Miedo

A veces me despido antes de tiempo, negándole la posibilidad al futuro. Me da miedo y entonces detengo todo: mejor no sentir antes de tiempo. Es más fácil. El miedo es eso que sientes en el pecho, que no puedes definir, que no te deja dar un paso ni olvidarte del pasado, que te hace pensar que adentro de vos no hay nada. El miedo es el vacío mismo, pensarte como un punto antes del cero.

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Carta a vos

A veces es difícil entender. Lo miras, lo lees, sabes lo que dice ahí y lo que se ve, pero no quieres entender. No es un problema de comprensión lectora sino de intención, y la intención le gana a cualquier cosa. No te interesa entender. Querer no es difícil, eso ya lo sabes; que te quieran de vuelta es lo complejo. Has intentado con todas las explicaciones: que llegaste tarde, que tiene su cabeza enredada, que hay algo que no ha resuelto de su pasado. Y con ellas has ido yéndote en el tiempo, guardando la esperanza de que de pronto todo va a desenredarse y que eso que has imaginado antes de dormir va a pasar. Que va a ser como quieres que sea, no como ha sido desde el principio.

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Dos poemas

Hay tristezas que uno no entiende. Entonces les das vueltas y vueltas y las miras y las piensas y las escribes, y no las entiendes. Incluso se las cuentas al gato, pero el gato no dice nada. Eso es lo bonito de los gatos, que te miran, que no te dicen nada, que no les importa, aunque luego cruzan la puerta y se hacen al lado de la cama. Las tristezas están, y los gatos también.

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Hay días en los que uno se despierta y tiene ese nombre que ronda, como una abeja a la que uno le tiene miedo de que lo pique, aunque la abeja no tenga la culpa. Duermes y no se va. Barres y no se va tampoco. Juegas con el gato y sigue ahí. Vuelves a dormir, lavas los baños, te bañas vos, bañas al gato. Tampoco.

En este cuarto apareces.
Te estoy pensando desde hace una hora,
quizá media más.
Te imagino allá,
te miro en la foto.
Te dibujo.
Espero.
Dibujar es mejor que extrañarte.
Te apareces otra vez,
como en la última noche.
Revuelco tu pelo,
te beso el cuello,
nos besamos.
Te quiero, en esa manera extraña
en que quieres que te quiera.
Afuera está el árbol.
A veces quiero ser una de tus avispas,
justo de las que no sabe aterrizar.
Ojalá me vieras en una gotita de mar
o en esa nube sin forma que tienes al frente.
En la sal
o en la piña colada.
Pienso en tu ebriedad constante.
Miro tu nombre.
Ojalá llegaras en la noche,
así de sutil como aparece la luna.

Carta a un amigo

A una F,

te extraño, sabes. Pensar en la silla en la que solíamos sentarnos a conversar debajo del árbol, siempre a la misma hora, el mismo día, escapados del trabajo (vos del estudio) y de la realidad, porque así era: como si solo fueras vos. Te extraño no porque te quiera, porque qué es el amor. Uno no sabe de esas cosas ciertamente, porque cuando uno piensa que está enamorado, le preguntas al otro y se queda callado y uno se va triste a su casa, con ganas de llorar, pero sin llorar. Y no sabe qué es eso de la mitad, porque el amor es una cosa que nos han enseñado de otra manera. Supongo que te quise, pero no supe qué era. En cambio todavía sé que extraño sentarme a tu lado a que conversemos de cualquier cosa, importante o no, pero dejando al tiempo pasar por encima, descubriendo que vivir puede ser solo eso: estar ahí. Extraño escucharte, que te rías conmigo, que me digas que debería irme de ahí, o mejor cómo quedarme sin que me doliera. Tal vez vos tampoco sabrías cómo, pero sentados en esa silla, bajo ese árbol, sin afán, hubiéramos descubierto qué hacer.

Tal vez uno no sabe distinguir entre el amor de los amigos y ese otro amor, y ahí nos perdimos. Esta sociedad no está hecha para parejas con amigos, porque nos morimos de los celos. Claro. Tan difícil. Hasta yo misma no sé qué hubiera hecho si hubiera sido ella y no yo. A veces supongo que se notaba mucho que ahí había más de ese otro amor, que cualquier otro. Aunque primero hubiéramos sido amigos. Y el amor pasa, sabes, pero los amigos no. Si vos me salvaste cuando estaba lejos, cuando fui tan feliz y al mismo tiempo me estaba encontrando, en ese proceso tan doloroso de descubrir tantos miedos que no te han dejado ser. Tantas cosas que nos has resuelto con tu pasado. Tantos silencios que no te han acompañado. Tantas M que fuiste solo porque los otros eran felices. Y vos estabas ahí, escribiendo y leyendo, como si eso fuera lo único que yo necesitara para volver sabiendo que allá, tan lejos, se había quedado alguien y había regresado un pedacito, más alguien más. Vos eras parte de ese alguien más.

Y por eso quizá he vuelto a extrañarte tanto, a pesar de pensar que eras ya uno de esos amigos muertos. Porque sin haberme ido a ninguna parte, otra vez estoy volviendo a mirar esos miedos, esas cosas que no he resuelto con el pasado, esos silencios. Esa C que no escribe porque no puede, o porque no quiere, qué se yo, esa M que se enamora aunque no entienda, aunque a veces le duela, aunque las A sean tan difíciles de querer. Porque parece que he olvidado tantas cosas, o porque quizá necesitaré aprender otras otra vez. Porque el camino no siempre es tan recto como uno quiere para poder manejar rápido y cantar sin volumen.

Qué será de vos. A veces me pregunto si serás feliz, vos y yo que aprendimos que la felicidad es solo esa cosa que explota de pronto y se va. Si habrás crecido, si tendrás de nuevo el pelo largo o te lo habrás cortado. Si estarás flaco todavía. Si habrás aprendido a comer más.

Porque uno empieza a entender qué es eso de que la vida sigue sin alguien, pero a veces uno necesita ese correo electrónico que llega, para que le diga que un buñuelo hizo que alguien pensara en vos y te recuerde que la vida es eso: los pequeños recuerdos. Las cosas pequeñas que te hacen reír. Eso fuiste, y eso es lo que extraño. Supongo.

C.

Feliz año

Un amigo que me hace el tarot de vez en cuando muy a su estilo, porque él no cree en el tarot, me dijo en la primera hora del año que tenía una palabra para mí: tranquilidad. Y sí, esa sería la palabra perfecta, aunque tan difícil de llevarla a todas partes. Ni siquiera de definirla, de llevarla en el tiempo, de sacarla cuando se está yendo. Sentirla es fácil: estoy en ese balcón que me ha dejado tantos recuerdos felices, esperando a alguien que quiero de esa manera extraña en que a veces la vida nos pone a querer, escuchando la lluvia y viendo el agua llegar al árbol. No pienso. Solo escucho y veo. Solo tengo esa imagen de postal en mi cabeza. Nada más importa. Si la vida se detiene a veces, es en ese momento, y eso es la tranquilidad. Supongo.

No es fácil empezar el año. Es la incertidumbre, el no saber qué traen esos nuevos 365 días que llegan. Otro amigo dice que eso de que se acaba el año no tiene nada que ver, porque al final será lo mismo que ayer y que mañana. Solo que a uno se le da por pensar que es como un corte, la posibilidad de volver a empezar, de olvidar lo triste, de despedirse de los amigos muertos. De creer en los amores nuevos. De que esas palabras lleguen. Tranquilidad, por ejemplo. Puede ser.

Hasta que llega el vacío, otra vez, a ponerse en la mitad, a traer pensamientos que dan vueltas sobre lo mismo, que se llevan la lluvia y el árbol. El vacío, o esa incapacidad de definir eso que estorba en la mitad, esas ganas de llorar de pronto, esa tristeza que se pone como una sombrilla. El vacío de querer de esa manera extraña y aún así seguir queriendo. Tan difícil. Hasta que la tarde vuelve a traer una sonrisa y te acuerdas que vas a volver a empezar. Me parece que se trata de ser más gatos y menos humanos: el gato se acuesta a dormir y se estira sin importarle si está mostrando la barriga o si se acostó en el lado de la cama de la humana. Duerme y ya. Eso debe ser la tranquilidad.

Con el nuevo año uno debería andar con algo que le recuerde que pese a cualquier cosa, como ese vacío indefinible que llega a veces, hay que sonreír. Porque la vida se va pasando, todos los días un poquito. Ojalá no se nos olvidara tan fácil.

Feliz año, ocho días después, que es el límite para esas dos palabras.

Horas indeseadas

Cuando sabes que hay que irse
pero no te has ido.
Qué es el dolor
sino la posibilidad de marchar
cuando no quieres marchar
cuando hay esperanza
(solo en vos)
aunque todo esté nublado. Brumoso.
Dices algo.
Esperas. Vuelves a decir.
Intentas.
Intentar es posible.
Crees.
Y esa noche, a las 9 y 19
(vaya número para entender),
entiendes que irse no es una posibilidad,
es preciso. Ineludible.
Aunque no te hayas ido,
aunque no te quieras ir.
Aunque quieras quedarte.
Irte, decir hasta luego,
desear buenos deseos
despedirte de las noches en que había gatos de compañía.
No mirar atrás
ni siquiera para revisar que todavía hay morados en la espalda.

Escrituras, de Luisa Valenzuela

2f0b48b10f8aad68dd82b1bf513ccfa9Cuando alguien que te gusta te regala un libro vos querés leerlo ahí mismo, tragándose los segundos de una vez, como si quisieras que su olor –aunque el libro solo huela a libro nuevo– te acompañe hasta el punto final. El libro es verde. Se llama Escrituras y su autora es Luisa Valenzuela. Es argentina y este año recibió en Medellín el premio León de Greiff al mérito literario. Entonces la empecé a leer, con ese afán, y encontré Cambio de armas, un cuento que está escrito en fragmentos, como pequeñas explicaciones que se van relacionando y explicando al mismo tiempo. Escrituras es un libro de dos partes. Primero está ese cuento y luego un ensayo sobre la escritura. Dos textos que Luisa escribió hace tiempo, pero es que a veces en la escritura no importa la fecha. Es el caso.

El primer párrafo es suficiente para que uno quiera seguir leyendo: “No le asombra para nada el hecho de estar sin memoria, de sentirse totalmente desnuda de recuerdos. Quizá ni siquiera se dé cuenta de que vive en cero absoluto. Lo que sí la tiene bastante preocupada es lo otro, esa capacidad suya para aplicarle el nombre exacto a cada cosa y recibir una taza de té cuando dice quiero  (y ese quiero también la desconcierta, ese acto de voluntad), cuando dice quiero una taza de té”.

Se llama Laura y se le ha olvidado su pasado. Al hombre que está al lado lo llama de todos los nombres que se le ocurren, menos del que es: Roque. Y eso es quizá lo bonito (ponga aquí el adjetivo que más le guste) de la literatura, que nos va encontrando con nosotros mismos, a su manera. Roque se llamaba el hermano de Eduardo que se perdió un año antes de que a Eduardo lo mataran. Nunca se volvió a saber de él. Roque, en el cuento, es un hombre extraño, que quiere y no quiere a Laura al mismo tiempo. Mejor dicho, que si la quiere, la quiere de esa forma tan extraña que a veces tenemos los humanos de querer.

El cuento es Laura enfrentada a su memoria o a su no memoria. Y uno siente la desesperación y la desesperanza al mismo tiempo. La obligación de enfrentarse a sí misma y, sobre todo, de vivir en presente. Siempre en presente. Nunca atrás ni adelante: ahí mismo. Eso es ya una lección.

No me gustó el final, pero es quizá porque yo peleo con los finales a cada rato. Me gustaron las últimas oraciones, la idea final, pero no el cómo se llega hasta ahí. Cosa mía quizá, porque me imaginé otro cuento con ese principio, pero ese es problema mío y no de la autora.

Nunca había leído a Luisa Valenzuela y fue un muy buen primer acercamiento: me gustó el ritmo, el orden, la fragmentación. Los pequeños diálogos. Esas frases que de pronto te paran el corazón: “Eso también era la vida, sobre todo eso: una agonía desde el principio con algo de esplendor y bastante tristeza”.

El ensayo, que es la otra parte del libro, es más para esos interesados en la escritura. Una revisión a la forma, al cuento, al microrrelato, desde el ser y el cómo, y también con ejercicios.

Quizá por eso volví a escribir. Gracias, Luisa.

Una historia triste, muy triste

Cuando estaba pequeña iba a la finca, y la finca era ese lugar para estar con los abuelos. Uno se levantaba y se iba todavía con los ojos cerrados hasta la otra cocina, la de leña, y ahí lo esperaba la abuela para darle aguapanela, que quizá era la mejor aguapanela del mundo. Tan pronto se abrían bien los ojos, uno le ayudaba a la abuela a moler el maíz y ella cogía la masa e iba formando las arepas con las manos, siempre con las manos. Así aprendimos a hacer arepas redondas. Cuando ya estaban hechas, nos íbamos a la otra cocina y ahí la abuela hacía huevos y repartía natas y mantequilla y volvía a calentar la arepa que ya estaba fría entonces. Desayunábamos, y luego la abuela hacía queso y uno le ayudaba a hacer queso: mientras amasaba y justo antes de terminar, la abuela sacaba una bolita y se la entregaba a uno. Nunca, ningún queso ha vuelto a saber como la bolita de queso recién hecho de la abuela. Uno iba a la finca a ser feliz: corretiaba a las gallinas, recogía huevos verdes, tomaba leche recién ordeñada, jugaba a cocinar con las bateas de madera de la abuela, iba a visitar a las vecinas de la tienda y jugaba a las muñecas, veía pasar al abuelo arriando las vacas, se sentaba a observar cómo bañaban a los marranos, caminaba por la carretera destapada hasta la tienda de don Vicente porque a la abuela le faltaba un caldo de maggi para el almuerzo. Por la noche, si estaban los primos, se hacían túneles con las sillas, y los más grandes, Mauro por ejemplo, el primo que ya se murió, nos correteaba para atraparnos, y nosotros pasábamos como alma que lleva el diablo, así con cliché y todo, porque de pronto te agarraba un pie y te arrastraba. La única angustia que recuerdo de la finca era que de noche contaban cuentos de fantasmas, ahí desde el corredor, y señalaban las lucecitas que medio aparecían a lo lejos, y uno ya se acostaba asustado y rezando para que por favor no le dieran ganas de ir al baño, porque quién salía al corredor solo en esa oscuridad y con ese fantasma. La otra opción era la bacinilla. La abuela, incluso hasta a los grandes, ponía bacinillas debajo de la cama, por si le daba miedo salir.

La finca, como la recuerdo, era un lugar feliz.

Hace días me contaron una historia que pasó por los lados de la finca, y la cuento así como me entristeció que me la contaran. Una niña de siete años llegó donde la vecina a decirle que le dolía la vagina porque el papá le metía cosas por ahí. El esposo de la vecina fue a poner el denuncio, pero no pasó nada. Solo silencio. Entonces, incluso desde más lejos, alguien llamó y puso el denuncio por teléfono, y pues le recibieron la denuncia, pero le dijeron que se demoraba quince días. Quince días son tan poquito cuando uno se enamora y pasa todos los días con ese amor para arriba y para abajo. Son poquitísimo cuando está en vacaciones en la playa, asoléandose, o de paseo por Europa. No son nada cuando hay que entregar un trabajo en la universidad y hay tantas cosas por hacer. Sin embargo, quince días para una niña que está siendo violada por el papá, que la mamá se muere del miedo porque es un señor muy bravo que ha tirado la comida por llegar cinco minutos tarde, eso es toda una eternidad.

Es triste escuchar esas historias, y no porque sea en un lugar cerca a la finca, donde yo fui tan feliz, sino porque la niñez debería ser una edad para preocuparse solo por jugar con muñecas, con las bateas de la abuela o que la aguapanela en leña sepa tan rico como todos los días. No entiende uno, por más que trate de hacerlo, que a un niño lo violen, que le quiten la inocencia, que no lo dejen ser. Porque, cómo crecer pensando que el padre, ese personaje que está hecho para cuidar, fue el monstruo que estaba detrás del clóset. Esas sí que son cosas injustas que hablan de una sociedad que necesita reestructurar sus prioridades. Ese es uno de los grandes problemas de la guerra: que no nos ha dejado ver lo esencial. Detrás de esta historia está también el abandono del campo, por ejemplo, y eso solo por decir algo.

Ese es solo un relato, de muchos. La noticia que abría ElColombiano.com de este lunes decía que un padre, un abuelo y un tío señalados de violar a niña de 15 años fueron dejados en libertad. Del abuso ya pasó un año. Al final del artículo hay una cifra: en lo que va de 2017, 243 personas han sido capturadas por el delito de abuso sexual solo en el departamento de Antioquia. Solo, precisan.

Los niños son el futuro, nos lo han dicho tanto que suena a frase de cajón y nos resbala. Es en serio: si a un chico lo violan, con eso va a crecer, y quizá le será natural ser un violador cuando sea grande: eso fue lo que aprendió. No digo que a todos les pase igual, pero el abuso deja consecuencias para el resto de la vida. Y eso lo digo solo imaginando lo mínimo, sin investigaciones, pero es que cada hecho que le pasa a uno en la vida lo va estructurando, lo va haciendo, lo va marcando. Es como con los muertos: uno siempre carga con sus muertos en la espalda. Quizá porque la muerte no es solo que el cuerpo deje de funcionar, también hay muertes que pasan con acciones. Me parece que a esa niña ya le mataron un poquito (o muchísimo, creo que muchísimo) de sí, de lo que lleva adentro.

Sentir tristeza es parte de la vida, y al final uno se entristece por cosas que tienen solución, que son parte del drama que uno necesita para armar sus días. Hay tristezas, sin embargo, como la de la niña, que uno no sabe cómo quitarse. Porque indignarse no es suficiente. Cómo se enseñará el respeto, y solo para que empecemos por algo.

Rulfo

IMG_5605A veces me quiere. Se hace en el único hueco que queda entre la almohada y yo. No es para que me corra, es para que le sirva de pared. Si voy a dormir no me puedo mover, porque como me muevo si él eligió ese pedazo de cama, aunque hubiera otros. Mi mamá me dice que lo corra, pero cómo lo voy a correr si está dormido, tan cómodo. A veces no me quiere, me mira y se va a dormir al sofá, solo. No me molestes M, y me pone la pata en la cara. Los gatos sí saben para qué es la soledad. Supongo.

A mi mamá la despierta a las 5:30. Él sabe que ya se va a levantar, entonces empieza a decir miau, suavecito, y da vueltas canelas contra la puerta. En realidad es para que le abra el balcón y le dé atún. Si mi mamá no está, a mí me despierta a las 7:30, no porque sepa que me voy a levantar, sino porque ya se aburrió. Aunque si el despertador suena antes, él empieza a decir miau, porque el despertador oficial es él. Ni más faltaba.

El balcón es lo más importante. Se cree un spidercat. El vecino dice que mi gato es muy tremendo, que lo ve casi trepado hasta el techo. Cierto, pregunta el vecino, y yo le digo que sí, por responderle algo. A mí me gusta que sea un gato araña, la verdad. En el balcón mira el mundo: el árbol, los carros que pasan, la señora que pasa, el pájaro que pasa. En el balcón se baña, sobre todo cuando yo lo ensucio con algún producto para limpiar gatos en seco. En el balcón recibe el sol y duerme, a veces. Desde el otro balcón, detrás del vidrio, ve a un gato y se esponja, aparecen pelos de donde uno nunca los había visto, y va y viene, furioso, porque qué hace ese gato ahí, tan tranquilo, si esta es su casa. Y chilla, feo, furioso, que mejor me escondo porque que tal que me confunda. Luego el gato se va y él se queda toda la tarde mirando al balcón, por si vuelve a aparecer.

Al mediodía no se le puede mirar. Está muy ocupado. A esa hora no es capaz de abrir los ojos, le pesa todo. Dormir es lo que más le gusta hacer, después del atún y antes que el balcón.

Se cree portero y va detrás de la pelota. Su juguete favorito es cualquier cosa redonda. A veces las atrapa en el vuelo. Se cansa rápido. Eso solo es divertido un par de minutos. Nada más. La etóloga dijo que es como uno de esos niños hiperactivos que necesitan varios juegos al tiempo. Pierden la atención muy fácil.

Le gusta morder. No aprendió, porque su mamá se murió cuando era un bebé. No mide su fuerza y entonces se esconde debajo de la cama y cuando pasas, pum, te ataca. Muerde con esos colmillos afilados. Está jugando, y el amor duele, también. Es un perro. Por una galleta da la mano y se sienta.

Si de pronto hay mucho silencio, cuidado, quizá esté planeando tumbar los libros de la biblioteca, o tirar, uno a uno, cada objeto que hay en la tabla del baño, frente al espejo. Esa manía de tumbar cosas. Tan divertido.

Por la noche, cuando ya voy a llegar, me espera en el balcón.

Le gusta el arequipe, la lecherita, el yogur, la torta. En eso nos parecemos. En el dulce.

Eso es un gato. Puro amor.