TRESVUELTAS

Le da vueltas. No tiene intención de llegar ni al principio, ni al fin. Ni siquiera sabe a dónde no tiene intención de llegar. Solo que no quiere llegar. El panorama está obscuro. Tal vez omnisciente. Y sin embargo el cielo está tan poco blanco, tan azulísimo, tan vacío. Suda y las gafas se le resbalan de ese sitio donde se hacen los ojos. Y sus ojos están tan claros. No dicen nada esta vez. Tienen la pupila abierta, gigante, más grande que ese que está al frente.

Tiene ganas de derretirse en sus brazos. De amarle, de besarle los labios. Él tiene unos labios grandes, rosados, brillantes. Tiene ganas de que le toque un poco. Solo un poco. Y tiene ganas, además, de enamorarse perdidamente. Suspira un poco. Tiene ganas de dedicarle un poema. Luego se pregunta, y qué diablos es el amor. El amor, ese tan indefinible. Valientes aquellos que se atreven a preguntar por su significado. Ese mismo tan intangible, a veces tan inhumano. El amor, qué diablos es el amor. Un cliché necesario. Un cliché al que la gente le gusta pegarse, del que le gusta leer, con el que se aprovechan para unir los cuerpos en una noche sudorosa, de deseos, de muchas excitaciones. El amor, tiene ganas de odiarle un poco.

Le da vueltas. Elige la pijama de ovejas. Las cuenta una a una. Son veinte. El mundo da giros al revés. ¿Por qué el día tiene tantas horas? Le da vueltas. No tiene intención de llegar ni al principio, ni al fin. Ni siquiera sabe a dónde no tiene intención de llegar. Solo que, tampoco quiere llegar.

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Abichorado
al cuerpo.
Abichorado
a la piel.
Abichorado
al de rojo.
Abichorado
ahí, en el lado aquel
del cerebro
en que se hace
la tristeza.
Y como abichorado
no existe
en tu real academia,
te traduzco mi cabeza:
pegado como un bicho,
de tres patas,
morado
y de una sola antena,
a todo lo anterior.
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FESTIVAL DE POESÍA

El domingo estuve en el Jardín Botánico, en una lectura del Festival de Poesía. Esto fue lo que escribí para este lunes en EL COLOMBIANO. Ahí se los dejó para que se animen y participen.

Domingo de flor y poesía

MEDELLÍN ANDA DE verso en verso. El Festival Internacional de Poesía inició este sábado y, sin importar si llueve o hace sol, las personas se dejan llevar por las palabras de los poetas, colombianos y extranjeros, que esta semana, dejaran sus versos en la ciudad.

El suelo los esperaba, justo en la última hora en que termina la mañana de domingo. Unos pusieron papel, otros llevaron silla y colchoneta, unos cuantos una manta de seda, y los demás, prefirieron el pasto.

Ahí se acomodaron. Sentados o acostados, recostados sobre el árbol, abrazados o sin zapatos. Cada uno encontró su punto perfecto, para dejarse llevar por la poesía del Festival.

El lobo me había devorado fue la última frase de un poema de Ersi Sotiropoulos. Lo leyó en griego y luego se lo leyeron en español. Los aplausos se dejaron venir, en manada, como un lobo que devora el silencio, e incluso que hace trizas el sol.

La gente, pese al de amarillo que se asomaba fuerte, permaneció en su sitio. Sacaron sus sombrillas, algunas en contraste con el paisaje del Jardín Botánico. Las había amarillas, verdes y rojas.

Concentración y oído, porque como dijo Jhony Moreno: “así no entienda, me gusta escuchar”.

La poesía llegó de cinco mujeres. Liana Mejía, de Colombia; Usha Akella, de India; Ersi Sotiopoulos, de Grecia; Fathieh Saudí, de Jordania, y Jayne Cortez, de Estados Unidos.

Y en el tono que suelen usar los poetas, un poco suave, con cierta melodía, la rapidez que a cada uno le parece que debe leerlo, y en su idioma, Fathieh Saudí, en frente del micrófono, y de pie, les leyó: Esta noche, esta noche/ ¿será mi última noche?/ En sus ojos vi mi muerte gritar,/ ¡Ya me había matado!/ ¡Y aún así yo seguía estando viva!
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1-128-22-66-2-774

Todos los nombres
enfilados
uno tras otro,
en un desfile
de letras
en orden alfabético.

Huyen.
No hay forma.
Otra vez.
No encuentran la manera
de abrir la compuerta.

El laberinto,
solitario.
Las ramas de los árboles
se tragan toda la luz
y el fuego
se deja permear
por el verde.

La muerte está cerca,
confabulada con una manada de lobos,
de hombres con fusiles:
sin cerebro.
Atrapada en la púa de los alahambres,
en la sed de un poco,
un poco, nada más,
de liberté.

Todos los nombres
enfilados como números,
1 detrás de otro,
como si para morir,
la masa no fuese suficiente
para perder la identidad.

Paradójico.
Piensa en los alambiques
y recuerda la noche en que,
ebrio, recorrió la ciudad.

Números…
y la falta de certeza.
Se le pierden
las palabras
en su lengua,
justo en ese momento,
cuando debería gritar.

Es lunes,
tal vez no,
si apenas comienza
la semana.

UN ICEBERG EN LA MITAD

Recuerda,
por obligación.
Las imágenes
le traen su nombre.
Le resbala.

Recuerda.
Duele un poco.
Le mira.
Le hace suyo.
Le da besos.

Recuerdo.
Es odio.
Puro odio.

Recuerda.
A veces se cree dios.
Dios, puede
cambiarlo todo.

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Fin del suplicio.
Puede caer del cielo
lo que quiera caerse.
Puede caerse el mundo,
si el mundo quiere.
Puede caerse  
la ley de la gravedad.
Puedes caerte,
si se te antoja.
Puedes equivocarte,
también.
No hay atrás. Punto.

—————

Sin escapatoria.
El frío le persigue.
Sabe del abandono.
Lo descubrió
por las hojas vacías.

—————

Llega morfeo. Sucumbe.

DE POESÍA Y RECUERDOS

La poesía abre sus puertas y envuelve y embauca y atrapa y se queda allí, como una enfermedad silenciosa, y altamente necesaria. No queremos curarnos. Ella, indescriptible por sí misma, nos hace llegar a rincones que, por la distancia, no podemos tener. Y nos hace recordar y soñar y caminar por cualquier lado donde la imaginación llegue. Además, tiene un alto grado de confianza con el alma, y también, sabe llegar a los recuerdos, apoderarse de ellos y quedárselos. En fin.

Los vuelvo a dejar con Sergio Hincapié con dos poemas preciosos, de este país, que tanto nos hace soñar.

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