VERANO

Se hunde en el calor de las cuatro paredes. Odia la cobija y la cama. Quisiera quedarse desnuda y tirarse sobre el suelo. Que la arrulle el frío momentáneo de la baldosa. Le puede más saberse conjugada con el polvo. Lo odia, incluso, y más cuando tiene la nariz tapada y un oído en el que alguna aguja le pincha constante. Odia el sudor, el calor, la falta de aire, la temperatura alta, el agua caliente. Se hunde en el calor, en el pensamiento constante de que tiene ganas de morir hasta mañana, sin alguna conexión posible con el mundo. En fin. Estupideces todas.

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Qué silencio tan minuscular, tan vacío, tan impreciso, tan poco inocuo. Un silencio que ni siquiera tiene ruido. Qué silencio hace en este blog. Un silencio tan… triste, por no ser grandilocuentes. Solo por ser sutiles.

CUANDO MUEREN LAS OVEJAS

Cuando sueño, pierdo la cabeza. Siento que está en blanco, que se va de muerte, que no existe. Y, sin embargo, en las mañanas, cuando todavía peleo con la cobija, porque parezco una garrapata de ojos a medio abrir, tengo la sensación de que toda la noche, aún sin cabeza, sueño contigo.

TODAS LAS FLORES PARA ETHEL

Este fue el artículo que hice para la inauguración de la exposición de Ethel. Prometo escribir más.

Las flores van a caer del cielo, como si fueran lluvia. Y tal vez, con ellas, la esencia de Ethel, porque si bien por primera vez no estará para darle un abrazo y ver sus zapatos fucsia, sí lo estará en cada obra. Incluso en la más pequeña.

“Vamos a sentir a Ethel mucho”, dice Jorge Uribe, su esposo. Él, quien también hace parte del proyecto La obra de Ethel Gilmour y sus públicos, que realiza el grupo de Estudios Culturales de la Universidad Eafit, y que desde hace tres años trabajan en él. Uno incluso con la artista, antes de su muerte, el 22 de septiembre de 2008.

Desde allí, y en compañía del Museo de Arte Moderno, empezaron a pensar la exposición, esa que es, sobre todo, “un homenaje afectuoso”, en palabras de Imelda Ramírez, docente de Eafit e integrante del equipo de investigación y curaduría del proyecto.

“No vamos a hacer las instalaciones que ella hacía, porque ella ya no está. Vamos a hacer una exposición que sea de nosotros, para ella”, agrega Imelda.

Y cuando pensaron en la exposición se preguntaron cómo no hacer solo una de cuadros y, además, de cuáles cuadros, porque de la artista, que tiene una obra tan extensa, puede haber muchas temáticas. De la violencia, de la casa, de su idea de Dios…

Eso hasta que pensaron que deberían ser las flores, que Ethel las pintó muchas veces, y que sirven como metáfora para comunicarse con la artista.

“Para ella las flores eran la trascendencia, la fugacidad de la vida, la belleza. Los pensamientos más lindos los representaba en una flor”, explica la docente.

No en vano el nombre de la exposición: Flores para Ethel Gilmour (1940 – 2008) Homenaje.

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INTERESANTE

“Mientras expresa sólo estas pocas frases subjetivas, no puede ser llamado todavía un poeta, pero en cuanto sabe cómo apropiarse el mundo y expresarlo, es un poeta”. Eckermann.

“Mi sentimiento de la vida reposa sobre la firme convicción de que la soledad no es una experiencia rara y extraña, una singularidad que yo compartiría con un reducido número de seres aislados, sino la realidad ineluctable que está en el corazón mismo de la existencia humana”. Thomas Wolfe.

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Estar donde no se quiere. Casi como estar la mitad muerto y la otra mitad, perdido. No se es de dónde se nació, ni de dónde se vive. No. Se es de ese lugar que se robó el corazón. Por eso no es raro que el de rojo se haga trocitos, que esperar sea una eternidad y más cuando te dejan esperando. La soledad es más difícil cuando la sientes aún estando acompañado, mientras la cabeza está en otro lado. Ni aquí, ni allá. En ese pequeño lugar del mundo.

PUNTO, Y QUÉ

¿A dónde se van las palabras? ¿Será que se van o sólo se esconden de mí? Lo que no entiendo es que puedo no tener una cara linda, pero tampoco monstruosa para que se alejen tanto. ¿Será que a veces solo se hacen transparentes o soy tan estúpida para no verlas? A mí, por lo menos, me hacen una falta terrible. Me he convencido de que no soy cualquiera. Tengo mi lugar.

NI UN CUENTO

Esto porque un amigo se preguntó si amar o parar y a mí se me ocurrió esto, que no tiene nada que ver, pero así soy yo.

Traga saliva para no hacerse añicos. Para no hacerse un rayo o un trueno, que sabe ella la diferencia. Los zapatos derretidos en el pavimento. Ella toda derretida en el pavimento, con el sol amarillote arriba, en toda la mitad, calentándole los piojos de la coronilla. No vale pegarle un tiro. Ni siquiera. De amarlo tanto, parar es suficiente. Quedarse estancada ahí, mientras él camina en sentido contrario, de espaldas, sin mirar atrás. No vaya a ser que, como ese personaje de la Biblia del que no quiere recordar el nombre, se quede paralizado, por metido.

CABEZA HUECA

Describe
el silencio
con una h.
El cielo
tan azul
y ella que tiene ganas
de jugar con las nubes,
de buscar ovejas blancas
para contar.
Tenía ganas
de tirarse al suelo,
para dejar que el pasto
le diese alergia.
Un suspiro al revés.
Tres palabras
y un punto aparte.
Piensa en los últimos
25 minutos.
Los ha perdido,
con segundos incluidos.
La cabeza está hueca.
El de rojo inundado.
Los pies perdidos.
Blanco. Nada está blanco.

EN AZUL DE METILENO

Ella sabe cuando la tristeza entra. Sabe que a la suya, no le gusta avisar. Sabe también que necesita de una milésima de segundo. Y está segura, que ese huequito que tiene el ojo, por dónde salen las lágrimas, siempre tiene suficientes para ser todo un río que baja por sus cachetes, rojísimos. Luego, no sabe por qué se enoja tanto.