Día uno. Despedirse

gato11

Siempre está el gato

No se puede describir la tristeza, pero se sabe, en cambio, que está ahí aunque sonrías. Una tristeza que se va a quedar por horas, por días incluso, porque al final no quieres que se vaya. La tristeza es saber que él está todavía. Así que ni te abracen, los amigos, tan bellos que son los amigos, ni te miren ni te pronuncien su nombre, porque vas a llorar, y cuando vos llorás se te pone roja la nariz y los cachetes y no hay cómo disimular.

Pensaste en él, claro. Quisiste escribirle, varias veces, porque, cómo hace alguien para pasar de escribir a no escribir. Te aguantaste. Mejor no. A veces es mejor así. No siempre es como vos querés y si él no sabe qué quiere, nada que hacer. Ya no te das explicaciones. Miras el computador, trabajas. No hablas.

Ojalá te hubiera escrito. Todavía estás pensando en romper las reglas. El gato te mira. Al final siempre está el gato.

Él te habló del silencio, alguna vez. Hacés silencio. Le hacés silencio. Quizá es lo único que esperas de despedirte: eso, la falta de ruido. La falta de todo.

Te preguntas si te extraña. Ojalá te extrañara. Extráñame, le dices.

Él sabe que lo extrañas. En cada pedazo de brazo que te duele, ahí está.

Lees el libro que te regaló.

Todavía lo querés.

Por qué hay que despedirse, cuando uno no se quiere ir.

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