Leiden, Holanda – Espacios de café

Francisco Pardo, ‘Pachopardo’, regresa con su ojo observador como colaborador de este espacio para la estética, la conversa, la imagen y el café. Sin embargo le hace el encargo a su hijo Andrés Miguel Pardo Iannini, de mostrarnos ambientes de café en su país de actual residencia. Así que los dejo con Pacho e hijo, y estas imágenes. Quien quiera enviar imágenes de dónde se toma su café, bienvenido el material y una breve conversación del mismo.

Por: Pachopardo

Estas cortas letras hacen parte de mis recorridos por algunos cafés de Bogotá y sus cercanías, para tomar unas fotos y hablar de esos espacios, donde se saborea una buena taza de café mientras se conversa o se espera a alguien o se toma energía para continuar la jornada. Detesto esos cafés de “sello”, es decir, esas cadenas que repiten a la “n”: logo, colores, mesas y sillas, decoración y precios; donde no se decanta una bebida, sino que se asiste para ser visto, ser snob y presumir, sin disfrutar lo que implica un buen café y su momento.

Transmití a mi hijo Andrés Miguel, el viejo compromiso de hacer estas crónicas, y me comentó acerca de dos cafés en Leiden, Holanda -donde él vive- y me invito a recorrerlos cuando vaya –“Si Dios quiere”- en agosto (con los honorarios que pagará Múnera por mis letras en su blog) y me envió las fotos de este artículo.

Un sol que penetra raudo pero sin alcanzar a calentar, jugando con claroscuros en una vieja casa donde hay espacio para alguna pequeña exposición. El antecedente del lugar, deja ver el uso de materiales sencillos y un trabajo artesanal de ventanas y muebles de madera, que le dan más importancia a las personas que al mismo mobiliario. Decoración ecléctica y propicia, agrupa cerca de la barra a ansiosos clientes que esperan su café para calentarse y a la vez, permiten el aislamiento y la reserva, como la del señor que en la esquina disfruta de su lectura. Lo anterior, no impide temperados contertulios que esperan afuera a que llegue su bebida.

Una retícula que de manera sencilla pero impactante decora este café restaurante -Me recuerda a los crucigramistas con sus diarios desafíos-. Se complementa la decoración con latas de café y cervezas y un alto techo oscuro con luces bajas ayuda a encontrar paz para el café. Afuera, recostada contra la vidriera, una señora aguanta frío y prepara adjetivos para aquel que no llegó a tiempo.

Por cuenta de mi hijo, estimado Carlos, pago entonces parte de mi cuota atrasada con espacios del café.

Con los pies descalzos y el alma desnuda

Espacios Pachopardo

Nada iguala tanto a nuestra sociedad consumista que los pies descalzos. Con la pata al suelo, el pobre y el rico se igualan sobre las asperezas de la vida, de pronto la diferencia está en los dolorosos callos que pisan superficies que aprietan la vida a cada paso. Pero descalzarse implica para muchos un problema de intimidad y recato. Por más talcos, cuidados y menjunjes; algunos adquieren un olor a pecueca y sacarse los zapatos en público o en privado arruinaría hasta un mal matrimonio. Qué decir de unas uñas descuidadas o las medias rotas y de mala calidad que sacan ventilaciones complicadas que dan pena y más cuando el dedo gordo o el pequeño asoman colorados entre el tejido.

Las mujeres gastan grandes sumas de dinero en el mantenimiento y tortura de sus pies, pese a juanetes, pie plano o desproporciones de uñas y callos. Les da pena mostrarlos desnudos, en chancletas, cotizas o alpargatas; deben buscar siempre un brillo, un lacito o cualquier decoración que disimule o tape esos dedos cortos y torcidos.

Debiera haber más espacios como el Parque de los Pies Descalzos, para que todos nos desinhibiéramos más, nos mostráramos como somos con la pata al suelo sin mayor recato; no puedo imaginarme cuantos “micos” menos tendríamos en nuestras leyes y reformas si lográramos que en los recintos del Congreso los “padres de la patria” anduvieran descalzos.

Algodón de azúcar – Espacios Pachopardo

Pachopardo recorre las calles de su territorio en municipios de Cundinamarca y mira como mira un urbanista, un arquitecto, un esculcador de manifestaciones estéticas. Hoy, nos trae un dulcesito.

Por Pachopardo

Un proceso artesanal, azúcar, calor, anilina y un motor; hacen que este dulce pegajoso de color rosado “Soacha” sea atractivo para infantes y enamorados. Pocos saben cómo y dónde se hace -es mejor seguir ignorándolo-. A veces recorren largos trayectos en destartalados buses cebolleros, otras veces aguantan las inclemencias del tiempo y en medio de los festivos alegran los parques y las ciclovías.

Puertas, aldabones y candados – Pachopardo

Herrajes desgastados por el uso, olvidados por muchos y bastante desconocidos por otros. Agresivos leones, faunos, pescados, guantes de damas esbeltas, calaveras o simples piedras colgadas con cabuya son los aldabones o golpeadores, hechos a mano, para la mano que anunciaban con afán o con discreción que hay alguien en la puerta.

Ahora reemplazados por porteros hoscos que exigen “célula” para permitir el ingreso a espacios reservados, previa confirmación del interior, o relucientes botones y cámaras inquisidoras que rastrean al desconocido.

Algunos trasplantados de viejas puertas de madera golpeadas y cubiertas de cientos de capas de pintura y de nostalgia a absurdos portones de lámina metálica. Claman un secuestro descarado para buscarles un lugar más noble.

Llaves perdidas en el olvido le abrirán estas cerraduras a tiempos pasados… ¡quizás mejores!

El motoso, la siesta o el sueñito…

Por Pachopardo. Bogotá.

Entrecerrar los ojos y dormir un rato. Hacer siesta pueden decir otros más elegantes. Descansar en medio del atafago del transporte o recuperar fuerzas para continuar la jornada; son varias de las consideraciones que le damos al “motoso”; saberlo disfrutar es dejarse abandonar y tener la confianza y la tranquilidad en el espacio público de que no va a pasar nada o disfrutarlo con descaro en la intimidad del hogar.

  • Mamá e hijo.. abandonados en los brazos de Morfeo.
  • Cuando era niño…
  • Peligroso motoso de una familia exhausta en unasSala de espera.
  • Recuperando fuerzas.
  • Sueño al Jardín.
  • Soñando y transmitiendo en directo vía Microondas.
  • Siesta al Parque.
  • ¿Bajando la guardia señor Agente..?
  • Yo también me echo mis Motosos.

Aceras “estampadas”

Espacios Pachopardo

El hombre, como animal y especialmente irracional, le gusta dejar sus “improntas”, marca su territorio con “esto es mío” o “aquí estuve”, algunos usan las paredes y murallas, el papel del canalla para dejar sus mensajes, con navajas o marcadores desnudan su alma y colocan sus aberraciones en letrinas públicas o escritorios escolares, otros navegando en el sopor del amor cruzan puñales clavados en el corazón y dejan en troncos y pencas su nombre y el de la enamorada (o) de turno; otros más detestables los fanáticos deportivos y los eunucos políticos llenan paredes, postes, andenes, etc. con sus siglas amenazantes de sus agrupaciones y sugerencias amenazantes de apoyo a fulano o a sutano; los medios de comunicación han dado espacio con sus foros a comentarios apasionados y desobligantes que se esconden en el supuesto anonimato de la I.P. para canalizar odios, resentimientos y pasiones…

Pero hoy quiero mejor referirme mejor a una ya perdida forma de impronta, que tiene especiales y bellos ejemplos en los andenes desconocidos de muchas ciudades y pueblos, cuando alguien con paciencia e ingenio estampa en el concreto un “esto es mío”.

Acera del edificio “El Sol”, Usaquén, Bogotá:

Aceras en locales comerciales, Usaquén, Bogotá

Con “malicioso” ingenio que ha podido ser mejor, “Cerrajería Popular”, Ubate, Cundinamarca.

Figuras en piedra, Chia, Cundinamarca

De veletas y otros vientos

Debo confesar que como Arquitecto he querido, desde siempre, colocar en la parte alta de mis proyectos una veleta, artefacto para muchos inútil y costoso en estos días de GPS.

- Además “¿para qué sirve saber si el viento va para el oriente o para el sur?”, me han respondido mis clientes.

Olvidan ellos que más que indicar la dirección del viento la veleta es una impronta personal, una marca de identidad del dueño y su lugar. Viendo lejanas veletas se habla de un oficio, de las aficiones y gustos del propietario; se sintetiza en alguna manera una referencia de algún incidente más anecdótico que histórico; se puede hablar de blasones y gloriosos abolengos -a veces comprados u otras veces convenientemente ocultados-.

En nuestra clase política, muchos municipios por ejemplo, el país entero estaría mejor si supieran algunos personajes cuál es el Norte, y pudieran trazar en referencia el rumbo que quieren seguir. Calibrar la veleta parece sencillo pero debe suponer algo de lastre (peso en la cola) para que no se acelere y gire calmadamente según el viento y no comience como ciertos alcaldes a girar desesperadamente… hasta salirse de su eje.

Sigo esperando que alguien se anime…

La memoria de los espacios

Todos tenemos “Memoria Espacial”. En algunos se desarrolla más por oficio o aficiones; muchos, añoran en sus recuerdos la casa vieja de los abuelos y todos aquellos espacios en que fueron felices o donde incluso sufrieron, es borrosa su visión global del espacio, se esfuman partes y se detallan cosas que pueden ser sin importancia para otros; hay olores, texturas, sonidos que son parte del tesoro o del lastre de la Memoria Espacial. A veces la memoria se convierte en un “Déjà vu” un afirmar en el presente que ya se estuvo allí, que ya se conocía ese lugar, así la realidad le diga que es imposible porque nunca había viajado hasta allí.

La Memoria Espacial la desarrollamos más por observación, por fijarnos en los detalles en entender y relacionar los distintos espacios con un recorrido, con una secuencia a veces esa Memoria Espacial esta en ceros en el odómetro mental. De vez en cuando, a un nuevo grupo de estudiantes y a unos amigos, me gusta hacerles un simple y pequeño test: ¿cómo llegaron al espacio en donde estamos reunidos? Es increíble como muchas personas no recuerdan qué caminos han tomado en sus últimas horas, por dónde han pasado y cómo lo lograron. Hace años a un grupo de estudiantes les hice el test y les pedí que me hicieran un mapa, esquema o relato de cómo habían llegado desde su hogar hasta el aula de clase; tristemente solo uno de 35 alumnos sabía por dónde había deambulado, el resto solo se acordaban de haber salido de su casa, algunos tenían dudas sobre si alguien los había recogido o habían tomado un transporte público o habían sido teletransportados desde su casa a la Universidad, y ya en ella, cuál había sido su ruta de llegada al salón; lo más doloroso para ellos era que estudiaban “Geografía Urbana”. “¡Se imaginan a Américo Vespucio o alguno de nuestros conquistadores que simplemente aparecieron!”, les decía. El héroe de la jornada, que sí supo cómo había llegado, era un muchacho recién llegado a la ciudad, de su Sincelejo a la casa de una pariente que lo hospedaba y que le había indicado: “Sale de la casa “coge” a la izquierda derecho y a las cuatro cuadras hay una avenida… espera un bus azul que diga “Centro” y se baja tres cuadras después del puente (…)”.

La Memoria Espacial sirve para guiarse por las calles de las selvas de concreto de las ciudades, para buscar referencias -así sea uno nuevo en esas urbes o esté de paso-, para tomar nota de un hito, si es el caso de un edificio, una iglesia, de un comercio o de algo que lo oriente al regreso a su hotel o a su nuevo hogar. Jugar con esa capacidad de observación a veces es un lícito juego de los grandes almacenes que reubican de vez en cuando sus productos en las góndolas, para que los compradores al buscarlos vean otros productos, se antojen y compren. Hace días en una conocida cadena comercial recorrí varias veces sus pasillos buscando, me llegaba a un lugar y me devolvía porque sabía que en esa fila y en esa góndola debían estar, una sonrisa coqueta de una empleada que había visto mi desespero espacial, y que por orgullo de arquitecto no quería preguntar, me atajó y se ofreció a ayudarme.

- Me da pena señorita – le respondí – Pero es que… ¡se me perdieron los huevos!

Ella entendió que no eran los 3 huevos de Uribe y con otra sonrisa que sonaba a carcajada me indicó que junto a  las verduras estaban…

El “Cuarto de No me Joda” – Pachopardo

Hace años Elkin Botero Botero llego un poco tarde y por instrumentos a su casa, varios lo esperábamos ya un poco molestos por su tardanza para celebrarle su cumpleaños, entro de afán, como salen los perros de las iglesias y antes de saludar a los presentes se llego al estadero y le grito a su mujer, que salía disgustada de la cocina.

– Doña Marta…ya estoy el “Cuarto de No me Joda..!”

Ella desacelero su paso y alzando la palma de la mano, le hizo un gesto de que esa demora y el estado y tiempo de llegada no se quedaba así…
-Hay de que salga….

Intrigado por esa una nueva versión de los espacios hogareños, les pregunte a los protagonistas y descubrí su pacto para designar ese estadero como una “zona de distensión”, un espacio neutral donde el culpable se podía refugiar, donde no podía haber agresión verbal (ni física) y donde pese a los disgustos estos no se podían mencionar dentro de sus límites, llegar allí como lo hiciera Elkin, era como llegaban los perseguidos políticos a tocar las puertas de las Iglesias o las de las embajadas pidiendo asilo, era infantilmente un”tapó”, una forma de ganar tiempo y estar protegido para la próxima jugada.

Con el tiempo se que para ellos ese “Cuarto de No me Joda” a servido de válvula de escape de las tensiones a las disputas domesticas, ese espacio a servido para evitar reacciones y agresiones, es un espacio para hacer reflexiones y reconocer las culpas, pero ante todo para propiciar el dialogo y el entendimiento; se que “Tirofijo” y Pastrana se copiaron de la idea y el primero se aprovecho de la buena fe por no decir de la pendejada del segundo, pero en casa de los Botero Arango ha funcionado para todos y bien vale la pena copiar la idea del “Cuarto de No me Joda” en muchos hogares y lugares de trabajo.

- Oíste Pacho y si le ponemos una puerta por acá, será que no se me cuela el desgraciado..? – me pregunto alguna vez Doña Marta.

¡Cuánta falta hacen los bombillos rojos!

Por Pachopardo.

Traspapelado físicamente pero presente entre mis recuerdos, hay entre las páginas de mis libros un amarillento recorte de una columna de Francisco Gil Tovar, en la que imploraba por la conveniencia de los bombillos rojos. No sobre los titilantes y seductores al otro lado de los ríos y las fronteras morales, era sobre los bombillos olvidados que cerraban el paso indebido a los intrusos en los cuartos oscuros de fotografía, en las emisoras de radio, en los estudios de televisión, en las salas de cirugía y muchos lugares más; donde entrar a destiempo implicaba grave perjuicio para la tarea que allí se realizaba y se corría la justificada acción violenta contra el invasor de esa intimidad laboral.

Abogaba, Gil Tovar, por el sutil derecho a la intimidad laboral, a aislarse para no ser importunado mientras se inspira, se piensa, se escribe, se dibuja, se diseña o, simplemente, se deja divagar la mente en búsqueda de la solución al problema planteado. Resaltaba la importancia de un ámbito de trabajo ideal con el debido aislamiento físico y sin comunicaciones que interfirieran con el proceso creativo o en el desarrollo cabal de una tarea.

El Bombillo Rojo era así una bandera y un escudo que protegía con enorme celo las puertas cerradas. Sé de personas que pese a la urgencia y la prestancia de ocasionales interruptores, se encontraron con fieros y leales cancerberos que no dejaron pasar al intruso. Ignoro cuál sea hoy la percepción del maestro Gil Tovar ante la avalancha de violaciones a la intimidad laboral y personal, que han traído los adelantos en la era de las comunicaciones. El celular, por ejemplo, pese a filtros, identificador de llamadas y otros artilugios, establece una comunicación directa y global, muchas veces ineludible para contestar, en público genera una intimidad lejana que sobrepasa la intimidad física presente, por la calle se ven grupos de personas que caminan hablando, pero no entre sí, cada cual con otro interlocutor lejano, quizás para contarles que están con fulano y zutano.

El celular, ya es un intruso aceptado en mayores intimidades, he visto parejas de enamorados en actitudes muy intimas que no se inhiben ante cualquier llamada y atendiéndola, él o ella, continúan en sus escarceos sin inmutarse. El computador y el Internet abren la ventana al mundo global y pese a ser un instrumento de trabajo y de dedicación exclusiva, permite, salvo filtros que nunca se activan, interrupciones constantes avisando del correo entrante, de las últimas noticias, de la canción con mayor ranking, etc. o de las impertinencias ya sea de la compañera de cubículo inmediato, de la novia lejana o del compañero sin oficio que pretenden en afanado “chat” compartir en “un momentito” las más vanas o las más importantes noticias.

Ignoro si sea un problema de fe de bautismo, pero parece que a los jóvenes de nuestros tiempos, ante la negativa del don de la ubicuidad, el Arquitecto Mayor les dio el don de la simultaneidad y pueden ante el computador mantener 2 ó 3 “chats” diferentes y además concluir a tiempo (no quiere decir que debidamente) sus trabajos. Pero el problema de la simultaneidad es más grave y preocupante con el género, especialmente si se trata de mujeres “pelipintadas” que conducen azoradas con una mano sosteniendo el celular, con la otra cambiando el dial de su I-Pod mientras alzan ligeramente la pierna izquierda para mantener el volante y contener al perro faldero en su regazo…

¡Cuánta falta hacen los bombillos rojos!

Presencia o participación en el ‘Espacio’

Por Pachopardo

Hace años el chiste de los turistas japoneses que hacían click en todo lugar y luego regresaban a sus casas a tratar de recordar dónde fue y qué historia tenía el lugar, parece que ya no es posible: muchas cámaras tienen GPS e incluso pueden enlazar con “San” Google y recibir la información histórica resumida de dónde están y qué pasó, o qué existe, qué vale la pena ir a mirar y tomarse una foto. Los diferentes APS te pueden indicar cuál es el baño o café más cercano y recomendarte cuál es el lugar más barato para almorzar o dormir. Y tendrás que aguantar, si vas en grupo, al más actualizado que se convierte en guía, robándole el trabajo a los guías locales y ganándose las propinas, porque ya no necesitas que alguien te cuente dónde y porqué estás allí.

Varios fabricantes de cámaras y ipads, etc., te ofrecen la posibilidad de poner tu imagen sobrepuesta con el sitio que visitas; entonces ya no necesitas el concurso de otro turista, de la novia o del policía para demostrar que estuviste allá; y con todo esto que te aísla casi en forma de asepsia del lugar, uno se pregunta ¿valió la pena ir hasta allá? ¿no sería más fácil y económico bajar de Internet las fotos, sobreponer la silueta y producir una diapositiva para mandársela a los amigos diciendo “estuve en Leiden”?

Recibí los trabajos de mis alumnos de 4° semestre de Arquitectura; los había mandado a que vieran una especial exposición con la visión y la obra del Arquitecto Germán Samper, y aparte de un resumen de su vida y obra, les pedí que tras ver los maravillosos dibujos de sus cuadernos de viaje hicieran un sketch de los alrededores del lugar de la exposición, no les pedía que copiaran su técnica, simplemente que dibujaran el entorno del Archivo de Bogotá. Debo reconocer mi preocupación: de 16 alumnos tan solo 2 hicieron algo; el resto, considero insulso por no decir estúpido pararse con un cuaderno a dibujar lo que se veía. Algunos alegaron inseguridad; otros, que nunca lo habían hecho, que estaban de afán, etc. Prefirieron no entregar y recibir un cero (0) en ese ítem del trabajo que haber tomado a la carrera una foto y luego procesarla por PhotoSketcher y presumir que eran dibujantes maravillosos.

¡Creo que Le Corbusier se revolvió en su tumba! No le cuento nada de esto a Germán Samper, porque lo mando a la tumba si se entera de la difícil situación de los futuros arquitectos que no saben o mejor no quieren dibujar. Nos hemos convertido más en testigos del espacio pero no en partícipes del lugar y del tiempo, simplemente reseñamos pero nos atemoriza percibir distinto y expresar los sentimientos. Los medios gráficos de expresión arquitectónica nos permiten idealizar en los renders o “descrestivas”, el espacio soñado. Tapamos con figuras semitransparentes el edificio, colocamos relucientes y futuristas autos modernos, robots, etc… como si estuviéramos esperando que la nueva generación de cámaras ademas del GPS nos tomaran una muestra del ámbiente y poder luego mostrar el lugar, su historia, sus sonidos y sus olores.

El día que Arenas Betancur rompió el hechizo de ‘La Bruja’

Por Pachopardo:

Casi que recién graduado, enamorado de una paisa que me tenía embrujado, tanto, que justificaba con paciencia largos viajes en bus entre Bogotá y Medellín, estuve planeando trasladarme a vivir y trabajar en la Bella Villa. Hice algunos contactos y conseguí una cita en el Edificio de CAMACOL, para concretar una buena opción de trabajo. Sacrifiqué ahorros y volé el día anterior en la tarde, sin avisarle a ‘La Bruja’, ya que pensaba caerle de sorpresa con la buena nueva de tener contrato en Medellín y poder definir nuestro futuro.

Me alojé en el centro y madrugué, tanto así, que antes de las 7 am ya estaba dando vueltas por el sector de Suramericana. Un cerramiento en tejas ocultaba un enjambre de andamios y mi curiosidad arquitectónica me llevó a buscar algún hueco para poder tomar algunas fotografías de la obra que surgía. Adentro ladraba un gozque y cuando por fin pude enfocar sentí a mi espalda un vozarrón altivo que me preguntaba qué hacía.

Al voltear para tratar de explicar mi osadía, me encontré de lleno con Arenas Betancourt que, arrugado, sucio y malgeniado, había salido a ver por qué su gozque lo había despertado. No lo conocía en persona pero sus obras, por todo el país y el extranjero, eran un hito. Le mencioné a Siqueiros y le pregunté si era cierto de su intervención en Chapultepec; ya más calmado y viendo que este madrugador algo sabía de sus años mexicanos me invito a entrar a ese campamento artístico donde estaba en proceso la “Fuente de la Vida”. Autorizado por el escultor, acabé el rollo y cargué otro, con sus dibujos y maquetas, algunas de él al contraluz. Yo salía, y dándole las gracias me preguntó:

- ¿Ya desayunó?

-Sí, Maestro -contesté-, pero no me escuchó y limpiando un poco su mesa me pasó una copa de aguardiente y comenzamos a hablar, a hablar y a desayunar… ¡aguardiente! hasta que él, sin despedirse, volvió a su camastro y yo salí tambaleante.

Obviamente, no cumplí la cita y se desvanecieron las posibilidades de ir a trabajar a Medellín y de concretar a ‘La Bruja’, quien, cuando aparecí más tarde por su lugar de trabajo “volando por instrumentos” poco se alegró y menos cuando le conté de mi especial desayuno con el artista y la pérdida de la oportunidad laboral… con garrotera y “tarjeta roja” regrese enguayabado a Bogotá… en bus!

Para completar, las fotos se velaron y no me quedó ningún recuerdo de esa matinal visita al genial artista plástico antioqueño. Cada vez que recorro la ciudad y veo sus obras y en especial la “Fuente de la Vida” siento que él de pronto ayudó a romper el hechizo que me tenía ‘La Bruja’.

Colofón

Revisando cajas viejas, encontré las fotos ultimas del rollo que había tomado entonces antes de que Arenas Betancourt me madreara, las que se perdieron fueron las de detalles de la obra, bocetos, maquetas, el escultor explicando y pensando, etc… las tengo grabadas en la mente, lástima que no existan aún cámaras o programas para sacar las cosas que uno ve y admira antes de que se le olviden…

Avenida Alejandro Obregón

Espacios Pachopardo

¡Fue casual! no lo sabía, pero callejeando por Bogotá, encontré que la avenida Calle 92, ahora se llama Avenida Alejandro Obregón. Sería el gesto de algún concejal o parte de la tarea de Catastro, para asignarles nombres a las destrozadas vías que no tienen dolientes de huecos e inseguridad; pero cómo sabe el turista, el simple ciudadano, quién ‘carajos’ fue ese personaje. Para muchos es más importante saber los nombres e historias de los futbolistas, actores y personajes de la farándula, que de nuestros verdaderos artistas. No de cantantes que no componen o de los que tocan y suenan porque tocan zonas íntimas. Muy pocos saben de nuestros pintores, escultores, escritores y demás.

La designación de esa avenida con el nombre del maestro Obregón, debiera obligar la adquisición de la escultura de alguna de sus barracudas o de un cóndor multicolor, y por qué no, de la Violencia; ese mal que aún nos atormenta. Sé que él no tuvo la culpa de esa designación, pero bien valdría que la ciudad lo honrara marcando una impronta más significativa de su aporte a la cultura colombiana, que unas cuantas placas de nomenclatura urbana en las esquinas.

Ricardo Olano Estrada, un Urbanista Olvidado

“Espacios Pachopardo”, otra columna del invitado permanente, Francisco Pardo Téllez ‘Pachopardo'; que le dará más oxígeno y picante al blog. Francisco es ArquiTERCO -perdón- Arquitecto, y su participación estará enmarcada en su conocimiento como urbanista, rolo-paisa, y como persona que también tiene sus recuerdos, “pecados” y virtudes. Los dejo con él…

Al igual que hoy, hace 100 años en las distintas ciudades colombianas, se hicieron varias obras de infraestructura y ornato que no pasan de ser más que gestos aislados para crear “la ciudad del nuevo siglo”.

Si nos atuviéramos a una visión planificadora de la ciudad moderna es posible que los cambios urbanos generados entonces por el transporte con la aparición del automóvil, del tranvía y la llegada del tren, fueron gestos aislados y descoordinados al principio del siglo XX, cuando la vieja trama colonial, se conservó casi inalterable para luego ensanchar algunas de sus calles y actualizarlas a los nuevos medios de movilidad.

La modernidad urbana en Colombia no se inicia con la venida de Le Corbusier a mitad del siglo 20, sino desde mucho antes con la fundación, en 1899, de la Sociedad de Mejoras Públicas de Medellín SMP. Un grupo selecto de ciudadanos notables, gestores de muchas obras como la apertura de calles con su nomenclatura y nombres, rectificación y cubrimiento de quebradas, construcción de parques y otras obras. Se propendió así por un cambio para pasar de la aldea a la ciudad soñada.

Un industrial, comerciante, escritor y político local, promotor del desarrollo urbano de la ciudad,  GERMÁN OLANO ESTRADA (Yolombó 1874-Medellín 1947), fue líder en este desarrollo, Contribuyó con sus artículos a la revista Progreso de la SMP, al periódico Ciudad Futura con la difusión de las ideas del “City planning inglés” y aplicó con sus socios las ideas, al urbanizar, en 1924, el barrio El Prado de Medellín, cercano al centro y buen referente urbano y arquitectónico de la nueva ciudad y hoy, pese a su abandono, es afortunadamente parte de su patrimonio.

Estas y otras experiencias locales lo impulsaron en la promoción de las Sociedades de Mejoras Públicas en otras ciudades de Colombia; así como de su especial participación como promotor en los “Planos Futuros” de Medellín y Bogotá,  que son parte fundamental en los inicios de la planificación urbana en Colombia.

Muchos nombres, a pesar del tiempo, prevalecen y son recodados por sus hechos -muchas veces por sus errores-; por el contrario otros personajes desafortunadamente son olvidados pese a la importancia de sus acciones: tal es el caso de Olano Estrada. Ignoro si en Medellín, en alguna de sus facultades de Arquitectura y Urbanismo, existe una cátedra o algún aula que lleve el nombre de RICARDO OLANO ESTRADA, o si acaso el Concejo ha bautizado alguna de las avenidas con su nombre. Sé que en Bogotá esa recordación tampoco se ha dado. Continuar leyendo