Día seis. Enredarse

Estuve en clase de baile. Bailar es esa manera de entender que a veces crees que no puedes hacer algo y, si intentas, si dejas el miedo a un lado y la pena, terminas haciendo el paso más imposible. El que dijiste, a primera vista, que ese no te salía ni de fundas. Y eso es magia: una lección en minutos. Sí podés, sabes. Hay que querer, sabes. Intentar. A veces me parece que eso te falta: ni siquiera has intentado bailar conmigo.

Lo demás es fácil. Bailo para olvidarte, podría decir, porque mientras bailo no puedo pensar en vos. Ni un segundo. Solo me pasó con el primer parejo. Me parece que ya me sé el paso, que me encanta, y entonces me emociono a hacerlo pensando en vos, ojalá fueras vos el parejo, digo, y cuando estoy en esas, imaginando, ya me he elevado tanto que no estoy más en ese salón de espejos y se me ha olvidado el paso cuando vuelvo. Entonces decido tirarte al final de la cabeza y me concentro. Y todo fluye. Bailar es sinónimo de que no estés, y eso da una tranquilidad. Por lo menos momentánea.

También me río. Me gusta una canción. Quizá es la única con la que siento que mi cuerpo de palo se conjuga bien con el ritmo. Ahora creo que hasta me sale con vos, y canto (en realidad fui a buscar la letra): “Hoy me encuentro enfermo/ ya no como, ni duermo/ solo pienso en ti/ y en la falta que has hecho
No no no…// Como imaginar/ que otro te besa/ que otro puede dar/ el amor que un día te di/ No puede ser/ si tanto te quise/ si por ti yo luché/ como es que te olvidaste de mí”. Me da una risa que me guste una canción así. ¿Yo, bachata?, digo a veces. Y de pronto ahí estoy, envuelta en ese ritmo y en esa canción mañé, que dice tanto, supongo.

De todas maneras, todavía quiero que vuelvas. Aunque haya visto esa foto que hace un hueco en los lugares donde uno ni siquiera llega. Y duele. Dolió mucho. Al principio, claro, rabia; después ni siquiera hay más. No hay nada. El vacío de siempre. Extrañarte, pese a todo. Querer una varita mágica que desaparezca los inconvenientes no naturales.

Ojalá volvieras, pienso, aunque yo me haya ido. Y eso no lo entiende nadie más que ese ser que hay adentro, queriéndote tanto todavía.

A veces me pregunto cómo era la vida antes de que llegaras. Me pasa igual con el gato. Ya no me acuerdo qué era no tener un gato. Porque si no hay esperanza, cuándo será que vuelve la vida sin que estés.

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