TODAS LAS FLORES PARA ETHEL

Este fue el artículo que hice para la inauguración de la exposición de Ethel. Prometo escribir más.

Las flores van a caer del cielo, como si fueran lluvia. Y tal vez, con ellas, la esencia de Ethel, porque si bien por primera vez no estará para darle un abrazo y ver sus zapatos fucsia, sí lo estará en cada obra. Incluso en la más pequeña.

“Vamos a sentir a Ethel mucho”, dice Jorge Uribe, su esposo. Él, quien también hace parte del proyecto La obra de Ethel Gilmour y sus públicos, que realiza el grupo de Estudios Culturales de la Universidad Eafit, y que desde hace tres años trabajan en él. Uno incluso con la artista, antes de su muerte, el 22 de septiembre de 2008.

Desde allí, y en compañía del Museo de Arte Moderno, empezaron a pensar la exposición, esa que es, sobre todo, “un homenaje afectuoso”, en palabras de Imelda Ramírez, docente de Eafit e integrante del equipo de investigación y curaduría del proyecto.

“No vamos a hacer las instalaciones que ella hacía, porque ella ya no está. Vamos a hacer una exposición que sea de nosotros, para ella”, agrega Imelda.

Y cuando pensaron en la exposición se preguntaron cómo no hacer solo una de cuadros y, además, de cuáles cuadros, porque de la artista, que tiene una obra tan extensa, puede haber muchas temáticas. De la violencia, de la casa, de su idea de Dios…

Eso hasta que pensaron que deberían ser las flores, que Ethel las pintó muchas veces, y que sirven como metáfora para comunicarse con la artista.

“Para ella las flores eran la trascendencia, la fugacidad de la vida, la belleza. Los pensamientos más lindos los representaba en una flor”, explica la docente.

No en vano el nombre de la exposición: Flores para Ethel Gilmour (1940 – 2008) Homenaje.

Con el corazón completo

Muchas de las obras que se ven desde hoy, y hasta el 31 de octubre en el Mamm, salieron de la casa de Ethel y Jorge, porque éste, es algo así como un guardián. “Me toca”, se ríe él.

Y hay muchas obras inéditas y otras que vale la pena mirar de nuevo. Su esposo, que las vio pintar casi todas, las está viendo de otra manera. “Estos cuadros siguen teniendo una frescura increíble”. Y luego se pone frente a una de las obras y señala un punto pequeñito. Hay una niña, que no se ve a primera vista.

La obra de Ethel, la artista estadounidense que llegó en 1971 a Colombia y se quedó para siempre, tiene mucho de autobiográfica. De su manera de ver el mundo y de verse en él. Ella se inspiraba en “lo que estaba pasando en ese momento. No solo en el país, sino lo que le sucedía a ella misma”, cuenta Jorge.

Y si bien en la exposición las flores son las protagonistas, casi como una pista de su mirada, también hay cuadros que representan el cáncer, ese que ella vivió también como un proceso estético.

En una de las obras al final de la sala, un cuadro pequeñito en la mitad. Ethel dibujada, como Ethel se dibujaba casi siempre. Luego unas letras: “las flores florecen”.

La exposición es toda una sorpresa. Se verá un trabajo documental, en donde se registra, entre muchas cosas, la memoria del duelo de todos sus amigos. Y hay una intervención interactiva, un libro digital, fotografías inéditas, esculturas, una video proyección, documentos y objetos personales.

Toda Ethel en las paredes, en las flores, en los cuadros, en el amor de sus amigos, en su esposo, que se pasea de un cuadro a otro y que toma fotos. Está hasta en las ovejas, que le gustaban tanto. Ella, decía, era la oveja negra. “Es como ese viaje -expresa Imelda – a través de la muerte y la trascendencia”. Y Ethel es, y está ahí, mirando desde el cielo que pintaron en el techo.

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