Es grande la degradación que nos envuelve: madres que rechazan a sus bebés, adultos que abusan de niñitas, adolescentes que matan, pobres sin futuro, roscas, engaños y etcéteras. Por todo ello asombra que la publicidad siga, como sin darse cuenta, por llamar la atención, tener imagen y atraer compradores, echándole leña al fuego con propagandas que invitan a la violencia o, peor aún, que la vuelven cómica. Tal la publicidad televisada en la cual un individuo mete a otro, atado de pies y manos, amordazado, con los ojos enloquecidos y retorciéndose, en la maleta de un vehículo y se dispone a triturarlo -como chatarrizando vehículos viejos-, según parece porque no usa el desodorante que recomiendan; ¿esperan que alguien quiera usar ese producto? ¿No hay quién revise la publicidad? Si el gerente no puede ¿alguno de la junta? Hay más casos publicitarios de violencia graciosa, mentiras chistosas, relaciones prematuras, invitación a los adolescentes a lo que quieran: con tal de que usen o tomen determinado producto.
Estando así las cosas, parece increíble, pero fue cierto, que me haya resultado relajante, entretenida, una visita a una clínica. Entré calmada porque mi oficio era de mero acompañante en mini problema de persona en perfecto estado porque, es un hecho, que a las clínicas van personas sanas a hacerse radiografías, tacs, electrocardiogramas, endoscopias, cateterismos, biopsias buscando lo que no se les ha perdido, y se alegran cuando resulta alguna deficiencia. Mientras esperaba me puse a pasear, mejor digamos a caminar, por entre los diez cubículos que, debido a sus cortinas movedizas de tela liviana que no llegan ni al suelo ni al techo, permiten oír lo que se dice adentro. A poco de estar oyendo, me dio risa, saqué libreta y lápiz y empecé a apuntar. Lo que transcribo es textual.
Había entrado al reino del diminutivo: a una joven que con un cuchillo se había cortado un dedo y daba alaridos le dijeron: "regáleme un dedito", para hacer un examencito, le iban a hacer un chuzoncito pero "ciérreme los ojitos"; a otro le sugirieron "apriete la manito y "le voy a quitar la camisita", y hubo uno a quien le pidieron "alce los piecitos que lo voy a sentar en la camillita"; nadie conoce jeringas sino jeringuitas; a uno que lo sacaban del cubículo le pidieron "cuidadito saca la manito y no se mueva porque se cae de la camillita."; yo seguí unos pasos tras ese y, efectivamente, si sacaba las manitos se las quebraban porque la camillita casi no cabía por las puertecitas de los laboratorios donde le iban a hacer los examencitos en un momentico. Me perdonan los que no desean palabras fuertes en la prensa, pero me contaron de un señor que cuando lo sacaron del cubículo exclamó en voz alta: "señorita ¡o me tapa la cara o me tapa el c?!". Había uno sentadito en una sillita y el encargado de manipular los aparatos para un examen le pidió a la asistenta "téngame el amarillito".
A pesar del diminutivo, hay que enfatizar la calidad de nuestra medicina, la profesionalidad de la gran mayoría de nuestros médicos. Lo que sigue siendo un problema grave es que las personas pobres no dispongan de atención inmediata y efectiva, ni de medicinas que les son indispensables. En el Congreso están perdiendo el tiempo, mientras todo enfermo no tenga atención fácil y eficiente -¡gentil!-, todo niño no tenga escolaridad de primera clase, y no se preste la atención debida al campo y a los sueldos y contratos de los campesinos; así ni para qué seguir buscando una calidad de vida humana digna, y progreso sostenible.
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