Retroprueba: Mercedes-Benz 300 SL-24 1992: Gran Turismo

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Hace más o menos un mes me llegó un mensaje de un gran amigo con quien desde hace unos 12 años comparto esta enfermedad por los carros. Porque no es pasión, es una enfermedad, al punto de que nuestras vidas “adultas” giran alrededor de esto. A continuación, lo que felizmente después sucedió.

Texto: Manuel Fernández Jaramillo*

Fotos: Manuel Fernández / Daniel Gómez

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Dicho mensaje era para consultar mi opinión sobre la idea, un poco loca por demás, de reemplazar un desangelado Mercedes-Benz B200 al que ya no le haría mucho kilometraje anual. Como entre más crecemos al parecer también se refina poco a poco nuestro gusto, pues el sustituto en potencia era otro producto de Stuttgart, un respetable y aparentemente impoluto SL R129 de 1992 en Anthrazitgrau, uno de esos automóviles de fantasía que de niños coleccionábamos a escala y que ahora estaba al alcance en 1/1.

Yo lo animé sin pensarlo. Así lo hicieron otros amigos y a las dos semanas ya estaba ahí, estacionado en su garaje. ¿Y yo? Antojado por conducirlo, así que abusé de su confianza y se lo pedí prestado con una noble excusa. Y efectivamente, así fue. No más aterrizar en Colombia y ya estaba yendo a recogerlo, no sin antes pasar por la tarjeta de propiedad y unos repuestos que le cambiarían al día siguiente (tremendo favor no podía ser gratuito… yo con gusto).

Así que durante una corta estadía en mi tierra estaba ahí,  a los mandos de uno de los iconos por excelencia del roadster alemán, heredero de una estirpe que lleva más de 60 años como el referente en esta carrocería, un exponente de aquella ingeniería que reflejó esa obsesión perfeccionista que hace mucho dejó de existir en Mercedes-Benz. Un sello que se ha ido diluyendo junto a la clase de sus diseños.

Ese porte, esa estampa sólida y sin ornamentos, donde nada sobra. Esos trazos equilibrados, esa falta de excesos, esa innegable elegancia en la que no hace falta presumir… eso ya no existe en los Mercedes actuales, casi todos con su cara de alienígena depredador de ojo saltón y boca grande o ese despliegue atroz de cromo que quiere gritar a los cuatro vientos el pretendido estatus. Qué falta hace hoy en día aquella máxima de la elegancia “Menos es más”. En fin, son los tiempos que vivimos.

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Con 24 años a sus espaldas (solo un poco menor que yo), el olor que despide el lindo cuero en tono beige está todavía presente y, aún cuando en este oficio tengo a mis espaldas casi 600 vehículos de todo tipo conducidos, no dejó de sorprenderme cómo este SL conserva aquel aire elitista solo con sentarse: asientos de contemporáneo aspecto con apoyacabezas ­eléctricos­ integrados por un costado y no por medio del espaldar, varios instrumentos de aguja que más de un millennial no entendería jamás (empezando por la presión de aceite), un espejo retrovisor interno graduable eléctricamente (eso no lo tiene ni un Clase S hoy día), climatizador automático digital que podría presumirse aún ahora en autos de corte medio y un timón que también se ajusta con una fina palanquita a la izquierda de la columna, porque hacerlo manualmente es una cosa muy vulgar, ¿No?

Y la lista no para ahí: el pito (sí, así se llama la bocina o claxon para quienes nos leen de otro lado) tiene dos tonos: uno simple, que pareciera para ciudad, en el que el SL advierte de su presencia como cualquier asiático anónimo. El otro, es el sonido propio de un buen germano y se activa presionando un switch en la consola central.

Al grueso cuero lo acompañan abundantes alfombrados en puertas y pisos y un sólido plástico negro que no se ha deteriorado en lo absoluto. Y si hablamos de desgaste, ni siquiera los faros biselados lucen amarillentos. Hay detalles costosos muy ausentes en estas épocas de ahorro, como el panel de la puerta o estribo, rematado en metal o el mismo cierre de las puertas tan hermético, tan sólido: pura calidad. Y sí, se abre y se enciende con una llave, pero cada puerta, baúl incluido, tiene un pequeño cuadro negro que alberga un bombillo verde y otro rojo para hacernos saber si quitamos o ponemos los seguros. Desconozco si era común en los ochenta o noventa, pero solo había visto eso al entrar en las habitaciones de los hoteles.

Después de una magnífica bienvenida, nos acomodamos con la postura por excelencia en un automóvil hecho para cubrir largas distancias: pegados al piso, con las piernas estiradas para mínima fatiga, pero perfecto alcance hacia pedales y volante. Es hora de sacar al SL a la calle. Con cuidado, eso sí, porque las llantas son de hace doce años y su cambio está en la lista de pendientes.

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El seis en línea cobra vida y saca sonrisas con esa tonada tan característica y ya extinta. No es tan melódica como en un BMW, tal vez menos ronca, pero evoca de cierta manera a otras glorias de antaño. Tampoco se trata de una pieza antigua, hoy todavía luce respetable: hay distribución variable y 231 caballos a partir de un tres litros de cuatro válvulas por cilindro. Todo con una respuesta suave, progresiva pero enérgica al acercarse a las 3,000 vueltas y que, una vez se está acostumbrado a un pedal derecho poco inmediato, a una caja automática que no niega su edad entre sus rebajes lentos y las patadas que da, se lanza dignamente con una aceleración mejor que la de gran parte de la fauna automotriz de nuestras calles.

Pero el carácter no solo proviene de aquél corazón. Su clave es que, contrario a todo o casi todo lo que hay ahora, este Mercedes todavía enseña a conducir y eso es muy valioso y gratificante. Hay aún un proceso evidente de adaptación, hay que ir con total constancia y suavidad y, sobre todo, hay que saberse anticipar. Esto último es una máxima de la buena conducción que aplica aquí con todas sus letras.

Las reacciones y apoyos son lentos pero una vez puesto en la curva, la confianza no se pierde aún cuando este conjunto se concibió en los ochenta y este servidor está acostumbrado a muchas cosas aparecidas después de los dos miles. ¿Y el andar propio de un Mercedes? Ahí está, plantado, con constantes ganas de aislar las imperfecciones, pero sin esas torpezas y lancheos de esos sistemas  de suspensión que se hicieron blandos sin pensar en otras consecuencias dinámicas.

La dirección aún es de bolas recirculantes (sistema que solo sobrevive en algunos todoterrenos de la vieja escuela) y su asistencia hidráulica, una vez superado un bien disimulado juego al centro, es muy natural en la forma de oponer  resistencia a las órdenes y se complementa por reacciones poco inmediatas. No es de ir con las manos a las 10 y 10, no. Hay que posicionar las extremidades en distintos sitios del aro para adelantarse al giro y no cruzar demasiado los brazos, una acción más propia de estar abordando curvas cerradas, pero haciéndolo también en giros más abiertos.

El nivel de concentración es mayor y el gusto de sentir que, en efecto se va conduciendo, también; hay una conexión patente hombre-automóvil y las curvas entre La Calera y Sopó fluyen una tras otra tal y como las tengo guardadas en la memoria… ni la música hizo falta en una noche de sábado sin tráfico: solo una mente enfocada en sentir este ya no tan voluminoso descapotable, el seis cilindros cantando al fondo, la mano derecha pasando constantemente entre segunda, tercera y Drive para administrar mejor la energía disponible y atenuada por el dormido acelerador –y eso que hay un primitivo modo Sport en la transmisión– y el reto adicional de no despertar a quien ocupa el asiento del copiloto (Sí, así de suave puede ser la marcha en este carro).

Es en los tramos de montaña más sinuosos en los que el SL se muestra a prueba de conductores agresivos. Un volantazo no se reflejará en una reacción abrupta que sobrecargue algún eje y aún así habremos esquivado aquél cráter enorme tan propio de la “autopista” norte bogotana, el freno es largo y no muy asistido, pero después de adaptar la pierna y el pie, la presión se modula bastante bien, con un ABS para nada paranoico que ni en detenciones intempestivas (como al encontrar un resalto sin señalizar) se manifestó. Este gran turismo fluye sin dramas y así nos lo hace sentir. El 300 SL-24 me hace conducir, pero me hace estar tranquilo al mismo tiempo. Ese tipo de experiencias están en vía de extinción en la automoción actual y entre más me doy gusto con un veterano de estos, más aburridos me parecen los automóviles actuales.

Los 90 mil pesos de gasolina extra no le hicieron ni cosquillas al tanque de ochenta litros y después de unos 200 kilómetros, hay que dejar el SL en su hogar. Es hora de regresar a la vida real (de lo cual no me quejo tampoco) y esto concluye en el contexto de un fin de semana muy especial.

Todo se habría quedado como una experiencia en el tintero para contar a mis allegados, pero el buen Juan Moreno me incitó a escribirlo, aunque sea de ejercicio, para el ya veterano Blogaraje (ya me pagará en especie aguardientera), así que acá quedan de regalo estas letras, pues ya son años que no escribo algo para Colombia.

VTAYUcO_    *Manuel Fernández Jaramillo @MFer_89 (Cali, 1989) es un periodista del motor, bogotano por adopción, que ha      desarrollado su carrera como redactor en Colombia  para publicaciones como Car And Driver y  Automóvil                  Panamericano. En 2010 cofundó, en compañía del administrador de este blog y de Julián Muñoz de laneros.com,        el  portal automovilescolombia.com. Desde 2013 vive en México DF, donde se desempeña como Director de                  Contenidos Online para Automóvil Panamericano México. 

Subir y arrancar Trato de hacer memoria y acordarme del primer momento en que un carro me llamó la atención más de lo normal y siempre me remito a unas viejas fotos de mi primer cumpleaños. Allí aparezco al lado de un flamante Ford Galaxie 500 adscrito al cuerpo de bomberos de alguna ciudad norteamericana. Posteriormente, mis padres continuaron regalándome autos en mis cumpleaños. Conservo también una fotografía con un pastel hermosamente decorado y un VW Beetle rojo que yo miraba con asombro. Vinieron luego los maravillosos Matchbox 1/64 y algunos coches de carreras que funcionaban con gasolina ¡de avión! Y que mis primos mayores gozaron a placer mientras el ruido ensordecedor que producían, me causaba genuino terror. Un tío fue quien acolitó (al fin y al cabo es sacerdote) mi primera “manejada” en su viejo Jeep Willys MB, con el que dábamos la vuelta a la manzana. El controlaba la pedalería y los cambios, mientras yo trataba de girar el pesado volante. Mis otros tíos me mantenían al tanto del mercado automotor, pues en los viajes y paseos me preguntaban por las marcas y modelos de todos los carros que veíamos, hasta que me los aprendí todos. De los “de verdad” recuerdo el Zastava 1500 amarillo de mi tío Aquiles, auto al que cariñosamente apodaban “el maracuyá” y que compraron el mismo año en el que nací. Cuando lo vendieron, casi no me cuentan pues temían mi tristeza al saberlo y pues, la verdad, no los defraudé. Llegó la época de las revistas, los catálogos, los libros y cuanta publicación sobre autos existiera. Pasaba tardes y noches devorándolas ansiosamente, aprendiéndome de memoria fichas técnicas, modelos, características y los datos más precisos de cada ejemplar. Eso sí de mecánica, nada. Me embiste un dulceabrigo y cualquier tornillo en un motor significa para mi, poco menos que magia negra Mi profesión de periodista me ha permitido experiencias inolvidables con los carros, dirigir algunos programas sobre el tema, cubrir las ferias, participar en encuentros, desfiles y ser testigo desde esta óptica del crecimiento y las contracciones del mercado, probar algunos modelos y conocer personajes que me han honrado con su invaluable amistad y sabiduría infinita. Con el advenimiento de internet y la televisión internacional, el aprendizaje se expandió a niveles insospechados. Ahora era posible explorar más allá y en tiempo real, lo que estaba sucediendo en el mercado automotor mundial. Participar en chats, foros y páginas se convirtió en la principal fuente de conocimiento y en un segundo aire para esta afición. Gracias entonces a la red mundial y a la magnífica herramienta que proporcionan los blogs, y, por supuesto, a la gentil complicidad del equipo de Medios Electrónicos de EL COLOMBIANO y su editor general, Fernando Quijano, que avaló esta propuesta, es que hoy puedo compartir con ustedes este rincón minúsculo del ciberespacio, en donde la idea es compartir experiencias y conocimientos, retroalimentarnos con las noticias que produce este dinámico sector, enterarnos de las novedades más recientes y, sobre todo, divertirnos con una pasión que va más allá de conducir y maravillarnos con el invento más sensacional de la historia. Se trata entonces de abrir el blogaraje y dejar salir la imaginación con el placer que produce ver estas hermosas piezas en acción, que nos roban suspiros y nos producen un constante hormigueo que solo los aficionados a los carros entendemos, compartimos y acolitamos (como mi tio el cura). Bienvenidos, súban, abròchense y disfruten el viaje.

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