La muerte de Eduardo

2 de julio de 1988. Era sábado. Estaba en la esquina diagonal a la alcaldía, afuera de un bar que se llamaba Daiquirí. Ahí estaba él y don Héctor. La gente todavía se sienta en esa esquina a conversar, aunque ahora no hay un bar sino una tienda de ropa para bebés. Tampoco está la señora que estaba ese día, como todos los días, con un carrito de dulces. Entonces ya era una viejita. No eran todavía las cuatro. El sicario pasó a pie y le dio un tiro.

 

El tiro tocó primero su mano y luego pasó su cabeza. Otro tiro quedó en la pierna de la señora de los dulces, que no se murió entonces, aunque no sé cuándo se murió. Yo la conocí alguna vez. Pelo blanco y largo recogido en una trenza, morena, robusta, siempre sentada en un butaco de madera. El sicario caminó una cuadra más abajo. Dicen que lo esperaba un carro, que no era del pueblo. A Eduardo lo llevaron en una ambulancia. Mi mamá estaba en la casa, pintando las paredes con Ramiro. Yo estaba con los abuelos, porque mi papá me llevaba a mitad de semana a la finca y ellos me devolvían el sábado. Mi mamá escuchó la ambulancia, pero no pensó nada. Qué iba a pensar que era mi papá. Siguió pintando hasta que la llamaron y le dijeron que fuera al hospital. Entonces pensó en el tío Jaime Alberto, pero no en Eduardo. El hospital queda a cinco minutos caminando, así que subió hasta la esquina, volteó a la derecha, siguió derecho hasta el coliseo, volteó a la izquierda y subió la falda del hospital. La gente la miraba y ella preguntaba qué había pasado, pero nadie dijo nada. En urgencias tampoco, solo la miraban, y entonces ella, sin permiso, abrió la puerta de urgencias de un golpe y lo vio ahí en una camilla: era mi papá, con un tiro en la cabeza. Mi mamá fue ahora la que no dijo nada y se devolvió a la casa a llamar a mi abuelita que vivía en Neiva, que se murió 16 años después, vistiéndose de blanco todos los días, porque según ella Eduardo le dejó dicho que no se fuera a poner de negro, como cuando el abuelo, y ella entendió que era vestirse como una enfermera el resto de la vida. La abuela Consejo estaba enojada con mi mamá, porque como todos los días, ese también llamó a Eduardo muy temprano, pero mi mamá le dijo que se estaba bañando y seguro pensó que no se lo quiso pasar: no pudieron hablar el día en que se murió, sabiendo que hablaban todos los días. Ya se devolvió al hospital y le dijo a Eduardo que luchara, que había una niña esperando por él. Yo estaba con mis abuelos: tenía un año y diez meses. El único cumpleaños que pudimos celebrar mi mamá estaba en el hospital y él y yo aparecemos en una foto con un pastel casi de mi tamaño, dándome una pasa, sabiendo que ya no me gustan las pasas. Eduardo no hablaba. Ya no estaba. Sin embargo, lo montaron a la ambulancia y se fueron mi mamá y el señor de la ambulancia que se llamaba Rey y que ya tampoco está vivo y una enfermera que estaba mareada. Había que llegar a Manizales, aunque mi mamá, viendo la bala en la cabeza, sospechaba que se iba a morir. Se fueron por la carretera vieja porque la nueva, que ya ahora también es vieja, no existía entonces, y cuando iban a medio camino pararon en un hospital porque a mi papá le sangraba mucho la mano y mientras esperaban que alguien llegara,  mi mamá sintió que Eduardo respiró por última vez y ella le dijo a Rey que se devolvieran. Los amigos de mi papá que iban en un carro no alcanzaron a saber que la ambulancia había parado en Risaralda y siguieron hasta Manizales. No había celulares entonces para decirles que se devolvieran, que mi papá se había muerto.

Y así se murió Eduardo, un sábado, de un dos de julio de 1988.

Alguien lo mató. Era un político de izquierda. Solo una bala en la cabeza.

Al otro día lo enterraron. Un entierro con mucha gente, muchísima gente. Yo no fui. Por la noche supe que se había muerto: quise dormir con mi mamá, yo que dormía sola. La gente gritaba con la mano arriba: hasta siempre, Eduardo, hasta siempre. Lo enterraron en el cementerio nuevo, muy atrás, en la tercera tumba de abajo hacia arriba, en la segunda de izquierda a derecha. El nombre en cursiva en una tabla de mármol gris: Eduardo Quintero Collazos. 1954-1988. Pocas veces íbamos a llevarle flores mi mamá y yo. Mi abuela Consejo, cuando iba de visita a Riosucio, siempre me llevaba: me cargaba y me decía que le tocara en la tumba a mi papá, que él me escuchaba. Yo no entendía eso de escucharme, si yo le hablaba todas las noches antes de acostarme aunque él no me respondiera.

Si así no pasaron las cosas, no importa. Es como yo las recuerdo, entre los retazos de historias que me han contado.

Eduardo es un invento.

3 comments

  1. Ana María Cadavid   •  

    Hermoso y conmovedor. Muy sentido, se me aguaron los ojos… Bellamente escrito Eduardo, tu papá.

    • Camila Avril Camila Avril   •     Autor

      Gracias Annie, por leerlo

  2. laura forero   •  

    el retrato de la vida de muchas familias en Colombia, incompletas rotas por la violencia que rodea a este país desde el día de su grito de independencia, y es que parece que la violencia nos sigue, nunca hemos dejado de llorar nuestros muertos o los muertos ajenos, sentimos el dolor sin estar en el lugar donde se centra la guerra, completamos las historias que conocemos gracias al vecino que vivió conoció o alguien le contó, aun en Colombia 2018 años seguimos viviendo la derecha o la izquierda, sin pensar en el centro el centro que es la sociedad nacimos derechos pero insisten en llevarnos a desviarnos a un lugar, blancos, negros, morenos, ricos, pobres, clase media, que se le olvido que el único detalle de la vida es vivir y ser feliz.

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