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Derivaciones de la felicidad: una hoja en blanco, tres colores y la posibilidad de dibujar un carrito o un sol o una muñeca o un paisaje o no dibujar nada. Como en los viejos tiempos!

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Cómo me haces de falta cuando no veo tu nombre encima de ese pato. Cómo me haces de falta cuando hay un silencio minuscular durante las doce horas anteriores.

En otros días

Estos me los encontré, como me suelo encontrar cosas:

Es un amor diferente. Ni tuyo, ni mío. Un amor de nadie. De vez en cuando. Ese mismo que no necesita nada, excepto ciertas miradas, una que otra vez. Ninguna vez. Un amor, que no es amor, que no es nada. Un amor diferente. Ni tuyo, ni mío, ni de nadie.

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Historia, qué he de hacer contigo. Yo te quería fantasiosa, un poco más silenciosa, menos impertinente. En cambio te encontré distinta. Llegas como si nunca te hubiese mirado, porque aunque no lo creas, te miré desde siempre de reojo. Llegas con una magia y lo transformas todo, como si en realidad no hubieses pasado. Llegas y me mueves la conciencia y el corazón y te introduces como si nada, como si fuese necesario mirarte. Llegas a intrometerte y a señalarme y a mí no me queda nada más que mirarte y compararte y dejarte ahí, porque lo escrito, escrito se queda. Lástima que seas de occidente. Lástima que te intrometas tanto, que a veces caigo en anacronismos locos que me hacen pensar en la edad media, como si la hubiese vivido, y siento tanta ira y tanta rabia, que quisiera quedarte y seguirte. Tu olor, ese olor. Una sola tierra para varios mundos, para tantas pequeñas historias y en medio de todo, todos. Lástima que sólo te quiera para mirarte, mientras estás de moda, mientras quiera seguirte. Lástima que te necesite tanto, porque si no podría irme, como si nada. Llegas con tanta prepotencia, que cierro los ojos y te encuentro, que sueño con tus voces y que mi pensamiento se confunde y se enloquece. Historia, qué he de hacer contigo. Demasiado tarde para la indiferencia.

Poema de clase

No alcanzo a verte.
Queda una luz tenue,
reflejada sobre el tablero,
del que ya no está
ni el recuerdo de la última clase.
Pienso en vos ausente,
como el poema.
En tu pelo,
en tu pequeña boca,
en tu cuento,
en ese pantalón rojo
que cosiste, sí, cosiste,
en la noche del domingo.
Pienso en esas cosas tuyas,
sólo tuyas. Hasta las malas.
Está oscuro.
Alguien habla.
Ella balbucea tantas cosas.
Ella no escucha tantas cosas.
No se ven.
Escribo con el recuerdo,
sin lápices,
a punta de memoria.

Minicuento

“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”
Augusto Monterroso

El dinosaurio de Monterroso abrió la boca, gigante. En un bostezo se quedó con el aire. Ya no se podía despertar más.

Camila Avril.

Bonsai

La pequeña de nariz respingada se miró al espejo. Vio a una niña de nariz respingada y pelo dorado. Abrió bien los ojos, sonrió y  dio la espalda. Sacó pecho, caminó derecha. También arregló su vestido. El espejo ni siquiera guardó el reflejo al revés.

Avalancha

A Alejo (y por mejorar)

Se los imagina corriendo, empacando de afán, sin tiempo. Empacando el atún, por lo de la gastritis, y los perros, y empacando algo de ropa, por si las moscas. Se los imagina pensando en desorden, qué deberían salvar de esa avalancha, esa que se acercaba silenciosa, entre las palabras miedosas del tumulto. Y ella que echa y él que no, que ni reacciona, que se monta en la moto, que no quiere andar: es más rápido ir a pie. Y la mujer montada en la parte de atrás, ve como su hermana va más arriba, y ella ahí, detenida, cuando en una avalancha un minuto es una eternidad. Y se lo imagina a él, que a las alturas del cuento ya se ríe, pensando que la mamá por allá, tan lejos, y él por acá, tan lejos también, sin poder hacer nada. Si se va, no podría, porque no es Supermán, pasarse por encima de la avalancha. Se imagina al perro, que no quiere salir, y la señora que lo llama, y que le explica que es una a-va-lan-cha, que se pueden morir, y el perro que la mira de reojo y que no le para bolas y que vuelve a poner la cabeza sobre su cuerpo, a seguir durmiendo. Debe andar pensando que él, a la una de la mañana, con ese frío, ni se va a mosquiar. Todos están afueran, subiendo. La avalancha puede ser perversa, pero todavía no sabe subir. Quizá, desde arriba, como lo imagina, pueden ver como la avalancha se lleva todo o lo deja todo. Que se pudiera cargar con la casa en el bolso y ya, uno hasta la empacaría de primera.

Se los imagina riéndose de la larga noche. Esa en la que una avalancha los sacó de la casa, los hizo empacar rápido, llamar a los hijos, pensar en la muerte. Y la avalancha los dejó vestidos y alborotados. Por lo menos la del barro, la del agua, la de la tragedia. La avalancha de rumores, también trasnochó con ellos.

Cotidianidad

Si ella fuera esa mujer se quedaría en la cama todo el día y toda la noche, escondida en las cobijas, camuflada con el colchón, que se la traga casi a la mitad. Y no es esa mujer. Ni siquiera está convencida que sea la mujer esa que se mira al espejo en las mañanas y se descubre el pelo más largo y más negro. Muchísimo más negro, con ojeras más negras y la piel más blanca. No es la mujer esa y entonces, pese a que sus pies no tienen ganas de trabajar hoy, de hacer nada hoy, de pensar nada hoy, les obliga a caminar tres pasos hasta al baño y obliga a sus ojos a encontrarse. Sí, un día más. Dos centímetros más de pelo sobre su espalda. Debe seguir. La mañana se está yendo. Ella todavía se siente acongojada. Responsabilidad. Esa palabra le está poniendo un arma en la espalda. Momento de arrojarse a la vida cotidiana.

Sin sentido comercial

Hay días en que tengo miedo. Soy una miedosa innata, despertada, como se despierta el león, por esas cosas que pasan y que dejan huella de elefante. Tengo miedo por el recuerdo, aunque esté segura que ya se fue y que nunca volverá a pasar. Soy una miedosa innata. Tautológicamente innata.

Apenas un cuarto de historia

Este artículo lo hice para EL COLOMBIANO. Una buena historia sobre el Palacio de Cultura Rafael Uribe Uribe. En el impreso tiene una infografía. Aquí lo publico completo.

Al arquitecto belga Agustín Goovaerts le propusieron hacer una casa de gobierno, por allá en 1920, para modernizar la que estaba en la esquina, en Bolívar y Calibío, con más de cien años, y a punto de caer.  Y él, en cambio, propuso todo un Palacio, que ni siquiera cabía en el terreno. El anteproyecto tenía cinco planos y el presupuesto alcanzaba los 611 pesos oro. Oro de 20 quilates, ni más ni menos.

El gigante iba a ubicarse en donde ahora es el Museo de Antioquia, pero como no le alcanzaba el espacio, la propuesta fue subirlo una cuadra, y así aprovechaban el paisaje.

De lo pensado, de lo pintado y de lo que es, apenas alcanza a ser un poco más de la cuarta parte. Iba a ser tan grande, que si lo hubieran terminado, completo, se llevaría la Plaza Botero, y si se mira de frente, la fachada es sólo la mitad de lo que pudo haber sido.

Por eso algunos, como cuenta el arquitecto Guillermo Upegui, se preguntan por qué la puerta del Palacio de la Cultura Rafael Uribe Uribe, como se quedó llamando por los cambios, está en una esquina, tan extraña ella.

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