Como están anunciando nueva etapa del programa Yo me llamo , me parece oportuno compartir algunas impresiones que me surgieron sobre este proyecto de Caracol Televisión.
Empiezo haciendo un reconocimiento, para luego advertir del riesgo que corremos con la promoción de esta modalidad de concursos: hay que admitir que, antojados por el programa, muchos de nuestros niños y jóvenes se atrevieron a cantar; desafortunadamente, poniendo todo su esfuerzo en imitar a otros. Lo preocupante es que la imitación se vuelva hábito y sepulte sus capacidades.
Escuchando a los que allí se arriesgaron, pensaba en su calidad musical y el desperdicio de su talento, esforzándose por parecerse a otros. Algunos mostraron enormes recursos vocales para construir un estilo propio. Su empeño era doble, pues, además de su talento, se les exigía excepcionales esfuerzos guturales, mentales y de expresión corporal para conseguir el efecto trazado en el programa.
Como decimos en el argot popular, había mucha madera, pero, lamentablemente, consumida en el ejercicio de la imitación.
Sería más loable que quienes tuvieran la oportunidad de subir a ese escenario mostraran sus potencialidades musicales y tuvieran la posibilidad de ser acompañados por profesionales de la música, construyendo lo suyo, su sello.
Eso vimos en el otro canal, a la misma hora: pusieron sobre escena el talento infantil, para que mostraran su brillo propio. Allí no hubo aquellas situaciones bochornosas del programa de imitación, en el que registramos episodios tan incómodos para los participantes, porque faltaba un detalle en el pelo, el peso, la estatura, la cintura, la mirada, el gesto, sino que hubo siempre expresiones de ánimo, reconocimiento, respeto y cariño por los niños.
En este formato no vimos a ningún niño disfrazado de nadie. Cada quien, de forma original, mostraba su pasión por la música y sus capacidades aún crudas.
Que el programa haya alcanzado tanto rating, significa que tiene peso entre nosotros la fuerza de la imitación, de la moda, de parecerse a otros.
Lo que preocupa es la línea pedagógica que subyace en este tipo de proyectos, y, más, tratándose de un esquema animado por un medio de comunicación tan potente como es el de la imagen, y que, como advierte Sartori, tiene el poder de crear subjetividades y arraigar cultura, para lo puntual, la cultura de la imitación.
Entonces, la percepción individual se diluye en el esfuerzo de parecerse a otro, no va a ser para el desarrollo personal, sino para llegar a ser como otro, sin rasgo de identidad.
De eso estamos huérfanos en las últimas décadas. En la música, como en otros aspectos de la vida humana, entronizamos la cultura del reciclaje, en este caso, la recurrencia a hitos de años atrás, de alguna manera, cercenando la capacidad creativa de las nuevas generaciones.
Pico y Placa Medellín
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