CUANDO LOS TAMBORES SUENAN EN LA ESPALDA

Sé que no debería, pero a mí me gustó y por eso, quería compartirlo. Este escrito lo hice y lo publiqué para EL COLOMBIANO. Es sobre un grupo de Israel muy chévere. Y como me gustó, aquí se los dejo. Ahí perdonan!

Los fantasmas sí existen. Tienen luces, pueden aparecer varias veces y se mueven al ritmo de la música. Todo está oscuro.

Fantasmas vestidos de negro, con pies y con manos, que bailan, que hacen piruetas y que en lugar de asustar causan risa o algún “¡sin palabras!”, de una mujer que se acerca al oído de un hombre, habla bajo y no despega los ojos del frente.

Fantasmas al estilo de Mayumaná. Esa es una de las impresiones. Más allá, todo un juego de luces y movimiento, de golpes en el cuerpo y en objetos, de gritos, de teatro, de humor, de diez actores que juegan en el escenario.

El agua cae despacio. No se ve nada. El agua cae más rápido. No se ve nada todavía. El agua cae en un sonido que logra el hombre con algo que sostiene en la mano y un cubo lleno de agua. Las luces se concentran en él.

El agua se deja caer y luego aparece, en una esquina, una mujer que sopla un objeto. Podría decirse, desde lejos, que parece una narguila, aunque no sale humo. Suena como cuando se hacen burbujas en un líquido.

Vuelve la oscuridad y en la esquina del frente, otra mujer, en una posición diferente, hace lo mismo. Entre las dos y el hombre en la mitad del escenario, una música ‘aguada’.

Mayumaná es un grupo que nació en Israel hace ya 13 años. El nombre es una adaptación de la palabra hebrea Meyumanut. Significa habilidad. Esa que se ve en cada cosa que hacen con el cuerpo.

Cambia la escena, aunque no se percibe. Son varias las presentaciones, los conceptos y las formas de hacer reír.

Está alguien que recuerda a un niño, de hecho es el personaje más grande, que grita mucho, corre en el escenario, empuja y es capaz de decir, a un compañero que hace música en su cuerpo y en un acento paisa que esconde su español: “parce, vos sos un güevón”. Risas.

La mesa en la mitad, con un mantel rojo. Se supone, un restaurante de la ciudad. Mondongo es el pedido y la palabra se hace canto: mondogoooooooo. Más sonidos y más risas.

Otro momento y viene baile y flamenco y también una guitarra eléctrica, las aletas, tambores que son solo canecas y botes de basura, y la mesa y alguien que canta y la descripción se vuelve indescriptible. Valga la redundancia.

Eso sí, que cambie el dicho: Se despiden más que Mayumaná. Más aplausos.

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