A cada quien, le calza la Semana

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Unos, rezan, inclinan rodilla y piden perdón.

Otros, viajan, pasean, separan tiempo para compartir en familia.

Unos, se latigan, sangran para engañar a su mente con aquello que llaman pecado. Entran arrastrados, desplazándose con las rodillas y anhelando la meta del perdón o la respuesta a una plegaria común.

Otros, cuidan carros en procesiones sudorosas y en noches de monumentos. Fusilan con la mirada a dueños de los móviles y reciben estipendio dizque voluntario ¡Ganan más dinero que los penitentes!

Unos, se acuerdan del crucificado y sus heridas escultóricas. Rozan algodón, para llevar el poder de las heridas a casa, como bendiciones portables.

Otros, descansan, duermen, adelantan el aseo de dos meses, barren y dan tres pasadas más. Ven temporadas completas, piden domicilios, también gritan: ¡Aleluya! por un descanso escurridizo.

Unos, oran en silencio, sin visitas ni procesiones; sin imágenes ni representaciones; esconden de su diestra lo que bendijo la siniestra.

Otros, reniegan, cierran puertas, suben volumen. No desean escuchar peroratas, sartales o repeticiones.

Unos y otros, son el mismo, somos nosotros. Consciencia colectiva. Uno espejo del otro. Contrariedades. Complementos. Pléroma. Unicidad. También somos eso que negamos.

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