Escrituras, de Luisa Valenzuela

2f0b48b10f8aad68dd82b1bf513ccfa9Cuando alguien te regala un libro vos querés leerlo ahí mismo, tragándose los segundos de una vez, como si quisieras que su olor –aunque el libro solo huela a libro nuevo– te acompañe hasta el punto final. El libro es verde. Se llama Escrituras y su autora es Luisa Valenzuela. Es argentina y este año recibió en Medellín el premio León de Greiff al mérito literario. Entonces la empecé a leer, con ese afán, y encontré Cambio de armas, un cuento que está escrito en fragmentos, como pequeñas explicaciones que se van relacionando y explicando al mismo tiempo. Escrituras es un libro de dos partes. Primero está ese cuento y luego un ensayo sobre la escritura. Dos textos que Luisa escribió hace tiempo, pero es que a veces en la escritura no importa la fecha. Es el caso.

El primer párrafo es suficiente para que uno quiera seguir leyendo: “No le asombra para nada el hecho de estar sin memoria, de sentirse totalmente desnuda de recuerdos. Quizá ni siquiera se dé cuenta de que vive en cero absoluto. Lo que sí la tiene bastante preocupada es lo otro, esa capacidad suya para aplicarle el nombre exacto a cada cosa y recibir una taza de té cuando dice quiero  (y ese quiero también la desconcierta, ese acto de voluntad), cuando dice quiero una taza de té”.

Se llama Laura y se le ha olvidado su pasado. Al hombre que está al lado lo llama de todos los nombres que se le ocurren, menos del que es: Roque. Y eso es quizá lo bonito (ponga aquí el adjetivo que más le guste) de la literatura, que nos va encontrando con nosotros mismos, a su manera. Roque se llamaba el hermano de Eduardo que se perdió un año antes de que a Eduardo lo mataran. Nunca se volvió a saber de él. Roque, en el cuento, es un hombre extraño, que quiere y no quiere a Laura al mismo tiempo. Mejor dicho, que si la quiere, la quiere de esa forma tan extraña que a veces tenemos los humanos de querer.

El cuento es Laura enfrentada a su memoria o a su no memoria. Y uno siente la desesperación y la desesperanza al mismo tiempo. La obligación de enfrentarse a sí misma y, sobre todo, de vivir en presente. Siempre en presente. Nunca atrás ni adelante: ahí mismo. Eso es ya una lección.

No me gustó el final, pero es quizá porque yo peleo con los finales a cada rato. Me gustaron las últimas oraciones, la idea final, pero no el cómo se llega hasta ahí. Cosa mía quizá, porque me imaginé otro cuento con ese principio, pero ese es problema mío y no de la autora.

Nunca había leído a Luisa Valenzuela y fue un muy buen primer acercamiento: me gustó el ritmo, el orden, la fragmentación. Los pequeños diálogos. Esas frases que de pronto te paran el corazón: “Eso también era la vida, sobre todo eso: una agonía desde el principio con algo de esplendor y bastante tristeza”.

El ensayo, que es la otra parte del libro, es más para esos interesados en la escritura. Una revisión a la forma, al cuento, al microrrelato, desde el ser y el cómo, y también con ejercicios.

Quizá por eso volví a escribir. Gracias, Luisa.

Una historia triste, muy triste

Cuando estaba pequeña iba a la finca, y la finca era ese lugar para estar con los abuelos. Uno se levantaba y se iba todavía con los ojos cerrados hasta la otra cocina, la de leña, y ahí lo esperaba la abuela para darle aguapanela, que quizá era la mejor aguapanela del mundo. Tan pronto se abrían bien los ojos, uno le ayudaba a la abuela a moler el maíz y ella cogía la masa e iba formando las arepas con las manos, siempre con las manos. Así aprendimos a hacer arepas redondas. Cuando ya estaban hechas, nos íbamos a la otra cocina y ahí la abuela hacía huevos y repartía natas y mantequilla y volvía a calentar la arepa que ya estaba fría entonces. Desayunábamos, y luego la abuela hacía queso y uno le ayudaba a hacer queso: mientras amasaba y justo antes de terminar, la abuela sacaba una bolita y se la entregaba a uno. Nunca, ningún queso ha vuelto a saber como la bolita de queso recién hecho de la abuela. Uno iba a la finca a ser feliz: corretiaba a las gallinas, recogía huevos verdes, tomaba leche recién ordeñada, jugaba a cocinar con las bateas de madera de la abuela, iba a visitar a las vecinas de la tienda y jugaba a las muñecas, veía pasar al abuelo arriando las vacas, se sentaba a observar cómo bañaban a los marranos, caminaba por la carretera destapada hasta la tienda de don Vicente porque a la abuela le faltaba un caldo de maggi para el almuerzo. Por la noche, si estaban los primos, se hacían túneles con las sillas, y los más grandes, Mauro por ejemplo, el primo que ya se murió, nos correteaba para atraparnos, y nosotros pasábamos como alma que lleva el diablo, así con cliché y todo, porque de pronto te agarraba un pie y te arrastraba. La única angustia que recuerdo de la finca era que de noche contaban cuentos de fantasmas, ahí desde el corredor, y señalaban las lucecitas que medio aparecían a lo lejos, y uno ya se acostaba asustado y rezando para que por favor no le dieran ganas de ir al baño, porque quién salía al corredor solo en esa oscuridad y con ese fantasma. La otra opción era la bacinilla. La abuela, incluso hasta a los grandes, ponía bacinillas debajo de la cama, por si le daba miedo salir.

La finca, como la recuerdo, era un lugar feliz.

Hace días me contaron una historia que pasó por los lados de la finca, y la cuento así como me entristeció que me la contaran. Una niña de siete años llegó donde la vecina a decirle que le dolía la vagina porque el papá le metía cosas por ahí. El esposo de la vecina fue a poner el denuncio, pero no pasó nada. Solo silencio. Entonces, incluso desde más lejos, alguien llamó y puso el denuncio por teléfono, y pues le recibieron la denuncia, pero le dijeron que se demoraba quince días. Quince días son tan poquito cuando uno se enamora y pasa todos los días con ese amor para arriba y para abajo. Son poquitísimo cuando está en vacaciones en la playa, asoléandose, o de paseo por Europa. No son nada cuando hay que entregar un trabajo en la universidad y hay tantas cosas por hacer. Sin embargo, quince días para una niña que está siendo violada por el papá, que la mamá se muere del miedo porque es un señor muy bravo que ha tirado la comida por llegar cinco minutos tarde, eso es toda una eternidad.

Es triste escuchar esas historias, y no porque sea en un lugar cerca a la finca, donde yo fui tan feliz, sino porque la niñez debería ser una edad para preocuparse solo por jugar con muñecas, con las bateas de la abuela o que la aguapanela en leña sepa tan rico como todos los días. No entiende uno, por más que trate de hacerlo, que a un niño lo violen, que le quiten la inocencia, que no lo dejen ser. Porque, cómo crecer pensando que el padre, ese personaje que está hecho para cuidar, fue el monstruo que estaba detrás del clóset. Esas sí que son cosas injustas que hablan de una sociedad que necesita reestructurar sus prioridades. Ese es uno de los grandes problemas de la guerra: que no nos ha dejado ver lo esencial. Detrás de esta historia está también el abandono del campo, por ejemplo, y eso solo por decir algo.

Ese es solo un relato, de muchos. La noticia que abría ElColombiano.com de este lunes decía que un padre, un abuelo y un tío señalados de violar a niña de 15 años fueron dejados en libertad. Del abuso ya pasó un año. Al final del artículo hay una cifra: en lo que va de 2017, 243 personas han sido capturadas por el delito de abuso sexual solo en el departamento de Antioquia. Solo, precisan.

Los niños son el futuro, nos lo han dicho tanto que suena a frase de cajón y nos resbala. Es en serio: si a un chico lo violan, con eso va a crecer, y quizá le será natural ser un violador cuando sea grande: eso fue lo que aprendió. No digo que a todos les pase igual, pero el abuso deja consecuencias para el resto de la vida. Y eso lo digo solo imaginando lo mínimo, sin investigaciones, pero es que cada hecho que le pasa a uno en la vida lo va estructurando, lo va haciendo, lo va marcando. Es como con los muertos: uno siempre carga con sus muertos en la espalda. Quizá porque la muerte no es solo que el cuerpo deje de funcionar, también hay muertes que pasan con acciones. Me parece que a esa niña ya le mataron un poquito (o muchísimo, creo que muchísimo) de sí, de lo que lleva adentro.

Sentir tristeza es parte de la vida, y al final uno se entristece por cosas que tienen solución, que son parte del drama que uno necesita para armar sus días. Hay tristezas, sin embargo, como la de la niña, que uno no sabe cómo quitarse. Porque indignarse no es suficiente. Cómo se enseñará el respeto, y solo para que empecemos por algo.

Rulfo

IMG_5605A veces me quiere. Se hace en el único hueco que queda entre la almohada y yo. No es para que me corra, es para que le sirva de pared. Si voy a dormir no me puedo mover, porque como me muevo si él eligió ese pedazo de cama, aunque hubiera otros. Mi mamá me dice que lo corra, pero cómo lo voy a correr si está dormido, tan cómodo. A veces no me quiere, me mira y se va a dormir al sofá, solo. No me molestes M, y me pone la pata en la cara. Los gatos sí saben para qué es la soledad. Supongo.

A mi mamá la despierta a las 5:30. Él sabe que ya se va a levantar, entonces empieza a decir miau, suavecito, y da vueltas canelas contra la puerta. En realidad es para que le abra el balcón y le dé atún. Si mi mamá no está, a mí me despierta a las 7:30, no porque sepa que me voy a levantar, sino porque ya se aburrió. Aunque si el despertador suena antes, él empieza a decir miau, porque el despertador oficial es él. Ni más faltaba.

El balcón es lo más importante. Se cree un spidercat. El vecino dice que mi gato es muy tremendo, que lo ve casi trepado hasta el techo. Cierto, pregunta el vecino, y yo le digo que sí, por responderle algo. A mí me gusta que sea un gato araña, la verdad. En el balcón mira el mundo: el árbol, los carros que pasan, la señora que pasa, el pájaro que pasa. En el balcón se baña, sobre todo cuando yo lo ensucio con algún producto para limpiar gatos en seco. En el balcón recibe el sol y duerme, a veces. Desde el otro balcón, detrás del vidrio, ve a un gato y se esponja, aparecen pelos de donde uno nunca los había visto, y va y viene, furioso, porque qué hace ese gato ahí, tan tranquilo, si esta es su casa. Y chilla, feo, furioso, que mejor me escondo porque que tal que me confunda. Luego el gato se va y él se queda toda la tarde mirando al balcón, por si vuelve a aparecer.

Al mediodía no se le puede mirar. Está muy ocupado. A esa hora no es capaz de abrir los ojos, le pesa todo. Dormir es lo que más le gusta hacer, después del atún y antes que el balcón.

Se cree portero y va detrás de la pelota. Su juguete favorito es cualquier cosa redonda. A veces las atrapa en el vuelo. Se cansa rápido. Eso solo es divertido un par de minutos. Nada más. La etóloga dijo que es como uno de esos niños hiperactivos que necesitan varios juegos al tiempo. Pierden la atención muy fácil.

Le gusta morder. No aprendió, porque su mamá se murió cuando era un bebé. No mide su fuerza y entonces se esconde debajo de la cama y cuando pasas, pum, te ataca. Muerde con esos colmillos afilados. Está jugando, y el amor duele, también. Es un perro. Por una galleta da la mano y se sienta.

Si de pronto hay mucho silencio, cuidado, quizá esté planeando tumbar los libros de la biblioteca, o tirar, uno a uno, cada objeto que hay en la tabla del baño, frente al espejo. Esa manía de tumbar cosas. Tan divertido.

Por la noche, cuando ya voy a llegar, me espera en el balcón.

Le gusta el arequipe, la lecherita, el yogur, la torta. En eso nos parecemos. En el dulce.

Eso es un gato. Puro amor.

Cuadros

El cielo hace parte del cuadro en el que aparece esa ciudad anaranjada, a veces gris. Muchos edificios, uno tras otro, en la montaña. Abajo, en el valle, los carros, también uno tras otro, como si ya no hubiera espacio suficiente para compartir la misma calle. En el fondo, ese de blanco, con verde y amarillo, largo, de vagones, que se pasea tranquilo, llevando un montón de miradas que, casi a diario, la ven de nuevo –a la ciudad anaranjada–, incansables, mientras llegan a casa. El cielo hace parte del cuadro, tanto como el tren, las caras no felices, los edificios, las historias y hasta el dolor.

El cielo hace parte del cuadro, como vos.

-.-.-.-.

La última página del periódico. Lo tira sobre la mesa y se recuesta en la silla, suspira. Eso le provocan cada rato las noticias. Recostado en la silla, medio acostado, con las manos estorbándole en el cuerpo, la mirada perdida, todo él perdido. ¡Basura!, piensa. Las noticias de esta ciudad son basura. Que un muerto en la esquina del barrio aquel, el que queda arriba, al que jamás, por eso de que le han dicho que es caliente, ha ido. Y vaya muerto. Todos los días muere alguien y mientras no sea él o la mamá o el hermano o alguien de la línea sanguínea, quéimporta. Los muertos valen cuando tienen nombre, se responde al enojo. Noticias esas amarillistas, que odia, que le dan malgenio. Todavía no sabe por qué las vuelve a leer. A veces cree que los periodistas lo engañan con el título. Odia a los periodistas.

Mejor va a la página del horóscopo. Que no se encrespe tanto, que le va a dar un infarto. Que cuidado con las relaciones familiares, que no vaya a ser que lo echen del trabajo por su culpa. Que alguien va a llegar a su vida, que le abra las puertas.

Que será abrirle las puertas a alguien, piensa.

Lo tira sobre la mesa. Se acuesta en la silla. Mejor madurar aguacates.

 

De cosas políticas

horizonteCuando estaba pequeña quería ser abogada. Me parecía una buena carrera para buscar al hombre que mató a mi papá y meterlo a la cárcel. Era lógico: que alguien que le hace daño a otro pague por el dolor causado. La idea se me fue yendo con los años, porque también va uno aprendiendo a perdonar. Nada hace que el papá muerto vuelva a vivir. Ni encontrarse al asesino ni meterlo a la cárcel. Perdonar no causa nada en ese alguien, que ni se debe haber dado cuenta que uno lo perdonó, pero libera, y de esas pequeñas cosas se trata igual la libertad.

Después quise ser política, como Eduardo. Uno piensa que esas cosas se heredan, y yo alguna vez me sentí en la misión de seguir lo que él había empezado. Estaba muy pequeña todavía, pero supongo que pensaba que eso halaba, que era una responsabilidad. No duró mucho. Una vez mi mamá me dijo que un muerto en la familia era suficiente, y ante un argumento así, uno prefiere cambiar de profesión. Aunque quizá no fui política porque no quise ser política, no estaba en mí, como sí estuvo en él. Un político necesita compromiso, creer en su causa, en que puede aportar por un mundo mejor, aunque el mundo sea un pueblo pequeño, o una ciudad pequeña, o un país pequeño en una esquina. Y necesita no ser egoísta: el político piensa en los demás. Por lo menos en el deber ser. Yo nunca tuve ese compromiso. No me imaginaba que me mataran porque pensaba diferente. No, yo no estuve nunca dispuesta a morir por esa causa. Eduardo sí. Esa fue una lección importante, que aprendí hace muy poco: a mí me daba tristeza que si él sabía que morir era una posibilidad, porque no se salió de la política, si sabía que ya había una niña que hubiera querido tener un papá. Y esa fue la lección: que los papás tienen una vida, que sigue más allá de los hijos. No era que Eduardo quisiera morir, pero si por defender su causa había que morir, él iba a morir. Era un riesgo que estaba dispuesto a tomar. Es difícil de entender, en principio, pero no después. Aunque un deportista extremo sepa que puede morir mientras realiza su maroma, igual va a hacerla, porque esa es la vida que quiere para él. Arriesgarse es vivir, supongo, y Eduardo quería arriesgarse haciendo eso que le gustaba hacer. El miedo no lo ahuyentó.

Quienes estamos afuera podemos pensar que murió por una causa utópica. Tal vez. Hacer política es una cosa de locos, que pasa por las envidias, por los intereses personales, por el egoísmo, por el irrespeto a las ideas del otro, tan diferentes. Hay gente, como Eduardo, que piensa que vale la pena creer que los campesinos merecen un salario más digno. Y cosas así. Él murió feliz, si bien los que estamos vivos sepamos que pocas cosas han cambiado desde hace 29 años.

Yo decidí no ser política, casi ni hablar de política, incluso. Me molesta que haya tantos oídos sordos que solo quieran hablar, que no entiendan de conceptos y hablen sin saber. Que la gente solo lea los titulares de las noticias y ya tengan una opinión. Que respalden a alguien sin saber bien de qué está hablando, como unos borreguitos que no van más allá. Me molesta que generalicen: los de izquierda son guerrilleros. Y no, no lo son. Nos falta debatir, aprender, leer, ser ciudadanos críticos, responsables. Hay un amigo que le aprendió al papá una lección fundamental: que antes de hablar hay que conectar el cerebro con la lengua. Me molesta que no perdonemos.

Quizá solo se trata de entender que las vidas son individuales, siempre, y que lo que a uno le parece importante, a otros no, y eso está bien. Yo no moriría por lo que murió Eduardo, porque esa era su vida, así fue feliz. Él me quería, por supuesto, pero la vida son muchas cosas al tiempo. Mis causas son distintas. Tal vez ahí empiece todo, en entender lo diferentes que somos y, sin embargo, la posibilidad que tenemos de compartir el mismo pedazo de tierra.

No es solo la guerra

shoesVas leyendo la carta y sabes que viene algo, pero ella no quiere contarlo. Lo presientes solamente. Viene algo que te va a doler, pero sigues leyendo, porque sabes que debes leer. Llegas de zarpazo. ¿En serio?, dices. En serio, dice ella en la carta: dos niños violaron a una niña. Compañeritos de escuela.

Creciste sin un papá, y eso te ha perseguido siempre. Cuando estabas pequeña sabías que eras diferente porque casi todos los demás tenían un papá, y vos no. Eran vos y tu mamá, y los tíos y los abuelos y los primos, pero no tu papá. A él lo mataron, eso también lo sabías. Esa casilla estuvo siempre vacía. Tu papá era, en cambio, ese que te miraba en las fotos y al que la abuelita le iba a tocar en la tumba y te levantaba para que vos también le tocaras. Te daba un miedo, qué tal que te respondiera de pronto. Tu papá era al que había que inventarse, y por el que llorabas cada que alguien lo nombraba. Vos hubieras querido conocerlo, sabiendo que todos hablaban tan bien de él. A Eduardo lo mataron, por esas cosas de la guerra de este país. Solo que aunque te duela, sabes que tu mamá es la mejor mamá que has podido tener. Te acuerdas que te enseñó a leer en unas carteleras gigantes. Ahí vieron la a y la m: mi mamá me ama. La frase de siempre, que es en realidad la manera en que las mamás te dicen que te quieren y te acompañan a ver las letras de otra manera. Fuiste una niña feliz con tu mamá, aunque a veces te acordaras de tu papá y lloraras. Y te hiciera falta. Ella siempre ha estado ahí.

Por eso te duele lo de los niños que violaron a la niña. No te cabe en la cabeza que un niño de 11 años y uno de 14 tengan esas ideas tan perversas. Todavía tan chiquitos, te parece. A los 14 los niños deberían estar mandando carticas de amor con corazones sin pensar en nada más que un beso en la mejilla. Ja!, piensas. Te quedaste en tu época o en la época de tu mamá o en la de tu abuela. Aunque piense lo que piense ese niño, no debería estar pensando en obligar a una niña a tener sexo. De eso estás segura, en cualquier época. Eso ya se sale de cualquier posibilidad.

Cuando piensas en que a tu papá lo mataron, piensas en la injusticia. A quién se le ocurrió dejar a una niña sin papá. A quién se le ocurre matar a alguien. Cuando piensas en los niños que violaron a la niña, piensas en la injusticia. A uno de los niños lo has visto dos veces. La primera vez estaba remojando las matas y tuviste la impresión de que era un niño extraño, como si tuviera mucho amor para dar, pero no pudiera. Como si lo hubieran regañado mucho y eso le hiciera bajar la cabeza. Como si fuera un niño con el cliché de las caricaturas: un ángel que le habla en la oreja derecha y un diablo que le habla en la oreja izquierda. Después supiste que era un niño que no lo trataban bien en casa y que en la escuela era un necio al que castigaban mucho, por necio. Así por lo menos recuerdas eso que te contaron. Todo tiene que ver, porque la pobreza es una cosa, y es muy duro que un niño llegue a la escuela solo con una aguapanela de desayuno, pero que llegue a la escuela con hambre y sin amor, ya es otra cosa. Más tesa. Y no es que estés liberando al niño de eso tan grave que hizo. Estás pensando en que es un dominó.

Ahí te parece que aunque han dicho que la guerra ha sido el mayor problema del país, el problema es que la guerra haya tapado tantos problemas. La falta de educación, por ejemplo. Educación para enseñarle a la gente lo básico que enseñan las escuelas, y lo que no parece básico, esas cosas que hacen parte de la cotidianidad: planificar, que no traigan niños al mundo que no pueden traer, que no quieren traer, para los que no están preparados, y no solo por falta de dinero: también por falta de corazón. El olvido del campo, por ejemplo. De saber que ahí está la esencia, campesinos con ganas de cultivar su tierra, de crecer ahí, de vivir ahí como una posibilidad de vida digna y feliz, no de aguantar hambre y sobrevivir. La indiferencia, por ejemplo. Creer que vivimos solo nosotros y esos que están cerca, y pensar que el mundo es perfecto así. El odio, por ejemplo. La imposibilidad de escuchar a los demás, de entender que podemos pensar diferente y sin embargo compartir el mismo lugar. Porque no hay de otra. No puedes hacer que el otro piense igual a vos, ni lo puedes matar, como mataron a Eduardo, porque él era de izquierda y el asesino de otras ideas. Si lo bonito es la diferencia, el complemento, la posibilidad de no ser iguales, de conversar de la incoincidencia. El egoísmo, por ejemplo. Que haya políticos robando, cuando tanta gente tiene hambre.

Vuelves a pensar en Eduardo. Él era ateo y tan amigo del padre de la Iglesia, que lo dejó casarse sin confesarse. Y era amigo del tío, que era del otro grupo político. Y así. Porque se puede no coincidir, si hay respeto. Regla básica.

Vuelves a pensar en el niño de 11 años. En que quizá le falta cariño y oportunidades. Dejarlo de apuntar como el necio, como el malo, porque seguro se termina creyendo que es el necio y el malo. Piensas en que quizá es eso lo que ve en casa, lo que ha escuchado. O quizá ni siquiera lo han escuchado para responderle las preguntas que tienen los niños. Te duele ese niño, porque ahí está un violador en futuro, o no. Puede que no. Quieres pensar que con él todavía se puede hacer algo, que todavía no ha entendido lo que hizo. Que todavía puede escuchar al muñequito del oído del lado derecho. Te duele el niño, y te duele la mamá y el papá de ese niño. Porque has pensado que mucha gente no es consciente de lo que significa un niño en el mundo, que reducen todo al placer, y a que todo niño trae el pan bajo el brazo. No entiendes, de veras no entiendes, por qué traen niños al mundo si no los van a querer. Puede que no haya comida ni dinero, pero amor, el amor es tan simple. Por supuesto que sabes que no es tan fácil, que detrás hay ignorancia y un montón más de complicaciones, pero el amor, en serio…

No es que no hayas pensado en la niña de 7 años. Por supuesto. Qué guapa decirle a la mamá, y qué guapa la mamá que denunció. Piensas en la niña porque hay cosas que marcan para siempre y que te hacen ser como sos. Sabes que la muerte de tu papá tiene que ver con muchas cosas de las que sos en el presente, aunque hayan pasado 29 años. Sabes que el recuerdo del abuso va a acompañar a la niña, de cualquier manera, aunque lo olvide, aunque los perdone, porque ya hace parte de la vida. Piensas en la niña, en cuantos abrazos necesita. Piensas en que ojalá tenga una mamá como la tuya, la mejor mamá posible para su vida.

Hay historias que duelen, que parecen imposibles. Paras, guardas la esperanza de que esa carta que leíste sea la carta de algún libro. Ni siquiera necesitas pellizcarte, no la escribió ningún escritor. Es la vida triste que está en lugares que no existen para muchos en la cabeza. Son esos cuentos que no puedes explicar. Que solo duelen.

La tristeza se aparece cuando lees en una columna de Diego Aristizábal una frase inexplicable: Los niños también violan. Y entonces a la vida se le cae la cortina y ves por la ventana.

Meaningless

IMG_5301No te has ido todavía, y yo te miro con la última mirada que tengo para mostrarte. Se acabaron las palabras. No salen. No existen. Hablamos tanto la noche anterior, tanto. Me dijiste que era hora de irte, hablaste del olvido, de la soledad, de que había otro nombre. Hablaste de mi silencio, y me sentí extraña. Describiste a otra, que no era yo. Como si me hubieras inventado. Yo sonreí, solo pude sonreír, porque tampoco volví a ser yo con vos. No. Uno cambia mientras pasan los segundos, mientras conversa, mientras se encuentra gente. Uno cambia mientras lee o no lee. Mientras se toma un café. Uno cambia si se va, y yo me fui, tantas veces. No volví a ser yo. Ni volviste a ser tú. Yo solo sonreí. Me quería ir y no ir. Quería obligarte a quedarte y, al tiempo, dejarte ir. Quería obligarme a irme, y a quedarme, también. Había otro nombre, y yo creo en la libertad. Aunque el orgullo se volviera un monstruo gordo, gordote, yo que me creo tan poco orgullosa. Tan simple, a veces. Se me olvidaron las palabras, como si el diccionario se hubiera vuelto un montón de páginas en blanco, y no fue más un diccionario. Solo pude sonreír y abrazarte, irme. Ahora que no te has ido todavía, pero ya te vas, esta es mi última mirada. La última posibilidad. Te veo en la puerta. Despedirse siempre es ese momento en que el vacío sabe ser. Vos ahí, yo acá. Vos yéndote. Yo acá. Te miro con la última mirada que tengo para vos. La de saber que no eras ni tú ni yo, que simplemente no éramos. Que te vaya bien, te digo, sin palabras, ahora que tu nombre ha dejado de ser. Que tu nombre no puede significar más que lo mismo que el nombre del vecino.

Vos, por ejemplo

Hay días en que vuelves a mi memoria, como si el olvido no hubiera hecho su proceso de borrar tu nombre, tu pelo, tu cara. Ya no me acuerdo qué tan alto eras ni estoy segura de cómo suena tu voz. Cómo sonaba esos días en que éramos cotidianos, vos y yo. Tu nombre siempre de primero en mi cabeza al levantarme. Tu nombre siempre de último al acostarme. Hace tanto que te fuiste, y que nos terminamos yendo los dos. Entonces me parece que te veo detrás de un árbol, y me asusto. Bajo la mirada, corro. Tal vez eras tú. Tal vez no. Ojalá no. Será que ya te olvidaste de mi voz, de mi altura, de mi cara, de mi pelo. Preguntas de cuando vuelves, como un fantasma. De mi nombre. Cuánto nos quisimos, vos y yo, y cuánto no nos quisimos, también vos y yo. Cuánto tiempo nos faltó. El tiempo fue siempre la piedrita, la lluvia, el miedo. Ahí estuvo el tiempo para recordarnos a cada rato la imposibilidad. Siempre la imposibilidad. Éramos un no en potencia

A veces suena esa canción, y yo me acuerdo de que una vez fuimos, en presente. Entonces le digo a la memoria que mejor siga en el olvido. Hay personas que duelen menos en ese lugar en el que ellos mismos se escribieron. Vos, por ejemplo.

Dos de julio. El día que extrañas a un papá

Dos de julio, esa fecha en la que Eduardo se desapareció del mundo. Esa marca para siempre que dejan los muertos en los calendarios individuales. Ese día que te recuerda que hubo alguien a quien no conociste, que se fue antes de que pudieras crear recuerdos. Los muertos, o esos seres que no se ven aunque uno insista en hablar con ellos, en quererlos: por qué querer a un papá que no conociste, te preguntas. Por qué extrañar a un papá sino sabes que es un papá, si siempre le has quitado el papá a los otros, como si el mundo fuera igual a tu mundo, con ese adjetivo: fatherless. Siempre la ausencia, esa posibilidad que se fue. Ese mundo paralelo al que no puedes asomarte. Dicen que no extrañas eso que no conociste, aunque yo extraño saber qué habría sido la vida con un papá, si la guerra no se hubiera atravesado. Si se pudiera pensar diferente y vivir con esa diferencia. Eduardo se fue un 2 de julio. Ya tengo más años de los que lleva muerto. Y todavía es mi muerto. Mi invento

 

Eduardo

Ya se acabó el día
y empezó, como es costumbre,
uno nuevo.
No lo he mirado todavía. Me da miedo, a veces.
Antes de dormir le digo
que bueno, que ahí nos vemos,
pero solo nos hemos visto una vez en un sueño.
Solo nos vimos una vez en la vida.
Yo no me acuerdo de las otras veces,
salvo de la vez de la foto del único cumpleaños,
yo de blanco, vos atrás,
tú grandote, yo miniatura.
Ni sé, tampoco,
por qué lo quiero,
tanto que te quiero.
Le digo que me cuide,
con esa responsabilidad tan humana,
a alguien que ya no es humano.
Es el vacío,
no el de extrañar algo que no está,
extrañar, en cambio, eso que no ha estado,
nunca.
La imposibilidad. La negación.
Los muertos que no conocimos.
Él.
Tú.
Los días que se alejan cada vez de ese día,
de ese último segundo
en el que los dos podíamos vernos de la misma manera.
La última posibilidad de un mundo paralelo.

Conjugación de letras

Te fuiste, como se han ido los otros.

Ya me bañé con la mata de la abuelita, ruda, a ver si son malas energías.

Ya bañé al gato, a ver si es el gato.

El otro día me asomé a la ventana, y te vi.

No me viste.

Entre tú y yo, dos mundos paralelos: tú te levantas temprano, yo me acuesto tarde.

Tu pelo es negro. El mío es claro.

No crees en los fantasmas. Yo tengo mi fantasma.

Tu primera letra está entre las letras prohibidas de mi abecedario.

Yo no estoy.

Esta semana, desprevenido, dijiste hola.

Yo no dije nada, qué iba a decir.

Ni el clima, que salva conversaciones de horas, llegó a salvarme.

Todavía te gusta la poesía, te pregunté.

Ya no llueve, respondiste sin mirar.

La otra vez, me pareció que te había olvidado.

Entonces el niño preguntó por un señor que se llama igual que tú.

Me equivoqué.

Entre tú y yo, dice Dulce María Loynaz, van quedando pocas diferencias.

Queda, digo yo, la vida en silencio.

El negro del final de las películas.

Ser otro.