“De tal palo tal astilla” – La Chiva de Pilluyo

Quizás esta semana permanezca más callado, corto en palabras, silencioso, mudo. Solo que es tan bello el color y la gráfica de estas chivas que no quiero ensuciar el espacio con letras de más. Y como ya los estoy alargando en la contemplación de este patrimonio, los dejo con la Chiva de Pilluyo, de Jardín, Antioquia. Feria de las Flores 2011.

Sal de ahí chivita chivita

Aclaremos de una vez, chiva: bus urbano con sillas comunitarias y gráfica foclórica latinoamericana, propia de municipios alejados de la metrópoli y sí muy usados en ambientes rurales. Chiva, además, se dice de la cabra. Animal.

El título de esta entrada recuerda aquel sonsonete con el que nuestros maestros de kínder y primaria nos entretenían al salir de paseo: “Sal de ahí chivita, chivita, sal de ahí, de ese lugar. Época de tareas y mugre, de frijolito, de círculos hechos de pasta seca; de plastilinas deformes, de tachones y rayones.

La escuela, el bus, el paseo. Elementos que nos transportan a la época de algarabías infantiles, de rondas, quejas y llanto; de permisos para orinar, de sí señora, no señora. De pupitre limpio, del mismo pero rayado; de lápicito mordido, de forro de cuaderno; de compañerito orinado, de burla y nuevamente de queja.

De burlas, hay muchas: por gordo, mafafa; por lentes, cuatrolámparas; por flaco, pitillo; por fea, moscorrofio; por calvo, piojoso; por pobre, gamín; por sucio, mocoso. Vil es la jornada escolar hasta la graduación, vil con el pobre, vil con el de físico diferente, vil con el discapacitado. La escuela, como claustro, es la primera jaula donde al hombre se le trata miserable: algunos por su maestra, otros, por sus congéneres de edad.

Sal de ahí, chiquito, chiquito, sal de ahí, de ese lugar. Allí fue donde, por primera vez, nos sentimos abandonados.

Chiva para llevar niños en Guatapé.

El plástico le quitó el encanto a muchos juegos

El plástico llegó para quedarse. Y cuando digo plástico, reúno todo tipo de polímeros, que para lo presente, no vale la pena enumerar. Cuando llegó, comenzó a robarse el encanto de muchos juguetes. Nuestros carritos dejaron ser de hojalata serigrafiada. Se acabaron las heridas con puntas metálicas. Se acabaron las colecciones. ¿Para qué coleccionar juguetes de plástico? En juguetes, Búfalo y Navidad eran marcas que quedaron en nuestra memoria. En triciclos, lo auténtico era la marca Amo, ubicada en el barrio Caribe, de Medellín. Hoy, ninguna existe.

Hablando de triciclos, no se puede negar la nostalgia y la estima que algunas personas, mayores de 33 años, le tenemos al Centro Comercial San Diego, en Medellín, primer centro comercial de Colombia construido en 1972. Una flota de triciclos Amo nos esperaba los domingos, y nuestra independencia se hacía evidente mientras nuestros padres mercaban en el Ley. Triciclos de un puesto, dos puestos, tipo volqueta; los egoístas preferían el de un puesto, los resignados elegían el de dos, llevados por un extraño o llevando al mismo.

A mi hermana, Lady Johana, le tocó soportar cómo, su hermano de 14 años, usaba su triciclo Amo de un puesto con portapiés trasero, y usaba este último aditamento para bajar a velocidades “extravagantes” por la 25a de Bello. Llanta sólida de caucho, varilla metálica, colores vivos, primarios, resistencia, armonía: ¡cómo se extrañan tales triciclos!

Triciclo: 1. Vehículo de tres ruedas que los jóvenes de la era digital poco conocen por estar encerrados jugando videojuegos, o por estar pegados de internet chateando con sus amigos. 2. Objeto físico tridimensional, conocido por generaciones anteriores, cuyos padres obsequiaban a sus hijos en veinticuatros de diciembres, hijos que jugaban en las calles hasta altas horas de la noche en épocas de corta violencia.

‘La Rumberita’ de Salento

Se acicala el indígena, el aborigen antiguo, el babilonio que nos dio la escritura. Se adorna la Eva primigenia con hoja de parra, luego con piel animal. Se hermosea la mujer hebrea, la indonesia, la americana, la mujer de la orbe entera. Se acicalan los hombres, los guerreros antes de la batalla, se pintan la cara, se forman castas, ornamento para reforzar feromonas. Se adornan las flechas para la campaña, las armas de guerra, se anexan apéndices al cuerpo de todos, manillas, colgantes, pectorales, plumas, aretes, oros, mirras, metales, piedra preciosas recamadas en oro fino. Se acicala el hombre.

Pero no solo el hombre, incluídos varón y varona, se acicalan en consciente estética de atracción, adornan las casas en ritual decembrino, los televisores con carpetas de croché, los muebles con satines, los zapatos con rayón de bolígrafo, la oficina con imaginerías familiares, la sala con el corazón de Jesús, el cuarto de la niña con el Juanes de la paz.

Por último, el hombre, esta vez sí el Adam, vistió los buses con estética popular. Le puso fleco a la palanca de cambios, bola de billar número ocho, fotos de las niñas en montaje fotochó, imagen con virgen Del Carmen, monedas pegadas al piso como broma irritable, calcomanía pícara y burlona, cadena colgante, pito de lujo, animal o bestia sobre el capó, número nominal, bautizo con nombre humano: La Niña Bonita, Yolanda, reina de la parranda. Los buses son la extensión de la casa de quien lo conduce en la incapacidad de llegar temprano a casa en horario regular. Los buses y su estética urbana y popular.

A la venta el “Expreso Carlitos” – Me 109 cito

Vuelvo a traer esta entrada, publicada el 6 de febrero de 2009, y la traigo porque me contactó don ‘Carlitos’, dueño de la chiva, quien la tiene a la venta después de que la administración municipal de Envigado, prohibiera este tipo de chivitas en el parque principal. Don ‘Carlitos’, pues, tiene a la venta tan hermosa chiva. Teléfonos: 302 51 24 / 311 386 66 51

Texto del 6 de febrero de 2009: Después de recorridos extensos, después de subir y bajar montañas, después de visitar nuevos municipios, he encontrado el que me parece, el mejor carrito para empujar. Se trata de una chiva Kentworth, la chivita más espectacular que he visto.

La pueden conocer o sus niños la pueden disfrutar en el municipio de Envigado, Antioquia. Y aunque la flota a la que dice pertenecer se llama Expreso Carlitos, no es de mi pertenencia -quisiera yo-. No he invertido mis dineros en DMG para adquirir yo semenjate bus, pero gracias al dueño, por tomar el Carlos, como digno de exhibirse en el frente, los laterales y en la cola de esta Kenworth.

Quisiera ser el dueño de esta belleza, ser niño y pequeño a la vez para yo caber en su interior. Quisiera ser el chofer que pita saludando a los demás choferes, orinar en plena carretera y comer por dos.

¿Querés ver más carritos para empujar?

Un viaje a la cotidianidad

Aprovechemos esta entrada para responderle a Tatiana, mi gusto por la cotidianidad.

Estimada Tatiana (Como en las cartas de antes, las de papel):

Recibí con gusto tu “carta” (mensaje en la cajita del chat) donde, con vergüenza para mí, valoras el trabajo que he venido realizando y tomé atenta nota a la pregunta tuya: De dónde nace mi gusto por lo cotidiano. Déjame, entonces, responderte en pocas líneas a esa inquietud y acercarte un poco a mi trabajo.

Los noticieros, la prensa, las personas comunes y corrientes, todos, buscan de la vida los hechos extraordinarios, el baloto que los haga ricos, las noticias que los saquen de la rutina, el chisme bomba que los libere de lo normal. Muchos fotógrafos responden a las necesidades editoriales con fotografías de lo “turístico”, lo bello, lo automáticamente admirable.

Por eso, cuando las miradas todas se enfocan en “lo bello”, queda por fuera otra parte de la estética del mundo visual, menospreciada. Esa es la realidad que quiero volverles a mostrar al resto de los mortales, para decirles que no se necesitan los hechos extraordinarios para ser feliz, que no hay necesidad de ganarse la lotería para ser millonario en este mundo de riquezas sencillas.

A diario vivimos los mejores y menospreciados milagros de la existencia: el olor de una arepa que se tuesta en la parrilla, un café caliente, el agua deliciosa que nos baña, el techo de nuestras casas, una sábana, unos calcetines limpios, un jugo de mango, un teléfono, una ventana, un balcón. Los fines de semana se viven otros milagros grandiosos: el olor de los variados árboles en la carretera, una empanada frita a mitad de camino, una parada para orinar, un feliz regreso cuando ya vemos la ciudad más cerca.

Tatiana, hace rato comprendí que no tengo que ganar loterías, aunque si alguna llega (aun sin comprarla) tendré por seguro que mi maleta viajera se extenderá muchos kilómetros para abarcar otros paraísos.

A empujar Willyz en Salento

Se pagan mil pesos y se montan los niños con la espectativa de rodear el parque con su mirada y su alegría. Viajan ellos cargados de sonrisas haciendo el papel de grandes. No imaginan que en la adultez, odiarán algunos, montar en bus, pagar pasajes, esperar devueltas, escuchar insultos, esquivar muchedumbres, asirse al tubo, sudar por otros y respirar sudores, escuchar chismes, asemejar a semovientes. ¡Pare que yo me bajo aquí!

Carrito para empujar en Salento, Quindío.

Si Dios quiere vuelvo: Juanita

Mi primer recuerdo de tarifas de bus es de 3.50 (tres pesos con cincuenta centavos). Me los daba mi mamá o mi abuela para que me sintiera grande pagando el pasaje. Recuerdo también intentar recojer de manera infructuosa, monedas de 25 centavos, doradas; infructuosa, porque las pegaba el busero en el piso como adorno del bus. Recuerdo el timbre de cuerda, una piola o alambre que recorría todo el bus de manera longitudinal, el cual, uno halaba para hacer producir el sonido que avisa la necesidad de parada. Recuerdo la manibela horizontal con el que el conductor abría mecánicamente la puerta.

Otras cosas aún las veo: rayones, teléfonos, silletería cortada a navajazos, quejas y golpes insistentes de parada y algunos conductores primitivos que nunca cambiarán.

Avisos en buses y busetas (cuando pegaban avisos):

  • Aquí se trabaja con berraquera y, así mismo, se aguanta hambre.
  • En mi casa mando yo, pero la mano al bolsillo.
  • Si hoy va de afán, mañana madrugue más.
  • Si salió tarde no es culpa del chofer.
  • Pague con sencillo, siga por el pasillo y cuide su bolsillo.
  • Es un acto de cobardía dañar la cojinería.
  • De su cultura dependen los machetazos.
  • Aquí se raja de todo el mundo pero no se le sostiene a nadie.
  • No soy dólar pero subo y bajo.
  • Si su hija sufre y llora es por un chofer señora.
  • Si el niño es hijo del conductor, no paga.
  • La virginidad produce cáncer. Aquí, puesto móvil de vacunación.
  • Si le gusto el timbre pidale uno al niño Jesús.!

Fotos tomadas en el Parque Nacional del Café, Quindío. Más avisos de bus en Lo Paisa.com

Las chivas de Salento, Quindío

Los tiempos han cambiado. Para salir de Medellín en viaje inter municipal, había que ir a un garaje en la zona industrial de Medellín, pues, las terminales del Norte y del Sur no existían aún. Era un atracadero eso allá. Una vez te entregaban el tiquete, te decían en que bus debías montarte. Uno se asomaba y deseaba con intensidad que le tocara a uno viajar en Pullman y no en esos buses de rejilla atrás.

Luego llegó el ThermoKing y su hermoso corte aerodinámico, más tarde, el Rey Dorado y quedamos deslumbrados con el Scania de doble televisor y baño bajo nivel del piso.

Con el Pullman, había que ser pacientes con la continua paradera, pues no tenía baño, quién iba a pensar en un bus con baño. “¿Don señor, para, para orinar?”. Si el conductor estaba de buen genio, lo dejaba bajar a uno hasta la carretera, junto a los pastizales para esconder lo que siempre escondemos. Si el chofer estaba mal genio, no paraba “hágale ahí desde la puerta” y era cuando uno jugaba con malabarismos para no mojarse a sí mismo.

Pasear es muy rico en todo caso. Chivitas para empujar en Salento, Quindío.

Próxima estación: San Javier

– Oíme Socorro ¿qué se hizo la niña?
* Se fue a montar en Metribiri
– ¿En qué? ¡habláme, pues, claro que noestoy pa pendejadas!
* Que se fue a montar en el Metro -¡qué geniecito el tuyo por Dios, conseguí marido querida!-
– ¿EN METRO? ¡vos es que sos boba, no ves que Yamile tiene cuatro años!
* En el de verdad no, el que empujan ahí en la cancha en la Estación San Javier
– ¿Y con permiso de quién?
* ¡Ay, no sias amargada por dios, dejá salir esa niña aunque sea un ratico, ole, ehh.
– Que arregle cocina primero
* ¡Ay no sias descarada, una culicagada de cuatro años la vas a poner en esas.
– Ya se quemó con la guapanela, ya que carajos ¡ahí va prendiendo!
* ¡Conchuda, descarada: pa jugar apenas tiene cuatro años, pero pa cocinar ahí siestá la niña! ¡Descarada!

Hermoso carrito para empujar en las cercanías a la Estación San Javier del Metro, Línea B. En la parte delantera tiene teléfonos para que quienes jueguen a ser pilotos, llamen a insultar aunque sea. Tiene también, sistema electrico -de mentiritas- en la parte superior. Las puertas abren de verdad -antes de entrar, deje salir primero-.

¿Cuál de los carritos para empujar te gusta más?

Salento, la meca de los artesanos

Pilas va sin plata para el municipio de Salento en el Quindío. Que conste que le estoy advirtiendo, no vaya sin plata que se muere antojao. Aquí, una muestra de algunos carritos para empujar, mejor dicho, pa entretener al chino mientras se gasta la plata en bellas y variadas artesanías. Las mismas casas parecen hechas con delicadeza por artesanos.

Rueda diario, cargada de café

Muchos cuerpos sin el olor de la jornada laboral caminan rumbo a escritorios y construcciones, rumbo a sus trabajos particulares. Recién bañados caminan los que a buscar trabajo se levantan. Una parada, un tinto, una brave conversación del partido del domingo, una crítica al gobierno o una alabanza al ejecutivo… Tres sorbos más y ¿cuánto le debo? – 200 pesos vale en el centro. Empacame dos pandequesos y echale servilleta. Mañanas en Plaza Botero.

Carrito para vender tinto. lo que corresponde a la tapa del motor, se levanta para guardar todos los insumos del día.  Es una réplica de un Dodge 600, de las más lindas que he visto.

Partimos pa San Antonio de Pereira

Ha evolucionado la manera de andar en bus intermunicipal: Primero eran los buses con bordes curvilíneos que tenían rejilla atrás, había que decirle al chofer que parara que uno tenía urgencia urinaria. Para esa época era frecuente compartir espacio con las hermanas gallinas, con costales de cabuya pululantes de verdura y con petacas de tamaño colosal.

Pasamos a lo mejor que podía suceder… estrenar Pullman. Recuerdo que para ese entonces, la terminal de transportes de Medellín era un garaje rodeado, más que de buses, de bándalos y carteristas. Uno entonces se asomaba al atestado garaje a buscar el bus #236 que le correspondía y era uno apretando dientes para que fuera el bello Pullman con su sonido ronco de poder. Allí la miada era igual, con permiso del chofer o desde la puerta en movimiento.

Luego, algo inimaginable… el Termoking. Ese morrito que tenían atrás estos buses, hacía de este tipo de bus, un carro futurista, avante, punta de lanza en cuestión de transporte. Por fin uno podía ir al baño a voluntad y ver televisión aunque fuera mil veces Terminator o todas las de Bruce Lee.

Y así… Llegó el Rey Dorado con su punta de bala, el conservador pero con doble televisor Scania y así…
Pero nadie cambia la rumba en su bus escalera… será por la facilidad en caso de antiperistaltismo pa que no suene feo pues.

Chiva para empujar en San Antonio de Pereira, Rionegro.