Carlos E., de potrero de la “otrabanda” a centro cultural

  • El barrio es visitado por sus restaurantes y librerías (arriba). También tiene un sendero peatonal (abajo) que en las noches es frecuentado por jóvenes. FOTos julio césar herrera
    El barrio es visitado por sus restaurantes y librerías (arriba). También tiene un sendero peatonal (abajo) que en las noches es frecuentado por jóvenes. FOTos julio césar herrera
  • Carlos E., de potrero de la “otrabanda” a centro cultural
  • Carlos E., de potrero de la “otrabanda” a centro cultural
Por Vanesa Restrepo | Publicado el 08 de febrero de 2018
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habitantes se estima que residen en Carlos E., según datos de la JAC.

En los tiempos en que Medellín crecía solo en el centro, cuando el barrio Prado sobresalía como el de más alto perfil y la quebrada Santa Elena aún corría destapada por el centro, un barrio nació por fuera de los límites. Fue bautizado con el nombre de un expresidente, Carlos E. Restrepo, y su inauguración en 1971 rompió con todo aquello a lo que la ciudad -en ese entonces más pequeña- estaba acostumbrada: casas grandes y pocos vecinos.

El abogado Alejandro Montes Gómez, uno de los primeros habitantes y hoy integrante de la junta local, recuerda que en esa época -antes de los años 60- lo bonito de Medellín quedaba del río hacia el oriente.

El occidente era llamado “otrabanda” y era el sitio donde nadie quería vivir. “Esto era un humedal. Estaba la quebrada La Iguaná con algunas casas, y había fábricas. Pero todo era pantano”, recuerda.

Con los años, el occidente creció y aparecieron barrios como Laureles y La América. “Fue cuando gente como Pedro Nel Gómez empezó a pensar la ciudad como París, con circulares y transversales en vez de calles y carreras. Surgió el desarrollo en la zona de San Joaquín, pero de la calle Colombia hacia acá seguía siendo un criadero de caballos donde hasta mi mamá vino a montar”, agrega Montes.

El primer punto para que eso cambiara fue la llegada de la Biblioteca Pública Piloto, en 1952. Los lotes de la zona empezaron a comercializarse y una entidad nacional -ya extinta- llamada Instituto de Crédito Territorial (ICT) diseñó un plan de urbanismo con 1.000 unidades habitacionales. La primera etapa -216 apartamentos, en 27 torres- fue inaugurada a las 5:30 de la tarde del 16 de febrero de 1971, con el entonces presidente Misael Pastrana a la cabeza.

“Carlos E. fue el barrio de la otrabanda. No fue una ciudadela, pero sí un conjunto de bloques de apartamentos que además eran abiertos. Al principio el proyecto no fue muy bien recibido por eso”, explica el escritor Reinaldo Spitaletta.

Y aunque muchos auguraron que el barrio no prosperaría, su cercanía con la Biblioteca Pública Piloto (la más importante de la ciudad) y las universidades Nacional y de Antioquia (las dos más grandes, ambas públicas) hicieron que el lugar terminara como un barrio de clase media y sitio de reunión de intelectuales y estudiantes.

En los años siguientes, además de otras tres etapas de apartamentos amplios y sin cerramientos, llegó el edificio comunal, que hoy alberga a una docena de locales comerciales -librerías, cafés, supermercados y pizzerías, entre otros- y la sede que por años ocupó el Museo de Arte Moderno de Medellín y que hoy es edificio cultural de la Universidad de Antioquia. “Y pensar que esa iba a ser la iglesia”, recuerda entre risas Mauricio Mesa, presidente de la Junta de Acción Comunal.

Carlos E. creció con el resto de la ciudad: además de la autopista Sur y la calle Colombia, vio nacer la carrera 65, y la calle 57, que hoy son vías arteria de la ciudad.

El pantanero cambió por un prado verde y decenas de árboles que los mismos residentes plantaron. “Yo recuerdo que había un vecino que repartía semillas y ese era el ‘parche’, salir a sembrar esos árboles que hoy nos dan sombra”, evoca Montes.

Hoy el barrio tiene seis parques con zonas verdes, un inventario de 1.500 árboles y juegos infantiles.

El barrio de todos

Según cálculos de los propios vecinos, el 95% de las personas que visitan Carlos E. durante el día -en especial durante las noches y fines de semana- no reside allí.

Tal vez por eso y por el hecho de estar en espacios abiertos, la participación se volvió parte importante del barrio.

Juan Carlos Posada, residente que además es arquitecto y magister en Estudios Urbano - Regionales, considera que esa unión es quizá uno de los elementos diferenciadores del barrio. “Hay una gran capacidad de participación ciudadana cuando hay proyectos de ciudad que los afectan directa o indirectamente”, dice .

Uno de esos momentos se vivió en 1984 cuando el entonces alcalde José Jaime Nicholls propuso convertir el cerro El Volador -vecino de Carlos E.- en un relleno sanitario. Las familias se opusieron, protestaron y la administración municipal tuvo que mover el proyecto para Moravia.

Más recientemente se unieron para evitar que un edificio que por años fue bodega de productos de construcción se convirtiera en funeraria. “Esa pelea la perdimos y hoy es lo que quisiera que cambiara en el barrio. Yo me sueño que en ese lote haya un parque biblioteca, o algo de ciudad, de cultura, como lo que representa el barrio”, explica Mesa.

Los años no llegan solos

47 años de historia traen sus cambios. Los expertos y residentes consultados por EL COLOMBIANO coinciden en que el principal es el relevo generacional.

Spitaletta lo ilustra con un tono jocoso: “los que llegaron acá jóvenes ya no lo son tanto y los edificios no tienen ascensor. Entonces las rodillas ya no les dan para subir y les toca buscar para dónde irse”.

Como los apartamentos son grandes, muchos de ellos se convirtieron en residencias estudiantiles y en los últimos años, con los avances tecnológicos, en cuartos alquilados a turistas que reservan vía internet.

El mall comercial y las zonas verdes tienen otros problemas. Con celular en mano, Mora muestra el video de una pareja sorprendida teniendo relaciones sexuales en plena calle peatonal. Ambos parecen estar bajo efectos del licor y posiblemente de las drogas y se resisten a salir del parque, aunque el vigilante les pide varias veces que se vistan y se marchen. “Fue hace más o menos tres meses, pero es pan de cada día. Hay consumo de drogas, licor, y la basura que queda es impresionante. También usan las esculturas y los propios edificios como baños”, denuncia.

Mauricio Mesa es aún más radical. “Esta es una zona de tolerancia no declarada. Pocas veces hay operativos y el código de policía no se aplica”, agrega.

Andrés Tobón, secretario de Seguridad de Medellín, responde que el barrio está priorizado en la estrategia de ataque a diferentes delitos y comportamientos que afectan la convivencia en la ciudad. “El consumo de licor y venta de sustancias son temas que preocupan. Estamos trabajando de la mano de la Policía y la Fiscalía para desmantelar las estructuras que traen esas sustancias y los golpes que damos afectan a el eslabón de la cadena que está en el territorio”, dice.

Tobón reconoció que aún es necesario hacer la tarea “más juiciosa” para controlar el hurto a personas, pues en los últimos 6 meses se presentaron 59 denuncias de estas, además de 78 por riñas, 8 por robo de motos y 4 por hurto a establecimientos comerciales.

El Concejo de Medellín tiene una comisión accidental para buscar soluciones a esas problemáticas. Daniel Carvalho, corporado que lidera el grupo, rechazó los señalamientos de zona de tolerancia y dijo que el barrio “es un modelo de urbanismo que se debe respetar”. Por eso, dice, se han buscado soluciones a problemas de movilidad (mal parqueo, en especial de las oficinas vecinas) y mal uso del espacio público .

Contexto de la Noticia

ORIGEN El comercio da vida al barrio

Los restaurantes y cafés que se ubican en una de las calles del barrio Carlos E. son sitio de visita obligatoria para propios y turistas. El más antiguo de esos locales es el mercado que lleva el nombre del barrio pero que todos conocen como “Donde Don Miguel”, pues hace 42 años fue abierto -y hasta hace poco atendido- por Miguel Vanegas.
El hombre, a sus casi 83 años, cuenta que el barrio siempre le pareció tranquilo pero que no vivió en él por los impuestos y gastos. El local -al que llegaba a las 6:30 a.m. y dejaba a las 11:00 p.m.- hoy es atendida por 3 de los 7 hijos que levantó vendiendo hortalizas, granos y cervezas. “Aquí todo queda a 5 minutos y en todo este tiempo nunca me robaron, aunque una vez llegaron (los ladrones) hasta la esquina”, dice sentado en una silla de la tienda, desde donde sigue pasar la vida.

Vanesa Restrepo

Periodista. Amo viajar, leer y hacer preguntas. Me dejo envolver por las historias.

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