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SHAKIRA Y LA GUERRA DEL FÚTBOL

  • Humberto Montero | Humberto Montero
    Humberto Montero | Humberto Montero
07 de febrero de 2012
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En el primer aniversario de su relación, el central del Barça y de la selección española Gerard Piqué asegura en un profuso reportaje que a Shakira le cuesta entender el odio que hay latente en un partido de fútbol.

No comprende que algunos hinchas del máximo rival la pongan "a caldo" con cánticos hirientes -poco sutiles, hay que admitirlo- cada vez que el imperial Real Madrid se enfrenta al que -ahora- es el equipo de sus amores.

Que no tenga duda alguna la cantante barranquillera, cuyas caderas guarde Dios por muchos años, que si su novio fuera Cristiano Ronaldoo Casillas los insultos lloverían desde la otra grada.

No es personal, es sólo fútbol. El espejo que todo refleja.

En 1969, Honduras y El Salvador se enzarzaron en una guerra exprés que duró 100 horas y en la que murieron 6.000 civiles. Todo comenzó un 16 de julio, cuando las tropas salvadoreñas lanzaron una ofensiva que se quedó a las puertas de Tegucigalpa. Cuatro días después, se selló la paz. Sin embargo, las hostilidades habían comenzado antes. En una cancha de fútbol.

Tras una igualada eliminatoria a doble partido entre ambos países, con una tensión insoportable por el destierro de Honduras de miles de salvadoreños, el encuentro de desempate se celebró el 27 de junio en Ciudad de México, lugar que albergaría la final del Mundial un año después. Tras dos partidos a sangre y fuego, El Salvador ganó la penúltima batalla, con una agónica prórroga incluida que concluyó 3-2.

Aunque el fútbol no provocó la guerra, pese a que Kapuscinski pusiera un titular para la historia, el partido de ida prendió la mecha. El 8 de junio, Honduras ganó 1-0 en el último minuto. La noche anterior, en un hotel asediado, los cohetes y petardos habían impedido dormir a los jugadores visitantes. La dolorosa derrota in extremis fue tan humillante que Amelia Bolaños , salvadoreña de 18 años, se pegó un tiro en el corazón con la pistola de su padre. Una semana después, se celebraba el partido de vuelta en un ambiente pre-bélico.

Igual que entonces, cada incidente en una cancha de fútbol ha sido fiel reflejo de la realidad social de un país, de un continente y casi del mundo entero.

La tragedia de Heysel, que viví en directo en mayo de 1985 y en la que perecieron 39 hinchas, 34 de ellos de la Juventus a manos de aficionados del Liverpool, tuvo su germen en las bandas de "hooligans" que engendró la reconversión industrial británica, la misma que echó a la calle a miles de obreros. Por eso, la masacre en el estadio de Port Said, en la que han muerto 74 personas hace casi una semana, muestra la convulsión que sigue viviendo el Egipto post-Mubarak.

Un país tutelado por una Junta Militar, que debería entregar el poder al presidente electo el próximo 30 de junio, en el que todos los actores políticos y económicos tratan de tomar posiciones. Los ultras de Al Ahly, que tuvieron un papel destacado durante las manifestaciones contra Mubarak , fueron masacrados por los del Al Mashri, el equipo local, ante la indiferencia de 3.000 policías y militares.

Los disturbios se extendieron por todo Egipto el pasado fin de semana, dejando decenas de muertos. No es una batalla entre hinchas, sino entre dos fuerzas opuestas: la oligarquía laicista que dominó el país con Mubarak y los Hermanos Musulmanes, que controlan el 46% del Parlamento y pretenden imponer el islam más rigorista, el que prohíbe conducir a las mujeres. Cuando el curling levante pasiones y el tejo llene estadios, ese día, el fútbol pasará a ser sólo un deporte.

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