Retratos de una vida centenaria

  • Teresa Moncada de Ruiz cumplió 107 años el 27 de marzo de 2018. El municipio de Envigado celebró el natalicio de la mujer más longeva de la localidad con una fiesta. FOTO Róbinson Sáenz Vargas
    Teresa Moncada de Ruiz cumplió 107 años el 27 de marzo de 2018. El municipio de Envigado celebró el natalicio de la mujer más longeva de la localidad con una fiesta. FOTO Róbinson Sáenz Vargas
Por Daniela Jiménez González | Publicado el 05 de septiembre de 2018
en definitiva

Teresa Moncada de Ruiz cumplió 107 años y la celebración fue multitudinaria en el barrio El Consuelo, de Envigado, entre la presencia de su familia, vecinos y autoridades locales.

Como si le susurrara un secreto, Gladys Ramírez se acerca al oído de su abuela y le pide que canten juntas una canción. Pero, en lugar de murmullos, comienza a tatarearle unos versos de Cielito lindo, la tonada tradicional mexicana. Teresa Moncada o “mamita”, como la llaman cariñosamente, ya no ve ni escucha con claridad, pero recuerda y canta la letra con precisión: “Ay, ay, ay, ay, canta y no llores, porque cantando se alegran, cielito lindo, los corazones”.

Cuentan Stella López, Angélica y Gladys Ramírez, tres nietas de Teresa, que es posible enmarcar el rastro de la vida centenaria de su abuela en cifras: 19 hijos, 50 nietos, 42 bisnietos y 22 tataranietos. Este año, Teresa ajustó las 107 velas sobre el ponqué de cumpleaños y, aunque habla poco, comentan ellas que solía decir que iba a construir un asilo con todos sus hijos: la mayor ya tiene 87 años y la menor está a punto de cumplir 60.

A su edad, Teresa no se queja de dolor, ni de achaques. No sufre de la presión y no toma otras pastillas que no sean las vitaminas.

En marzo de este año se convirtió en la mujer más longeva de Envigado, pero la multitudinaria celebración llegó apenas el pasado 31 de agosto, junto con el alcalde, todos los vecinos, los bomberos y hasta una papayera.

Fue necesario el cierre de la vía, traer diez botellas de champaña y cinco tortas de cumpleaños. El mandatario del municipio le entregó una medalla conmemorativa.

“Ella no creía que iba a venir el alcalde. Hizo muchas preguntas: ‘¿Y qué me van a poner ese día? ¿Y qué hago cuando venga? ¿Aplaudo?”, dice Angélica.

“Se volvió famosa, es la matrona de Envigado. Fue tremenda rumba”, añade Gladys.

La vida en voces de otros

A medida que pasan las décadas, la tarea de contar la historia propia se va convirtiendo en una batalla perdida entre la desmemoria y el tiempo. Hace apenas un año que Teresa comenzó a olvidar y el relato de su vida ha comenzado a hilarse a través de las voces de quienes crecieron junto a ella, quienes cuentan que nació en Jericó y se crió en el campo, en una casa de vastos jardines.

Su familia recuerda, también, las jornadas de estudio en las que repasaban con la abuela las tablas de multiplicar o, incluso, las tardes de compañía en la tienda que Teresa tenía con su marido. Amaba las visitas y las reuniones familiares, en donde no faltaba la buena comida.

“Es muy alcahueta, sacaba dulcesitos del negocio a escondidas para nosotros”, recuerda Stella.

— Mamita, usted cuántos años tiene— le pregunta Gladys a Teresa, quien suelta una sonrisa.

— Por ahí cincuenta—responde ella, divagando.

— ¡Ah! ¿Tan joven?

— Sí.

Antes, cuando le preguntaban por el secreto de la longevidad, decía que la clave estaba en no tomar café, ni comer nada de color negro.

Teresa siempre ha sido devota y aún escucha el Rosario por la televisión, todos los días, en las mañanas. Aunque tenga un siglo de vida, a veces le asusta morir, le teme a la soledad o a las ausencias.

Sus miedos son los mismos que podría tener un niño o cualquier joven, porque los temores humanos, parecidos en todos nosotros, no respetan ni tiempos, ni edades.

“Le da miedo morir, sentirse sola. Se sintió desamparada cuando murió el abuelo”, agrega Stella.

Un amor de medio siglo

Bernardo Ruiz fue su marido y cómplice, con quien alcanzó a celebrar las bodas de oro. Sus nietas no recuerdan la fecha con exactitud, pero dicen que “el papito” murió hace aproximadamente 21 años.

—¿Cómo te decía el abuelito ?—le pregunta Angélica.

—Mija—contesta Teresa.

—¿Y de él que recuerdas?

—Todo. Y que se murió.

—¿Y vivías bien con él?

—Eh, avemaría, sí.

En la sala de su casa en El Consuelo de Envigado, barrio en el que residen, todos intentan esculcar el pasado, mientras Teresa sostiene la mano de su nieta Gladys.

Algunos días no recuerda los nombres de ninguna de sus nietas, pero se aferra a ellas, les besa las manos y les hace cosquillas.

—¿Cantamos otra canción? Se va, se va la lancha...—canturrea Gladys, de nuevo.

La letra de este tango de 1928, conocido por la versión popular del Dueto de Antaño, parece escapársele por ratos, pero Teresa completa con algunos balbuceos los fragmentos que ha olvidado.

Se va, se va la lancha, se va con el pescador —canta la abuela, farfullando— y en esa lancha que cruza el mar, se va también mi amor .

Contexto de la Noticia

escena Fotos en la sala y en los álbumes

La sala de la casa está llena de fotografías de Teresa, todas con el cabello negro, sin una sola cana, hasta incluso después de cumplir los cien años.

Dicen sus nietas que la abuela siempre ha sido vanidosa y nunca le ha gustado el cabello blanco. Hasta hace poco, cuando se asomaban las canas sobre su cabeza, decía entre risas: “Está nevando, está nevando”, para que sus hijas la tiñeran de nuevo.

Daniela Jiménez González

Periodista del Área Metro. Me interesa la memoria histórica, los temas culturales y los relatos que sean un punto de encuentro con la ciudad en la que vivo, las personas que la habitan y las historias que reservan.

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