Mucho gusto, Rulfo

Me llamo Rulfo. Tengo un año y medio, en las cuentas de Camila Avril. Mi mamá se murió cuando yo era un bebecito y nunca supimos el día exacto de mi cumpleaños. Sabemos, porque me miraron los dientes, que fue un día de noviembre. Ella decidió que fuera el 15. Tal vez Camila no sepa a qué vino a este mundo, pero yo sí: a dormir y a morder. Sé que me llamo Rulfo, por Juan Rulfo, el escritor, y dice que yo tengo que ser un gato que escribe, porque como no, con semejante nombre. También tengo múltiples personalidades, y a veces soy Rulfo José o Rufino José Cuervo. Me gusta comer atún por las mañanas, aunque me pusieron a dieta porque se me estaba creciendo mucho la barriga. Ahora mismo estoy durmiendo.

Duermo 18 horas, muerdo 5 y escribo una.

Estiramientos

 

Screen Shot 2017-05-21 at 2.06.03 PMEstirarse. Las camas son esos objetos de cuatro patas, como los gatos, que no maullan. En el lugar perfecto, donde se han de acostar otros –pero uno llega primero–, las patas de adelante se deslizan y luego se deslizan las de atrás, el cuerpo queda hecho un palito que encaja con las arrugas (o las arrugas de la cama y el gato encajan exactas). Cerrar los ojos y dejarse llevar sin importar la envidia de otros que no tienen arrugas para encajar, ni cama ya para estirarse.

Así son los domingos que un gato se merece.

Tres

Uno

IMG_00475 de mayo. No llegaste. Era una cita programada en el futuro, pero ni vos ni el futuro llegaron. Nunca. Ni siquiera a destiempo. Tampoco llegó ese miércoles, ni nos tomamos la foto que nos íbamos a tomar. No. Con vos el tiempo se estancó esa noche en que escogiste ir hacia el otro lado, y las palabras dichas, y las no dichas, se quedaron en el cliché del viento. Tan difícil mirarlo en perspectiva, en pasado, y no haber entendido que cada quien tiene vidas paralelas de las que no nos damos cuenta hasta que explotan, de pronto. Eso lo aprendí con una M, que me ha acabado las minas de los portaminas, que me ha enseñado a partir de la tristeza, que equivocarse tiene consecuencias. Con vos, por ejemplo, me equivoqué. Porque uno no debe creerle al futuro. Yo no te vi en mi futuro hasta ese día que hablaste del 5 de mayo. Éramos tan distintos, tanto. Y luego pasó la cita del futuro y yo me vi ahí, con vos, en ese día, en esa silla. A un curioso como yo no se le puede decir que se le va a decir algo en el futuro. Porque esas cosas no se olvidan y pasan a un tiempo difícil de pronunciar: pospretérito. Qué me irías a decir, ¿ah? No llegamos, sin embargo. Pasó un humo extraño. Te habías ido. Eras pasado, nunca presente. Después aprendí a odiar cada cosa en donde estuvimos: el parquecito, la silla, la esquina de la cerveza, la calle de atrás, los perros con queso, los edificios dibujados, la pelota del gato.
Y al 5 de mayo. Hay días muertos.

Dos

Voy a merodear
en vos.
A esconderme detrás de tu oreja
y a decirte,
qué voy a decirte,
si con vos
no hay palabras.
Con vos hay silencio.
Hacemos silencio,
vos adelante, yo atrás,
como el fantasma que me he vuelto.
No estoy, pero estoy,
en el mismo segundo.
Lo sabes.
Lo sé.
Lo saben ellos y el gato.
Me he ido,
y no me he ido, al mismo tiempo.
Voy a merodearte,
en mi silencio,
y en esta contradicción:
querernos, y no querernos,
en el mismo tiempo.
A la misma hora.
En la misma coordenada.
Soy un fantasma,
que merodea adentro y atrás.

Tres
La M, dice el diccionario, es la decimotercera letra del abecedario español, que representa, y he aquí la palabra rara, el fonemaconsonántico nasal bilabial. No entiendas, no importa. Cuento las letras del abecedario en mis dedos: tiene razón el diccionario, la M es la decimotercera letra de ese abecedario. Del mío, en cambio, es la primera de ese nombre con el que me llaman a veces, y también la séptima. Vos sos la séptima letra de mi abecedario, que representa, y he aquí mi mundo raro, la imposibilidad de coincidir en el mismo tiempo y en el mismo espacio, en el mismo segundo. La posibilidad de querernos a veces y de odiarnos a veces también, en el mismo microsegundo. Los dos idiomas, el de la ciencia y el de las letras, que no nos dejan decir.

Clases de baile

Clase I

Te saliste de clase antes de tiempo. Eso no pasó nunca con el otro profesor, pero es que a este lo odiaste desde esa vez que reemplazó a tu profesor, y te dijo que no te enseñaba ese paso, y ni siquiera te dejó intentar, a ver si de pronto te salía. Desde que entraste al salón y lo viste al frente lo odiaste. Te equivocaste de clase, pensaste, pero cómo te devolvías si además estabas tarde. Guardaste el bolso, miraste el celular –la M se mantiene en su pacto de silencio– y te hiciste en la última fila. Pie izquierdo adelante, pie derecho hacia atrás, y luego pie derecho hacia atrás y pie derecho hacia atrás, y que des una vuelta. Por Dios, no supiste dar esa vuelta la primera vez, aunque sí a la tercera, y luego otra vez pie izquierdo adelante, pie derecho hacia atrás. Miraste a tus compañeros: el doble de mujeres. Suele pasar. Que ya repasamos, dijo el profesor, y vos seguiste con tu mala cara. Fastidiosa que estás, te dijiste, y te pusiste a mirar los tenis. Hoy te dijeron que no a los tenis, y vos te reíste. Si los tenis ahora caben con todo, incluso con la falda plisada que te hace sentir como colegiala. Vuelve a la clase, te dices, en presente, que así menos que hacés los pasos. Pie izquierdo adelante, pie derecho hacia atrás. Todavía no estamos en porro, dice el profesor aquel, seguimos repasando. Te desesperas. Vos querés un porro de una vez, a ver si eso te emociona. Primera pareja, un viejito que te coge la mano aunque no estén bailando, y te mira a los ojos. Señor, que no me mire a los ojos, le dices con los ojos, y entonces vuelves a mirar los tenis. Pobres Converse. Primera canción. Bien, viejito que baila, aunque de esos que se cree el genio de la clase. Un momentico, lo miras, que vos ya no estás en nivel uno, y pones la mano como te enseñó el otro profesor, y le seguís el ritmo. A mí no me enredás, lo volvés a mirar, y entonces te prueba con la vuelta de segundo nivel. No creas, señor, que esa también me la sé, y sonreís. Hoy estás fastidiosa, M, te repites. El siguiente señor te aumenta la mala cara. No sabe nada, ni el paso básico de pie adelante, pie atrás, pie adelante, pie atrás. Que cómo lo dejaron entrar a porro uno sin hacer bailes tropicales, lo miras a los ojos, y te deja haciendo el mismo paso por toda la canción. Que muchas gracias, señor, pero que siga, que no te interesa. Estás muy subidita, piensas. Ni que todavía no fueras una tiesa de tiempo completo. Te ríes. Espere y verá. El tercer parejo tampoco pasa la lección. Mejor conversas con la señora con la que te tocó compartir pareja. Ahora están diciendo que son hermanas. Se ríen juntas, y esperan al parejo que sigue. Está bonito, piensas, y de tu edad, por fin, y cuando te toca bailar con él, es tan tímido que mira para otro lado y pregunta que si puede hacer esta vuelta, que si cruzan al mismo tiempo. Hacé lo que te dé la gana, lo mirás, pero él no te mira. Y estaba lindo, volvés a pensar. Ahora el profesor. Se queda cuatro canciones con tu hermana y con vos, que están bailando muy bien, dice, y le perdonás un poquito. Solo un poquito. Te cae mal el profesor, nada que hacer. El último parejo es un señor que tiene afán. Con calma señor, bailas un poquito más despacio, pero él va rápido, que no te alejes mucho de mí, te dice, pero vos te alejás porque no estás en el mood de bailar cerquita, ¿bueno? Fastidiosa, te repites por última vez, muy creidita por haberte devuelto un nivel. Piensas en la M. Le habías prometido hacerlo bailar, un día, por lo menos, pero la M se fue porque no sabía si le gustabas. Te hace falta la M, pero la M no quiere hablar ni bailar ni nada con vos. Se fue para enseñarte que uno se va ante la incertidumbre y la desventaja, que uno no espera que lo elijan. Qué teso, piensas, pero vos, que no sabés nada, pensás que te hace una falta, que quieres que vuelva. Y no le escribes. Qué le vas a decir si no sabes nada. Tan gallina, como cuando te ponen a hacer ochos y morís del miedo. Te vas, a escondidas, antes de tiempo. Hay días que no son para bailar, y menos cuando un gato te espera en casa.

Clase II

Volviste a bailar. Esta vez con el profesor que te gusta. El ritmo es una prueba a tus caderas tiesas: bachata. Fuiste tan feliz por dos horas, vos que creés que la felicidad es un estado pasajero, que explota de pronto. Te reíste con los viejitos, que hoy resultaron bailar mejor que ayer. Te reíste con los de tu edad, cuando el profesor te puso a que coordinaras las manos con los pies, y la mano derecha había que pasarla por la cabeza y luego subirla, con los dedos como si estuvieran sosteniendo un lápiz, y desenrollarse mientras movías las manos, para devolverlas igual por la cabeza, en lo que el profe llama peinarse, mientras te vuelves a enrollar y el hombre te gira. Todo al ritmo de la música, y de las caderas, que todavía no moviste. El profesor dijo que doblaras las rodillas un poco, que así se mueven las caderas por inercia, pero tus caderas, piensas, todavía no les da la gana de entender. Te ríes. Te ríes mucho, y hasta te miras al espejo, vos que le tenés pavor al espejo. Hace días no eras tan feliz. Cuatro pasos a la derecha, cuatro a la izquierda, te devuelves en una vuelta que repites para el otro lado. El pelo está suelto y vuela, de aquí para allá. Volvés a pensar en M, y en él también. Nunca bailaste con él tampoco. M sigue en su pacto de silencio. Te acuerdas que se reían del viejito que tenía tanta fuerza que te dejaba doliendo la espalda. Extrañar, piensas, siempre te ha gustado extrañar. Bailas con el profe. Ja! Con el profe sos capaz de hacer hasta lo impensable, como esa vuelta triple que termina tirando la mano derecha en un círculo. Sí podés, pensás. Cuestión de tiempo. Lo mismo que con M, que con él, que con vos misma. Mejor vivir en una canción, así que agarrás al chico que conociste en salsa. Siempre te ha gustado bailar con él.

Volver

Vuelves. Ya estás en la cama en la que has pasado los últimos tres años. Te hiciste en tu lado, el izquierdo, y te metiste en la cobija, la que tanto defiendes de la anormalidad. Te has hecho el último café de la noche desafiando al sueño con cafeína. Trajiste al gato. Lo pusiste al lado. No quiso y se fue. El lado derecho de la cama está vacío.

Llevas cuatro días fuera.

Has vuelto a casa. Hace tanto que esta es tu casa, y hace tanto que no te habías puesto a pensar que tu otra casa es menos tu casa cada vez. Aunque siempre que vuelves allá sientes que el tiempo está detenido, que puedes volver a ser vos. Como si la esencia se refrescara en esas paredes, en esa otra cama, en ese sofá, en esa hamaca, en esa cocina, en esa casa, en ese pueblo, en esa mamá, en esas calles, en esos amigos. Incluso en lo simple: el sancocho de la tía los sábados, las arepas hechas a mano de la otra tía los domingos y, de pronto, el dulce de guayaba hecho con las guayabas de la finca que no habías probado desde que se murió la abuela. Piensas en la abuela: la abuela hacía las mejores tortas de pescado seco el Viernes Santo. Hace tanto que no es tu casa de todos los días, pero es tu casa de toda la vida. Tan distinto. ¿A dónde vuelves, entonces? A esa casa o a esta casa.

Llevas cuatro días afuera. Buscas algo. Querías irte.

Volver. Hacia dónde es volver.

Domingo

Te despiertas. Le haces mala cara al despertador. No quieres, es domingo. Has dormido tan poco, y es tu culpa, por irte a donde no debías haberte ido. Le sacas la lengua, pero hay que levantarse. De la cama y de la vida. Sigues triste, lo sabes. Alguien se fue anoche. Tantas pérdidas en una misma semana. Alguien que querías, pero no sabías que tanto. Te dan ganas de llorar, pero no puedes llorar. No. Hay que levantarse, ir a trabajar. Hay que ser un zombie. No vale decir la verdad, piensas. Abres la nevera: vacía. No hay ni leche. El tiempo, nunca hay tiempo, te repites. El gato tiene la coca de su comida vacía, pero él si tiene comida. Primero el gato, te ríes, y le sirves un poco. Ojalá fueras gato. Ojalá pudieras sentarte a su lado a comer comida de gato. Ojalá pudieras quedarte a dormir con él. Y no pensar. Y no despedirte de nadie.

Disco rayado

Pienso en vos, como un disco rayado que repite tu nombre al revés. Es una espiral de recuerdos que te tiene a vos en casi cada rincón: en ese lugar de todos los días, en la sala, en la cocina, en la cama, en el balcón, en el otro balcón, en el gato. En el sushi, en el restaurante de mi amigo, en la esquina, en el parque, en el carro, en el computador, en la silla del parque. En el sofá y en esa conversación. Ahí es cuando busco una excusa para pensarte tanto: la relatividad del tiempo. Fue tan poco y estuviste en tantos de mis lugares. Tan poco tiempo para seguir como si nada. Como si solo hubieras sido un entretiempo. Así de corto. Fui un partido de fútbol perdido. Estuve siempre en fuera de lugar.

Quiero entenderte: conciliar la razón y el corazón son actos heroicos. No te entiendo, de todas maneras, y el no entendimiento es el problema.

Pensar en vos duele. Porque al final, en esa no conciliación entre el corazón y la razón, está la esperanza de que vuelvas. Quiero que vuelvas. Y duele, porque, de todas maneras, para qué vas a volver si no sé si quieres volver.

Entonces espero levantarme, y que ya te hayas ido (¿o que hayas vuelto?, qué contradicción).

Supongo que los partidos perdidos también se olvidan. O se vuelven a jugar.

-,.,.,–.-.-.

Extraño el árbol. A vos un poco, solamente. Te extrañé hace rato, cuando no vi el árbol, pero no te había extrañado hace mucho. Me acostumbré a que tu letra no esté en mi alfabeto. He perdido varias en los últimos tiempos, tristes, dolorosas, como la tuya, pero el tiempo, tan relativo, va encontrándonos de nuevo. Te recordé por la ausencia del árbol, por la sensación de que todo ha cambiado: vos, yo, el paisaje. No hay nada de lo que somos, y la memoria se hace más chiquita cada vez. No porque no te recuerde, el pasado es parte de lo que somos, sino porque te alejas del presente, y te vas borrando. Ya no hay árbol, ya no estás vos. Como una metáfora de los dos. De la ausencia. De decir adiós sin querer.

Adiós, Mauro

La muerte nos enfrenta a los afectos. Nos hace pensar en esos tiempos en que sonreíamos sin preocuparnos por nada, casi que ni por nadie. A esos tiempos en que las preocupaciones se quedaban en que la abuela nos regañara por haber movido la silla de su puesto o por haberle hecho mala cara a los frijoles porque tenían coles. La muerte nos devuelve en el tiempo: ¿Te acordás, Mauro, de cuando hacíamos túneles con las sillas del comedor, y entonces los más chiquitos corríamos por el corredor, a la velocidad de los pequeños pies, mientras los más grandes, tú por ejemplo, nos perseguían, y casi siempre nos cogían en esos túneles, nos tomaban de la pierna, nos arrastraban, y reíamos? Reíamos, a carcajadas, todos los primos, grandes y pequeños, mientras el abuelo roncaba y la abuela escuchaba las noticias.

La finca era para eso: para ser felices. Vos te levantabas con el abuelo y con Juan a ordeñar. Te ibas de botas pantaneras, así te recuerdo, y con tus crespos oscuros, y luego los veía pasar con las vacas desde las chambranas naranjadas. Yo le tenía pavor a las vacas, y por eso cuando yo iba a ordeñar me encerraban en el corral de los terneros y ahí me pasaban un vaso de leche recién ordeñado. Ustedes eran fuertes, los grandes, los hombres del abuelo. Ustedes ordeñaban y luego se iban, camino abajo, con el abuelo, con las vacas. Yo me quedaba haciendo el queso con la abuela: ella le regalaba a uno una bolita como premio.

¿Te acuerdas, Mauro, por Dios, que peleábamos por las tripas de la gallina? Ja!, ni que fueran del otro mundo: lavarles toda la mierda, bien lavadas, voltearlas, lavarlas más, echarles jabón, lavarlas más, y terminar con jugo de limón y sal que les quitaba lo suaves que eran, para terminar en la cacerola, en unas cosas miniaturas que no eran suficientes sino para una persona. Peleábamos por quién se iba a quedar con ellas, en batallas campales de palabras que terminaban en la decisión de la abuela: esta vez son para Mónica. Casi siempre ganaba yo, por chiquita, por no vivir en la finca. Por llorona.

La muerte nos enfrenta al tiempo: hace tanto que no nos encontramos en la  finca, hace tanto que la abuela se fue, y hace tan poco que ya no estás. Ya no cabemos por los túneles de sillas, ni siquiera, y ya los niños no somos nosotros. Quizá crecimos y cada quien se fue por un camino distinto. Hace tanto que no nos veíamos, Mauro, que da tristeza saber que no nos vamos a ver nunca más, por lo menos no en este estado de materia que somos ahora. La muerte nos enfrenta a los afectos, es cierto, y aun pese a la distancia, eras mi primo, el segundo de los grandes, y uno quiere mucho a los primos, pese a no verlos muy seguido. Luego, sos el primer primo que se va. Se descompleta la docena que fuimos un día, y eso nos recuerda, de golpe, que la muerte está detrás y llega de pronto: en un árbol, en una moto. Que te vayas es que se vaya un pedacito de familia.

La muerte nos enfrenta a los afectos, Mauro, y a las ausencias, y a los olvidos.

Que la abuela te acompañe, y que vos, que ya estás de ese otro lado, acompañes a tu pequeño.

M.

Un gato

IMG_3502Te dibujé un gato, como los niños que dibujan familias en palitos y luego los regalan para que los papás los peguen en la nevera. Lo dibujé para acordarte de tu gato, y acordarme de mi gato. También porque a tu gato lo dibujé muy fácil y a mi gato lo he borrado cuatro veces ante la imposibilidad de volverlo postal. Lo dibujé pensando en que pueda irse hacia vos en correo, que te llegue un día, que sea como los pelos que los gatos dejan en la ropa, para que uno se acuerde de ellos de pronto. Lo dibujé como una escalera hacia vos. Le puse los bigotes, los conté, uno por uno en su transparencia, y escribí un mensaje detrás, que no se ve. Es para seguir este acertijo que me imagino cuando te escribo. Porque escribirte me parece un rompecabezas. Tan extraño como un gato, con sus siete vidas.

El árbol

Me había olvidado de vos, pero la tarde de antes de ayer me asomé al balcón que está al lado del salón de clase. No estaba el árbol debajo del que tantas veces nos sentamos a conversar. No estaba la silla, tampoco, y en cambio los reemplazaba una construcción incipiente con trabajadores caminando y vigas y mucho desorden. No estabas vos.

Te recordé sin querer para darme cuenta de que hasta el pasado se esfumó esta vez. La memoria te ha hecho un recuerdo vagabundo que regresa con menos nitidez. Sos un fantasma que pierde color. No sos, incluso. La razón podría explicar que a la gente que se va se le deja de extrañar, y yo pensé que no te extrañaba más hasta que extrañé al árbol y extrañé a la silla y nos extrañé a nosotros dos conversando mañanas enteras acerca, ya no me acuerdo de qué hablábamos, pero supongo que de las piedras. Las piedras se fueron también.

Podría jurar, y no en vano, que ya no pensaba en vos. Te fuiste de pronto y rompiste todo pacto de los que hicimos en silencio de que ibas a explicar si algún día te ibas, pero fue un día, también en silencio, que te desvaneciste de la vida. De la nuestra. Rompiste todas las posibilidades, incluso las imposibilidades que había entre los dos. Me gusta imaginar, me conoces, que lo hiciste por razones exógenas a tu voluntad, que te faltó carácter para sostenerte de este lado y te dio miedo intentar tener los dos lados al tiempo. Darse explicaciones ante las inexplicaciones hace que duela menos. Fueron otros colores de pelo. Te faltó imaginación. Te faltaron años, supongo.

Creía que era como el poema de Neruda, ya no te quiero, es cierto, pero cuánto te quise. Yo te quiero, en pasado.

Aunque el pasado no exista. Como no existe el árbol ni existe la silla ni existen las piedras ni existes vos.

Supongo que ahora somos la posibilidad de despedirnos otra vez, un día de estos.

C.

Zombie

Estás vacía, como si debajo de la piel hubiese solo aire y no músculos y sangre y venas y todo eso que describiría a la perfección un médico. Miras y no ves nada más que piel y un cuerpo que se sostiene en los huesos prestados de una humana. Caminas, hablas, conversas, trabajas, almuerzas, vas, vuelves, saludas al gato, manejas, explicas, escribes, te enojas, sonríes, vuelves a caminar, hablas, vuelves a conversar, trabajas, vuelves a almorzar, vas, vuelves a volver, saludas al gato, vuelves a manejar, explicas, vuelves a enojarte, sonríes, y vuelves, en el mismo orden o parecido, o al revés, pero siempre la misma piel vacía sostenida por unos huesos prestados.

Estás vacía, como si debajo de algún lado que no recuerdas, hubieras dejado la cabeza y el corazón y todo lo que va llenando el cuerpo de eso que no se ve, pero que hace más espacio que los músculos y las venas y la sangre y los tejidos juntos.
Sos un zombie.