Hay días en los que uno se despierta y tiene ese nombre que ronda, como una abeja a la que uno le tiene miedo de que lo pique, aunque la abeja no tenga la culpa. Duermes y no se va. Barres y no se va tampoco. Juegas con el gato y sigue ahí. Vuelves a dormir, lavas los baños, te bañas vos, bañas al gato. Tampoco.

En este cuarto apareces.
Te estoy pensando desde hace una hora,
quizá media más.
Te imagino allá,
te miro en la foto.
Te dibujo.
Espero.
Dibujar es mejor que extrañarte.
Te apareces otra vez,
como en la última noche.
Revuelco tu pelo,
te beso el cuello,
nos besamos.
Te quiero, en esa manera extraña
en que quieres que te quiera.
Afuera está el árbol.
A veces quiero ser una de tus avispas,
justo de las que no sabe aterrizar.
Ojalá me vieras en una gotita de mar
o en esa nube sin forma que tienes al frente.
En la sal
o en la piña colada.
Pienso en tu ebriedad constante.
Miro tu nombre.
Ojalá llegaras en la noche,
así de sutil como aparece la luna.

Tres

Uno

IMG_00475 de mayo. No llegaste. Era una cita programada en el futuro, pero ni vos ni el futuro llegaron. Nunca. Ni siquiera a destiempo. Tampoco llegó ese miércoles, ni nos tomamos la foto que nos íbamos a tomar. No. Con vos el tiempo se estancó esa noche en que escogiste ir hacia el otro lado, y las palabras dichas, y las no dichas, se quedaron en el cliché del viento. Tan difícil mirarlo en perspectiva, en pasado, y no haber entendido que cada quien tiene vidas paralelas de las que no nos damos cuenta hasta que explotan, de pronto. Eso lo aprendí con una M, que me ha acabado las minas de los portaminas, que me ha enseñado a partir de la tristeza, que equivocarse tiene consecuencias. Con vos, por ejemplo, me equivoqué. Porque uno no debe creerle al futuro. Yo no te vi en mi futuro hasta ese día que hablaste del 5 de mayo. Éramos tan distintos, tanto. Y luego pasó la cita del futuro y yo me vi ahí, con vos, en ese día, en esa silla. A un curioso como yo no se le puede decir que se le va a decir algo en el futuro. Porque esas cosas no se olvidan y pasan a un tiempo difícil de pronunciar: pospretérito. Qué me irías a decir, ¿ah? No llegamos, sin embargo. Pasó un humo extraño. Te habías ido. Eras pasado, nunca presente. Después aprendí a odiar cada cosa en donde estuvimos: el parquecito, la silla, la esquina de la cerveza, la calle de atrás, los perros con queso, los edificios dibujados, la pelota del gato.
Y al 5 de mayo. Hay días muertos.

Dos

Voy a merodear
en vos.
A esconderme detrás de tu oreja
y a decirte,
qué voy a decirte,
si con vos
no hay palabras.
Con vos hay silencio.
Hacemos silencio,
vos adelante, yo atrás,
como el fantasma que me he vuelto.
No estoy, pero estoy,
en el mismo segundo.
Lo sabes.
Lo sé.
Lo saben ellos y el gato.
Me he ido,
y no me he ido, al mismo tiempo.
Voy a merodearte,
en mi silencio,
y en esta contradicción:
querernos, y no querernos,
en el mismo tiempo.
A la misma hora.
En la misma coordenada.
Soy un fantasma,
que merodea adentro y atrás.

Tres
La M, dice el diccionario, es la decimotercera letra del abecedario español, que representa, y he aquí la palabra rara, el fonemaconsonántico nasal bilabial. No entiendas, no importa. Cuento las letras del abecedario en mis dedos: tiene razón el diccionario, la M es la decimotercera letra de ese abecedario. Del mío, en cambio, es la primera de ese nombre con el que me llaman a veces, y también la séptima. Vos sos la séptima letra de mi abecedario, que representa, y he aquí mi mundo raro, la imposibilidad de coincidir en el mismo tiempo y en el mismo espacio, en el mismo segundo. La posibilidad de querernos a veces y de odiarnos a veces también, en el mismo microsegundo. Los dos idiomas, el de la ciencia y el de las letras, que no nos dejan decir.

;

Siete letras
tiene la palabra soledad
y no es lo mismo que silencio,
que tiene ocho.

Porque la soledad aparece
aunque haya alguien en otro lado.
Cualquier lado.

Cuando se pierde la sonrisa
y la pronunciación consciente de esas cinco letras,
la soledad ya no es una pequeñísima idea.

Es un monstruo
de letras grandes, que suenan,
que traspasan las ocho letras
de la otra palabra con s.

Poema

Este me lo compartió un amigo y yo tenía que compartirlo con ustedes. Es de Geraldino Brasil.

Clase media,

por Geraldino Brasil

Un médico.
Maravilloso en la familia.

Un ejecutivo.
Excelente.

Un ingeniero.
Un arquitecto.
Un abogado.
Magnífico.

Un poeta.
Mejor en otra familia.

GRIPA

Locuriando, en estado gripal, como si no tuviera nada más qué hacer (espero hayan leído la ironía).

Gripa se escribe con mocos.
Tapan la nariz
y hasta la conciencia de respirar.
Se escribe con g,
de gato con pelo
que da rinitis.
Compañera de aguapanelas,
enemiga acérrima de los helados.
Una pasajera
que agarra,
no que se tiene.
Una anti ecológica: gasta mucho papel.

La gripa no se escribe.
No tiene puntos, ni letras, ni comas.
Solo estorba
y da salpullido en ese pedazo de piel,
donde están los huecos de la nariz.

UN POEMITA

No tengo computador. Cosa grave en estas épocas de apego a esos bichos. Debe ser por eso que tengo un hueco en el estómago. Lo que sí sé es que hemos mejorado. En otros tiempos me daba taquicardia. Será esas cosas de crecer. Aunque el vacío puede ser, o compartirse mejor, por una pregunta tormentosa que me da vueltas: ¿por qué no me vio? y no me ve, todavía. En fin. Hoy hace cinco años, que es muchísimo tiempo, y no lo siento tanto, se murió mi abuela. Se le extraña porque por estos días he comprobado que era de las pocas cosas vivas que hacía lazo con Eduardo.

Y como voy de afán, porque andar en computador prestado es difícil, y me trasladé al papel por estos días, les dejo este poemita que me encontré y me gustó. Hoy tengo exceso de confianza. Ustedes dirán.

Respiro
con el aire
que te sobra.
Ese que sale
después de un plon
de cigarro
de marihuana.
Cada noche
es lo mismo.
La siguiente
y la que viene.
Respiro
con el aire
maldito,
de tu falta
de cordura.

-

Abichorado
al cuerpo.
Abichorado
a la piel.
Abichorado
al de rojo.
Abichorado
ahí, en el lado aquel
del cerebro
en que se hace
la tristeza.
Y como abichorado
no existe
en tu real academia,
te traduzco mi cabeza:
pegado como un bicho,
de tres patas,
morado
y de una sola antena,
a todo lo anterior.
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1-128-22-66-2-774

Todos los nombres
enfilados
uno tras otro,
en un desfile
de letras
en orden alfabético.

Huyen.
No hay forma.
Otra vez.
No encuentran la manera
de abrir la compuerta.

El laberinto,
solitario.
Las ramas de los árboles
se tragan toda la luz
y el fuego
se deja permear
por el verde.

La muerte está cerca,
confabulada con una manada de lobos,
de hombres con fusiles:
sin cerebro.
Atrapada en la púa de los alahambres,
en la sed de un poco,
un poco, nada más,
de liberté.

Todos los nombres
enfilados como números,
1 detrás de otro,
como si para morir,
la masa no fuese suficiente
para perder la identidad.

Paradójico.
Piensa en los alambiques
y recuerda la noche en que,
ebrio, recorrió la ciudad.

Números…
y la falta de certeza.
Se le pierden
las palabras
en su lengua,
justo en ese momento,
cuando debería gritar.

Es lunes,
tal vez no,
si apenas comienza
la semana.