Había una mujer lo más alegre, patialegre para más señas. Todo eran diversión y hombres. Su gran amiga era recatada y pudorosa. Murió la primera y a los años la otra. Y al llegar al cielo, se encontró con la amiga que brincando le decía: "... ¡y no era pecado!"
Nos volvió a pasar. Tras años de restricciones, de regaños de la esposa al desmedido marido, de serias admoniciones de médicos con cara de escopeta queriéndose lavar las manos, de llegar a esconderla en las casas, resulta que... la sal no daña el corazón.
Se le devuelve la dignidad al hasta hoy vil cloruro de sodio, que en la antigüedad, cuando no había médicos ni científicos, era bien valorado.
Los asirios le echaban sal a las ciudades que conquistaban para marcar el inicio de la nueva era. Abimeleth, juez israelita, la regó por Shechem, la capital, luego de superar una revuelta en contra (quizás la primera asonada de la historia). Y Jesús destacó a sus apóstoles al decirles "ustedes son la sal de la Tierra".
Era bien tenida. Hasta a los soldados romanos les daban sal como pago extra por sus valientes actuaciones. Sólo a nosotros, habitantes de los siglos 20 y 21, se nos estaba negando el derecho a degustarla por designios de la ciencia seguida por los médicos. Ingerirla era casi ver de reojo un ataúd. A los colombianos sólo nos era permitido estar inmersos en una montaña de sal ... si íbamos a Zipaquirá.
Y miremos la crueldad del destino. Nada menos en abril, el Instituto de Medicina de Estados Unidos urgió a la Administración de Alimentos y Drogas (la temida por muchos FDA) regular la cantidad de sal que los fabricantes y procesadores de alimentos ponían en sus productos. Hasta el alcalde de Nueva York había convencido a 16 compañías para que lo hicieran.
Y citamos ejemplos de por allá, porque por acá esos temas no llegan hasta nuestros gobernantes y ni les interesa.
En mayo, científicos europeos publicaron en el Journal of the American Medical Association un estudio que mostraba que a menos cloruro de sodio en la orina de un individuo, buena medición del consumo de sal, en mayor riesgo estaba de morir por enfermedad del corazón.
No se había digerido tal hallazgo y a comienzos de julio un metaanálisis -como le dicen en el argot científico- de siete estudios con 6.250 personas, presentado en el American Journal of Hypertension , no halló evidencia sólida de que reducir el consumo de sal reduzca el riesgo de ataques cardiacos, derrames o muerte en personas con presión sanguínea normal o alta.
Los descubrimientos, que parecen sólidos, parecen porque en ciencia, como se nota, algunas verdades cambian cuando se conocen más detalles o se profundiza, dejan muy mal a los médicos franceses que en 1904 reportaron que seis pacientes con presión sanguínea alta eran muy amigos de la sal. Entonces pandió el cúnico . Y queda mal el americano Lewis Dahl, que en los 70 proclamó que tenía evidencias inequívocas de que la sal provocaba la hipertensión.
La sal ha revivido, como en la antigüedad. Y aunque no se trata de un llamado a los excesos como los de la amiga del comienzo, bienvenidos el mango biche con sal, las crispetas saladas, la michelada y, en fin, tantos placeres que se nos negaban o que nos hacían sentir dignos del patíbulo.
Maullido : leí por ahí: ¿qué es una vida bien vivida?
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