Oveja

Cuando una oveja muere, muere, como decía Jairo Aníbal Niño, una nube con paticas. Muere la ilusión de encontrarnos con el mundo que hay detrás de todo ese blanco encrespado que no deja ver más allá. Muere la esperanza de que nos encontremos, de pronto, en algún nudo, por esas casualidades serendípicas que tiene la vida a veces. Muere un pequeño poema que se vestía de blanco todos los días esperando encontrar algún lector valiente. Muero yo, y mueres tú, y eso que nunca nos dijimos por falta de valentía. Tal vez, y ahora lo dice Darío Jaramillo, puedes que seas el amor imposible de tu amor imposible, pero eso es un milagro.

Cuando una oveja muere, mueren millones de ovejas miniatura que hay en una sola oveja, y entonces, a su vez, mueren millones de nubes con paticas.

Muere una posibilidad. Muere el milagro en futuro.

Vecinos

Hace dos días que se fueron y ya los extraño. Me había acostumbrado al niño que montaba en su moto de juguete todas las tardes, a las 4:00. Desde abajo se oía que iba y venía en la sala de su apartamento, que es la misma sala del mío, pero en un piso diferente. Al principio era insoportable: 30 minutos de unas llantas encima del piso de un apartamento. Luego me acostumbré.  Las 4:00 eran ahora el momento para batir una torta, cepillarse el pelo, hacer jugo en la licuadora o aspirar los pelos del gato. Bulla con bulla era perfecto para olvidar. Dejé, también, de usar despertador. La señora se ponía los tacones a las 6:15 de la mañana, de lunes a viernes, y caminaba hasta el baño y volvía a la pieza y luego a la cocina y al comedor. Una rutina exacta, coincidiendo incluso en los segundos. A esa hora empecé a despertarme todos los días, con el natural sonido del que sabe taconear. No había necesidad de posponer el despertador porque ella sonaba varias veces, hasta las 6:30. Entonces habrían la llave de la ducha del baño social. Supongo que era la mamá de la señora, que me contó el portero vivía ahí con ellos y servía de niñera. La despedida de los ruidos empezaba a las 9:00. El perro corría detrás de una pelota, de pronto se caía un objeto, el niño daba una última vuelta en la moto, se cerraba la puerta del balcón, se movía una silla. Todo era perfecto: de noche los ruidos de los vecinos son las explicaciones lógicas a los fantasmas.

Hace dos días que se fueron a otro apartamento, dos torres más allá. A veces me asomo a la ventana y veo a la señora pasar con sus tacones a las 6:35 de la mañana. No me alcanza a ver, hay un árbol que me tapa.

Los nuevos vecinos no han hecho ruidos todavía, salvo el perro que corre a la 1:00 de la mañana.

Lo demás son los fantasmas, y el señor del lado que a veces me toca la pared, supongo, con el palo de la escoba. Yo pienso que tengo muy duro el televisor y le bajo el volumen. No me muevo. El señor no vuelve a aparecer hasta el mes próximo, o hasta cuando abre la puerta del balcón de atrás y llega el humo de la marihuana. A veces creo que es un señor loco que va a pasarse a mi casa, va a romper el vidrio y se va a robar al gato.

Al vecino del lado le tengo pánico.

A los vecinos de arriba, en cambio, apenas han pasado dos días, tres horas y 4 minutos, y ya los extraño.

Fantasmas

Esta mañana un fantasma se metió adentro. Los domingos, a esa hora, y a ninguna hora, hay exorcistas disponibles para sacar fantasmas que atacan el cuerpo. El cuerpo queda a la deriva, a la disposición de uno mismo con todas sus tristezas, con todas esas preguntas que susurran los fantasmas cuando están dentro de uno.

El gato y ella no conversan el mismo idioma y tienen los horarios trocados: a él le gusta dormir todo el día, menos por la mañana, cuando ella quiere dormir. Él se queda en la puerta con unos maullidos dolorosos, tan tristes, que a ella le da pesar y termina abriéndole la puerta, y él entra rápido a mirar que hay adentro, y adentro no hay más que lo mismo de antes: una cama, un televisor, dos nocheros, una chica acostada en la cama tratando de dormir. Perdida. El gato se sube encima de la cabeza, sale corriendo, vuelve a entrar, vuelve a subirse en la cabeza, maulla, trae el juguete, muerde cualquier pedacito de piel que esté fuera de las cobijas, vuelve a salir, vuelve a correr, vuelve a montarse encima de la cabeza, y cuando ella se despierta, cansada ya de que su despertador gatuno no se pueda aplazar más, se para de la cama, le echa comida, él come, y cuando ella no tiene más sueño, él se acomoda en la almohada y se echa a dormir. El despertador sucumbe.

El gato no entiende de fantasmas que se meten adentro y no dejan parar de la cama. No entiende de tristezas que llegan los domingos, con nombres que zumban en la cabeza con todas sus imposibilidades. Porque parece que hay una lección que aprender en las incoincidencias. No coincidir una vez, no coincidir dos veces. Llegar tarde. Creer que se ha llegado tarde, y esa pregunta innecesaria, pero ineludible: y si hubiera llegado a tiempo, será que no hubiera venido el fantasma esta mañana para opacar el cuerpo, para hacerlo pesado, para ponerle tantas preguntas a la vida, no sobre él, pero sí sobre ella. Qué hay que aprender de las inconcidencias, para coincidir por fin. Qué hay que esperar. Quizá, porque más allá de la incoincidencia, está la ingenuidad de no haber creído en las pequeñas profecías que hace la cabeza por desconfianza.

Querer es muy difícil. Quererse es muy difícil también.

Al final, siempre queda el gato.

Un segundo

Despedirse no tiene una fecha exacta, con horas y segundos, ni tiene que ver, tampoco, con la palabra adiós. Se da con los días que pasan, cuando la conciencia acalla lo vivido, los días en que compartíamos el mismo espacio en el mundo, las mismas ideas, la vida misma coincidiendo para los dos. Un día deja de doler y ya no apareces de primero cuando amanece. Tampoco de segundo, de tercero o de cuarto. Esa persona no aparece ya. No apareces ya, ni siquiera para el olvido. Despedirse es un proceso que empieza un día y termina otro, indefinido. Un golpecito al corazón, que solo se escucha si se pone atención y uno siente que alguien se va del todo, que se desprende. Hasta pronto, o hasta nunca, eso solo lo saben esos que están detrás, de guionistas.


Nos despedimos de los amigos, que no son eternos, de la gente que quisimos alguna vez, que no dura para siempre. Porque hay personas, y de eso aprendemos con el tiempo pasando encima de nosotros, que está en nuestra vida un ratico, solo un poquito, y eso debe ser suficiente.

Ojalá aprendiéramos a empezar a despedirnos a tiempo.

También a entender lo suficiente del poquito.

Bien lo dijo el conejo cuando Alicia le preguntó cuánto es para siempre, y él le respondió que a veces, solo un segundo.

Música clásica en el bus

Desde la ventana del bus, el mundo es más pequeño. Salvo que haya otro bus peleando al frente, los carros y la gente son pequeñas miniaturas que andan ensimismadas en su vida. Porque las personas, al final, son pequeños palitos individuales con una vida para ensimismarse, sonreír a veces, preocuparse a veces y entristecerse a veces también.

El conductor tiene el radio al volumen exacto para que los pasajeros de las 5:45 de la mañana, del día de la mitad de la semana, miércoles, no se duerman. Hay un señor de voz gruesa en la radio que habla de los muertos de la noche anterior, incluyendo a alguien que se cayó de un cuarto piso. Solo hay cuatro sillas ocupadas. Seguro el bus en el que coincide la gente a esa hora, el que va con gente parada, en el que casi se cae la otra vez, pasó antes. Se salvó de empezar el día como una sardina enlatada en esa caja rectangular de cuatro ruedas.

Se olvida de la radio y del conductor que va a la velocidad de un carro, no de un bus. Las calles, a esa hora, todavía están vacías. Se acuerda del consejo que le dio una S, de que escuchar música clásica en el bus es como ponerle banda sonora a la vida. Se pone los audífonos, abre Youtube y suena la Quinta Sinfonía de Beethoven.

Cuando todavía no tenía diez años, el Niño Dios, no la mamá, le trajo la primera y única grabadora que tuvo en la vida. Además aprendió que Eduardo mantenía listo el casete amarillo con la Sinfonía 5. Si la M lloraba él se levantaba y le daba play. Dice la mamá que esa niña monita y cacheticolorada, llorona de toda la vida, dejaba de llorar, pese a lo fuerte que puede llegar a sonar, si uno lo piensa dos veces esa canción clásica.

Beethoven también le recuerda a Eduardo: se lo imagina con su pelo negro y sus dientes separados, exacto al de la foto, caminando a la grabadora, diciéndole algo a la niña aquella, esperando el cambio del sollozo por la música, sonriendo después. Beethoven duró poco para los dos, de todas maneras, pero la música hace magia. Nos devuelve a épocas de las que ni siquiera la memoria se acuerda.

Desde el bus, la vida pasa. Algunos dicen que la diferencia entre las películas y la realidad es la banda sonora. La vida no tiene banda sonora. Va en silencio, va con la bulla de los carros, de las voces, del gato que maúlla, de la señora que grita, del pito, del aire que silba y le da besos a las hojas de los árboles. No hay música ni para los momentos tristes ni para preparar al sujeto de una tensión que sigue ni para sonreír por mirarlo sabiendo que se muere de la timidez de mirarlo. No hay música para los besos de verdad y menos para los inventados.

Entonces se monta al bus y suena Beethoven. Dice la S que hasta el evento más simple parece una obra de teatro. Tal vez. Dice la M que mirar por la ventana es devolverse en el tiempo, es saber de sus muertos, es la vida que va al ritmo de la música, que pasa en diez minutos, solamente, aunque como dijo Cortázar, y esto va muy rápido, en un minuto y medio se puede pensar un cuarto de hora. Se podría decir que en diez minutos se puede pensar la vida completa de Eduardo y la M, cuando los dos eran de este mundo: un año y ocho meses. “Las estaciones –Cortázar se refiere al metro– son los minutos, es ese tiempo de ustedes, de ahora; pero yo sé que hay otro”. Ella también, el de Eduardo.

No es verdad que la vida real, al contrario de las películas, no tenga banda sonora. O es cierto, solamente, hasta que te montas a un bus, miras por la ventana y Eduardo le da play a la Quinta sinfonía.

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A veces me imagino la vida
y tiene pantalones azules,
como si fuera de viaje.
No voy de viaje
porque mis zapatos se pegaron al piso
de esta ciudad que no quise alguna vez,
pero que quiero ahora.
El amor tiene que ver con el tiempo,
como vos,
que tienes el reloj a una hora distinta del mío.
Cuando tu tictac hace tic-tac,
el mío hace un silencio.
Cuando mi tictac hace tic-tac,
el tuyo hace un silencio.
Algunos lo llamarían complemento,
yo prefiero decirle indirectamente proporcional a la hora.
El tiempo es eso que no se ve, de todas maneras.

Gafas

GafasExplicación para una S

Dicen los fantasmas, que son quienes saben de verdad qué pasa de noche, que las gafas tienen vida cuando nadie las ve y reposan en la almohada o en la mesa de noche. Entonces conversan de cómo van hacer al otro día para confabularse con la nariz y hacer que la mano tenga que subir y rascar y subir las gafas a la cabeza, porque pica, porque tallan, porque estorban. A veces ponen pequeñas espuelitas, invisibles, que no funcionan ahí mismo, sino luego, después del almuerzo. Son calculadoras. De noche, también lo dicen los fantasmas, mientras el sujeto gafufo duerme, se ríen a carcajadas recordando la incomodidad, el logro de llegar al pelo a disfrutar de otros paísajes y, sobre todo, a ser libres: si están en la nariz solo pueden ver lo que los ojos ven. Si están en el pelo, en cambio, pueden ver el mundo a su manera. Las gafas viven para mirar. Estorbar es su plan de conquistar el mundo.

Horóscopo

Hay nombres que se entran en la cabeza para repetirse como un disco rayado. Hacemos promesas de no pensar, de inventar otros mundos, de caminar otras historias, nunca esa, pero cuando a la cabeza le da por rayar el disco, los intentos son fallidos, siempre. Ni el tal San Antonio al que hay que quitarle al niño y poner patas arriba vale. San Antonio, ante la insistencia de la mente de repetir el nombre, hace una risa malévola de pesar, de venganza, porque ni a él le gusta estar de cabeza, le enoja mucho esa tradición en el que pierde el sentido de saber dónde está. Ella cree en Cupido y en sus flechas y le dice que apunte a la nalga indicada, que no es tiempo de ponerse creativo. No pasa nada. Tal vez, se explica así misma, Cupido está todavía enojado con la última flecha. Ella le dijo, le rogó, que ese era, seguro, y él tiró la flecha sin comprobar las fuentes, y el otro ya estaba encantado con otra, así que perdió el lance. Cosas esas del amor, o de la edad. Nunca se sabe. Ahora no dice nada. Porque los sueños que se imagina no la dejan dormir. ¿Qué se hace con los discos rayados? Se escuchan, de todos modos.

 

De perdones y olvidos

En 29 años, no sé todavía qué es perdonar. Porque uno aprende a comer con cuchara, y sabe qué es comer con cuchara, o sabe coger el lápiz y cómo hacer cada letra del abecedario en un papel. Pero perdonar, no sé, no he aprendido. ¿Cómo se aprende eso, tan efímero? Esas cosas no las enseñan en la escuela. Uno no se preocupa de si ya perdonó o no, uno vive, no más.

Más que andar diciendo lo del perdón, que es tan difícil de comprender, porque hasta la definición del diccionario es compleja, me parece que hay que hablar, sobre todo, de no sentir odio. Y eso lo aprendí en un libro de superación personal que estaba de moda cuando estaba en los 13, y por eso no reniego de esos libros, si uno no se queda en ellos: era uno de Carlos Cuauhtemoc, quién sabe cuál, y dijo que odiar solo me perjudicaba a mí misma. El odio me molesta a mí, me genera molestia a mí, pero no al ser odiado. El ser odiado no sabe que lo odio y si lo sabe no le importa, es decir, odiarlo no lo afecta. Afecta mi individualidad, mi tranquilidad. Odiar solo me hace daño a mí. Eso me cambió: no necesitaba odiar a nadie, porque, para qué odiar a esos que mataron a Eduardo, o no perdonarlos si es el caso, si ni siquiera he de saber quiénes fueron. Porque para los muertos como Eduardo la justicia llega hasta unos papeles que se guardan por años en un juzgado, sin investigación alguna. Al final, tampoco necesito saber quién lo mató porque ni saberlo ni perdonar ni no perdonar ni odiar ni vengarme va a devolverlo a la vida ni va a devolverme el tiempo que no he pasado con él ni a resolverme la pregunta de qué hubiera sido mi vida con un papá. No hay antídoto contra la muerte. Eduardo es un muerto, es todo.

Si lo pienso, perdonar es natural. Perdonar es seguir la vida sin la necesidad de decir que se ha perdonado a alguien. ¿Perdonar a quién? Nunca supe quién mató a Eduardo. No podría perdonar al viento, porque el viento no fue. Tal vez le damos muchas vueltas a esa palabra, porque nos gusta decirlo todo, pero no hay que decirlo, hay que entender que alguien se fue, que algo nos pasó, que la vida ha cambiado y que el tiempo sigue andando con ese cambio. El mío fue crecer sin un papá, pero cada víctima tiene el suyo. Perdonar es dejar que pase el tiempo. Es un proceso interior, individual, silencioso. Es vivir.

Tampoco sé qué es olvidar. Yo pienso en Eduardo todos los días, como un mantra que repito, que necesito. No necesito en cambio recordar que lo mataron. Eso es un hecho incambiable e inmodificable. ¿Para qué recordar que un sábado le dispararon, que fue una bala en la cabeza, que él puso la mano, que lo llevaron al hospital, que murió en la carretera? Esos son detalles que alguien me contó, que a veces vuelven a la cabeza para completar la historia, pero que no resuelven nada, porque no hay nada qué resolver tampoco. De eso me acuerdo de vez en cuando, de que no tengo papá también. De Eduardo, en cambio, me acuerdo a diario, para que no se muera de verdad.

Porque uno sí quisiera saber qué pasó, por qué lo mataron, quién lo mató, y todas esas preguntas que uno se hace, pero no para perdonar ni para recordar, sino por la simple curiosidad de entender, de completar la historia, de no tener vacíos. Las explicaciones son importantes para la curiosidad, para la claridad, para reconstruir el resto de la verdad, la que va más allá del muerto. Eso ayuda, pero no es todo. Y eso lo he aprendido con el tiempo. Eduardo es también el ser que invento, y es Mónica, con un ser que inventa a diario a Eduardo. Eso es lo importante. Quiénes somos, o logramos ser, después de. Por supuesto, también es contar, es hablar del hecho, pero es además la posibilidad de contar sin que duela como antes. Cuando tenía menos de 15, hablar de Eduardo era una lágrima fija. Ahora, después de tantos años contando y escribiendo, Eduardo es alguien de quien puedo hablar tranquila. Eduardo también soy yo.

Hace días a una compañera de colegio le mataron al esposo. Estaban recién casados y tenían una bebé, de un año, más o menos. Fue como devolverme en el tiempo. Fue como si a alguien más le pasara mi historia. Y me dolió. Será una niña más, como muchos niños, que tendrá que vivir preguntándose por qué y qué hubiese sido tener un papá, qué sería tener un papá, cómo hubiese sido el suyo, qué le diría de sus notas y, más tarde, de ese novio peludo, de esa carrera, de ese trabajo. Qué hubiera sido ese político, hasta dónde hubiera llegado, Dios, qué vida habríamos tenido si. Una viuda más, con una niña, para explicarle que los demás niños tienen papá y ella no, y ser una mamá increíble y también un papá, y así, reconstruir una vida que se había soñado distinta.

Perdonar y olvidar, también es querer que no se repita.

La pestaña

Una pestaña se suicidó antes del mediodía. Se despegó con sigilo para que las demás no sospecharan que quería marchar. Estuvo silenciosa, esta mañana, y también nostálgica, recordando momentos de cuando eran si acaso pestañitas de tres milímetros. También habló de la vida, de lo larga que puede ser a veces, y de la muerte, de la posibilidad que existe, y sobre todo el derecho que existe, de morir. A las 11:59, antes de que el sol estuviera en el punto más central del cielo, se dejó caer al ojo. Dolió, rebotó con el lente de contacto, pero la marea de una lágrima la llevó a la colita y ahí espero a que un dedo la notara. Se había traído un pedacito de pestañina que la hacía ver más negra. Le gustaba ser negra y menos mona, porque se veía más. Estaba intacta, curva, delgada, de las más bellas en estos 30 años. Las demás la vieron caer, pero no dijeron nada. No era necesario. Sus vecinas, no obstante, alcanzaron a lanzar un gritito doloroso. Nadie hizo preguntas. Leyeron un poema en su nombre. Así era ella. Es todo. Así hay que recordarla.