Llueve en Cartagena

Cartagena es una ciudad en la que llueve poco, pero cuando la lluvia cae, es distinta. Un recorrido por las murallas.

Por Mónica Quintero Restrepo (Texto publicado en Generación, de El Colombiano)

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GENERACIÓN DICIEMBRE 6 DE 2015-14-15 – VIAJES -Unica

Es la primera vez que llueve en Cartagena para mí. Desde que nos conocimos hace 12 años, un enero, siempre había sido una ciudad amarilla, de cielo azul y sol brillante y picante. La gente, sin preguntarle, explica que el problema de Cartagena es la humedad y no el calor, pero a mí no me importa la diferencia, porque yo siento que todo hierve cuando estoy afuera. Esa vez, el calor me hizo odiarla y no me acuerdo de haber visto ni las murallas ni el castillo de San Felipe ni la Ciudad Vieja. No vi nada. Luego volví, con cinco años más, y nos quisimos después de dormir una noche encerrada en un cuarto de hotel a 12 grados centígrados. Cartagena me conquistó por el aire acondicionado. Entonces en una pequeña ventana que tiene la muralla, vi a una pareja darse un beso justo cuando los dos azules, el del cielo y el del agua, se confundían, y me dio envidia. 

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Foto: David Estrada

Cartagena lloviendo es otra ciudad, aunque la piel siga siendo un pegote por las explicaciones de la  humedad. Las calles se vuelven ríos de aguas estancadas y los aviones se retrasan o, como en el que venía yo, asustan a los pasajeros haciéndoles creer que ya van aterrizar y, en un golpe abrupto, el avión vuelve a montarse en las nubes, el piloto explica que es una maniobra sin peligro y una señora grita que ella no entiende que es un viento de cola, que no se quiere morir. Es una ciudad gris que no contrasta con el amarillo de la Torre del reloj, y el sol no es tan fuerte para odiarla ni para usar sombrero. El taxista dijo que en noviembre era normal que lloviera, que cuando los huracanes pasan por México la cola termina pasando por Cartagena, pero que hace como veinte años que ninguna tormenta deja sin techos las casas.

Es la primera vez que vengo a Cartagena en noviembre y que debo andar, como en Medellín, con un paraguas en la mochila.

El taxista me contó además que la tormenta por la que el vuelo en Medellín no salió a tiempo fue tan fuerte que se llevó las carpas rojas en las que la gente se sienta a tomar el sol en las playas frente al mar. Cuando pasamos, ya solo con las calles mojadas como recuerdo, las carpas estaban de nuevo y la gente volvió al mar, aunque ese día no hubo sol. Me hubiera gustado estar en el supermercado en el que estuvo dos horas atrapada una amiga por culpa de la lluvia, para que luego le ofrecieran cruzar la calle poniendo unas tablas de lado a lado.  Algunas monedas por no mojarse los zapatos.

No se lo dije a nadie, pero el resto de ese día Cartagena fue perfecta: sus callecitas estrechas con casas de balcones y puertas de madera, sus pequeñas plazas, los caballos haciendo que te muevas al andén y que revises los pies para no pisar el estiércol. Llovió esa noche también, despacio, con pequeñas goteras que se veían a través de la luz. A nadie le importó y el camino fue guiado por el agua. De seguro Pedro de Heredia, sin poderse mover en esa escultura de bronce, se sintió fresco en la plaza de la Torre del Reloj con tanta lluvia para un solo día cartagenero.

Cartagena y yo nos quisimos esa noche por segunda vez.

Días para la lluvia

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Foto: David Estrada

Los cañones de la muralla de Cartagena miran al mar. Nadie les ha dado un beso de pólvora desde hace tantos años, que les queda consolarse con dos hombres que conversan mientras los dedos de él y de él se van cruzando miedosos. Las murallas que antes espantaron a los piratas sirven hoy para proteger el amor.

18 de noviembre de 2015. 6:30 de la tarde. En el horizonte solo hay una embarcación con seis ventanas de luces amarillas, que no se mueve. No vienen los piratas, pienso, pero a mi lado dos hombres y una mujer conversan de cómo se construyeron las murallas, de que fueron casi 200 años, de que se utilizaron esclavos, y hablan del más famoso ataqué a La Heroica, el que hizo Drake. No se acuerdan del año, y yo, que pierdo la voz cuando hace calor, respondo pianísimo que es 1586. No me escuchan. Qué importan ya los piratas si ahora hay enamorados que caminan sobre ellas, mirando pequeñas embarcaciones a lo lejos, o para qué mirarlas si están ocupados entre los besos, ¡qué las embarcaciones los miren a ellos!

Luego están las fotos. Las dos mujeres se toman selfies sentadas en el andén de la muralla. Un par de viejitos me dicen que les tome una foto, pero que se vea el horizonte. Está muy oscuro, les advierto, y que no importa, responden. En la foto quedan ellos con un fondo negro y una lucecita que es la única embarcación que hay. Unos recién casados están en sesión de fotografía. Ella con su vestido largo se hace en un pequeño puente mientras el novio espera fuera de foco y la fotógrafa le dice que mejor se quite las chanclas verdes, las que son para levantarse, que no se vayan a ver. No he pasado de los dos primeros baluartes de las murallas. El primero, al que se sube después de pasar la Torre del Reloj, las esculturas del parque y la Alcaldía. El segundo, después de cruzar el pasaje Roda, donde están los artesanos y unos extranjeros tocan dos instrumentos delante de un sombrero en el que hay 30 mil pesos, cuenta de reojo esta miope.

Miro al cielo. Llovió al mediodía mientras iba al hotel, pero no ha vuelto la lluvia. Hace calor, pero está fresco, le escucho decir a una de las tres señoras que llevaron sillas a la muralla y se sentaron a conversar dándole la espalda al mar. El viento sopla para los despeinados, pero es cariñoso. Recuerdo la única ciudad en donde me dio miedo del viento, Edimburgo, en Escocia, cuando pensé que iba a salir volando con mi pequeña sombrilla desbaratada. No importa lo que dicen las señoras. Al atardecer las horas de los turistas, que son los que más van a la muralla, pasan con el afán del Caribe, que es ninguno. El mundo gira más despacio en estas tierras, incluyéndome.

Camino sola, con una sombrilla en mi mochila, y me da envidia, otra vez. Pienso en vos. Nunca vinimos a Cartagena, ni siquiera cuando no estaba lloviendo.

***

18 de diciembre. 2:00 p.m. No había ido al Castillo de San Felipe desde la primera vez, cuando tenía 17 años y llegué a Cartagena en bus después de un viaje de 24 horas desde Riosucio, Caldas, con mis amigas de colegio, también adolescentes, que me obligaron a escuchar reguetón a las 6:00 de la mañana y ya hacía un calor infernal en el bus y aún no habíamos visto el mar. No recuerdo el Castillo y en mi mente aparecía un lugar al que no quería volver, jamás de los jamases, porque olía a orines y a mierda. No me acuerdo de que tuviera túneles largos por los que uno entra y siente calor, pero quiere saber que esos cajones de al lado, donde no cabe ni una cama, fueron hechos para que los soldados se escondieran y atraparan al enemigo cuando pasara por allí. Hay uno en donde las escaleras son tan empinadas, y la luz que pusieron para que los visitantes puedan bajar a mirar se hace roja, que uno parece que estuviera entrando al infierno aunque termine siendo de más túneles y más cajones. San Felipe tiene 890 metros de túneles en toda la fortaleza, que se comunican entre sí, si bien uno no puede ir más allá de las luces oficiales porque entra pánico y claustrofobia y el calor hace que el pelo sea una masa pegajosa que no está ni peinada ni despeinada. Hasta ahí no más, y me devolví.

De los días en que odié a Cartagena no me acuerdo que desde el castillo se pudiera ver una panorámica y el contraste entre los edificios blancos y modernos de la izquierda y los coloniales del centro histórico. Resultó, además, que San Felipe estaba a solo cinco minutos y siete mil pesos en taxi de la ciudad vieja, pero el Policía me sugirió no caminar. Tampoco me imagino que haya ladrones cerca a las murallas, pero dicen, como dicen de las brujas, que los hay los hay.

Visitar a San Felipe, después de tantos años, fue empezar otra vez. Una pausa a nuestra guerra. Un señor vestido de español de la Conquista trataba de hablar inglés y francés, según el turista, y luego tocaba su trompeta para dar la bienvenida, o la despedida, depende. Qué pensarían los españoles de entonces si vieran que la fortaleza en la que invirtieron tanto dinero para defenderse contra los piratas españoles y franceses, ahora esté lleno de franceses y, más que ingleses, de gente que habla inglés.

Carmen Consuelo García, guía del castillo, dice que debe poner cuidado cuando cuenta la historia de los piratas, que Drake para los ingleses era un caballero y no un corsario. Teoría de la relatividad, al fin y al cabo. Igual que volver a un castillo, mirar el cerro de la Popa, saber que se estuvo allí alguna vez, que desde ahí se ve otra Cartagena, la no turística, la de los barrios pobres. Muchos cartageneros no conocen ni las murallas ni el castillo ni el centro histórico por los que miles de turistas del país y del extranjero vienen a tomarse fotos, y viven solo a un pasaje de bus que no tienen.

Foto: David Estrada

Foto: David Estrada

No llueve más. No llovió el día que corrí detrás de Mario Vargas Llosa por toda la plaza del hotel Santa Clara para decirle que nos tomáramos una foto, pero el aire no me dio para contarle que no me gustan las fotos y que en la entrevista del día anterior, por la que lo esperé un año, la grabadora no grabó, pero que igual la había escrito con mi memoria de gallina. Fue lo único que me quedó de Vargas Llosa: una imagen de él con su copete blanco de Alf, sus gafas negras, su lapicero en el bolsillo de la camisa de rayas, yo con el pelo mojado del sudor, una camisa blanca –como odio las camisas blancas– y el cordón de la acreditación. Sonreímos los dos, pero lo único que se ve de Cartagena atrás es un árbol, un poste y unos señores en unas sillas. No es Cartagena, aunque hace sol, sobre todo en mi cara.

Nunca he contado las veces que he vuelto a la Ciudad amurallada desde la primera vez que nos vimos, pero han sido más de diez. Aquí aprendí que los escritores no siempre son tan queridos como parecen en los libros, o que hay unos maravillosos que se sientan en la palabra y uno no quiere que se acabe nunca, como cuando el inglés Julian Barnes estuvo en el Hay Festival en 2010. Y he entendido que el español no suena siempre a español en costeño y que a los taxistas hay que dejarlos hablar aunque uno no entienda, y que nunca se les puede dar una dirección en números, porque ellos entienden es de nombres de calles. Yo no entiendo ni de nombres de calles ni de números cuando estoy en la Ciudad vieja. Para mí es un laberinto por el que entro por un lado, termino en otro, vuelvo al mismo lado, salgo en otro, salgo en otro y así hasta que veo un lugar y me acuerdo cómo devolverme a comprar dulces de coco.

19 de noviembre. No ha vuelto a llover, y ya me voy. Cuando llueve en Cartagena, ella y yo nos queremos, y veo todo, incluso que en el reloj de la Torre del Reloj son las ocho I

* Crónica escrita durante la beca Gabriel García Márquez de Periodismo Cultural FNPI.  Noviembre de 2015.

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EL DIABLO EN RIOSUCIO

Este fue el artículo que escribí sobre el Carnaval de Riosucio, para EL COLOMBIANO. Escrito a la una de la mañana, quedó decente, creo.

El diablo, esta vez, entró moviendo los dedos sobre una flauta larga, mientras su boca se movía, a veces saludando, otras como si la estuviese tocando. Música que seguro se conjugó con las chirimías que acompañaban a su majestad.

En Riosucio, Caldas, la noche del sábado fue para el diablo del Carnaval, que recibió aplausos cuando pasó por las calles del pueblo, saludando y moviendo la cabeza. Fueron dos años de ausencia y de extrañarlo.

Por eso, quizá los aplausos, cuando lo vieron las muchísimas personas que estuvieron en las calles y que entonaron con fuerza el himno del Carnaval al arribar a una de las plazas de Riosucio, a dar su saludo oficial.

La ansiedad por conocer a su majestad se sintió momentos antes de que apareciera. El pequeño Juan Sebastián preguntó varias veces que si ya venía el diablo y dónde lo podía ver.

Estaba en primera fila para ver el desfile, así como Nicolás Bernal, que no quiso salir sin su capa y sus cachos a darle la bienvenida al símbolo del Carnaval.

Muchos fueron los que acompañaron al diablo durante el recorrido. Disfraces de diablos y diablas, cachos, colas, música y hasta un papa que andaba colado por ahí, echando la bendición. “Es un ritual bellísimo, que todos los riosuceños lo sentimos en el alma”, expresó Soffy Díaz, carnavalera y matachín desde hace muchos años. Iba con su vestido brillante.

El diablo del Carnaval, eso sí, se merece el mejor disfraz y hasta la mejor pinta. “Amerita salir así (de traje elegante con corbata) y más con este vestido que me lo envió Cristian Pior”, dijo muy serio (con la seriedad del disfraz) Nicolás Lerma, matachín que durante muchos años hizo la risa de su majestad. “Vivimos en función de recibirlo cada dos años”, añadió él, quien es todo un personaje de la fiesta.

Su majestad saludó en el Parque de San Sebastián, a una multitud que con ponchos le cantó el “salve salve placer de la vida” a su Satanás querido.

Ese que es el símbolo y guardián de la fiesta, que nada tiene que ver con el diablo católico, y que lo que hace es invitar a gozar, a disfrutar en paz, de una celebración donde prima lo cultural.

“Muy bonito, pero muy pequeño”, comentó la riosuceña Sandra Pimiento. Sin embargo, esta vez los elogios para la efigie fueron más que hace dos años. “Mucha tecnología”, agregó el pequeño Juan Pablo Montoya.

Las cuadrillas
Mientras el diablo entró el sábado, 32 cuadrillas, en un gran desfile lleno de color, engalanaron las calles del pueblo desde las once de la mañana. Si bien su majestad es el símbolo de la fiesta, las cuadrillas son el elemento fundamental.

Son grupos de personas, muchas de ellas conformadas por familias o grupos de amigos de tradición, que durante un año preparan su disfraz y ensayan las canciones que después del desfile, van a cantarle al pueblo riosuceño en dos tablados y luego en varias casas cuadrilleras.

Con sus disfraces y música, cada grupo va llevando mensajes de protesta por lo malo que ha ocurrido en el país y en el pueblo, llamando la atención si es necesario, haciendo homenaje si también es posible y hasta dando consejos, si se puede la palabra:

“Y si no te cuidas, yendo a la camita, dentro e’ nueve meses, mano peludita”, se le escuchó a la cuadrilla La Mano Peluda, de la familia Vargas, en una de sus letras.

Las cuadrillas se pasearon todo el día por las calles y las casas de Riosucio, bajo la mirada del diablo del Carnaval y los aplausos de quienes las vieron, que estaban encantados.

Del Carnaval de Riosucio hay que llevarse una imagen, aunque encante a tantos, que en cada nueva edición, las dos plazas parecen pequeñas para tantas personas que no quieren perdérselo y que a todo pulmón gritan, “uff, uff, Carnaval”.

Artículo en la página de El Colombiano

EN EL CIELO YA ESCRIBE UN VIEJO NIÑO

Creo que la muerte de Jairo Aníbal Niño es un cuento. Murió en la mañana de un lunes y se fue hacia ese cielo que alguna vez dijo que era gordito y que tenía una camisa con botones que son aviones. Se fue a escribir a el cielo, a entretener a los pequeños ángeles que nacen. A nosotros nos quedan todas sus letras, sus encantadoras letras, que nos dejan derretidos ante el libro. “¿Me haces un favor?/ ¿Qué clase de favor?/ ¿Quieres tenerme mis avioncitos durante todo el recreo?/ ¿Durante todo el recreo?/ Sí, es que tu eres mi cielo”… Que te vayás a escribir al cielo, Jairo Aníbal Niño.

Les comparto el artículo que escribí para EL COLOMBIANO.

Jairo Aníbal Niño, el escritor de literatura infantil, con el que muchos se enamoraron y soñaron, murió en la mañana de este lunes. Su despedida, más que un adiós, es un montón de preguntas y poemas que se siguen leyendo.

Tal vez desde el apellido empieza el cuento de Jairo Aníbal Niño. Solo un niño, o alguien con corazón de niño, podría escribir que el sol no puede escaparse porque está amarrado a la pata de la cama del universo.

Y entonces, que un pequeño de esos que ya sabe leer, o un grande que se emociona con las letras, esboce una sonrisa y comprenda que el sol, en efecto, como lo escribió Jairo Aníbal en los Papeles de Miguela, es una pulga gigantesca.

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TODAS LAS FLORES PARA ETHEL

Este fue el artículo que hice para la inauguración de la exposición de Ethel. Prometo escribir más.

Las flores van a caer del cielo, como si fueran lluvia. Y tal vez, con ellas, la esencia de Ethel, porque si bien por primera vez no estará para darle un abrazo y ver sus zapatos fucsia, sí lo estará en cada obra. Incluso en la más pequeña.

“Vamos a sentir a Ethel mucho”, dice Jorge Uribe, su esposo. Él, quien también hace parte del proyecto La obra de Ethel Gilmour y sus públicos, que realiza el grupo de Estudios Culturales de la Universidad Eafit, y que desde hace tres años trabajan en él. Uno incluso con la artista, antes de su muerte, el 22 de septiembre de 2008.

Desde allí, y en compañía del Museo de Arte Moderno, empezaron a pensar la exposición, esa que es, sobre todo, “un homenaje afectuoso”, en palabras de Imelda Ramírez, docente de Eafit e integrante del equipo de investigación y curaduría del proyecto.

“No vamos a hacer las instalaciones que ella hacía, porque ella ya no está. Vamos a hacer una exposición que sea de nosotros, para ella”, agrega Imelda.

Y cuando pensaron en la exposición se preguntaron cómo no hacer solo una de cuadros y, además, de cuáles cuadros, porque de la artista, que tiene una obra tan extensa, puede haber muchas temáticas. De la violencia, de la casa, de su idea de Dios…

Eso hasta que pensaron que deberían ser las flores, que Ethel las pintó muchas veces, y que sirven como metáfora para comunicarse con la artista.

“Para ella las flores eran la trascendencia, la fugacidad de la vida, la belleza. Los pensamientos más lindos los representaba en una flor”, explica la docente.

No en vano el nombre de la exposición: Flores para Ethel Gilmour (1940 – 2008) Homenaje.

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CUANDO LOS TAMBORES SUENAN EN LA ESPALDA

Sé que no debería, pero a mí me gustó y por eso, quería compartirlo. Este escrito lo hice y lo publiqué para EL COLOMBIANO. Es sobre un grupo de Israel muy chévere. Y como me gustó, aquí se los dejo. Ahí perdonan!

Los fantasmas sí existen. Tienen luces, pueden aparecer varias veces y se mueven al ritmo de la música. Todo está oscuro.

Fantasmas vestidos de negro, con pies y con manos, que bailan, que hacen piruetas y que en lugar de asustar causan risa o algún “¡sin palabras!”, de una mujer que se acerca al oído de un hombre, habla bajo y no despega los ojos del frente.

Fantasmas al estilo de Mayumaná. Esa es una de las impresiones. Más allá, todo un juego de luces y movimiento, de golpes en el cuerpo y en objetos, de gritos, de teatro, de humor, de diez actores que juegan en el escenario.

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Un viaje por América con Gloria

Ésta fue una historia que escribí estos días para EL COLOMBIANO, y a mí me pareció bonita. Quería compartirla con ustedes.

TRES CANADIENSES DECIDIERON salir a recorrer América en una van, que es casi una casa andante. La intención no va más allá de conocer nuevos países y amigos y de vivir una aventura. Después de 16 mil kilómetros de recorrido, hoy están en Medellín.

La nieve cubría a Gloria y la hacía una más del paisaje. Estaba tan blanca y fría como todo afuera: unos diez grados bajo cero y una capa de nieve de medio metro. Y sin embargo, no los convenció. Era el día de partir, incluso de un “Ice escape (escape helado)”, como dirían.

Al último mes del año lo acompañaba el 22 y era, por tanto, el fin de los planes en papel. Los seis meses de averiguaciones, de mirar mapas, preguntar cómo cruzar fronteras, obtener visas y tomar decisiones, y los años de ahorrar, se habían acabado. Gloria estaba lista y a ellos, el corazón se les iba a salir.

De Vancouver, Canadá, salieron pese a la tormenta. Joshua Heisler, Tyler Lavoie y Ryan Sanders tenía la idea, inapelable, de recorrer en Gloria, una van que compraron para hacerlo, que es casi como una casa andante, toda América. Bueno, hasta Florianópolis y Santa Catalina, en Brasil.

Intenciones, ninguna en especial. Irse de aventura, conocer diferentes países y culturas y aprender portugués y español. Duración, tres meses. Eso hubiese sido un buen plan, sino se enamoraran de cada lugar, ni les diera por parar a surfear, a enseñar o a vivir un rato.

Son canadienses que están en una edad que no supera los 30. Amigos desde hace varios años porque, como dice Joshua, lo más importante del viaje “es planearlo con buenos amigos”. Eso significa flexibles, relajados, que no se enojen fácil después de manejar varias horas seguidas, con paciencia y sin miedo: las tierras a recorrer no las conocen, como tampoco los esperan en cada puerto.

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FESTIVAL DE POESÍA

El domingo estuve en el Jardín Botánico, en una lectura del Festival de Poesía. Esto fue lo que escribí para este lunes en EL COLOMBIANO. Ahí se los dejó para que se animen y participen.

Domingo de flor y poesía

MEDELLÍN ANDA DE verso en verso. El Festival Internacional de Poesía inició este sábado y, sin importar si llueve o hace sol, las personas se dejan llevar por las palabras de los poetas, colombianos y extranjeros, que esta semana, dejaran sus versos en la ciudad.

El suelo los esperaba, justo en la última hora en que termina la mañana de domingo. Unos pusieron papel, otros llevaron silla y colchoneta, unos cuantos una manta de seda, y los demás, prefirieron el pasto.

Ahí se acomodaron. Sentados o acostados, recostados sobre el árbol, abrazados o sin zapatos. Cada uno encontró su punto perfecto, para dejarse llevar por la poesía del Festival.

El lobo me había devorado fue la última frase de un poema de Ersi Sotiropoulos. Lo leyó en griego y luego se lo leyeron en español. Los aplausos se dejaron venir, en manada, como un lobo que devora el silencio, e incluso que hace trizas el sol.

La gente, pese al de amarillo que se asomaba fuerte, permaneció en su sitio. Sacaron sus sombrillas, algunas en contraste con el paisaje del Jardín Botánico. Las había amarillas, verdes y rojas.

Concentración y oído, porque como dijo Jhony Moreno: “así no entienda, me gusta escuchar”.

La poesía llegó de cinco mujeres. Liana Mejía, de Colombia; Usha Akella, de India; Ersi Sotiopoulos, de Grecia; Fathieh Saudí, de Jordania, y Jayne Cortez, de Estados Unidos.

Y en el tono que suelen usar los poetas, un poco suave, con cierta melodía, la rapidez que a cada uno le parece que debe leerlo, y en su idioma, Fathieh Saudí, en frente del micrófono, y de pie, les leyó: Esta noche, esta noche/ ¿será mi última noche?/ En sus ojos vi mi muerte gritar,/ ¡Ya me había matado!/ ¡Y aún así yo seguía estando viva!
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A Isabel, una Cosita la inspira

Este fue un artículo que escribí hace poco en El Colombiano y se los quería compartir. Es explorar temas y encontrarse cosas muy bonitas e interesantes. Ahí se los dejo, y ojalá digan algo. Un abrazo. Ya volveré a diario, y con escritos y poemas… Unos cuantos que les debo, además. :)

El corazón de Isabel Henao late por dos: el de Simona, su hija, y el suyo. Desde ahí, su mundo y su forma de crear y de diseñar, cambiaron. Ella será una de las protagonistas de Colombiamoda 2009.

Donde está Isabel Henao, está su Cosita, Simona. Con su pequeña, que tiene dos años, esta diseñadora colombiana ha vuelto a jugar a las muñecas, a ser una niña que sueña, que pinta el mundo, y por supuesto, que se deja llevar por el diseño y sus manos, para crear y conjugar la moda y el arte en sus colecciones.

“Todo va vínculado. No se puede separar la cabeza del corazón”, señala Isabel.

Simona cambió el color de su vida, porque “todo tiene que ver con ella” y eso se notará en su colección La moda se hace arte, que presentará en la pasarela Ésika de Colombiamoda, el próximo 28 de julio, dónde será protagonista.

Colores fuertes, en una paleta que pasa por los rojos, los amarillos, los violetas, los azules y los naranjas, sin olvidar el negro y el blanco. Colores puros y en contrastes, que es una novedad para Isabel, porque antes los desaturaba con gris.

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Con la red es mejor no ‘meter las patas’

Artículo publicado en EL COLOMBIANO, el 22 de junio de 2009

LAS REDES SOCIALES van más allá del compartir con otros. Si bien sirven para impulsar iniciativas sociales, también pueden convertirse en un karma, especialmente, cuando hay de qué reírse.

Equivocarse es una de esas cosas inevitables. Nadie está exento de caerse, de enredarse al hablar, chocarse con la pared, usar un objeto al revés y puntos suspensivos.

Las equivocaciones generan diversas emociones. Sin embargo, la risa, y la burla, parecen ser los compañeros perfectos del error. “Los humanos tenemos una tendencia a reírnos, a disfrutar de la tragedia de los demás”, explica Gabriel Cataño Rojas, director del Centro de Estudios Ciudad de Medellín del ITM.

Y con ello, llega el temor a hacer el ridículo, porque reírse del otro es muy bueno, pero que se rían de uno, ya no lo es tanto.

Las redes sociales han cambiado el asunto. Antes, alguien se equivocaba y sus compañeros se reían un rato y lo recordaban unos días.

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LOS BOYZ DE LAS CANECAS

Artículo publicado en El Eafitense (Aquí, sin editar)

Bulla. Sí, eso es lo que hacen, y lo admiten, como dice el dicho, frescos como la lechuga. Bulla en sentido figurado, se podría decir, porque tiene ritmo, se puede bailar, reír un poco, gritar un tanto, y al final, aplaudir. Bulla, tal vez, por los instrumentos nada convencionales, que sería así como algo parecido a la música. El principal, mejor, como dicen ellos, el baluarte del grupo: las canecas. Y de ahí el nombre: Los Canecas Boyz.

Tres con las canecas, que le van pegando, que les van tocando, al ritmo de alguna canción inventada, constante. Los otros dos, con otras tres, y se van empujando el uno al otro, y van jugando, y van poniendo más ritmo. Unas cuantas risas, otros tantos sonidos con la boca y ahí se van, con música a base de canecas, aunque las canecas no son siempre el único instrumento.

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