Al tímido respaldo ofrecido por el anterior Ministro de Transporte, Germán Cardona, cuando afirmó que las Autopistas de la Montaña "van porque van" y que se gastó dos años disertando sobre la importancia de estructurar los proyectos viales antes de licitarlos, se le suma hoy la infortunada declaración de la actual ministra Cecilia Álvarez: "Yo no les puedo gastar toda la plata a los antioqueños de las demás vías del país".
Y por cuenta de algunos columnistas capitalinos desinformados se generó en el país la creencia de que en Antioquia se construirían soberbias autopistas comprometiendo todo el presupuesto de Invías, cuando de lo que se trataba era de un proyecto corporativo concebido hace más de cinco años, por un comité en Antioquia liderado por la SAI, la Cámara de Comercio de Medellín y el acompañamiento del Gobierno Central y cuya estructuración técnica y financiera le fue encomendada a ISA.
Las pretensiones y anhelos no iban más allá de integrar el Departamento al sistema vial del país que pasa por Antioquia para superar el aislamiento en que se ha mantenido por causa de la precaria y obsoleta infraestructura que amenaza con marchitar esta región.
Conviene recordarle a la señora Ministra que durante los siete años que teóricamente tomará su ejecución, Antioquia le habrá girado al presupuesto nacional por concepto de impuestos de Renta y Patrimonio más de $100 billones y apenas nos devolverían $10 billones, es decir un 10% (por no decir una bicoca ), lo cual no es equitativo con la región.
Afirma el gerente de las denominadas Autopistas de la Prosperidad que "no se les ha rebajado la calidad de las especificaciones de diseño para rodar a 80 kilómetros por hora, y que el cronograma de tareas avanza dentro de lo previsto".
Olvida mencionar que no todos los corredores irán en doble calzada porque la vía a Urabá, por ejemplo, la obra más prioritaria y esencial para el desarrollo de Antioquia, así los diseños, gestión y licencia ambientales queden definidos con anterioridad, solo se comprarán los predios para la futura calzada. Ya nos imaginamos la debacle que nos espera durante la ejecución de la otra calzada, cuya experiencia, en el proceso de ampliación de la vía Caldas-Primavera, ha sido nefasta y a costos gigantescos para la economía del país.
El nombre de autopista dado al proyecto no resultó ser el más adecuado; y el de la prosperidad, mucho menos, porque si se aplica con rigor técnico su acepción, una autopista se define como una carretera especialmente acondicionada para operar a grandes velocidades en dos direcciones separadas por un seto (cercado o valla) y que opere en forma segura, confortable y sin que otros caminos la atraviesen.
Construir una sola calzada y aplazar la segunda para un futuro es una visión cortoplacista que no corrige el rezago vial, rezago que se pretende conjurar con los $44 billones en Programas de Cuarta Generación de Concesiones, según lo afirma el director de la ANI.
Una cifra muy inferior a los $80 billones que desde la eliminación del Fondo Vial Nacional se ha dejado de invertir en infraestructura vial en 22 años.
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