mario Rivero o Mario Cataño Restrepo, algunos lo recordarán como el hijo del mecánico de telares, el obrero de Rosellón, el que miraba a las mujeres desde el billar del pueblo... Y también estará en la memoria de muchos, como el hombre que supo decir las cosas con plenitud y sencillez, que entendió que la poesía acumulaba autenticidad y no había necesidad de adjetivar la realidad.
Por eso, no calificamos su muerte, la lamentamos. ¡Adiós, Mario!
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