Desencuentros

Screen Shot 2015-01-03 at 23.12.59Lo miras, aunque no tengas mucho que hacer con ello. Él no te mira al mismo tiempo. Cuando llegas, él se va. Cuando lo piensas, él no te piensa. Si le escribes, él no te escribe. Luego al revés: cuando te vas, él llega. Cuando él te piensa, vos no lo pensás. Si te escribe, no le escribes. Luego al revés, otra vez. Como si tuvieran un reloj en el que los minutos duran distintos segundos. El tuyo va más lento, el de él más rápido, y cuando se están intercambiando, que coinciden en el segundo exacto, sabes, están mirando para otros lados, buscando respuestas en otros objetos, armando otros mundos con otras personas. Raros. Mantienes la fe. Si los relojes suenan dos segundos alguna vez, podrán entender quizá las miradas perdidas, los pensamientos, las letras. Sabrá de tus mensajes disfrazados y de los puntos puestos de tal manera que dicen otra cosa: si los leyera no como puntos sino como mensajes cifrados. El pasado, cómo le pesa el pasado, piensas. Cómo te pesa a vos también, que te quedas enredada en ese laberinto de cosas que ya fueron, y que no fueron igual. No tenés la culpa, eso lo entiendes, pero la posibilidad de lo que pudo ser los mata. Es más fácil reconciliarse con el pasado, que entender el presente, que dejarse arrugar el corazón con el presente, porque todavía no te encuentras, por lo mismo: el pasado que te pesa tanto. La incoincidencia. Ese vicio entre los dos. Como si no fuera más fácil sincronizar los relojes, mirarse al mismo tiempo. Como si no fuera más fácil vivir.

Se desencuentran, una, mil veces. Parecen tan lejos, todavía.

Un poema

Recordar un poema. Recordar esa letra que tuvo su nombre una vez, que tuvo también el poema una vez, y saber que ya no es más para él. Ya no cabe, porque el tiempo se va llevando las historias y los nombres y las tristezas. Saber que puedo encontrar retazos que caben en nuevos nombres, aunque no exactos: cada letra es distinta y deja huellas diferentes. Raras. Saber que un poema sabe tantas cosas.

Te quiero
en esta hoja en blanco, que ya no es hoja, porque no se puede tocar.
El último abrazo
me dejó pensando en que podríamos haber escrito toda la noche,
vos en tu máquina invisible,
yo con ese lápiz que me encontré en el suelo.
No nos abrazamos más
y tampoco escribimos toda la noche,
como yo hubiera querido.
Nunca escribimos ni siquiera una hora completa,
y nos abrazamos tan poco
que no supimos qué era un abrazo completo,
cuando el pelo se toca con el pelo
y vos sentís que adentro algo se pega.
En el último medio abrazo,
en cambio,
supe que algo murió, que se soltó y se fue,
que no empezó nunca,
que nunca, incluso, hubo un abrazo.
Tal vez porque entre vos y yo,
o entre yo y vos, que es más distinto,
todo se conjugó en subjuntivo y en condicional,
sobre todo en las noches en que te imaginé.
Afuera la lluvia ha decidido caer
y quejarse con truenos.
El gato está asustado
y yo también,
pero no por los rayos sino por tu nombre,
que ya no quiero recordar.
Quizá porque yo amaba el punto
y vos sos un punto y coma.
Porque ya no hay hojas en blanco
sino inventos de hojas que no existen de verdad.
Vos también fuiste mi invento,
pero vos no me inventaste.

Silencio

IMG_46146.2. Página en blanco. Antes fue 5.2. También en blanco. Desde que murió el personaje no ha habido más que vacío. El silencio de los idos. Ni una palabra del lado de este mundo, porque no hay nada más que decir: ya se fue. Se fue para el siempre de este lado, por lo menos. La muerte, o ese silencio que nos separa, como una pared en blanco, que no nos deja vernos más. Entonces inventamos otras páginas y las llenamos todas con los recuerdos y si no hay recuerdos, como con vos, Eduardo, entonces los inventamos, para creernos que hay palabras entre los dos. 6.2. La página sigue vacía desde ese dos de julio de 1988. Tú de 33, yo de 2. Tan joven vos, tan pequeña yo. Porque puedo inventarte en miles de páginas, pero la tuya sigue pálida. El escritor se fue con vos, y mis inventos son solo para crear un personaje a mis ideas. La ausencia duele, dijeron en una película, para los de este lado, porque estamos vivos. ¿Qué es estar vivos? Doler significa extrañar, la imposibilidad de abrazar. El silencio mismo. La pared aquella. El no haberte conocido. El saber que fuiste un punto y aparte en esa vida tan pequeña, a la que le cambió el ritmo, el libreto.
Te escribo, Eduardo, no para llenar tu capítulo en blanco, sino como mi manera de encontrarme en un mundo paralelo, de entender tu vacío en mi vida, de saberte un muerto. Porque los muertos, lo he dicho y lo han dicho, van con nosotros hasta la última página. Cuando haya un 5.2 para mí, y un silencio mío, tan mío.

La muerte, o ese silencio entre los dos.

Un fantasma, un recuerdo, un verbo

Los edificios de MónicaOtro fantasma

A veces pienso en vos, en la posibilidad de compartir al mismo gato. Luego vuelvo a pensar en vos y me arrepiento. Vos sos ese ser que no puede ser, así en esas tres palabras que se repiten, porque tus amigos te han inventado tanto, han dicho tanto, que sos un fantasma al que hay que tenerle miedo: sabes, mejor no, mejor en un loop de amigos. Te pienso antes de dormir. En la posibilidad. Hasta que llegan noticias tristes que te devuelven a la incertidumbre: mejor no compartamos al mismo gato. Mejor no.

.,.,

Un recuerdo

Se la imagina blanca,

aunque sabe que no es como la recuerda

porque los años pasan,

las paredes cambian,

las sillas no tienen la misma

la sombra bajo las patas.
La casa ya no tiene la puerta

ni la cocina

ni el televisor negro

ni la biblioteca de libros desordenados.

Ya no tiene ventana,

y el pequeño bonsái murió.

Tampoco se calientan arepas

ni se cocinan hojuelas todos los domingos.

No hay una niña que se pare en la cama,

que cante la Potra Zaina, a gritos.

 

El ruido de los zapatos pequeños

que subían las escaleras corriendo

ya no está.

Ella tampoco está.

Ella no ha vuelto

y está lejos.

Ella no está donde quiere estar,

y cuando no se quiere estar donde se está,

se es de esa casa sin pintar

con la que soñó todas las noches,

cuando todavía era pequeña.

 

La casa se la imagina

blanca, quizá.

Y a la mamá, asomada al balcón.

Ahora pinta, todas las noches,

pequeños edificios

de rayas inexactas.

Al fondo, una casa.
Esa casa que no está aquí,

que está allá, que no tiene edificios.

La casa tiene las rayas más perfectas

que cualquier Principito haya visto.

-.,.-

Volver

No fuiste esta vez, te quedaste en la otra casa con el gato. Esa casa, tú casa, la única parte del mundo que queda entre él y vos. Tan lejos está a veces, tan lejos estás a veces, que ya no sabes si sos de aquí o de allá. Si allá te devuelves en el tiempo, a esos días en que estabas pequeña, en el que el mundo iba despacio y le escribías poemas a una regla. No porque acá no seas feliz, sino porque ser de tantas partes al tiempo es confundirse con las posibilidades de múltiples personalidades. Extrañas a tus amigos, a los amigos que eran antes. Esa casa es el pasado, y sos vos, en esencia. Por eso te gusta volver, para reencontrarte. Qué es volver.

No fuiste esta vez, te quedaste en casa con el gato.

Mucho gusto, Rulfo

Me llamo Rulfo. Tengo un año y medio, en las cuentas de Camila Avril. Mi mamá se murió cuando yo era un bebecito y nunca supimos el día exacto de mi cumpleaños. Sabemos, porque me miraron los dientes, que fue un día de noviembre. Ella decidió que fuera el 15. Tal vez Camila no sepa a qué vino a este mundo, pero yo sí: a dormir y a morder. Sé que me llamo Rulfo, por Juan Rulfo, el escritor, y dice que yo tengo que ser un gato que escribe, porque como no, con semejante nombre. También tengo múltiples personalidades, y a veces soy Rulfo José o Rufino José Cuervo. Me gusta comer atún por las mañanas, aunque me pusieron a dieta porque se me estaba creciendo mucho la barriga. Ahora mismo estoy durmiendo.

Duermo 18 horas, muerdo 5 y escribo una.

Estiramientos

 

Screen Shot 2017-05-21 at 2.06.03 PMEstirarse. Las camas son esos objetos de cuatro patas, como los gatos, que no maullan. En el lugar perfecto, donde se han de acostar otros –pero uno llega primero–, las patas de adelante se deslizan y luego se deslizan las de atrás, el cuerpo queda hecho un palito que encaja con las arrugas (o las arrugas de la cama y el gato encajan exactas). Cerrar los ojos y dejarse llevar sin importar la envidia de otros que no tienen arrugas para encajar, ni cama ya para estirarse.

Así son los domingos que un gato se merece.

Tres

Uno

IMG_00475 de mayo. No llegaste. Era una cita programada en el futuro, pero ni vos ni el futuro llegaron. Nunca. Ni siquiera a destiempo. Tampoco llegó ese miércoles, ni nos tomamos la foto que nos íbamos a tomar. No. Con vos el tiempo se estancó esa noche en que escogiste ir hacia el otro lado, y las palabras dichas, y las no dichas, se quedaron en el cliché del viento. Tan difícil mirarlo en perspectiva, en pasado, y no haber entendido que cada quien tiene vidas paralelas de las que no nos damos cuenta hasta que explotan, de pronto. Eso lo aprendí con una M, que me ha acabado las minas de los portaminas, que me ha enseñado a partir de la tristeza, que equivocarse tiene consecuencias. Con vos, por ejemplo, me equivoqué. Porque uno no debe creerle al futuro. Yo no te vi en mi futuro hasta ese día que hablaste del 5 de mayo. Éramos tan distintos, tanto. Y luego pasó la cita del futuro y yo me vi ahí, con vos, en ese día, en esa silla. A un curioso como yo no se le puede decir que se le va a decir algo en el futuro. Porque esas cosas no se olvidan y pasan a un tiempo difícil de pronunciar: pospretérito. Qué me irías a decir, ¿ah? No llegamos, sin embargo. Pasó un humo extraño. Te habías ido. Eras pasado, nunca presente. Después aprendí a odiar cada cosa en donde estuvimos: el parquecito, la silla, la esquina de la cerveza, la calle de atrás, los perros con queso, los edificios dibujados, la pelota del gato.
Y al 5 de mayo. Hay días muertos.

Dos

Voy a merodear
en vos.
A esconderme detrás de tu oreja
y a decirte,
qué voy a decirte,
si con vos
no hay palabras.
Con vos hay silencio.
Hacemos silencio,
vos adelante, yo atrás,
como el fantasma que me he vuelto.
No estoy, pero estoy,
en el mismo segundo.
Lo sabes.
Lo sé.
Lo saben ellos y el gato.
Me he ido,
y no me he ido, al mismo tiempo.
Voy a merodearte,
en mi silencio,
y en esta contradicción:
querernos, y no querernos,
en el mismo tiempo.
A la misma hora.
En la misma coordenada.
Soy un fantasma,
que merodea adentro y atrás.

Tres
La M, dice el diccionario, es la decimotercera letra del abecedario español, que representa, y he aquí la palabra rara, el fonemaconsonántico nasal bilabial. No entiendas, no importa. Cuento las letras del abecedario en mis dedos: tiene razón el diccionario, la M es la decimotercera letra de ese abecedario. Del mío, en cambio, es la primera de ese nombre con el que me llaman a veces, y también la séptima. Vos sos la séptima letra de mi abecedario, que representa, y he aquí mi mundo raro, la imposibilidad de coincidir en el mismo tiempo y en el mismo espacio, en el mismo segundo. La posibilidad de querernos a veces y de odiarnos a veces también, en el mismo microsegundo. Los dos idiomas, el de la ciencia y el de las letras, que no nos dejan decir.

Clases de baile

Clase I

Te saliste de clase antes de tiempo. Eso no pasó nunca con el otro profesor, pero es que a este lo odiaste desde esa vez que reemplazó a tu profesor, y te dijo que no te enseñaba ese paso, y ni siquiera te dejó intentar, a ver si de pronto te salía. Desde que entraste al salón y lo viste al frente lo odiaste. Te equivocaste de clase, pensaste, pero cómo te devolvías si además estabas tarde. Guardaste el bolso, miraste el celular –la M se mantiene en su pacto de silencio– y te hiciste en la última fila. Pie izquierdo adelante, pie derecho hacia atrás, y luego pie derecho hacia atrás y pie derecho hacia atrás, y que des una vuelta. Por Dios, no supiste dar esa vuelta la primera vez, aunque sí a la tercera, y luego otra vez pie izquierdo adelante, pie derecho hacia atrás. Miraste a tus compañeros: el doble de mujeres. Suele pasar. Que ya repasamos, dijo el profesor, y vos seguiste con tu mala cara. Fastidiosa que estás, te dijiste, y te pusiste a mirar los tenis. Hoy te dijeron que no a los tenis, y vos te reíste. Si los tenis ahora caben con todo, incluso con la falda plisada que te hace sentir como colegiala. Vuelve a la clase, te dices, en presente, que así menos que hacés los pasos. Pie izquierdo adelante, pie derecho hacia atrás. Todavía no estamos en porro, dice el profesor aquel, seguimos repasando. Te desesperas. Vos querés un porro de una vez, a ver si eso te emociona. Primera pareja, un viejito que te coge la mano aunque no estén bailando, y te mira a los ojos. Señor, que no me mire a los ojos, le dices con los ojos, y entonces vuelves a mirar los tenis. Pobres Converse. Primera canción. Bien, viejito que baila, aunque de esos que se cree el genio de la clase. Un momentico, lo miras, que vos ya no estás en nivel uno, y pones la mano como te enseñó el otro profesor, y le seguís el ritmo. A mí no me enredás, lo volvés a mirar, y entonces te prueba con la vuelta de segundo nivel. No creas, señor, que esa también me la sé, y sonreís. Hoy estás fastidiosa, M, te repites. El siguiente señor te aumenta la mala cara. No sabe nada, ni el paso básico de pie adelante, pie atrás, pie adelante, pie atrás. Que cómo lo dejaron entrar a porro uno sin hacer bailes tropicales, lo miras a los ojos, y te deja haciendo el mismo paso por toda la canción. Que muchas gracias, señor, pero que siga, que no te interesa. Estás muy subidita, piensas. Ni que todavía no fueras una tiesa de tiempo completo. Te ríes. Espere y verá. El tercer parejo tampoco pasa la lección. Mejor conversas con la señora con la que te tocó compartir pareja. Ahora están diciendo que son hermanas. Se ríen juntas, y esperan al parejo que sigue. Está bonito, piensas, y de tu edad, por fin, y cuando te toca bailar con él, es tan tímido que mira para otro lado y pregunta que si puede hacer esta vuelta, que si cruzan al mismo tiempo. Hacé lo que te dé la gana, lo mirás, pero él no te mira. Y estaba lindo, volvés a pensar. Ahora el profesor. Se queda cuatro canciones con tu hermana y con vos, que están bailando muy bien, dice, y le perdonás un poquito. Solo un poquito. Te cae mal el profesor, nada que hacer. El último parejo es un señor que tiene afán. Con calma señor, bailas un poquito más despacio, pero él va rápido, que no te alejes mucho de mí, te dice, pero vos te alejás porque no estás en el mood de bailar cerquita, ¿bueno? Fastidiosa, te repites por última vez, muy creidita por haberte devuelto un nivel. Piensas en la M. Le habías prometido hacerlo bailar, un día, por lo menos, pero la M se fue porque no sabía si le gustabas. Te hace falta la M, pero la M no quiere hablar ni bailar ni nada con vos. Se fue para enseñarte que uno se va ante la incertidumbre y la desventaja, que uno no espera que lo elijan. Qué teso, piensas, pero vos, que no sabés nada, pensás que te hace una falta, que quieres que vuelva. Y no le escribes. Qué le vas a decir si no sabes nada. Tan gallina, como cuando te ponen a hacer ochos y morís del miedo. Te vas, a escondidas, antes de tiempo. Hay días que no son para bailar, y menos cuando un gato te espera en casa.

Clase II

Volviste a bailar. Esta vez con el profesor que te gusta. El ritmo es una prueba a tus caderas tiesas: bachata. Fuiste tan feliz por dos horas, vos que creés que la felicidad es un estado pasajero, que explota de pronto. Te reíste con los viejitos, que hoy resultaron bailar mejor que ayer. Te reíste con los de tu edad, cuando el profesor te puso a que coordinaras las manos con los pies, y la mano derecha había que pasarla por la cabeza y luego subirla, con los dedos como si estuvieran sosteniendo un lápiz, y desenrollarse mientras movías las manos, para devolverlas igual por la cabeza, en lo que el profe llama peinarse, mientras te vuelves a enrollar y el hombre te gira. Todo al ritmo de la música, y de las caderas, que todavía no moviste. El profesor dijo que doblaras las rodillas un poco, que así se mueven las caderas por inercia, pero tus caderas, piensas, todavía no les da la gana de entender. Te ríes. Te ríes mucho, y hasta te miras al espejo, vos que le tenés pavor al espejo. Hace días no eras tan feliz. Cuatro pasos a la derecha, cuatro a la izquierda, te devuelves en una vuelta que repites para el otro lado. El pelo está suelto y vuela, de aquí para allá. Volvés a pensar en M, y en él también. Nunca bailaste con él tampoco. M sigue en su pacto de silencio. Te acuerdas que se reían del viejito que tenía tanta fuerza que te dejaba doliendo la espalda. Extrañar, piensas, siempre te ha gustado extrañar. Bailas con el profe. Ja! Con el profe sos capaz de hacer hasta lo impensable, como esa vuelta triple que termina tirando la mano derecha en un círculo. Sí podés, pensás. Cuestión de tiempo. Lo mismo que con M, que con él, que con vos misma. Mejor vivir en una canción, así que agarrás al chico que conociste en salsa. Siempre te ha gustado bailar con él.

Volver

Vuelves. Ya estás en la cama en la que has pasado los últimos tres años. Te hiciste en tu lado, el izquierdo, y te metiste en la cobija, la que tanto defiendes de la anormalidad. Te has hecho el último café de la noche desafiando al sueño con cafeína. Trajiste al gato. Lo pusiste al lado. No quiso y se fue. El lado derecho de la cama está vacío.

Llevas cuatro días fuera.

Has vuelto a casa. Hace tanto que esta es tu casa, y hace tanto que no te habías puesto a pensar que tu otra casa es menos tu casa cada vez. Aunque siempre que vuelves allá sientes que el tiempo está detenido, que puedes volver a ser vos. Como si la esencia se refrescara en esas paredes, en esa otra cama, en ese sofá, en esa hamaca, en esa cocina, en esa casa, en ese pueblo, en esa mamá, en esas calles, en esos amigos. Incluso en lo simple: el sancocho de la tía los sábados, las arepas hechas a mano de la otra tía los domingos y, de pronto, el dulce de guayaba hecho con las guayabas de la finca que no habías probado desde que se murió la abuela. Piensas en la abuela: la abuela hacía las mejores tortas de pescado seco el Viernes Santo. Hace tanto que no es tu casa de todos los días, pero es tu casa de toda la vida. Tan distinto. ¿A dónde vuelves, entonces? A esa casa o a esta casa.

Llevas cuatro días afuera. Buscas algo. Querías irte.

Volver. Hacia dónde es volver.

Domingo

Te despiertas. Le haces mala cara al despertador. No quieres, es domingo. Has dormido tan poco, y es tu culpa, por irte a donde no debías haberte ido. Le sacas la lengua, pero hay que levantarse. De la cama y de la vida. Sigues triste, lo sabes. Alguien se fue anoche. Tantas pérdidas en una misma semana. Alguien que querías, pero no sabías que tanto. Te dan ganas de llorar, pero no puedes llorar. No. Hay que levantarse, ir a trabajar. Hay que ser un zombie. No vale decir la verdad, piensas. Abres la nevera: vacía. No hay ni leche. El tiempo, nunca hay tiempo, te repites. El gato tiene la coca de su comida vacía, pero él si tiene comida. Primero el gato, te ríes, y le sirves un poco. Ojalá fueras gato. Ojalá pudieras sentarte a su lado a comer comida de gato. Ojalá pudieras quedarte a dormir con él. Y no pensar. Y no despedirte de nadie.

Disco rayado

Pienso en vos, como un disco rayado que repite tu nombre al revés. Es una espiral de recuerdos que te tiene a vos en casi cada rincón: en ese lugar de todos los días, en la sala, en la cocina, en la cama, en el balcón, en el otro balcón, en el gato. En el sushi, en el restaurante de mi amigo, en la esquina, en el parque, en el carro, en el computador, en la silla del parque. En el sofá y en esa conversación. Ahí es cuando busco una excusa para pensarte tanto: la relatividad del tiempo. Fue tan poco y estuviste en tantos de mis lugares. Tan poco tiempo para seguir como si nada. Como si solo hubieras sido un entretiempo. Así de corto. Fui un partido de fútbol perdido. Estuve siempre en fuera de lugar.

Quiero entenderte: conciliar la razón y el corazón son actos heroicos. No te entiendo, de todas maneras, y el no entendimiento es el problema.

Pensar en vos duele. Porque al final, en esa no conciliación entre el corazón y la razón, está la esperanza de que vuelvas. Quiero que vuelvas. Y duele, porque, de todas maneras, para qué vas a volver si no sé si quieres volver.

Entonces espero levantarme, y que ya te hayas ido (¿o que hayas vuelto?, qué contradicción).

Supongo que los partidos perdidos también se olvidan. O se vuelven a jugar.

-,.,.,–.-.-.

Extraño el árbol. A vos un poco, solamente. Te extrañé hace rato, cuando no vi el árbol, pero no te había extrañado hace mucho. Me acostumbré a que tu letra no esté en mi alfabeto. He perdido varias en los últimos tiempos, tristes, dolorosas, como la tuya, pero el tiempo, tan relativo, va encontrándonos de nuevo. Te recordé por la ausencia del árbol, por la sensación de que todo ha cambiado: vos, yo, el paisaje. No hay nada de lo que somos, y la memoria se hace más chiquita cada vez. No porque no te recuerde, el pasado es parte de lo que somos, sino porque te alejas del presente, y te vas borrando. Ya no hay árbol, ya no estás vos. Como una metáfora de los dos. De la ausencia. De decir adiós sin querer.