Color, chivas y flores de Antioquia

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El artista paisa, alista su pintura y sus pinceles para recrear su fiesta por la vida, el Sol, la luz y el ser, pues, su imaginario es expresión del alma y de lo que para él es importante. Engalana su medio de vida, transporte de vidas y del fruto del sudor de sus manos. La tierra da sus frutos, verdura, café y leche; y es enviada a mercados populares para que cada uno elija los insumos de otra fiesta: la comida; transformación de la tierra en alimento, alquimia que se integra al cuerpo.

Las chivas, patrimonio de color, nos identifica y nos deja saber qué somos: alegría y geometría sagrada.

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El hombre, el café y los símbolos – Chivas y Flores

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Quiénes somos, qué nos identifica, qué nos hace únicos, qué nos distancia de los demás animales. Observa uno la imaginería popular y se da cuenta que los símbolos son parte de la creación del hombre que nos separa del resto de naturaleza viva. Tomarnos un café y darle un significado más allá de los componentes estimulantes, para venir a convertirse en una excusa para el encuentro, para la socialización, para la contemplación. Entonces el café deja de ser bebida para ser un aglutinador, un pegamento social que nos une en torno a nosotros mismos, en torno a la conversación, y en torno a la responsabilidad de no dejarnos morir solos.

Estas chivas, que en Colombia, se refieren a buses y carros harto ornamentados y distinguidos con una gráfica geométrica en abundancia, llena de líneas y colores vivos y contrastantes; estas chivas (carros pintados), son el reflejo de que el hombre se une al símbolo para darle significados a la vida y a todo lo que le rodea. Espere más…

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Toppings para ir a la escuela

Un clasificador, un ordenador, una matriz, una plantilla, una cuadrícula, una caja de alojamiento… en fin, un hardware que le permite al ser que piensa, poder encontrar la información de manera rápida y fácil. la “data”: unos botones o “toppings” para adornar el calzado de moda entre profesionales de la salud y la cocina; sandalias de moda que están alejadas de las antiguas quimbas, arrastraderas o chanclas y que se han popularizado dada la alta capacidad de los chinos para emular lo que cualquiera se imagine.

Juan Sebastián, de 7 años, es el dueño del ordenador. Luego de salir de la escuela, llega al centro a la caseta de venta de calzado que su abuela tiene en el centro de Medellín en la zona de Guayaquil. “Siete años y lee de corrido”, cuenta la abuela. “Él llega a las dos de la tarde y se queda conmigo hasta que nos vamos. Con la venta, compra todas sus cosas del estudio”.

La vida es un caucho

Nuestros pies, otrora libres, deambulan hoy presos en cueros secos de lo que en otros tiempos fuera un animal. Bajo ellos, una planta de caucho los separa de sentir la tierra, el pasto húmedo y la vida terrena. Están ahí, los cauchos, para que nuestro caminar sea silencioso, anónimo, igual que los demás pasos, están ahí, para hacernos sentir más altos, jactanciosos y soberbios.

Otros cauchos sirven para que la silla no chirrée, las neveras no rayen el piso, los carros rueden con facilidad. Otros cauchos sirven para que indigentes llamen a la muerte en la quema de llantas para sacar conco pesos de alambre. Otros cauchos tratan de cubrir cables de energía de voltajes altos de manera infructuosa, ya que al electromagnetismo no lo para nadie.

Otros cauchos, como el de la imagen, sirven como instalación de la plástica callejera y cotidiana que le trae al ojo juegos estéticos en el caminar del ambulante. Venta de cauchos en Envigado.

Zócalos temáticos en Guatapé

Estas pinturas hechas sobre relieves en cemento, hacen parte del arte primitivista con que son hechos los zócalos en Guatape. Estos, en particular, están a la entrada del malecón en el casco urbano. El arte primitivista me encanta y lo he dicho en este espacio, por las formas “inocentes” con que son resueltos algunos planteamientos de la estética visual como la perspectiva, el color, la línea, el ángulo y el encuadre.

El camión azul, abajo, es ejemplo visible, con su perspectiva, del arte primitivista. Un completo juego de líneas y ilusión visual que puede ser tomado como error por algunos, pero yo lo tomo como información útil, valiosa y sí, hasta graciosa de expresión visual.

Pero, qué va, no le demos tanta academia a la vista, ya que para ver no se necesita educación, pues la estética misma existe por la sola presencia del hombre que percibe la realidad y la aprehende.

Bienvenido el color en Guatapé

Cuando las políticas de un minicipio se aplican para el embellecimiento de su urbanismo y arquitectura, cuando los decretos o Acuerdos se imponen para el bien común, cuando se tiene en cuenta al, a veces, tan olvidado color, saltan felices los ciudadanos porque dichos pronunciamiento hechos ley se revierten en turismo, piropos y empleo.

Cada vez Guatape, se va llenando de color y los zócales de sus casas saludan al propio y al viajero con sus colores y sus relieves. Cada vez el casco urbano se va configurando como un territorio donde la luz del sol desciende para bailar en sus paredes.

Disculpen la calidad de las fotos, los chips de la camarita con que ando actualmente hace lo que puede. El ojo es el que vale.

Zócalos, calor y “mar” en Guatapé

Tener planes para ir a Guatapé significa hacer una lista de chequeo de objetos y vestuarios propios para ir a la playa: vestuario de baño o de bronceo, bronceadores y bloqueadores, comida, gafas de sol, sandalias apropiadas para el agua, etc. Eso, para el turista que se acerque a este municipio de Antioquia sabiendo que goza de las aguas de una gran represa o embalse y un malecón turístico. Otras personas que transaccionan con sus productos tendrán otra lista de chequeo: fertilizantes, costales, dinero en efectivo para la plaza, etc. Para otros, la lista se recortará a bebidas alcohólicas. En fin, Guatapé, su malecón y su zona rural tiene público para todo.

Como turista visual que soy de cada municipio o rincón que visito, siempre estarán presentes en mi ojo cazador, el color, la geometría, su gente, sus ventas, sus artesanías, etc. Y como sé de tantos lectores por fuera de Colombia, una que otra vez me gusta dejarlos con los antojos de nuestra tierra; para el caso, este coco bautizado en panela que llamamos coquitos o panelita de coco. Como para que sigan extrañando a Colombia y sigan anclados, de una u otra forma, al territorio. Los dejo con ese antojito y con un adelanto de zócalos, elemento visual por el que también se reconoce a este municipio.

Esta semana estará dedicada a Guatapé.

Jacobo Zímerman ¿Qué tal estas panelitas, tío? ¿Hay en Israel?

Mensajes geométricos en lugares inesperados

Un carro para llevar mercado en la Minorista reposa infructífero, de brazos caídos o, podríamos decir, de rueda caída; sin verdura que llevar, sin tubérculo a dos mil el kilo, sin hortaliza fresca -que tan buena es para el colon-, sin la fruta pa’l niño y pa’ Jacinto que tanta falta le hace.

Un carro para llevar mercado no lleva nada; reposa. Su temporal dueño… sabrá dónde está. Toma café en la 1425 o del termo itinerante de Magnolia, la que canta “Tintooo, peeerico, riiicooo”. El caso es que está tranquilo, quizás ya se hizo lo que esperaba pa’l día, porque en la tarde lo que se hace es poco.

Sin embargo, quieto, inproductivo; este carro nos da un regalo causal: una cuerda, lazo o tripa ‘e pollo, como es conocida, da vueltas y vueltas sobre las varillas, regalándonos un mensaje encriptado que solo traduce quien mira lo que el otro no mira. Miremos…

De la navidad y los buses Escalera

Suenan los pitos, arrancan las chivas, se prende la fiesta, comienzan las rumbas itinerantes. Se suben las muchedumbres a los buses Escalera, se animan las gentes y gritan en desentono unísono: “Se va el caimán, se va el caimán; se va para Barranquilla”. Los que pueden, se ponen de pie e intentan mover sus pies al son de la canción; otros, aplauden y se dejan convencer por el borrachito tempranero que hace donaciones en especie líquida; otro más, solo espera cumplir el recorrido y quizás una cuadra menos para poderse ir a casa a dormir, sin hacerle ni cosquillas a su esposa porque ni para eso queda aliento.

La rumba viajera continúa, entra a Envigado y llega hasta Sabaneta, porque es tradición, vuelven y pasan por los alumbrados, que este año están muy pobres, y ya los que cantan vuelven cada estrofa un sartal de diptongos. Desde atrás el que no sabe controlarse, manda la mano a una pierna masculina y grita “tequieros” ¡iueúta!, que de poliptongos él sabe mucho, aunque la palabra aún no exista. Todos llegan al final del recorrido, prendidos, borrachos; cansados otros, vomitados incluso y con un pitido en el oído. Llegó navidad y a lo lejos suena una horrenda canción -para mí-: “Navidad de los pobres, qué feliz navidad”.

Suben y bajan

Suben y bajan por las escaleras hombres y mujeres en un devenir político. Unos, se miran de soslayo, temerosos; otros, se saludan y sonríen en amable actitud. Los que bajan, van con maletas; los que suben, también. Uno que otro baja tan rápido y tan impetuoso que empuja a los que están a medio camino. Algunos, con cortesía que no pasa de moda, inclinan su cabeza en actitud de servicio; otros, por el contrario, levantan la mirada con plumas de pavo y saludan con un girar horizontal de ojos. Entre la madeja de seres que suben, se desata alguno y sube corriendo sin tenerse de la baranda, cree que arriba llueve dinero y se apura con su valija vacía. De un lado y de otro hay hombres buenos. En ambos pisos hay necesidad.

‘La Colombianita’ política llegó a la Terminal

La terminal política se llena de un nuevo movimiento: los que empacan para planear su próximo viaje, para regresar a casa pues sus familias los piden a gritos, para repensarse. Otros, arrivan con sus corotos, sus gallinas, su costal de fique, su fogón de petróleo y un papelito que contiene la dirección escrita que deben buscar: alguna secretaría, dirección, coordinación, despacho, etc.

‘La Colombianita’ venía llena. Adentro, los pasajeros, todos de diferente estirpe, sudor y piel, pelaban, se codeaban, se empujaban con la nalga; aseguraban puesto, ventanilla, tubo del medio o puerta trasera. Los de la puerta trasera ya estaban listos para saltar del bus antes de detenerse. En la registradora, algunos pagaban dineros calientes a familias ignorantes que vendían un buen viaje por un costalito y dos gallinas ponedoras.

Cantidad de calcomanías y avisos adornaban el interior de ‘La Colombianita': avisos y letreros con picante, desgracias, dichos y refranes. Al interior se escucharon improperios, ataques, gritos y hasta guarapazos se dieron algunos. El caso es que ‘La Colombianita’ llegó a la Terminal y unos se bajan para los otros montarse.

Expresividad cromática, común denominador en Jericó

Tome asiento, reciba la “fresquita” (viento), pase la tarde o la mañana, vea pasar vecinos, salúdelos, diga: “Buenas…”, levante la mano y esboce una sonrisa, critique un poquito si se le antoja, vaya a la nevera y sírvase un jugo de tomate de árbol, saque galletas también, llene un crucigrama, lea si se le antoja o, mejor, le propongo algo:

Saque la bolsa con fríjoles verdes en vaina y póngase a desenvainar. Traiga dos ollas: una para las pepas y otro para las vainas vacías que sirven pa’ la aguamasa. Póngase un trapito entre las piernas pa’ que no ensucie la ropa. Hágale, pues, póngase a sacar fríjoles y entretenga la tarde.

Los dejo con esta tercera tanda de puertas, ventanas y color de Jericó.

Jericó, paroxismo cromático

Conversando con un amigo diseñador e ilustrador de la UPB, Nelson Andrés, me decía que la carta de colores y de combinaciones de las fachadas de casas de nuestro territorio colombiano son atrevidas, hermosa-mente atrevidas. Las de Jericó, para referirme a las imágenes de este post, son lúdicas, llenas de color, vitalidad; son alegres, “lanzadas”, coquetas con el transeúnte que se deja atrapar a su paso paralelo.

Hay un aprovechamiento formal a través del color, en los materiales que hacen parte de las fachadas de estas casas. Es la idiosincracia, nuestra cosmogonía, la percepción colectiva en este pedacito del trópico, es el paroxismo cromático. ¿Exagerado?











Puertas y balcones para que entren el color y la vida – Jericó

No sé porqué a muchos les aterra el advenimiento del lunes, sabiendo que:

  • Hay, nuevamente, movimiento humano.
  • Nos encontramos con los compañeros de estudio o trabajo.
  • La ciudad late como de costumbre.
  • Las muchedumbres se desplazan, viajan en Metro, se saludan.

Semejante a mi encanto por los lunes son estas imágenes llenas de color, vida, geometría, ordenamiento, arquitectura, armonía, contraste; dedicación, esfuerzo, pujanza, cultura, aseo, entre muchos conceptos más.

Así que, para comenzar una semana con ánimos encendidos, les dejo esta colección de fotos tomadas en Jericó, Antioquia. Tomadas en compañía de varios amigos que conocieron por primera vez a este ESPECTACULAR municipio de color, café, cardamomo, guarnieles, talabarterías, dulcerías, balcones y cultura, en todo el sentido de la palabra.

Sé que son varias tantas de fotos las que he traído de Jericó ¡y cómo no hacerlo! si este municipio es coqueto con la cámara. Esta tierra te posa, se cuadra para la foto, se organiza, se alisa la falda y se cuadra el sombrero. Hasta acomoda la garganta pa’ salir bien. Nunca se cansará uno de trepar senda loma para descubrir rincones nuevos en Jericó. ¿El cielo nocturno? frío, nublado y llovido.

Las ‘chivas’ y sus vestidos de líneas y color

Es la matemática dibujada, la geometría reproducida. Parece interpretación de las partículas subatómicas, parece una dimensión plana llena de color, vida y movimiento abstractos. Juego de líneas y de color, juego de armonías y naturaleza.

No es lo más gratificante tomarle fotos a las ‘chivas’ o buses Escalera en plena Feria de las Flores, en Medellín; pues están llenas de ‘carajadas’ que interrumpen la mirada a la riqueza gráfica de estos buses. sé que se “visten” de fiesta, pero -es que ya están vestidas de fiesta-, no necesitan sempertinas, papeles, colgandejos, flores de papel… las ‘chivas’ YA SON UN ESPECTÁCULO así solas, con su vestido de colores.

“De tal palo tal astilla” – La Chiva de Pilluyo

Quizás esta semana permanezca más callado, corto en palabras, silencioso, mudo. Solo que es tan bello el color y la gráfica de estas chivas que no quiero ensuciar el espacio con letras de más. Y como ya los estoy alargando en la contemplación de este patrimonio, los dejo con la Chiva de Pilluyo, de Jardín, Antioquia. Feria de las Flores 2011.

A Rafael le falta un tornillo

Hoy, mi invitado es Rafael García Zuluaga, autor del libro ¡Te falta un tornillo!, a quien la vida nos puso en el camino en el momento justo. Su trabajo es espectacular y quien ve sus obras en vivo, queda conquistado por su alma y su visión particular. Los dejo con la nota de Natalia Estefanía.

ESTE DISEÑADOR GRÁFICO cree que la realidad y la fantasía son una misma cosa, lo que se puede ver en su libro ¡Te falta un tornillo!, un álbum ilustrado creado a partir de piezas de ferretería.

Natalia Estefanía Botero | Medellín | Publicado el 1 de agosto de 2011 en ElColombiano.com / Fotos de Rafael García y Tatiana Melo

Es por esa manía de observarlo todo, pero no con sus ojos, sino desde ese mundo de la imaginación que habita, que Rafael García Vergara, vio un pequeño personaje en un macho para manguera. Aún no sabe para qué funciona, poco importa. Su mente va más allá de la funcionalidad de un objeto.

Al macho le atornilló un cuerpo y le pegó unos brazos, que le permitieron crear a Rafael, un alter ego fotoilustrado, el personaje principal de su libro ¡Te falta un tornillo!, en el que reafirma, a través de un relato sencillo, que la realidad y la fantasía son lo mismo.

Él lo ve clarísimo, en especial cuando un par de serruchos se alinean en el justo ángulo:

-“¡Mamá, mamá!, un ejército de dientes me quiere comer, dice Rafael.

-¡Qué disparates dices, mi amor, ¡Te falta un tornillo!”.

Nada es literal en su ilustración. Todo alude. Todo, porque este pequeño, como el mismo Rafael, ve cosas donde otros observan lo mismo, sin sorprenderse. “A veces creo que solo tengo un sentido, la vista y los otros se subyugan a éste”, dice.

Para este libro se pasó seis meses recorriendo ferreterías. Un cable largo blanco es el cuerpo de un caracol y un plafón de electricidad es la nariz de un marrano. Los serruchos arman las fauces de un cocodrilo y los tornillos son la melena de un sonriente león.

Aunque no hay que describirlo, es que todo en su trabajo es simple, pero a la vez profundo.

Sonríe cuando los niños ven su trabajo, ellos entienden al instante, como también terminan por hacerlo los adultos. Y les queda esa manía de cazar rostros en piedras gigantes al lado de los ríos, o de ver vacas o leones, colgados en rejillas de ferreterías.

Por eso será que “no me gusta tomar fotos a lo que respire”, añade con una sonrisa.

Su trabajo está en los objetos, los que bajo su mirada, simplemente revela su lado vivo. Un papel de lija en sus manos es el espacio infinito, esa zona profunda, donde están las galaxias del universo.

Siempre ha sido así, cuenta. De allí ha desarrollado su habilidad para contar historias gráficas, que recrea con técnicas mixtas. En especial, esas que son propias, que van a un ritmo distinto de su trabajo como diseñador para varias empresas de la ciudad.

Cada vez quiere dedicarle más tiempo a sus proyectos editoriales. Por ahora, batalló para sacar ¡Te falta un tornillo! , en pasta dura y a un precio módico para un libro con tanto proceso. Él cree que lo ameritaba.

Con ello lo puso a competir con otros de afuera. Algunas de las imágenes fueron seleccionadas para el Primer Catálogo Iberoamericano de Ilustración, en México.

Aspira a que sus textos hagan parte de talleres de lectura para niños. La idea es contar, pero también reflexionar, a partir de lo que más le gusta, ese malabar de imágenes que no siempre parecen lo que son. / Fin de la nota /

A quien esté interesado en contactar a Rafael o en comprar su libro, comuníquese al 314 728 9604 / rgarcia02@hotmail.com

Las bellas baldosas modulares

Escasas son, en la actualidad, estas bellas baldosas de 20 x 20 cms. Tabletas modulares que entretenían nuestros tiempo armando figuras, en citas médicas, en salas de espera, en casas ajenas y en la propia, si es que tuvimos de esas.

Los mismos creadores de tales módulos, ignoraban quizás, el significado profundo de sus gráficos, esos que Carl Jung trabajaba a diario en las meditaciones de sus sueños para simbolizar el todo del hombre -su individualidad- y su carga en el inconsciente colectivo; esos que los tibetanos crean en varios días enteros con arena de color para meditar y una vez terminados, destruirlos para significar lo efímero de la existencia.

Parece, pues, un simple piso usado por decenios, pero llevan en sí la posibilidad de la modulación, del movimiento, del juego para crear nuevas modulaciones, para buscar figuras, para entretener nuestra vista, para meditar, para esperar, para hacer menos monótono nuestro caminar, por su piso y nuestra vida.

Alguno podría replicar en qué carajada ser tan trascendental, pero, como siempre, los invito a aprehender este mundo visible, que no es otra cosa que pura ilusión, un universo holográfico de nuestra mente en nuestro cerebro oscuro. Pero entre más miremos el detalle insignificante, más nos conoceremos, más perceptivos estaremos; veremos cómo todo está conectado.

Baldosas del convento de Concepcionistas Fransciscanas en Jardín, Antioquia.

Un Jardín de colores y geometría

Es innegable la belleza de este municipio en el Suroeste de Antioquia: clima propicio para el turismo, flores que adornan balcones, geometría y color en los alrededores de su plaza y en muchas de sus casas, y un marco natural de plataneras y cafetos en las montañas que la encierran. Jardín, un estímulo visual para sus visitantes.

Un atractivo de siempre, son las sillas o butacas en madera y cuero, pintadas a mano y con escenas propias de la región, con colores vibrantes, sin temor a la estridencia, armónicas, atrevidas. Su disposición en el parque me recuerda los antiguos taxímetros a los que se les bajaba la bandera, pues, las butacas esperan, inclinadas, a que el cliente llegue y la componga y pida tinto, alfuna ‘fría’ o un helado; luego, pura conversa y contemplación.

Esta semana estará dedicada a Jardín. Como pa’ antojar…

“La res desollada”, obra realista de 2011

Arriba, pueden apreciar “La res desollada”, obra realista del año 2011, cuya “exposición” fue percibida en El Carmen de Viboral, municipio del oriente antioqueño. La obra, además de fresca, reposaba en una de las calles que alimentan el parque principal de este municipio. Sus tonos, su frescura, su realismo, nos sugieren una mirada donde el hombre está presente y ausente al mismo tiempo. La balanza reposa en perfecto equilibrio y el color crema o hueso del marco de la obra cárnica, genera un contraste por intensidad que resalta la carne misma en consecuente armonía de color.

Ahora bien, la segunda foto nos da el contexto de la imagen: una sencilla carnicería cuya ventana contigua a la puerta principal, deja ver el cuerpo desollado de la res y lo enmarca para darnos un hermoso regalo a la vista que, por cierto, me trajo la imagen de “El buey desollado”, obra de Rembrandt de 1655. La felicidad visual está en todas partes. Solo es abrir la consciencia.

Relieves inesperados, hechos por un sol de medio día

Saliendo del parqueadero del nuevo proyecto Plaza de la Libertad, contiguo a La Alpujarra, me encontré con esta imagen: unas líneas gruesas, grises, simulando un relieve tortuoso, con momentos sinoidales. Lo interesante de este efecto de medio día, es que tales líneas en movimiento son producidas por un enrejado anclado al muro para que una planta enredadera se vaya enlazando a tal entramado de alambre. La malla es una cuadrícula fija y no tiene el movimiento que se refleja en la sombra.

Me pareción interesante y quise traérselas y seguir reforzando la invitación de ver más allá de lo evidente, sorprenderse con las peculiaridades que nos trae la luz, la naturaleza, la vida.

Zócalos en Guatapé

En Guatapé, donde queda el “mar” de Medellín, donde existe un malecón al estilo de ciudades costeras, que goza de la práctica de deportes náuticos, del turismo, de la cosecha de variados productos agrícolas, en Guatapé, decía, se pueden ver estos hermosos zócalos que adornan muchas de las casas de este municipio del oriente antioqueño.

Zócalos simples, sencillos, artesanales, tridimensionales -como los de las fotos-, comerciales, institucionales, es decir, de muchas formas, colores y motivos. No hablemos más, al grano con estas imágenes.

Un bello colgandejo en Amagá

Aunque el ritual de tirar los zapatos a los cables de energía no ha dejado de celebrarse, y que cada vez hay más marcas de calzado colgando de cables de energía: desde los más humildes hasta los de abolengo de marca, desde los más desgastados hasta los que merecían media vida más en pies de algún indigente, engarzar todo tipo de objetos para acertar en los cables ha sido juego de entretenimiento, de competencias y de aciertos.

Ahora, en Amagá me encontré esta bella realización: un conjunto de tapas plásticas de gaseosa, asidas por un nylon que las atravesaba por un pequeño orificio hecho por un ingenioso ocupante del espacio lúdico que el tiempo le permitió; algunos observadores lo llamarían: desocupado.

Mi labor como observador de lo in-observado es observar y percibir lo que otros no miran o que se afanarían a calificar como necedad del ocio. El caso es que me gustó y aunque es una opinión personal, sezgada y parcial, mi invitación siempre es a encontrar tesoros de la estética, el color y el diseño en creaciones cotidianas y en rincones inesperados fuera de museos. Estas tapas, por ejemplo, rompen el arquetipo del zapato colgado para convertirse en un modelo que quiebra la continuidad de dicho ritual.

‘La Rumberita’ de Salento

Se acicala el indígena, el aborigen antiguo, el babilonio que nos dio la escritura. Se adorna la Eva primigenia con hoja de parra, luego con piel animal. Se hermosea la mujer hebrea, la indonesia, la americana, la mujer de la orbe entera. Se acicalan los hombres, los guerreros antes de la batalla, se pintan la cara, se forman castas, ornamento para reforzar feromonas. Se adornan las flechas para la campaña, las armas de guerra, se anexan apéndices al cuerpo de todos, manillas, colgantes, pectorales, plumas, aretes, oros, mirras, metales, piedra preciosas recamadas en oro fino. Se acicala el hombre.

Pero no solo el hombre, incluídos varón y varona, se acicalan en consciente estética de atracción, adornan las casas en ritual decembrino, los televisores con carpetas de croché, los muebles con satines, los zapatos con rayón de bolígrafo, la oficina con imaginerías familiares, la sala con el corazón de Jesús, el cuarto de la niña con el Juanes de la paz.

Por último, el hombre, esta vez sí el Adam, vistió los buses con estética popular. Le puso fleco a la palanca de cambios, bola de billar número ocho, fotos de las niñas en montaje fotochó, imagen con virgen Del Carmen, monedas pegadas al piso como broma irritable, calcomanía pícara y burlona, cadena colgante, pito de lujo, animal o bestia sobre el capó, número nominal, bautizo con nombre humano: La Niña Bonita, Yolanda, reina de la parranda. Los buses son la extensión de la casa de quien lo conduce en la incapacidad de llegar temprano a casa en horario regular. Los buses y su estética urbana y popular.

estéticas en el ofrecimiento de productos de calle

El vendedor de calle, ambulante o fijo, autorizado o invasor, fijo o de feria; es un gran conocedor de la importancia de la estética a la hora de promocionar visualmente sus productos. Armonía del color, contraste, agrupación, dirección, continuidad, entre muchos otros, son conceptos puestos en práctica por venteros que, quizás sin formación académica, ven potencializada la venta de sus productos al causar efectos sicológicos en la mente del potencial comprador.

El hombre y el paisaje

Y entonces la profesora dijo “hagan un dibujo, libre”, y los niños dibujaron paisajes, pastos de un verde plano con un sol naciendo entre las nalgas de un par de montañas y allí mismo el nacimiento de un río puro de aguas azules. Los viejos, se retiraron al campo de nuevo y en sus ratos libres dibujaron paisaje, con pastos mustios, hojas de variado color, sol diseminado por el cielo y dos caballos paciendo. El paisaje siempre estará en la memoria colectiva del hombre, en su inconsciente, en los sueños donde el hombre vuela para alcanzar nuevas dimensiones. El paisaje siempre será liberador, espanto de demonios, fuente de la meditación, musa de los artistas.

Pero raro que muchos extrañemos el abstracto paisaje de hormigón, el asfalto y el semáforo, corramos rápido a devolvernos del paseo, llamar de nuevo, echar doble llave, poner reja en la ventana, ocultarnos tras cortinas, comprar cebolla junca y no sembrarla. De dónde este amor por el encierro, por los humos que no provienen de una arepa tostada, de un fogón de leña. Raro.

Gráfica popular de un bus ‘escalera’ en Guarne, oriente antioqueño.

Modos de pensar ante la cosa misma

Un estudio estratigráfico nos diría que esa casa ha tenido tres colores desde que se modernizaron poniendo timbre: 1. Pintura existente cuando el timbre se puso (timbre sin pintar), 2. Azul turquesa, 3. Amarillo ocre.

Un niño simplemente diría: “¡Ah! Qué cuca* pegar un chicle ahí y salir corriendo”

La dueña: “Hay que echarle otra manito de pintura a la casa ¿quién nos hiciera ese trabajo?”

*Cuca: bueno, agradable.

Casas con espíritu, esencia, carácter y recuerdos

Me encantan las salas, los cuartos, las cocinas de las casas donde vive gente común y corriente. Entre más populares sean más me divierto observando el acervo de artefactos que cuentan la historia familiar de cada hogar. Una composición que se me presenta como Kitsch, divertida, compleja, llena de detalles particulares, de pequeñas historias, de objetos que guardan relatos por narrar, de clavos que los soportan, de cables, carpetas de crochet, almanaques vencidos y vigentes, vida y colección compulsiva.

Estas fotos, tomadas en Guaduas, Cundinamarca, me hablan de la construcción, ya no de vigas, muros y cemento, sino de carácter, esencia y recuerdo, de interpretaciones, de categorías. La casa no se configura solo de sus materiales, sino de los objetos, artefactos, fotos, imágenes, afiches, cuadros, adornos, adaptaciones, modificaciones que le van dando una configuración personal o familiar que diferencian a cada construcción de las demás casas, incluso de las construídas de manera sistemática.

Muchas casas, diseñadas por arquitectos y ambientadas por diseñadores de ambientes o decoradores, hacen uso de objetos que pasan inadvertido incluso para sus mismos dueños. Objetos sin sentido, sin una historia qué contar, floreros mudos, artefactos de buena línea y pobre narración. No estoy en contra de las tendencias minimalistas ni del diseño depurado, me encanta el buen diseño y éste mismo cuesta el proceso de proyección que tuvo, pero quiero resaltar el valor de esta estética cotidiana que se presenta en los barrios obreros.

Los colores del valParaíso

La ventana se abría para dar paso al amor, que de visita, se había acercado ese sábado por la noche. Marlene, mozuela bella, recibía a su novio donde las mamás lo permitían: en la ventana. La razón era la misma de todas las mamás: que pa’ que no hagan cochinadas, que pa’ que la culebrita del amor no picara sin estar bendecidos por el santo matrimonio, que pa’ que después no le resultara pipona la muchacha.

Afuera, con calambre llanero y dolor de novio, visitaba el novio a la novia, le llevaba una flor, le llevaba un chocolate casero, colaciones y corozos, romántico y amable, paciente con la suegra que los separa con rejas de amor. “Los hombres no buscan sino eso, mijita, la minita del amor, el tesoro cuidado, el pañuelo intacto, la pruebita. ¡No los conociera yo, ay Dios mío”. “Yo por boba que le creí los cuentos a su papá y vea, se voló el muy sin verguenza”.

Pinte, Marlene, esa ventana bien bonita, pa’ olvidarme de una vez por todas de este dolor que nunca se ha marchado. ¡Échele color a eso!

¿TE TOCÓ VISITA DE VENTANA? CONTAME…

Puerta y ventanas de Valparaíso, Antioquia.

Para recoger la basura con alegría – De la ciudad oculta que recojo

Este recogedor de basura me hace reflexionar en la manera en que asumo a la ciudad, la percibo y la aprehendo. En el marco de la VII Bienal Iberoamericana de Arquitectura y Urbanismo, Medellín-Colombia, 2010, me pongo a pensar en mi manera de interactuar con la ciudad y su población. Recojo cartas del suelo, ya muchos lo saben, recojo lápices gastados por manos y dientes de estudiantes ansiosos, recojo fotos perdidas en el asfalto, tomo fotos y escribo cualquier cosa.

Y no es que la imagen me recuerde que soy un recolector de basura, más que el recogedor, es el color el que me sorprende, pues, es la ciudad oculta, la ciudad menospreciada, la ciudad no observada la que yo descubro, observo y valoro cada día. Es la ciudad a ras de piso, la ciudad botada, la ciudad encriptada la que yo recojo, levanto y resignifico.

Así que me identifico con el recogedor de basura de la imagen, que levanta objetos una vez muertos y valorados para nueva vida y significado. Traigo a memoria un recuerdo de barrio, cuando lo motilaban a uno en la propia casa, sentado en burro o butaco de madera, sin camisa y capa de súper heroe; una vez peluquado el paciente, el pelo sobrante y tirado en el suelo se recogía mojando los bordes arrugados de una prensa vieja, se estiraba en el suelo y se adhería a él, para con la escoba montar el pelo en la hoja de prensa, cerrarla y llevarla hasta la bolsa de basura -y sáquela rápido, Jacinto, que hoy pasa la basura-. ¿Pasa la basura o el carro?

Lo lógico sería bajarle al rojo

De cuándo acá se necesitan sacrificios humanos para tener contentos a los dioses, los que creen en la multiplicidad de ellos. No es necesario aplacar tormentas, derrumbes, incendios y fuegos internos mediante el sacrificio humano. Lo lógico sería mermarle al rojo de nuestro escudo, color primario y vituperado, ropaje del amor y la pasión.

Bajo el reflejo rojo de su luz han caído aficionados del deporte, irracionales algunos, inocentes, otros. Bajo la calidez extinta de la sangre han quedado inmóviles algunos padres de familia, trabajadores algunos, sicarios, otros pocos. Lo lógico sería que el amarillo, primario y empalagoso, dejara la estela de riqueza sobre nuestras casas después de un brillo de sol.

El cielo y las aguas del mar se visten de variados azules teñidos de verde. El amarillo brincó salta de la tierra igual, hermoso, titilante, llamador. Pero el rojo, una vez sale del continente cálido del cuerpo humano, se torna vetusto, otoñal, como tierra removida de una matera, se envejece y pierde su fulgor. Lo lógico sería bajarle al rojo, bajarle al sicario pago, al encargo demencial, al disparo, a la muerte prematura.

Forro para silla ‘tripa de pollo’

Silla de ‘Chivero’ en Valparaiso, Antioquia.

Heredado de la poca necesidad consumista del pueblo campesino, heredado de la originalidad en la solución de necesidades funcionales y estéticas, heredado de la necesidad del color para nuestra percepción; nacen creaciones manuales que generan oficio, ocupan el tiempo, dan carácter al artesano y dividendos a la familia.

El hombre de municipio pequeño no se deja llevar por modas pasajeras, sí por la satisfacción de necesidades. El hombre de provincia tiene más cerca la tierra, el aire sin corromper y la sonrisa con el desconocido. Es alegre, servicial y creativo.

El hombre, cada que teje, se une más a sus antepasados e hila de la madeja que lo une con sus ancestros. En la imagen, la madeja fue de ‘tripa de pollo’, como se conoce a este material, que entre otros, sirve para la fabricación de trapeadoras, tapetes, amarrar cajas y hacer tendedero.

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