Caleidoscopio a una carreta

La mirada, se posa, bailarina, inquieta, en cada esquina del objeto; salta y rodea la creación nombrada con palabra: ca – rre – ti – lla. Entonces, cada cosa le es importante porque cada cosa habla, comunica, envía mensaje, habla de un ser.

La mirada, se ríe en cada lado del prismático, se ríe al encontrar significados en cada objeto, en cada símbolo; pues, encuentra en todo ello un caleidoscopio de significados que hablan de los seres que le dan sentido a lo creado.

Un esqueleto de parlante que sirve de arandela final, sonajero, remate al tornillo. Una cruz que santigua el trabajo, evita el miedo y fortalece la esperanza. Un contenedor resignificado que lleva el amor de casa hecho jugo para el almuerzo, eso y su cuchara. Una mano de gris que esconde los años; unos cauchos de llanta que hacen de freno y almohadilla. Cuerdas que no falten porque siempre habrá qué amarrar.

Finalmente, el ser, el hombre que le da sentido a todo; que viaja con sus años al paso lento. Una imagen en 2014; otra, tomada en 2007, el mismo sector, pues allí, su labor es conocida y él, reconocido.

La siestica de medio día

El don, la doña, el ejecutivo, el estudiante, en fin, muchos de los seres humanos que realizan actividad alguna, necesitamos de un pequeño descanso conocido en nuestro contexto como la siesta. La duerme el conductor después de la ruta y mientras lo despachan de nuevo (Antes la dormían con las risas de Montecristo, de fondo). La duerme la señora que ya despachó almuerzos a los hijos trabajadores (Antes, la dormían con la Ley contra el Hampa o Solución a sus problemas).

La duerme el perro, solo que lo hace a cualquier hora. Lo hace el visitante a biblioteca que se quedó dormido abrazado a algún clásico ruso. La duermen los novios en contubernio de manga universitaria. La duerme la anciana con las cuentas de un rosario demorado. La duerme el gato con cara de antojarlo a uno. ¡Ah, la siesta! Bendición del cielo que nos permite dejar la mente en silencio y activar el inconsciente para limpiarnos de arquetipos junguianos.

Estas carretillas jericoanas duermen también la suya, la de brazos caídos, la de jornal vacante a la espera de algún viajecito cerca, de siete costales de yuca con perro salamero encima. Allí duermen, posan cobijadas esperando que quien las alce les dé sentido. La una, cobijada con ruana de algodón; la otra, con paño viejo quizás impermeable.

Lo que ustedes piensen o imaginen complementa otras realidades… ¿quién se atreve?

Jairo Carmona Valencia:

La siesta es también una práctica religiosa, ritual sagrado en toda la Europa mediterránea, la de los vientos cálidos y vinos generosos. Ernesto Sábato, escritor argentino, en una de sus visitas a Medellín, la colocó en primer lugar en su vida, ante algunos medios de información.

En el Imperio del Sol Naciente o el reino del Crisantemo, como en la milenaria China desde tiempos remotos, siempre se le ha concedido sitial de honor al solaz del mediodía. Lin Yutang, erudito y filósofo chino, en uno de sus tantos libros, reía de buena gana diciendo que le asombraba cómo los occidentales se ajustaban la cintura con correas de cuero, cuando ellos andaban todo el día en pijama y si acaso usaban un cinturón de seda. La cultura Budista practicada en toda Asia, le da excesiva importancia al descanso y a la meditación, para nosotros símbolo de pereza.

Esas carretillas jericoanas, primas hermanas de las que yo conocí en el Medellín antaño, quizás un poco más libertinas que las primeras, servían no solo para una simple siesta; estas últimas eran verdaderos altares donde se rendía culto a Venus y a Eros, bajo el silencio cómplice de la noche. Entre ellas no había recato, ni gazmoñerías, como tampoco lo había entre sus sudados y fatigados dueños.

Carretilla “Lacondesa”

De tricolor se viste y de verde adicional, esperando alguna carga, bulto o costal. De placa inútil para parecer importante o quizás automotor. Detenida, estacionada, vacante, infructífera, vacía. Su dueño: de brazos caídos, vacante o quizás, tomándose alguna cerveza y chupando cigarrillo.

Simplemente una carreta vestida de tricolor y otro más. Con rueda medieval y forro moderno. Támesis.

Valdivia – Chile

El siguiente cuento, fue tomado del blog de mi amiga Gloria C. Estrada, Comunicadora – Periodista de la Universidad de Antioquia. La imagen es igualmente de ella en su paso por Valdivia, ciudad de Chile. Un blog para visitar es el de Gloria.

Fichas de dominó

La casa se vino abajo después de que los guerrillos se llevaron las puertas y las ventanas que porque eran lo único que valía la pena del rancho construido por mi padre. Mi padre había abandonado la casa después de que sus hijos, convertidos en paracos, le dijeron que tenía que irse; que cogiera su mujer, los corotos y las gallinas y se fuera pa´otro pueblo. El pueblo no volvió a ser el mismo después de que todos quisieron comprar la vida bella, cero grasa, puro algodón, sedosa y sin caspa y conectada con el mundo que ofrecían las pantallas de televisión. La televisión invadió el pueblo después de que los camiones vomitaron los aparatos, y los créditos para adquirirlos fueron facilitados por el gobierno. El gobierno logró desviar la atención después de que un hombre había descubierto la mentira. Ese hombre era mi padre, que había visto caerse, junto con la suya, todas las casas construidas con sus manos, todas las casas a las que les robaron puertas y ventanas y que habían sido abandonadas por culpa de la guerra.

¡Pura carreta!

Engalladas, repintadas, enllantadas, pintorescas, personalizadas, trajinadas, andariegas y errabundas. Así son esas carretas que visitan los últimos rincones de la urbe, día y noche, empujadas por jóvenes y veteranos vendedores que deambulan vendiendo: sabores a piña y mango, tomate y aguacate, papaya y naranjo.

Pero hay una queja en mis palabras, y es la insoportable potencia de sus perifoneos por megáfono, vendiendo a mil la docena, tres en quinientos y dos en mil. Es la insoportable bulla que se arma en las noches del centro. Sus precios baratos ahogan al más sordo. Sus gritos parecen gargarismos amplificados.

No todo carretillero contamina con sus cantos a voz en cuello, otros, más lentos, caminan llevando trasteos de cuandra en cuadra, descargan mercados en la plaza, llevan basura de un lado a otro, acompañados muchas veces, sobre todo recicladores, por perros vagabundos y amigueros.

Esos perros que se las saben todas viajan barato, empujados por sus dueños, perros viajeros, nómadas del viento, perros fieles a su mugre y a su dueño, perros carretilleros.

La imagen de “La Bestia Indomable” fue tomada en el mercado de Tejelo.

Si tiene perro, y si éste es callejero, aquí le vendo una, de carretillero.

Carretilla con vigilancia satelital

El reciclaje es más que una forma de conservar nuestro planeta, es un negocio demasiado rentable y que genera en toda la cadena de trabajo, dividendos envidiables. Lo afirma así esta carretilla en envigado, que más que material de reciclaje, transporta valores. De ahí que necesite de una vigilancia satelital “de mano”, que guarde dichos valores con gran celo.

¡Ojos pues! Si se encuentran esta carretilla en Envigado, no se acerque, que gran vigilancia tiene.

Carretilla Mazda

Carretilla Mazda N° 213 para venta de Guayaba con paisaje de San Andrés. Dirección mecánica. Estacionado en Tejelo, donde la señora del dedo mocho vende una buena morcilla. Al fondo, señor con panza afuera.

Explosión de rojo en Medellín

La comunidad amante de este seco alimento se encuentra feliz con la explosión de color y sabor ante la cosecha de chontaduro visible en las calles del centro de Medellín. Confieso que nunca lo había probado, hasta que en el anterior fotopaseo bloguero, Verónica de CON QUÉ SE COME, me invitó a probar el sabor de estas teñidas fibras de chontaduro. Su sabor: Seco, algo graso, fibroso como mango maduro pero deshidratado, muy seco. De poco sabor hasta que se intensifica con sal. Su color: Un naranja quemado muy profundo, intenso y casi mentiroso o artificial. Es que hay que probar nuevos sabores y decidir si se repite o no.