
Corría el año 45 del siglo XX, Tito y sus partisanos -ayudados por tropas soviéticas de Stalin- le ganaron la guerra a los
invasores alemanes y liberaron sus territorios. Se creó entonces la República Socialista Federativa de Yugoslavia; ya saben, ese cristal que ahora se volvió romper en pedazos (Serbia, Eslovenia, Bosnia-Herzegovina, Croacia, Macedonia y Montenegro). Pero en 1948 Tito, muy independiente él, se desmarcó de la línea stalinista y rompió con el bigotudo emperador soviético, lo que le supuso, al menos en el plano del entretenimiento popular, hacerse aliado de otros bigotudos.
Bigotudos de allende el mar, de sombreros anchos, pistolones, gitarrones y muy propensos al melodrama.
Sí: los mexicanos.
Y es que hasta entonces era la Unión Soviética que nutría las salas de cine de Yugoslavia con sus películas, de modo que, empeñado en deshacerse de toda manifestación pro-soviética, Tito encontró en el cine mexicano un filón extraordinario de entretenimiento para el pueblo, ajeno a ideologizaciones y doctrinas de la “Kominform”.
Sin contar con el apoyo de su vecinos de órbita soviética, claramente proestalinistas y sin poder acercarse al resto de Europa que estaba bajo el protectorado de E.U. después de la Segunda Guerra, de seguro Tito y sus colaboradores se dieron de narices con el cine mexicano. La producción de películas en Estados Unidos y Europa -inmersas en su lucha contra la Alemania
nazi- se había reducido bastante, lo que le supuso a México la necesidad de tener suficientes películas para satisfacer la demanda del público nacional y exportar a otros países de habla hispana y, como no mis cuates, ¡a Yugoslavia!. De hecho en esa época se hacían un promedio de 122 películas anuales en México, lo que ya es decir.
Así que nuestros viejos -los de aquí de Colombia- y los de los eslavos contemporáneos mamaron de la peliculas del Indio Fernández y Julio Bracho, de sus dramononones y comedias rancheras.
Por estos lares no nos extrañamos al encontrar a alguien en Jambaló, Cauca, con un sombrerón muy distinto a los bombines de fieltro de los guambianos y en vez de la ruana y la falda, chaquetilla y pantalón tachonados de botones metálicos. Nos dirá, quizás, que terminó de mariachi merced a la afición que tenían su padre o su abuelo por la música ranchera. No es extraño que lo mismo suceda en cualquier pueblo de la antigua yugoslavia.
Pero lo que ha recogido el novelista y cineasta esloveno Miha Mazzini es una serie de portadas discos prensados en esa época en los que algunos zarcos yugoslavos se las daban de mariachis y hacían sus versiones en idioma vernáculo de las canciones rancheras que oían en español en el cine. Así nació toda una corriente popular de mariachis eslavos. También Mazzini tiene en preproducción una película que se llamará “Paloma Negra” que transcurre en 1950 cuando Yugoslavia estaba al borde de una guerra con la Unión Soviética y un oficial del ejército de Tito que se niega a fusilar a unos prisioneros prosoviéticos es trasladado a un remoto pueblito en la montañas a controlar contrabandistas y donde un cine ambulante proyecta toda la noche una película mexicana y los del pueblo se saben de memoria las canciones de la película y… pasan cosas.
En fin, que la fiebre mexicana fue tal que aún hoy, cuenta Mazzini, se encuentran en los mercados de las pulgas de por allá viejos sombreros de mariachis y sarapes, residuos de la penetración imperialista de la tierra del agave y la enchiladas, como diría algún trasnochado bolche.
No sé si los yugoslavos alcanzaron a recibir la bendición de alguna película mexicana de luchadores como El Santo el enmascarado de plata, que hizo debut en cine en 1958, pero sería delicioso ver los que pudieron ser los espejos eslavos de este o de Blue Demon. ¿Qué tal “El Enmascarado de los Cárpatos contra el Estrangulador de Transilvania? ¡Una joya!
Links:
Página de Miha Mazzini (con covers de discos de mariachis eslavos) aquí
Página sobre el Santo el enmascarado de plata aquí
Página sobre Josip Broz Tito (wikipedia) aquí