Esos muertos

El día que la tía Judiela se murió, yo estaba estrenando zapatos. Era la primera vez que me dejaban usar unos zapatos sin correa y eso significaba que ya era una niña grande, o más grande que el día en que no podía usar zapatos sin correa. Me quedaban grandes, lo recuerdo, y mientras caminaba por la calle del Comercio de Riosucio, que es la misma en la que hace muchos años, 1800 y algo –yo no soy tan buena para la historia como mi mamá– hubo una cerca que separaba dos pueblos enemigos que fueron unidos en Riosucio porque a dos padres les pareció que debían unirse, y ellos, tan diferentes, arriba estaban los blancos y abajo los indígenas, se tiraban vainas y se decían cosas. Me veo con un ramo casi más grande que yo, que era una mona muy flaquita y chiquita entonces, bajando por esa calle, con mis primeros zapatos sin correa y agarrando con los dedos como pudiera la suela porque los zapatos me quedaban grandes, pero yo no iba a decir ni a quejarme: de pronto y me devolvían a ser una niña menos grande.

La tía Judiela fue la primera muerta de la familia de la que me acuerdo. El primero fue mi papá, pero estaba tan pequeña que solo sé lo que me han contado: que hubo un entierro con muchas personas gritando hasta siempre compañero –o algo así, un presente, quizá, porque ya se me olvidó también–. En cambio con la tía Judiela, que era tía-tía por ser la hermana de mi abuela Blanca, tuve unos cuantos años para hacerme un recuerdo tangible, si se quiere: era la que nos hacía las camisas del colegio, cosía cuánta cosa se les ocurriera a los demás y cuando ya estaba muy enferma me trajo de regalo unas medias de Manizales. Me acuerdo de eso exactamente, yo salí al portón verde de la casa verde, a despedirla porque iba a Manizales por unos exámenes, y aunque ella ya podía poco con la vida, prometió volver con un regalo, y yo lloré, como si se hubiera muerto. Entendí que se estaba yendo y que no iba a volver. No como esa tía que se sentaba conmigo en la mesa del comedor de la tía Floralba, en una banca de unos dos metros que había al fondo y que el año pasado la tuvieron que quitar porque se la comieron las polillas y a mí se me hizo un acto doloroso de entender que hasta a las bancas de toda la vida se les acaba el tiempo, a enseñarme que a la aguapanela caliente se le echaba el quesito en trocitos, se esperaba un momento y luego se le comía deliciosamente. Esa era la tía Judiela. Hubiésemos sido tan felices las dos cosiendo. Un cáncer. El primero de la familia y hasta ahora el último.

La tía Judiela fue mi primer muerto. En concreto.

Hace dos días se murió Herman, el esposo de la tía Floralba. Una de esas personas que están en la familia desde que uno está pequeño, que uno saludaba con cariño cada año que había que despedir el año viejo, y ya. Fue el que en una época prendía el equipo antes de las 12:00 para que escucháramos la canción esa de que ya casi llegan las 12:00 y hay que correr a la casa a saludar a la mamá. Jugaba con los niños y le ayudó a mi mamá a comprar la moto que me dio de 15 años, porque él ayudaba a vender y a comprar motos. Era roja, justo, y eso que el rojo y yo no nos gustamos mucho desde siempre, pero que aprendimos a acompañarnos hasta cuando llovía. YKE18. Algo así. Herman se murió hace dos días, después de una semana en la que estaban rezando para que Dios se acordara de él. Eso dijeron. Dios se acordó el sábado, menos mal, porque ya estaba muy mal. Yo pienso en la tía Floralba, pero aún no la he llamado, porque cuando alguien se muere yo nunca sé qué decir por teléfono. A mí solo se me da por pensar que los muertos vienen a recordarnos el paso del tiempo, y se nos hacen al lado con el tic tac del reloj para que no se nos olvide que algún día vamos a ser nosotros. Y no porque esté mal morirse, sino porque a veces se nos olvida vivir. Es como el abuelo, que ya tiene 92 años y se la pasa sentado en una silla de la casa de la tía viendo pasar gente. Qué hace, le pregunto, y dice que esperando que Dios se acuerde de él. Por supuesto, mi abuelo reza la biblia todos los días y dijo que reza por mí, porque yo no volví a rezar. Cuando su Dios quiera, porque eso está en manos de él. Y está bien, supongo yo, pero también, mientras lo miro, me pregunto si eso todavía es vivir.

Herman es el papá de Nancy, que es prima de mi mamá, pero por ser varios años más pequeña que ella y solo unos años más grande que yo, es decir, parecía más sobrina que tía, se quedó de sobrina de mi mamá y prima mía. Algo así. Ahora Nancy no tiene papá, como no tuve yo desde que tenía un año y medio. Hace días también se le murió el papá a M, un amigo muy amigo mío. Tampoco supe que decir cuando lo llamé y a veces todavía no sé qué decir. Cuando se le muere el papá a alguien a mí se me vienen todos los recuerdos de que el mío se murió cuando yo ni siquiera tenía posibilidades de acordarme de él, y me duele, muchísimo, y a su vez es una sensación extraña: cuando yo estaba pequeña lo normal era que la gente tuviera un papá y una mamá, así que yo pertenecía a ese lado de los seres extraños que no teníamos papá, solo mamá, y aunque eso estaba bien, yo nunca fui como los demás. Aprendí a decir que a mi papá lo habían matado y también a tenerlo de excusa cada que quería llorar por algo que me daba pena decir que estaba llorando por esa bobada. Ahora que estoy grande, que ya tengo un año y un poco más de los que lleva muerto mi papá, y que solo me falta un poco más de uno para llegar a la edad en la que lo mataron, 33, cada vez es más fácil encontrarse que tus amigos son más como vos: tampoco tienen papá. Y aunque eso no es bonito, es indescriptible la sensación: es como si entraran a un club al que has pertenecido dolorosamente desde siempre. No hay cómo explicarlo. Hasta la D, que tanto he querido en los últimos meses, hacía parte, aunque solo hayamos llegado hasta allá un par de veces.

Los muertos nos persiguen, siempre, sobre todo los que nos importan, los cercanos. El mío se llama Eduardo y me ha perseguido desde que tengo memoria. Yo lo quiero, si bien siempre me ha parecido difícil entender por qué quiero a alguien que no conocí. Porque yo quiero a Eduardo, tanto, que me lo he inventado, ahí sí, desde que tengo memoria. Es mi muerto, y eso lo sabemos los dos. Luego está mi abuela Blanca, y no porque no quiera a Consejo, que se fue primero y que me dolió mucho porque yo la llamé y le dije que me esperara hasta que yo llegara a Neiva, que no se fuera a morir, que quería despedirme, y ella no pudo y se murió diez horas antes de que yo llegara a esa tierra que es igual también a Eduardo. Claro que la quería, por eso mismo: era la mamá de mi papá. Se iba una conexión a él y con quien llorar solo por pronunciar su nombre. Mi abuela me enseñó a tocar en la tumba de Eduardo y a contarle cosas desde detrás de ese pedazo de mármol, aunque yo lo hice poco. Mi mamá me enseñó en cambio que Eduardo estaba en todas partes y poco en el cementerio. Allá no íbamos casi y no vamos todavía. Yo quise a la abuela Consejo, mucho, pero la abuela Blanca me crió en segunda instancia. Me enseñó, por ejemplo, a que los humanos usamos zapatos, porque mi mamá y mi papá no me los pusieron hasta que mi abuela dijo y eso fue después del año y pedazo. No sé si antes de la muerte de Eduardo o después, habría que preguntarle a mi mamá porque la abuela ya se murió. La abuela decía que me los puso y yo lloré tanto, que ella igual se hizo la desentendida porque si no no aprendía. Mi abuela me enseñó a hacer arepas y con eso sobrevivo todavía los fines de semana: hay que hacerlas redonditas, con las dos manos, con paciencia. También me enseñó a hacer buñuelos, también redonditos, sin apretar mucho porque se estallan, pero eso ya lo desaprendí. Ella era la que fritaba y yo nunca supe cuál es la temperatura exacta sin tener un termómetro. Yo doblaba los tamales con la abuela, la acompañaba a la iglesia a prender veladoras y a donde la tía Floralba a saludar. En las vacaciones me iba a la finca y ella me enseñaba a hacer queso y arepas, e intentaba mejorar mi relación con las gallinas, pero no lo logró. Nos tenía una cobija de distinto color a cada uno de los primos, la mía era la amarilla, y una bacinilla, porque para salir al baño en la finca había que abrir la puerta y enfrentarse al corredor oscuro oscuro, que tiene al frente una montaña y después de los cuentos de terror de Mauro, nadie se atrevía. El abuelo y la abuela, por supuesto, también tenían su bacinilla, aunque no sé si por pereza o por miedo. Yo me adueñé de la gallina saratana, que ponía huevos verdes. Murió de vieja. Yo todavía me acuerdo de mi abuela Blanca. Todos los sábados llegaba de la finca con una cuajada hecha en exclusiva para mí. Nadie podía tocarla sin mi autorización expresa de querer compartirla. Y eso pasaba poco. Era mi abuelita, tan blanquita como su nombre, la que un día me dijo que uno no se podía bañar después de almorzar, porque podía morirse.

Luego he aprendido que hay muertos que no se han muerto en la manera literal porque uno puede todavía encontrarlos de pronto en alguna calle, pero que son muertos porque se van de la vida. A veces pueden revivir, como una vez que maté a mi amigo Jerónimo porque se había ido, porque nos alejamos, porque nos pusimos raros, pero regresó y nos volvimos a querer. Hay otros que nunca vuelven y hay unos que uno no quiere que se mueran, pero que si no se mueren, duelen mucho. Mejor que se vayan y que si han de volver alguna vez, vuelvan entonces. Y esos también se cargan, porque uno los lleva a muchas partes: a esa vez, por ejemplo, que dormimos por primera vez en mi cama, que abrimos la ventana como de costumbre en su casa, que sacamos al gato y le cerramos la puerta para que no se lanzara precisamente por la ventana, y que se levantó tempranísimo, como casi siempre en ese momento, y lo vi, sin que él me viera todavía, mirar hacia afuera, como en un cuadro que se hizo en ese instante. Fue la primera vez que yo supe que por mi ventana se escuchaban pajaritos, a pesar de que hay tantos edificios y tan pocos árboles. Porque morirse no es dejar de querer, sino como Eduardo: saber que quieres a alguien, solo porque sí y aunque esté muerto –aunque se haya querido ir–. Y a esas tristezas no hay que huirles, porque al final nos dejan algún poema o algún recuerdo. Porque estamos viviendo, supongo, y nadie puede quitarte lo único que te queda ante la ausencia: sentirse triste.

Los muertos, tan humanos. Aunque nos duelan tanto.

Tan nuestros.

2 comments

  1. carlos velasquez   •  

    Mónica, es un hermoso texto. Me sentí transportado a mi propia familia antioqueña, tan peculiar. Corrige la palabra Bacinilla. Un abrazo.

  2. Monica Restrepo   •  

    Excelente

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