• Medellín, 26 de mayo de 2012
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Tiene una máquina del tiempo en la cocina
Jaime Pérez | Consuelo García nació en Rionegro, Antioquia. Los recuerdos de la mediamañana en la escuela, el algo y la merienda que preparaba la abuela y los dulces que se encontraba a la salida de misa los domingos, fueron los sabores que marcaron la memoria de su lengua y que ella se encargó de rescatar del olvido. Este año tiene proyectado incluir al cofio entre los dulces tradicionales que ofrece.

Tiene una máquina del tiempo en la cocina

EN MEDIO DE un bosque de Medellín, Consuelo prepara las recetas dulces de antaño que le recuerdan a la lengua los sabores que se perdieron con los años
Carolina Calle Vallejo | Medellín | Publicado el 21 de marzo de 2010
Si los insectos tienen pesadillas mientras duermen, la casa de doña Consuelo es el paraíso de los dulces sueños de las hormigas. También es la máquina del tiempo y la morada de los antojos para los que fueron niños hace más de medio siglo.

Desde hace diez años patentó las recetas que le hacían gastar los centavitos de su mesada al frente de la iglesia o en la esquina de la escuela. Hoy fabrica los recuerdos de azúcar que llegan con el minisigüí, el gaucho, las velitas de panela, los rompemuelas y los muñequitos de anís.

En la edad en que unos se jubilan, otros llegan al asilo y algunos salen al descanso en paz, doña Consuelo salió al recreo de su paladar y descubrió una fórmula para no perder la memoria y tener en la punta de la lengua los recuerdos de los mejores tiempos de una generación dulce.

Tú me acostumbraste
La abuela Magdalena tenía citas todos los domingos con los hombres del pueblo. Los alaridos y los jadeos salían de la pieza, atravesaban los corredores de florecitas azules, pasaban por la ventana de la cocina y se esfumaban en el solar donde Consuelo les preparaba sancochitos a sus muñecas de trapo mientras "Mamá Nena" terminaba con los chicos para prepararles chocolate caliente y lengüitas de azúcar a la hora del algo.

La abuela era la sobandera del pueblo que arreglaba manos quebradas, cuerpos molidos, pies doblados y dedos torcidos. Después de las caídas, los cabezazos y las patadas que recibían en los partidos dominicales de fútbol, los jugadores del pueblo esperaban con ansias pasar por las manos de Magdalenita quien luego de relajarlos con su voz mientras les untaba una pomadita y les estiraba los músculos, de repente, "¡Trac!", daba una vuelta inesperada, sonaban los huesos y, después de un grito, salía un suspiro de alivio.

Muchas décadas después, doña Consuelo sería la sobandera de las golosinas olvidadas. Le haría masajes a la panela, estiraría las velitas, rociaría el azúcar y se sacaría un clavo de olor y una astilla de canela para llegarle sutil, como una tentación a quienes probaran las delicias de su época sacándoles ciertos sollozos y una lágrima dulce de nostalgia.

Te busco
Cuando Hilda encontró a los muñequitos de anís que había rebuscado en paisajes conocidos y en lugares tan extraños desde hace más de 40 años, no podía creer que la esperaban paraditos en un mercado de la ciudad.

Por poco le da un paro cardiaco porque miles de recuerdos se aglutinaron en su pecho. Recordó que su interés por la anatomía se despertó mientras les cortaba el cuello, les mordía los brazos y se tragaba las cabezas de los inolvidables muñequitos de anís. Comprendió que su vocación de enfermera venía desde niña cuando le aplicaba inyecciones de ají a los dulces de frutas que se comían los papás. Que no tenía ni diez años cuando hacía pedidos de ácido tartárico a la farmacia para fabricar minisigüí, el polvito mágico que mezclado con azúcar y anilina se desaparecía de las manos de los niños que lo tocaban con la lengua. Y se le vino la imagen del abuelo Pedro cuando decidió quitarle el azúcar y le preparó un tinto con altas dosis de sal.

Quizás, quizás, quizás
Doña Consuelo ya era madre de tres hijos cuando su lengua empezó a exigirle los sabores de su infancia. Echó cabeza creyendo que quizás recordaría las recetas de "Mamá Nena" pero perdía el tiempo, pensando, pensando. Así que decidió preparar chocolates con las frases de amor que siempre quiso decir en la época en que los niños preguntaban: "¿quiere ser mi novia?" y las niñas respondían: "sí, pero no me dejan".

Vendía cartitas achocolatadas que hacían digestión en el corazón cuando el paladar y las papilas leían el "Te amo" o el "Me encantas" que doña Consuelo escribía sobre el chocolate con letra pegada.

Algún día, fue al centro de la ciudad a comprar las bolsitas transparentes con que los empacaba. Como nunca antes, ese día no la atendieron y la hicieron esperar al lado de un joven que también pedía las mismas bolsitas. "¿Vos que empacás ahí?" le preguntó doña Consuelo al joven quizás para que no fuera tan larga la espera. "Gauchos", respondió y a partir de ese momento, doña Consuelo tuvo que tragar bien, se puso las manos en la cabeza, sintió un soplo en el corazón y pensó que quizás Dios había planeado esa dulce demora para que luego de preguntarle "Cuándo, cómo y dónde" ese ángel le enseñara la receta.

Solamente una vez
Lucero compra los dulces de doña Consuelo para devolverse en el tiempo y recordar que una vez le entregó el alma a las travesuras de la niñez. Añora los 28 de diciembre de hace 45 años cuando le echaba pique a las galletitas de mantequilla y envolvía bolitas de jabón en las bolsitas de confites de lulo, mora, maracuyá y piña que traía la familia.

Como solamente dos veces nada más crecen los dientes en la vida, doña Ligia ha tenido sus precauciones porque cierto día por tantas ganas de recordar, se le olvidó que ya no era una niña ni tenía los dientes de leche y por culpa de las lengüitas de azúcar y los rompemuelas de coco, se le partió un diente que no volvió a salir jamás.


Nosotros
Las velitas de panela la devuelven a sus catorce años cuando, a causa del amor y del recuerdo de la piel canela del primer novio, comenzaban a dejarle un sabor dulce en la garganta y otro amargo en sus noches en vela.

Las únicas veces en que Mario pudo cogerle la mano fue en el club del bolero de Rionegro. Antes del baile comía "Colediablo" que era una velita roja que doña Consuelo utilizaba para pintarse los labios.

Y cuando le estiraba la mano para llevarla a la pista, se arrepentía de no haberse maquillado los cachetes con miel para que se hubiera quedado pegado de su mejilla aún después del baile.

Un sabor agridulce le dejó en la boca cuando Mario se graduó y viajó a la ciudad. Seis meses recibió cartas diarias que llegaban desde Medellín y el día que no hubo correspondencia, se le apareció en una calle de Rionegro. Antes de que preguntara algo, le entregó un long play , le señaló la canción que debería poner en el tocadiscos y, misteriosamente, se fue.

Corrió desesperada a la casa de la prima. Sonó el bolero y cuando escuchó "No es falta de cariño, te quiero con el alma", se le agitó el corazón y cuando el disco remató "en nombre de este amor y por tu bien, te digo adiós", fue la única vez en su vida que se le bajó el azúcar y derramó lágrimas saladas.

Y es que desde que conoció a un vendedor de golosinas que le endulzó el oído, le trajo a colación el tema del azúcar y le hizo alzar las velas, le volvió el azúcar a la sangre y tiene una melcocha en el corazón.

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