Durante una reciente visita a Ciudad del Cabo, Sudáfrica, fui golpeado inmediatamente por la realidad de exclusión y segregación. Desde la salida del aeropuerto, la miseria humana se hizo evidente. Miles y miles de casitas improvisadas enmarañaban los dos lados de la carretera. Sus débiles estructuras parecían ser sostenidas por la casa vecina que era sostenida por la casa vecina que, a su vez, era sostenida por la casa vecina.
Este tipo de asentamiento informal abunda en Ciudad del Cabo, que tiene otra cara: la blanca, en donde todo el mundo es bonito y el mar azul y sus playas están circundadas por inmensas mansiones con bellos jardines. Es un mundo de Maseratis y modelos; más allá de los turistas que inundan la zona en el verano, el murmullo en los lujosos restaurantes es en Afrikáans.
Sostuve una reunión inolvidable con un grupo de víctimas que opera en Sudáfrica desde la época del apartheid. Muchas de las personas que participaron en la reunión venían desde lejos. Viven en las afueras de la ciudad, en Cape Flats, donde fueron trasladados en los ochenta para que no ocuparan los alrededores de la península. Se trata del asentamiento más grande de la ciudad, Khayelitsha. Las casas que fueron nuevas en algún momento, no son de cartón; el programa oficial de traslado de población previó ladrillo y el techo se hizo para que no goteara. Al menos, eso es lo que decía la propaganda oficial del apartheid.
El hecho es que Khayelitsha, literalmente "casa nueva" en Xhosa, se expandió vertiginosamente. Cientos de miles de familias negras se asentaron allí, lejos de la vista pública, contenidas en la miseria. Se dice que la tasa de desempleo es más del 80 por ciento; el robo, la violación y las lesiones son el té de cada día (porque no hay pan). Las formas privadas (pero informales) de seguridad organizan y desorganizan la vida de estas comunidades marginales, compuestas por vecinos ensimismados que únicamente buscan sobrevivir, un día a la vez.
El grupo reunido era mixto. La mayoría eran mujeres, todas muy reservadas. Los pocos hombres eran más locuaces.
Nos reunimos para hablar del proceso de transición de Sudáfrica. Rápidamente quedó claro que, para ellos, el tan mentado proceso había sido formal y que el reconocimiento hecho a la injusticia del régimen de apartheid no se tradujo en medidas concretas de reparación.
La circunspección de las mujeres fue bajando y poco a poco compartieron su dolor, unas con llanto: "Nos mataron a nuestros hijos y eso nunca lo podrán devolver"; "Qué podemos hacer en el mercado laboral si fuimos educadas en colegios de segunda. Yo fui educada en un colegio Bantú, apenas puedo escribir"; "La violencia está por todo lado, nuestros hijos se están muriendo, no tienen futuro"; "Esto fue una reconciliación farsante, fue para los poderosos"; "Aquí no hubo justicia; nuestros torturadores viven en sus villas y yo me muero de hambre"; "No tenemos acceso a los servicios básicos; nuestros jóvenes no tienen salud y el SIDA mata a gran parte de nuestros queridos".
Un viejo preso político sentenció: "Aquí no hubo reparación. Nos dijeron que el apartheid se acabó, pero vivimos peor ahora que antes".
Fue una reunión difícil. La tristeza y el resentimiento de los participantes eran evidentes. El estudiado modelo sudafricano se desdibujaba en los rostros y las palabras de mis anfitriones. La discriminación, la miseria y la violencia a las que son sometidas las personas negras de la Sudáfrica de hoy no permiten celebrar la prometida Sudáfrica de Mandela.
El apartheid tenía el propósito de crear y sostener un inframundo de seres negros puestos al servicio de los blancos. Como régimen, se orientó a convertirse en estructura y, si bien su injusticia ha sido rechazada, sus efectos son todavía muy palpables.
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