Cuando el dinero no distrae

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Cuando no se tiene un peso para donarle a las marcas, el alma reacciona y las máscaras que nos preceden, pierden poder frente al espejo. El otro, ve tu esencia y lo fundamental de esa presencia. En contraprestación, descubres, eso sí, quién es ese otro que te observa y te acompaña. Cuando no se tiene un peso, por múltiples razones, se domina al mercado y al consumo con un poder que surge desde el interior.

La mirada se fortalece, mientras se ignoran los escaparates -Vitrinas- que intentan atraparte con des-almados maniquís. Te ves a ti mismo en el otro y percibes cómo deambulamos bajo la hipnosis de los mensajes que bombardean tu mente queriendo atraparte y asirte hasta sacar tu último centavo con la promesa de hacerte dueño del mundo, con conceptos inventados para que cuando te mires al espejo, veas a un ser de éxito en el campeonato del consumo.

Si se tiene un interés marcado por conocer al navegante del alma, notarás que aquel vocabulario, que incluye palabras como competitividad y eficiencia, parece más un intento de hackearte. Quizás el alma prefiera términos como contemplación e ineficiencia, dejando atrás indicadores, estadísticas y objetivos inmediatos. La naturaleza lo hace: es lenta en dar su fruto, es lenta en producir un tallo grande qué admirar, es lenta en cavar un camino por el cual sus aguas serpenteen, es lenta en generar esa belleza admirable ¡En fin! El tallo del alma reverdece en la carencia y la flor aparece cuando la distracción se apaga. Pero esta es solo una cara del icosaedro de la vida. Hay otras visiones ¡Es verdad!

Fotos: Municipio de Caldas, Antioquia. Las asociaciones las hacen ustedes.

 

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No todo es papel moneda

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Hay quienes somos tildados de raros y tontos y hasta de necios solo por no tener una ambición ligada al dinero y al ritmo consumista. Hay riquezas que yacen en la tranquilidad. Claro está que uno de los caminos para llegar a ésta, es el papel moneda que nos permite el intercambio.

Otear, pasar horas en un balcón con la posibilidad de ponerse en pie horas más tarde. Tomar un café y poder saborear una conversación, así sea con las nubes o con el viento. Ver una planta, olerla. Probar un bocado de manos bendecidas. Percibir el calor solar y la humedad de una lluvia.

Escuchar el concierto rural que nos brinda el campo y ser testigo de una manifestación de luciérnagas en un baile logarítmico. Ser testigos de nuestra consciencia y la del ilusorio tiempo. En definitiva, hay más riquezas que las que portan los ceros del papel moneda. Hay mejores cosas.

Foto: Támesis, suroeste de Antioquia. Agradecimientos: Maestro Carlos Agudelo e investigadora y escritora Lucia Victoria Torres Gómez.

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Meditaciones al ver una bolsa con maíz y una mirada

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¡Vender! una suerte de inteligencia innata, aprendida, adquirida ¡No lo sé! Requiere, como lo dije, una inteligencia especial en la cual, es posible, no se detiene a contemplarla quien la porta, quien la ejerce.

¡Todos vendemos algo! dirán algunos ¡Puede ser! pero a todos, quizá, no nos interese hacerlo. Requiere humildad, paciencia, una vida meditativa llena de mantras insonoros frente al espejo de la duda.

Cuando fui vendedor “ambulante” universitario; la pena se instalaba en mí algunos minutos mientras “abría” el negocio. El protocolo era entrar a un salón y extraer una silla de “brazo” y reposar allí una lonchera que contenía mi trasnocho anterior: una serie de tarjetas ilustradas a mano con mensajes manuscritos y personalizados. El resto de la jornada se iba en permitirle a las personas que tomaran las tarjetas y leyeran sus mensajes a la espera de que mis textos parecieran haber “hackeado” una relación sentimental. La verdad, no vendía; ofrecía mi producto colándome en relaciones ajenas. Jamás intenté persuadir a alguien de llevarse algo; esperaba que el producto hablara por sí mismo. La pena matutina la cambiaba por la satisfacción nocturna de ir a cambiar el dinero producido por algunos componentes de la canasta familiar. Al final, cambiaba textos y dibujos por pan, fríjol y carne. ¡Vendía! pero entre las hoy reconocidas inteligencias, la mía no se instala en asuntos de persuasión y tal falencia te cobra una factura cara, a veces.

Un arquitecto diseña un parque; obreros lo construyen, políticos llevan la contratación, mineros extraen materiales, industriales fabrican maquinaria para minería y construcción, electricistas iluminan el nuevo espacio, vendedores ambulantes refrescan al obrero y al turista, conductores de bus intermunicipal acercan al turista que viene de otros fenotipos. De otro lado, alguien cultiva un maíz; otros diseñan semilla transgénica, otros importan el pedido, otros más diseñan contenedores; muchos, intervienen en la creación de una embarcación. Con la omisión de miles y millones de intervenciones, alguien asume la disciplina de ir cada mañana al parque a vender maíz para que alimentes a unas palomas con un buche lleno hasta el hartazgo. Un universo holográfico y fractal desde donde se mire.

Foto: Parque principal de la zona histórica de Popayán.

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Una mirada al interior

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Una pregunta para los lectores ¿Cuando miran al interior de los recuerdos, como quien mira esa casa desde afuera, qué se les viene a la mente?

“Estaba esperando a que llegara el día,
en que todas la nubes… desaparecieran.
Ahora estoy contigo,
ya puedo decir tu nombre.
Ahora podemos oirnos… otra vez”.

Pink Floyd (1996). Wearing the inside out. The Division Bell. [Acetato]. Inglaterra: EMI Music.

…”¡Instinto! Lo pide el alma. Lo reclama. Podría preguntarse por qué no, por qué no saber de dónde venimos, cuál es nuestro origen, cuál es el sustrato económico y social que nos antecede. Como un médico que escribe una historia clínica y pregunta por las enfermedades familiares y generacionales, deberíamos trazar la nuestra en ese ancestro, pues, somos el producto de esa cadena de acontecimientos que hoy nos tienen construyendo la vida, sanando el alma, creando quizás un nuevo código genético, reparándolo y escribiendo un nuevo comienzo. Algún sentido tiene el hogar que acogió nuestra alma, algún sentido debe tener cada uno de esos episodios que nos contextualizan. Es en una búsqueda permanente del alma y en un encuentro con ella cada vez. No intranquiliza esa curiosidad permanente, le da sentido de vida por el contrario ¡alegra cada pieza del rompecabezas con la que me encuentro”.

Extracto del libro no publicado: “No me llames papá”. Foto: Carlos Múnera. Jardín – Antioquia.

Hemos llegado a buen puerto

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“…Insisto en decirte que hay más blanco en esta habitación, menos ruido, menos cosas.

Los recuerdos están aquí y los amo porque son parte nuestra, son el testimonio de este paso por la vida, de un permanente presente ¡Estamos en blanco! Hemos llegado a buen puerto aunque desconocemos el itinerario del resto del viaje; supongo que así debe ser. Hemos reparado las ramas del árbol que podían ser sanadas y, como testimonio del paso del tiempo, quedarán las ramas fracturadas o la cicatriz de los gajos que fueron cortados por alguna razón. Este árbol tiene vida y su raíz sigue alimentándose en la oscuridad de la tierra fértil. Esperemos frondosidad, florecimiento, fruto y una agradable sombra para los que vienen, para las semillas que germinarán con un mejor código”.

Del libro no publicado: “No me llames papá”. Foto: Carlos Múnera. Río San Jorge, Montelíbano – Córdoba.

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¿Dónde yace nuestra alma?

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Foto: Carlos Múnera, Armenia Mantequilla.

¿Almas, como bienes mostrencos? ¿Almas sin dueño? ¡Jamás! Seremos dueños de nuestras almas. Corrijo: El Alma es nuestra dueña. Es quien verdaderamente habita en nosotros, envuelta en ego y otros empaques temporales. El alma es quien ve, a través del forro de piel que la cubre y la incomoda cada vez.

Ya iré hablando de mi alma y tú irás contándome de la tuya. Ya iré hilando versos nuevamente y tú desanurarás los míos.

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Historias a pie limpio 3

En otras ocasiones, Juancho y yo, visitábamos el río Magdalena para tentarlo, entrando a sus aguas, tirándonos desde una rama de algún árbol, o nos metíamos hasta la mitad el río como quien reta a la juventud; para hacer dicha locura, teníamos que vadear el río en sentido contrario al cauce hasta subir unos dos o tres kilómetros, pues, cuando quisiéramos devolvernos llegaríamos a la playa el doble de distancia debajo de donde partimos inicialmente. Nos “botábamos”, verbo exactamente usado para describir el valor de tirarse a la madre del agua y nadar como Tarzán criollo un tercio del tramo y el resto imitando a los perros por el cansancio. Demás que los tarzanes eran lugareños, porque yo solo imitaba a los perros, por el cansancio corporal.

Llegados al borde nuevamente, lo siguiente era descansar, jugar en la arena algún partido suave de fútbol, cosa para lo cual el Eterno no me dio dones y lo mejor era no participar para no terminar el partido, partido. En esas voladas y en esos regresos mi primo me trasmitía su conocimiento: Mire, me decía, allí es donde es bueno botar “latarraya” (Nunca sonaba Atarraya). ¿Por qué? Porque mire, ahí llega la mierda del pueblo, y a los bocachicos les encanta venir a comer ahí. (Imagino la cara de mi esposa en estas letras). Pues ahí era y uno lo comprobaba cuando veía a un pescador de esos que se van todo el día pa’ la playa a pescar, fumar marihuana y masturbarse con la página desvencijada de una revista porno. “Venga, pelao, muévalo así”, me dijo uno alguna vez, mientras yo veía atónito el tamaño de la “bestia” estimulada. No lo acompañé en su jornada por miedo a las graves consecuencias, jejeje.

Eran días especiales, llenos de libertad, pies mugrosos de andar a pie limpio, aunque esto último era solo estando en las cuadras cercanas a la casa 4-16 del barrio Renán Barco; ni más faltaba que mi abuela Juana me fuera a permitir irme para el centro como un gamín ¡Que porque el indio es pobre, la maleta es de hojas! Decía ella de manera bien dicha, con riqueza en su pensamiento. Pero es que Neruda, supo expresar bien la esclavitud a la que llegan los pies cuando los hacen presos en los zapatos. Pero tenía razón mi abuela: alguna vez, con un raro invierno en la zona, pisé cuanto charco había y uno en especial me hizo recordarlo para siempre, pues, a los días, una desesperante rasquiña en mis pies no me dejaba en paz, al punto de tener que tomar el cepillo de peinar y rascarme con él por largas jornadas de placer. Una roncha (no publiquemos términos que le resten popularidad al relato), fue creciendo al punto de convertirse en un camino, como si la roncha por sancudo, se desplazara por caminos aleatorios en toda la planta de mi pie y, por momentos, por mi tobillo y talón. Son sabañones, decía la Tía, un hongo; no se rasque más que le dan en la mano. Era como una culebrilla cuyo camino me hacía ver su duditativa forma de ser. Solo con una pomada desaparecieron días después, ya en Medellin. Cuando eso, la autopista Medellín – Bogotá no existía; la vía era por Manizales y la de Sonsón (Para bajos presupuestos).

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Una vez montados de nuevo en bus, colados del mismo modo y sin estipendios para el chofer, iniciábamos otra ruta de aventuras para bajarnos en algún barrio cerca al río Magdalena; para quedarnos por horas, jugando en los arenales, recogiendo carajadas, percibiendo los olores del mismo, los vientos, la temperatura en la piel y la libertad. Sí, esos paseos de cada temporada de vacaciones de diciembre, junio y Semana Santa; me sabían a libertad e independencia.

Para Juancho, era un diario actuar en la cotidianidad; aunque esa palabra no fuera conocida por nosotros a esa edad. Para mí, era el asombro por casas hechas con otros materiales. Esa Medellín montañera se me presentaba ocre, ladrillo, naranja, rojiza, verde, azul verdoso. La Dorada, en cambio, se me presentaba gris, con ladrillos extraños, con calados o ladrillos en cemento que dejaban entrar el viento a las casas; con ventiladores por todas partes, con mecedoras y sillas amarradas de un cable plástico que permitía el asiento a las personas y que eran sinónimo de pobreza; lo gracioso es que diseñadores industriales actuales, han visto la verdadera riqueza del material y hacen sillas costosísimas, después de releer su uso.

La vegetación se me presentaba como seca y el mejor regalo a mis sentidos, era el olor que en toda la ciudad se podía percibir: una fragancia de leña y hoja quemadas, pues, en ausencia de recolección de basuras, las personas barrían sus aceras o calles empedradas y quemabas el recogido. Ese olor lo reconocía hasta dormido, sin exagerar, era el que me despertaba para decirme que había llegado y que era “libre”. Aún hoy me pregunto qué tipo de árbol es el que, al quemar sus hojas y ramas, produce ese aire de tierra costera; he creído que son los Almendros, que tanto abundan en La Dorada de mis recuerdos.

Al llegar de noche a la casa, unas tajadas de maduro se fritaban en pailas con capas de amor tostado; esas pailas que no brillan sino que una costra negra las protege del tiempo y del desabrido olvido. Arroz, de ese sencillo que no tiene nada, pero que hace del amor cocayo. Aguapanela, que es el Vivecién natural que alimenta al pueblo. Esa Tía Oliva no cocinaba con aceite, mantequilla o sal; ella era solo amor, con amor freía, con amor salaba, con amor endulzaba. Cuando murió, sola en su casa y con mi primo ad portas de irse a prestar servicio para el Sinaí, la Tía Oliva solo tenía arroz en su cocina, en una profunda soledad, pues, nunca regresó el único hombre de su vida y que, en algún tiempo, le llevó a vivir a su propia moza a la casa. Por eso la T mayúscula, porque Tía, era grande.

Prestaba servicio militar en Puerto Berrío, cuando me dieron la noticia, llamando de un teléfono público de Edatel, de que Tía Oliva había muerto, diciéndole adiós al que pasaba por su casa. Ahí mismo, en la llamada, la subí a los altares, la declaré Sierva de Dios, Venerable, Beata y Santa con solo una orden mental, di gracias que no sufriría más en este lado del ser, esperando a un hombre que jamás regresaría.

De Juancho y yo, les puedo seguir contando…

Historias a pie limpio

Aún no me bañaba, como todas las mañanas que pasaba de vacaciones en La Dorada. Dije “aún”, no que no me bañara en ese calor del Magdalena Medio. Me levantaba al tiempo que mi primo ‘Juancho’, que fue como el hermanito de mi niñez en cada una de las vacaciones que gozaba en este municipio de Caldas. Gozábamos a pie limpio y el ritual diario era jugar en el solar de la casa de mi tía abuela Oliva, cuyo verdadero nombre era Petronila. Invertíamos tres horas construyendo con arena el escenario por el cual rodarían los carritos de colección, los personajes de la fantasía diaria y la cantidad de partecitas de alguna grabadora mala y demás repuestos que servían para representar decenas de aparatos: condensadores que hacían las veces de pipetas de gas, resistencias, bobinas y potenciómetros que representaban al generador de energía de la finca de ricos a la que correspondía la fantasía del día, pues, otros días hacíamos de pobres trabajadores que, por su buen desempeño y rendimiento, nos ganábamos la confianza de los dueños y nos convertíamos en herederos de los patrones. ¡Eran las mañanas más hermosas de mi niñez!

Juancho, por ser hijo de un papá camionero, emprendía el rol de camionero, manejando despacio, y reproduciendo los sonidos del bajo, el freno de aire y el monochip del camión; incrustaba piedritas en la vía de tierra para hacerla más real con obstáculos. En cambio, yo asumía el rol de busero, luego de viajar en Pullman, algunas horas de Medellín a esa otra ciudad de mis recuerdos. Por eso, no me gustaban los obstáculos, sí me gustaban las vías pavimentadas, rápidas; y también hacía ese sonido de un bus sonándose la nariz: “Shi, shi, shi shhhhhh shi, pshhhhhs”, esa última palabra representando la última descarga de aire con corneta a la salida, como acostumbran “engallar” los choferes el sistema de aire del vehículo.

Los primeros juegos de carritos se dieron a corta edad y con tecnología muy básica, pues, para hacer los muros divisorios de la casa finca, juntábamos las manos para apretar la tierra húmeda como quien inicia castillos en la playa; pero pronto, nuestro ritual diario avanzó en técnica y ya los muros fueron perfeccionados usando tronquitos de madera a lado y lado del muro y un tercero aplanando por encima. Dicha técnica nos permitió hacer complejos muros con diagonales y curvas dependiendo de las herramientas usadas e insisto, antes que comenzara la primera línea de nuestro diálogo imaginario, gastábamos tres horas de construcción; luego, representábamos el papel propuesto y, el resto, era improvisación. El ganado, eran piedritas muy pulidas encontradas y limpiadas; algunos actores, personajes del Chavo del 8 que salían en paquetes de mecato; los vigilantes, soldados con posiciones eternas de combate; los protagonistas: la gran cantidad de carritos desvencijados o en buen estado que íbamos consiguiendo.

Luego, llegaba la hora del baño y, como era casa de humilde condición, los servicios sanitarios no eran los más “acogedores”; pero eso para un niño era parte de la diversión; así que nos bañábamos en el antepatio del solar, sacando agua de la alberca y tirándonos poncheradas de agua, cosa que, en La Dorada, es un bálsamo para para el sofocante calor. Jugábamos también a aguantar el aire metiendo la cabeza en un balde y así se completaba la mañana para ir, luego, a sudar con un sancocho de bocachico que nunca pude terminar en menos de una hora y que Juancho se tragaba en nueve o diez minutos, como si cada bocado fuera un masmelo en la boca; Juan Carlos Agudelo, nombre de mi primo, tenía una capacidad para comer pescado que para mí era como un don divino.

Las tardes, eran como las de Tom Sawyer y Huckleberry Finn, gamineando por toda la ciudad, colándonos de los buses al bajar el último pasajero de la parada temporal y terminar en barrios desconocidos o diametralmente lejanos, para devolvernos a pie y recoger cuanta carajaita sirviera para nuestras jornadas de juego. Pasar por el parque principal para buscar la panadería de siempre y comprar roscones y mojicones, formatos de pan dulce de aquella región.

Continúa…

Cuando se buscan las ramas de nuestro Árbol de la Vida

Cuando el ser del hombre inventa habitáculo volador y viaja a la Luna, está realmente buscando su origen y una centena de respuestas a otros porqués. Busca el origen de su sangre y su substancia y para ello, invierte toda la vida, la consciencia y la de las generaciónes venideras, es decir, hereda las preguntas para que sean respondidas por otros con el avance de la tecnología.

Yo también intento mi viaje a la Luna en busca del origen de mi sangre. El combustible de mi habitáculo han sido las circustancias de mi nacimiento y el de mis ancestros: una cadena de madre-solterismo y ausencias de padre en mi línea materna. Una historia que se vive en muchos hogares.

Este árbol que antecede a mi existencia es la energía que me impulsa a conciliar mi pasado, para que un nuevo presente se presente en paz y en armonía y para enderezar algunas ramas de mi Árbol de la Vida para que los frutos venideros brillen con más alegría de la que gozo en esta existencia. Siempre supe del porcentaje que me corresponde de ancestro judío, por parte de mi abuelo Carlos Zímerman Clar, polaco de nacimiento pero paisa en crecimiento y desarrollo empresarial, fundador de la Panadería Medellín y de la Escuela Ana Frank, quien salió antes que la estructura nazi ocupara a Polonia en su primera arremetida.

Cada que el cine intenta acercarse a la manifestación de maldad extrema e inhumana que fue el holocausto, al que fueron sometidos judíos, gitanos, negros y homosexuales en Europa, algo dentro de mí, sangre o consciencia colectiva, se siente compungida y también comparte el dolor de tantas víctimas, entre ellos, mis bisabuelos.

Ahora gozo de más información de mis ancestros y estas fotos enriquecen mi acervo documental, que ilustran la ciudad de Lemberg, hoy de Ucrania, pero que para la época de niñez de mi abuelo, pertenecía a Polonia. Unas fotos llenas de fantasmas cuando se observan desde un perfil histórico. Jacobo Zimerman, amigo, tío, hijo de mi abuelo, también viajó hace poco a esta ciudad para reconocer su historia, su linaje y la historia de la cuna de tantas almas que hoy perduran en la memoria. Él nos presenta algunas de las fotos:

“Hoy es un parque. Los bombardeos destruyeron las viviendas en las que nació mi padre, Carlos Zimerman”.

“Estación de tren, desde la que salió nuestra familia hacia el exterminio en el campo de Belsek”.

“Esta es la escuela en la que mi padre estudió”.

Hacer de tripas “fritazón”

Corrían los años mozos y de soltería del suscrito, tiempos llenos de fuerza e ímpetu ¿para qué tantos ánimos? para acompañar a madre y abuela, según la agenda de ámbas, a mercar en la Plaza Minorista, pues, ya habían pasado los tiempos del Pedrero.

El mozo éste que escribe, elegía lo mejor en fruta, verdura, legumbre y tubérculo, lo mejor y más económico. ¿Lo más difícil? lo de siempre, la azarosa escogencia de la yuca, que no puede salir pasmada, tiruda, afrechuda, paluda. Sin embargo, pocas veces llegó a la casa yuca mala, toda muy buena, ¡invitados todos!

Pero, así como en el súpermercado uno se lleva los antojitos, dulces, salados, harinosos; en la plaza tenía yo los míos, uno de ellos: la chunchurria o chunchullo que llaman, o simplemente, tripa de cerdo con su crema interior tan rechazada. Una vez llegados a la casa luego de tomar bus y solicitar el favor de abrir la puerta de atrás para subir con mayor comodidad, la abuela Juana, sabía que su próxima tarea antes de desempacar era desempacar el encargo y hacer de tripas, fritazón, previo lavado.

Era así como la casa se llenaba de los olores populares de la chunchurria frita, fritura que ha de ser bautizada con limón y cuñada con arepa, verbo este que significa “acompañar” (cuñar). Era el segundo desayuno de quien escribe porque no sale sin desayuno y trago de tinto previo. La casa, decía, se llenaba del aroma tan rechazado por muchos y tan anhelado por otros.

Chunchurria. Casera, frita, de buena procedencia, non sancta, rechazada en otras creencias, bendición del cielo o de la tierra para otros. Que se riegue el olor.

José María Ruiz, ¿y vos qué decís…?

Un domingo cualquiera NO es un domingo cualquiera

Un domingo lento, vivido al interior de la vivienda. Un domingo de esos que llaman “de pereza”. Un domingo silencioso donde, al abrir la nevera, se busca elegir qué antojo calmar pues la oferta es variada. Un domingo en la tarde en la cama viendo, con mi esposa, una película, pero no cualquier película. Un domingo con la casa aseada, tardeada después de un almuerzo rico en vitaminas, minerales y amor, tomado en familia.

Como dije, la película no era cualquiera: El Pianista, de Roman Polanski y con Adrien Brody; una adaptación a las memorias del músico polaco, de origen judío, Wladyslaw Szpilman. Historia que encaja con el título de este blog: Todos Somos Iguales, y que nos recuerda el valor de las cosas sencillas: el sabor de los alimentos, la tranquilidad del silencio, la sanadora frecuencia de la música clásica, el incomprensible valor del agua potable; quien tiene esas cosas es rico. Resalto estos valores para no hablar del drama judío y su holocausto, bien conocido.

Cada que me levanto en las noches por un leve llanto de Jacobo, aprovecho y recorro la casa y sé que mi espírito lanza una oración indecible que da gracias por tanta riqueza: agua, azúcar, sal, alimentos en la nevera y en la alacena, calidez en el clima bajo techo, sequedad en el piso de la casa, muebles cómodos, cortinas que embellecen, café aguardando, arroz, pasta… Un hijo sano que duerme tranquilo y una esposa ejemplar que reposa plácida. En El Pianista, Szpilman buscaba, con el afán de un hambriento, abrir una lata de ¿pepinos?, tomaba agua residual de un balde, masticaba trigo crudo, ablandaba ocho guisantes (fríjoles), cocinaba una papa podrida; y en pleno contexto de destrucción pudo apreciar el valor de la música, del silencio, de un cojín mullido, de una ventana para ver más allá de su encierro.

Si bien, Colombia no fue territorio del holocausto -aunque le debo mi existencia a la diáspora de mi abuelo polaco judío-, nuestro país tiene su propio drama, el cual no es necesario recordar. Los secuestrados son algunas de las personas a las que les han privado el placer de probar un pan fresco, un dulce de mora, una arepa caliente con mantequilla, un vaso de agua, un mecato cualquiera, un bocadillo; un olor a café con todas sus notas, escuchar una canción por voluntad, una almohada cómoda, una ropa limpia, un desodorante, una dosis de champú diario.

Este domingo cualquiera No ha sido un domingo cualquiera, ha sido un domingo de millonario, de rico; un domingo que no lo tienen algunos, un domingo de paz y riqueza, un domingo de amigos bendecidos, un domingo de lectores igualmente ricos. Amigos y lectores: salud, eco-nomía y amor para ustedes.

¡Ven pronto!

Una esposa conforme al corazón de Dios

¡Aún huelo a humo!

Cuando se pasa cerca a una quema de leña o se hace junto al fogón de leña donde se cocina un sancocho decembrino, la substancia de nuestro ser queda totalmente impregnada del olor de humo de leña. Anoche hubo una virtual fogata y ¡Aún huelo a humo!

Anoche recibí una fiesta sorpresa. Estuve engañado alrededor de un mes y yo, ingenuo, me comí todo el montaje que mi esposa preparó de manera impecable y espectacular. Anoche, fue el lanzamiento personal del libro El Coleccionista de cartas y fue una cálida y acogedora reunión de amigos. La presentación estuvo a cargo de la docente e investigadora, Lucía Victoria Torres, Comunicadora Social y Periodista, y de Carlos Mario Guisao, de igual profesión; ambos amigos personales. La presencia del Editor General de la Editorial UPB completó la mesa donde se revelaron las intimidades del libro y de algunas cartas.

Pero el presente texto no es para dar a conocer esta noticia, página personal de mi diario; sino, para exaltar la labor amorosa de mi esposa Diana, quien me ha dejado aún con el perfume de esa espectacular y conmovedora noche del 9 de mayo. Si el colectivo popular trae a la palabra el 3 de mayo y su famoso aguacero, yo traeré por siempre aquel 9 de mayo y su cálida noche.

Por múltiples razones, mi esposa Diana tomó el liderazgo de crear un lanzamiento para el libro, y para ello, se montó en la labor de inteligencia de escarbar entre mis amigos, ver cómo localizarlos e invitarlos y permearlos de picardía ante lo que se configuraba como una sorpresa: “No le cuenten nada que él no sabe”, solicitaba perentoriamente. Contarles todas las peripecias que tuvo qué hacer y todos los engaños a los que fui sometido reunirían aquí varios párrafos, así que me da miedo contar tanta vaina personal que quizás no les interese, pero permítanme hacerle este sencillo agradecimiento a su ser.

Alrededor de 80 personas respondieron a la efectiva convocatoria de Diana, mi esposa y Jacobo, a cuyo nombre estaba la invitación. Si algunos de mis amigos no recibieron llamado, fue porque le quedó difícil levantar el dato de contacto. Diana, Amor, gracias eternas por semejante regalo, por tu esfuerzo, dedicación y amor. Con razón tanta gentete admira, creételo. Y a quienes trabajaron cómplices contigo, ¡gracias!

¡Aún huelo a humo! Aún tengo en mi cabeza el encanto de una noche inolvidable. Perdón a los lectores por este texto tan íntimo, pero es mi homenaje a mi esposa.

La hormiga a la que no le gustó Freud

De niño, muy niño, asistía, llevado por mi abuela, a la Primera Iglesia Bautista de Medellín en la carrera Juan del Corral. Tales reuniones cúlticas eran demasiado pesadas para un niño que solo espera juego y fantasía. Es así como desde la banca conservadora y de madera del salón central del templo, me entretenía viendo las hormigas que pasaban por las baldosas del piso y creaba la historia de que iban por el camino del bien o por el de la condenación, según cambiara de baldosa: “Si se pasa para esta baldosa, se condenará…”.

Hace tiempos que no veía una hormiga de las pequeñas, negras; aquellas que llamábamos en el barrio “Buenas”, pues, las que picaban eran del diablo, y eran rojas. No conozco en teología o demonología, que el diablo sea creador o Señor de las Hormigas; sí sé de Baal Zebú o Belcebú, Señor de las Moscas. El caso es que ayer, en la Librería de la UPB, revisaba y leía algunas hojas de lo que será mi próxima compra: Sueños, recuerdos y pensamientos de C. G. Jung.

Entretenido en un capítulo especial de las percepciones de Jung de la vida después de la muerte; una hormiga interrumpió mi lectura para que, egocéntrica ella, depositara mi atención en su desplazamiento -o, quizás fui yo el desconcentrado-. Mi primera reacción, muy animal por cierto, fue intentar quitarla con la mano, ejercicio este que siempre termina con la muerte de este tipo de seres. Pero detuve mi mano y mi pensamiento, para abrir mi consciencia y reconocer que hace rato no veía este tipo de hormigas, lo que me indicaba que me ha faltado observar más, que no ha sido suficiente el mirar.

En fin, esta hormiga, interesada en el mismo tema mío, examinó el texto de manera objetual, distinto a mí. Caminó por el refilado vertical, se paseó entre la tipografía del título, rodeó la representación fotográfica de Jung a cierta edad, subió y recorrió el refilado superior, se metió entre la solapa y tuve que tener cuidado para que no se volviera parte de mi libro. Mi dedo fue acicate para que saliera de allí y se dejara fotografiar junto al título; no olvidó pasar por el lomo y pisar la editorial. Creo que era “Junguiana”; que a ésta, no le gustó Freud. Examinó, quizás, tres o cuatro arquetipos o se dejó envolver por el concepto de inconsciente colectivo, estuvo temerosa en el tema de la sinconicidad y puede, solamente puede, que no haya entendido muy bien aquello de la Individuación.

Interactuamos algunos minutos, aunque no sé si ella fue consciente o no. Yo salí a mis quéhaceres y ella se quedó revisando una revista con oferta literaria universitaria y, demás, se quedó para explorar más del tema. Fue una buena hora aquella.

¡Sabrá con qué estaba soñando!

Hace muchos años, cuando estaba en la universidad estudiando diseño…

* Mario, levántese para la “niversidá”.
* Mario, levántese, pues, que va a llegar tarde.
* Mario, párese, pues, sino, pa’qué lo pone a uno a levantarlo.
– ¿Ah? Sí, ya voy.
* Mario, lo va a coger la noche.
– -Msdffbueh- No, Mita, es que como a la profesora se le quebró un vidrio, dijo que no había que ir hoy. Porque no sé qué fue lo que pasó…
* ¡Ah, bueno!

Si usted, señor lector, no entendió; no se preocupe, mi abuela tampoco entendía las razones que yo le daba en estado de somnolencia profunda después de mis trasnochos. Para cuando volvía en sí, ya era tarde: no había posibilidad de repetir el parcial o entregar el trabajo. Y mi abue repetía “no sé qué de unos vidrios”. ¡Sabrá con qué estaba soñando! Vaya uno a saber…

Oítes ¿Sí es verdad que los mariscos…?

Siempre que digo que “NO”, entonces me dicen: “¡Vea! eso se lo pone así”, lo dicen, extendiendo el brazo con la muñeca hacia arriba y la mano izquierda tocando la dureza del antebrazo. “No, no como mariscos”. “¡Hombe, su mujé lo va agradecé”, insisten y concluyen que, definitivamente, soy un montañero -ellos le llaman cachaco-.

No, no como mariscos. Alguna vez le preguntaron a mi mamá: “Oiste, ‘Marle’, ¿sí es verdad eso de los mariscos?” / “¡Ay! mija, yo no sé pero cuando quedé en embarazo de Carlos Mario y a Johana, ambos fueron con  mariscos”.

Nota: No fue con mariscos que mi mamá quedó en embarazo. Solo es una figura literaria. ¡Fue con otra cosa!

De pesebres en octubre e invitados no esperados

El nacimiento del niño fue la excusa para tremendo parrandón. Vecinos de la localidad, unos costeños alegres, prestaron voluntariamente sus enormes parlantes para que todos supieran que el que había nacido no era cualquiera. Al rumbón se unieron, no los reyes vallenatos, pero sí los de Oriente: dadivosos personajes que se dieron a la tarea de llegar al shower a pie. Dos de ellos no vieron el amanecer como sí lo hizo Amilkar (¿o se llama Baltasar?). En fin. Hasta las ovejas cayeron rendidas ante el fiestononón. Los padres, que nunca invitaron a nadie ni pidieron prestados equipos de sonido ni pretendían hacer del evento una fiesta, trasnocharon parejo con el niño. Cosas de la vida y de aparecidos a los que uno nunca invitó.

Este pesebre de octubre lo disfruté en la casa de campo de Mario Velásquez, subsecretario de Educación Ciudadana de Medellín. Hombre sencillo y lleno de valores que nos permitió llegar, sin ser invitados, a su espacio, y compartir con su familia, una tarde que se nos presentó maravillosa, sencilla y encantadora. (Llegamos a la hora del almuerzo y nos tocó fríjoles verdes y hasta torta de un cumpleaños. Merienda… Les tocó echarle agüita al caldo y quitarle una pata de chicharrón a cada uno.) ¡Gracias!, Mario. Bendiciones. (Jacobo cayó rendido).

De 5 años y ya con fierro en la escuela

Solo tiene cinco años y ya carga el fierro para la escuela. Se lo encaleta entre el pantalón y entra al salón sin que sus profes se den cuenta que lo lleva. Al salir al descanso, saca el fierro, el tote, la pistola; le apunta a un compañero elegido al azar y dispara ¡PUM! Se lo tumba. Se lo lleva. Se lo baja. Tiene solo cinco años y se ríe con lo que acaba de hacer.

La profesora sale angustiada del salón y observa tal escena, llama al niño con su arma y al que yace tirado en el suelo, les insiste en entrar y en no jugar con armas, así sean de juguete, así sea con balas de aire y onomatopeyas asesinas. –Presta para acá, no deberías jugar con eso-. Luego, interviene la sicóloga y continúa un devenir de acciones en el Centro Infantil San Blas, comuna 3 de Medellín.

Esta historia se repite en la sede de la Fundación Solidaria, de la Universidad Pontificia Bolivariana, en convenio con la Corporación Educativa Nueva Gente, Coringe, que atiende a 300 niños en el marco del programa Buen Comienzo, de la Alcaldía de Medellín.

Por ello, el grupo de trabajo de esta institución, bajo la coordinación de Élika Acevedo, tienen programado para el 28 de septiembre un desarme simbólico con la presencia de la Policía Comunitaria de la Estación Jardín. Los niños entregarán sus juguetes bélicos en un acto de sensibilización, paz y convivencia; lo harán y serán recompensados con algún dulce.

Campañas como estas, en las comunas donde existen flagelos de violencia, buscan sembrar valores en estos niños, crecidos en la orilla de la violencia y alimentados con imágenes de sangre, terror y armas; además de unos valores invertidos donde, el poder de un arma, es el anhelo de estos pequeños. Qué se puede pensar cuando uno de esos chiquillos comienza a revelar datos del entorno familiar: “Ah, profe, es que mi papá estaba limpiando el fierro…”.

Las ideas son muchas; las ganas, todas; pero las limitaciones también. La idea original de la coordinadora Élika Acevedo, era de cambiar “armas” por juguetes creativos, no bélicos, pero la premura del tiempo y de la economía, hacen que solo tenga algunos dulces para canjear en este primer desarme simbólico.

Quienes quieran conocer este lugar:

    Contactos al (574) 571 29 36, Diana Flórez (Sicóloga), Claudia López (Nutricionista), Élika Acevedo.

    Si desean desatender a sus egos y ver la realidad de otros sectores menos favorecidos o golpeados por la violencia, les invito a llamar o conocer esta iniciativa del Centro Infantil San Blas. Si desean donar felicidad a 300 niños y compartir sus riquezas con ellos… ¡Ya saben!

    Foto tomada en visita al Centro Infantil San Blas. Juan Pablo Ramírez, Galileanos. Carlos Múnera.

    Rayoncitos de primero elemental – Retromirada I

    Sé que el siguiente texto es personal, pero permítanme el espacio para hacer un ejercicio de escritura, reconocimiento y evocación. Quien quiera leerlo haga como siempre: evoque sus propios recuerdos estimulados por los míos. Además, es mi participación en los 75 años de la UPB.

    Cuando me mandaron para el hogar de espacio y tiempo, “acarnicé” en casa humilde de barrio popular. Abuela y Madre habitaban la casa y la llenaban con aromas de amor. Cuando me reconocí en substancia y alma descubrí que no vivía con padre alguno; le decía a mis compañeritos de primero elemental, que era hijo “de esos que nacen sin la necesidad de que los padres se casen”. No sabía de genitalidades y menos de convenios matrimoniales.

    En ausencia de padre, pues, me di a la inconsciente tarea de inventarme varios a lo largo de mi vida, hasta que fui consciente de tal acción. Los cinco años de la primaria me hice a unos padres en el sentido masculino de la palabra: uno, subjetivo; el otro, institucional. El primero fue el capellán escolar, al que le presté el voluntariado en las lides eclesiales: acólito sin sotana, previo ayudante de las misas y compañero de conversación en su oficina. El segundo, fue la institución misma que me vio crecer en cuerpo y conocimiento: la U.P.B.

    Cada quien ha tenido sus apegos: juguetes, perdidos en la niñez; alguna prenda, el barrio, territorio de desarrollo. Fetiches todos que, sin patologías, se convierten en referentes de una edad o un espacio mismo en el tiempo. El barrio en el que crecí no fue mi cuna de olores ni la mina de amigos; fue en las mangas del colegio y en sus muros, donde mi imaginación se apegó ante las  ausencias infantiles.

    Este territorio escolar de la Sección Preparatoria de la Universidad Pontificia Bolivariana, se convirtió en la muleta que llenaba, virtualmente, mis soledades; pues a los niños también nos da eso -más ahora en la era de padres ausentes y nanas de tiempo completo y horas extras-. Pocos o ningún amigo tuve en esos cinco años, por eso me hice amigo de adultos, del sacerdote, de quien estuviera disponible para conversar. Tal hecho fue reforzado al acompañar a mi abuela a sus visitas de tardes soleadas, escuchando charlas de viejos, de mohanes, de espantos, de biblia, de evangelios, del campo y de dolores.

    Varios rituales se configuraron en esos años y marcaron mi diario vivir de ahí para adelante: caminar, oler, observar, pensar y meditar: solo. Visité cada rincón de nuestro espacio escolar ingresando a territorios prohibidos, pues, no se podía subir a los pisos de los grados superiores: los de “primerito” no podíamos transitar por los pisos 3, 4 y 5. Aún así me las arreglaba para atravesar esos pasillos que se me presentaban como inaccesibles y provocativos, ventanas adornadas con trabajos de los “científicos” de los grados cuarto y quinto: un cohete, un fríjol brotado, un mapa de Colombia, además de unas cuentas numéricas ininteligibles para uno. Allí no usaban lonchera, solo morrales. ¡Eran los grandes!

    Esos terrenos de quiénes éramos pequeños fue mi territorio, mi verdadero barrio sin vecinos; con compañeritos, pero casi siempre como extraños. Poco interactué con ellos. Trasladada mi familia a un nuevo barrio, cursando cuarto grado y sin bus que me transportara, me tocó comenzar a usar el bus urbano; sin embargo a la salida de la jornada caminaba desde la sede en el barrio Laureles, hasta la calle Colombia con Cúcuta por puro ocio, por gastar tiempo, por abrirme a la ciudad, para no llegar tan rápido a casa. En el recorrido, levantaba cosas del suelo para entretener mi imaginación: ruedas, taquitos de madera; o sacaba del morral un carrito para hacerlo rodar por la baranda en hormigón del puente de Colombia, ¡tremenda “autopista”!

    Pero regreso al terreno de la confianza, al marco de las aulas: el colegio. Allí fue mi explorar, mi imaginar, mi caminar; allí las fantasías, las elaboraciones mentales, la toma de instantáneas con mi mente. Para complementar la imagen “paterna” de la institución, he de decir que en el primer mes de clases de ese primero elemental, comencé a recitar, aprender y cantar los himnos de Colombia, Antioquia, Bolivariana y al Pabellón Nacional, este último solo volví a cantarlo 12 años después, besando la bandera en mí despedida como soldado de la Patria.

    Cantos, marchas, banderas, formación, toma de distancias, orden en la ida al baño, valores, catequesis, tareas, descubrimientos, formación, disciplina, aseo y mística; ese fue el ropaje con que nos cubrieron en esos años de primaria; y con esos conceptos me dejé vestir. ¡No me arrepiento! Esos primeros años configuraron las vidas de muchos de los que por allí pasamos e hicieron parte de lo que somos hoy.

    Ese hoy, es el que acoge a la que fue mi segunda casa, mi barrio, mi territorio; ese presente es el que le permite a la Universidad Pontificia Bolivariana, cumplir sus 75 años de existencia. A esta Institución, columna de muchos, le estoy por siempre agradecida. A ella, a sus fantasmas que caminan como recuerdos en nuestra mente, a sus olores de eucalipto, al cemento que integra cada muro de la Sección Preparatoria y a sus baldosas amarillas que siguen siendo las mismas que pisé, al silencio que “escucho” cada vez que regreso para percibir los olores que me inundaron, a sus gentes, a sus directivas, a su razón social de ser. ¡Gracias!

    Me detengo en la primaria para hacer de la secundaria y la Universidad; otro ejercicio, personal, íntimo; un ejercicio de sanación.

    Patria de barro y de bahareque

    Una breve y suave lluvia está cayendo desde este lugar de mi escritura, moja la tierra y bautiza el pasto con lo que se levanta un aroma de frescura verde. Detrás, se hace notar el olor a tierra recién bañada con suave llovizna y entonces se me viene la sensación de territorio, de patria, de tierra en el sentido social.

    Hoy, específicamente, escribo desde las tierras de la Universidad Pontificia Bolivariana, donde pisé la primaria y sus consecuentes grados y entonces el ejercicio de sentir episodios vividos se hacen más vívidos, la vibración de esos momentos aún están en mi consciencia y los que están en la inconsciencia aprovechan para salir a flote: estoy viviendo un continuo presente, ayudado, además, de mi olfato, que tiene la capacidad de trasladarme a momentos donde mi cuerpo era de menor tamaño.

    Tenemos lo que tanto ha buscado el hombre, lo que tanto anhela Stephen Hawking, lo que tanto anhelé desde chico: viajar en el tiempo. Solo es dejar que el aire permeado de vivencias ingrese por las fosas nasales -benditas ellas-, permitir que la bocanada de aire ingrese todo tipo de moléculas y que el cerebro haga lo suyo, para que nuestra consciencia pueda vivir de nuevo el camino recorrido.

    Y ahí están: los niños, la gritería, las frituras, los recreos, las letras, los borrones, las tizas, los sánduches, las heridas, los juguetes, las prendas, los sudores, la mugre, las uñas limpias, la bandera, los rezos, el tablero, las notas, la niñez, la vida. Un cinematoscopio de vivencias, sonrisas, llanto y recuerdo.

    Cada quien tiene su patria, sea grande, sea chica; cada quien tiene su patria, sea benévola, sea amenazante; cada quien tiene su patria, sea corta, sea duradera. Algunos la aman, otros la detestan, pero jamás se podrán separar de ella.

    Patria

    Música y letra: Rubén Blades
    Hace algún tiempo me preguntaba un chiquillo
    Por el significado de la palabra patria
    Me sorprendió con su pregunta
    y con el alma en la garganta le dije así:
    Flor de barrio, hermanito
    Patria, son tantas cosas bellas
    Como aquel viejo árbol
    del que nos habla aquel poema
    Como el cariño que aun guardas
    después de muerta abuela
    Patria son tantas cosas bellas
    Son las paredes de un barrio
    Y en su esperanza morena
    Es lo que lleva en el alma
    todo aquél cuando se aleja
    Son los mártires que gritan
    bandera, bandera, bandera
    No memorices lecciones
    de dictaduras o encierros
    La patria no la define
    el que suprime a su pueblo
    Patria es un sentimiento
    en la mirada de un viejo
    Sol de eterna primavera
    risa de hermanita nueva
    Te contesto, hermanito:
    Patria son tantas cosas bellas
    A la, la la…

    Se venden laBadoras y lotes Varatos

    Q NECESITA: Neveras, laBadoras, celulares, equipos, todo tipo de accesorios A CREDITO.
    Se venden lotes en CaraNbolas Varatos ($500.000).

    Estimados clientes de este blog, llegaron las promociones o como dicen las señoras en Antioquia: “Estamos en realización”. Tenemos laBadoras Varatas para que no friegue más, para que las camisetas blancas no se le curtan.

    Tenemos accesorios para la trapeada en casa. No ensucie sus manos y no le pegue a la trapeadora en el muro de afuera, que la trapeadora no tiene la culpa de tanta corrupción. Vicio ese de las señoras de tomar el trapero y pegarle con él a la poseta o al muro contiguo.

    Confidencia: Una vez pude ver el interior del cuarto de aseo de quien aseaba la Facultad de Comunicación Visual del Politécnico Colombiano JIC, una mujer troza, de brazos fuertes, que tenía la costumbre de aplicar esta metodología en el lavado del trapero: tenía alrededor de cinco palos de trapeadora quebrados, escondidos. Así terminaban sus lavadas.

    ¡Invierta ya! Lotes Varatos también, en CaraNbolas. Escríbanos, para tener el gusto de atenderle -Y enseñarle a trapear-.

    aeioú – ¿Cuándo aprendiste a leer?

    Algunos leen bien; otros, de manera silábica, poniéndole acento a cada sílaba. Unos, leen mucho; otros, solo miran la tabla de la ruta del bus al trabajo. Algunos leen páginas piratas; otros, solo en papiro original; pero a muchos se les olvidó el esfuerzo que hubo mientras aprendían a unir grafemas y a entenderl el sentido de las sílabas resultantes: olvidaron cuando aprendieron a leer.

    Aprendí a leer en kínder (lo único que uno estudiaba para entrar a primero) en los dos últimos meses, y comencé a escribir mis primeras palabras en lápiz rojo: puta, pipi, sin tilde esta última. Pero fue la profesora Fabiola Ávila quien le puso una buena metodología al asunto de aprender a leer. Aún recuerdo la historia de cada letra: “a”, la “a” tenía piernas y brazos, tenía cabello y otras adiciones; había ido a la guerra donde una bomba le cortó las piernas, otro accidente le cortó los brazos y por eso quedó como lo es ahora “a”, pero no de esta tipografía, sino parecida a la Avant Garde -bolita y palito-. Así comenzó todo hasta este punto en que usted lee mis líneas, pasando por el famoso canto infantil: “aeioú, las volales del Perú, más tonto eres tú”. (Perú solo tenía dos)

    La Alegría de Leer, fue el libro guía de una generación; el mío fue Nacho Lee: Oso, Casa, Foca, Sol. Épocas en que se enseñaba a fumar: “Mi Papá fuma Pipa”, plasmábamos en las planas, y la señora del calendario de Pielrroja nos lo reforzaba.

    No olvidemos, pues, algo tan desapercibido en nuestro estadio de la vida: saber leer. Por mi parte los invito a leer entre líneas, más allá.

    Hoy, Nacho no solo lee, debe ser un profesional versado en las siguientes áreas:

    • Nacho Trina. (Twitea)
    • Nacho Digita.
    • Nacho Desfragmenta.
    • Nacho Bloguea.

    Ayúdenme ustedes, por favor…

    Hablemos de estética popular, de pueblos, de fotos, de cotidianidad

    Para hablar de estética popular, de fotos, del origen del blog y las particularidades del mismo. Mientras trabajas, escucha esta conversación con el conductor del programa Ciencia Cotidiana, Juan Pablo Ramírez y Carlos Múnera, gestor de este blog. 1 hora de duración.

    Fecha de emision: jueves 14 de abril de 2011
    Realizacion: Juan Pablo Ramirez
    Radio Bolivariana AM, 1.110 Khz.
    www.cienciacotidiana.com
    www..radiobolivarianavirtual.com

    De la Bandera Mueca, Shakira y el himno nacional

    Publicado el 21 de julio de 2011.

    “Fuma más que LA BANDERA mueca”, así le entendía a mi esposa cuando se refería a alguien que fuma mucho. Entonces, varias veces traté de hacer una imagen mental de tal asociación: fumar – bandera. Fue después cuando endendí la verdadera ortografía de tal dicho: “Fuma más que lavandera mueca”, aquellas lavadoras de ropa de río que, mientras golpean la ropa para sacar la mugre rebelde, fuman tabaco sin sacarlo de su boca y, si verdaderamente es mueca, lo incrustan en la zanja del diente ausente. ¡Uno también tiene sus lapsus!

    Sin juicios, por favor, o ¿ustedes siempre cantaron el himno nacional de manera correcta?

    Oh Gloria Irma Cesible, oh júbilo y mortal… y así, un sartal de errores.

    Les dejo esta pequeña colección de banderas tomadas en El Retiro, oriente antioqueño.

    Hay banderas: de papel, de tela fina, de coleta teñida, de papel globo, rotas, mal izadas, rígidas, bamboleantes, bailarinas, con flecos de lo vieja, retaceadas, costumizadas, rotas, decoloridas; amarillas, violetas y rojas; cremas, azules y rojas; amarillas, azules y rosadas; en fin: Dime cómo es tu bandera y te diré como es tu familia.

    De la muerte y El precio es correcto

    La economía de la naturaleza es inherente a ella. El agua no gasta recursos encaramándose por cumbres y recovecos para ir descendiendo, simplemente baja por la ruta fácil, por donde la gravedad le dicte camino. Como ella, el alma y su consciencia entran en esa lista de ahorro, por ello no creo en la muerte como la entienden muchos. Nada se pierde en este espacio tiempo: la substancia del viviente es carne, es decir, lo mismo que cartón, pepita de pimienta, hoja de eucalipto: todos ellos son polvo, tierra, átomo móvil, cuántica existente, incertidumbre. Si todo dejara de moverse se volvería polvo.

    Para mí, el alma tampoco se pierde y con ella la consciencia, cuando logra salir del cuerpo a donde vino, quizás, voluntariamente para tomar clases de compasión, humildad y amor, sigue en movimiento en otra dimensión, algunos le llaman cielo pero ésta, es una palabra demasiado teñida por la religión.

    El presente mundo es de ilusión, percepción de la psique, nada es costante, fijo, “real”, el verdadero mundo se encuentra donde no se encuentran el espacio tiempo, donde está la certidumbre que tanto dudan algunos. Allá reposan los verdaderos seres, los graduados.

    Se fue otra más entre millones que parten en esta rueda que gira en el orbe terrestre: Gloria Valencia de Castaño, una dama y adelantada a la época en que laboró dentro del contexto colombiano, por eso me dio por hablar de eso que llaman muerte, partida mejor. Menos trascendental, recordaré de ella, los exámenes a los que me sometía en su programa El Precio es Correcto. Mozuelo de nueve años jugando a ver si la margarina valía más o menos de 13 pesos, acertando con las lentejas, con el precio de un cargamanto, etc. Y como el joven mercaba y sabía de precios, soñaba ganarse la canasta familiar que brindaba el programa. ¿Desea cambiar el premio por otro sorpresa? ¡UNA LAVADORA! ¡Qué gran acierto! EL PRECIO ES CORRECTO.

    Sal de ahí chivita chivita

    Aclaremos de una vez, chiva: bus urbano con sillas comunitarias y gráfica foclórica latinoamericana, propia de municipios alejados de la metrópoli y sí muy usados en ambientes rurales. Chiva, además, se dice de la cabra. Animal.

    El título de esta entrada recuerda aquel sonsonete con el que nuestros maestros de kínder y primaria nos entretenían al salir de paseo: “Sal de ahí chivita, chivita, sal de ahí, de ese lugar. Época de tareas y mugre, de frijolito, de círculos hechos de pasta seca; de plastilinas deformes, de tachones y rayones.

    La escuela, el bus, el paseo. Elementos que nos transportan a la época de algarabías infantiles, de rondas, quejas y llanto; de permisos para orinar, de sí señora, no señora. De pupitre limpio, del mismo pero rayado; de lápicito mordido, de forro de cuaderno; de compañerito orinado, de burla y nuevamente de queja.

    De burlas, hay muchas: por gordo, mafafa; por lentes, cuatrolámparas; por flaco, pitillo; por fea, moscorrofio; por calvo, piojoso; por pobre, gamín; por sucio, mocoso. Vil es la jornada escolar hasta la graduación, vil con el pobre, vil con el de físico diferente, vil con el discapacitado. La escuela, como claustro, es la primera jaula donde al hombre se le trata miserable: algunos por su maestra, otros, por sus congéneres de edad.

    Sal de ahí, chiquito, chiquito, sal de ahí, de ese lugar. Allí fue donde, por primera vez, nos sentimos abandonados.

    Chiva para llevar niños en Guatapé.

    El plástico le quitó el encanto a muchos juegos

    El plástico llegó para quedarse. Y cuando digo plástico, reúno todo tipo de polímeros, que para lo presente, no vale la pena enumerar. Cuando llegó, comenzó a robarse el encanto de muchos juguetes. Nuestros carritos dejaron ser de hojalata serigrafiada. Se acabaron las heridas con puntas metálicas. Se acabaron las colecciones. ¿Para qué coleccionar juguetes de plástico? En juguetes, Búfalo y Navidad eran marcas que quedaron en nuestra memoria. En triciclos, lo auténtico era la marca Amo, ubicada en el barrio Caribe, de Medellín. Hoy, ninguna existe.

    Hablando de triciclos, no se puede negar la nostalgia y la estima que algunas personas, mayores de 33 años, le tenemos al Centro Comercial San Diego, en Medellín, primer centro comercial de Colombia construido en 1972. Una flota de triciclos Amo nos esperaba los domingos, y nuestra independencia se hacía evidente mientras nuestros padres mercaban en el Ley. Triciclos de un puesto, dos puestos, tipo volqueta; los egoístas preferían el de un puesto, los resignados elegían el de dos, llevados por un extraño o llevando al mismo.

    A mi hermana, Lady Johana, le tocó soportar cómo, su hermano de 14 años, usaba su triciclo Amo de un puesto con portapiés trasero, y usaba este último aditamento para bajar a velocidades “extravagantes” por la 25a de Bello. Llanta sólida de caucho, varilla metálica, colores vivos, primarios, resistencia, armonía: ¡cómo se extrañan tales triciclos!

    Triciclo: 1. Vehículo de tres ruedas que los jóvenes de la era digital poco conocen por estar encerrados jugando videojuegos, o por estar pegados de internet chateando con sus amigos. 2. Objeto físico tridimensional, conocido por generaciones anteriores, cuyos padres obsequiaban a sus hijos en veinticuatros de diciembres, hijos que jugaban en las calles hasta altas horas de la noche en épocas de corta violencia.

    ¡Oe, oe! se coló, se coló

    ¡Pilatunas infantiles de otras épocas! Entre adminración porque reemplaza un suspiro que evoca recuerdos. Como jugar ‘Tintín Corre Corre’, osea, tocar puertas ajenas y salir corriendo para que no sepan quién fue y entre en desesperación la persona dueña del inmueble. Recuerdo una de las mías: ya no vivía en el barrio Manrique, de Medellín, pero estando allá en una visita, salí a la tienda donde siempre hacía los mandados; pasé por una casa y toqué la puerta y salí corriendo, en la esquina reflexioné y me dí cuenta que la dueña no me reconocería si me viera, así que me detuve y esperé que la señora saliera y desde la esquina le señalé que fui yo quien tocó en su vivienda, luego corrí.

    Me colé en buses en la ciudad de La Dorada, en Caldas, junto con mi primo, hermano del alma, ‘Juancho’ y recorríamos toda la ciudad escondidos en la puerta de atrás, que era donde, lógicamente, uno se colaba. Mis ojos siempre presenciaron los famosos coleros que se pegaban desde la calle Ecuador con la oriental en Medellín, en sus bicicletas; tal aventura se hacía enganchando a la parte trasera del bus una cuerda a la que iba amarrada la cicla y así ganarse toda la subida hasta los inicios de la comuna Nororiental.

    He de confesar, y no me da pena, que cuando nació Jacobo casí me colé en un bus, y digo casi porque fue con consentimiento del conductor para evitar tener que correr dos cuadras hasta la Clínica Las Vegas donde tenía parqueado mi carro y finalizaba una hora más de estacionamiento, parqueadero cuya hora es bien costosa. El caso fue que me monté en un bus a la altura del Politécnico Colombiano Jaime Isaza Cadavid y le dije al conductor que si me arrimaba “dos ‘cuadritas’ más allá”. Jajaja,, hay que burlarse de uno mismo. ¡No faltará el que te reconozca y le de pena ajena! jajajajajja.

    Imagen tomada en la vereda La Mina, municipio de Amagá. He vuelto, Jacobo mejorando, papá y mamá también.

    La foto que nos tomaban en Junín

    Muchas veces reflexiono y dudo en escribir acerca de mi abuela, porque no me gusta dejar a mi madre por fuera, pero es que mi madre, como madre soltera que fue, trabajó duro y permaneció más ausente de la casa. Cuando estaba pequeño, en el barrio Manrique, me preguntaban a quién quería más, si a la abuela o a mi madre, y sé que de manera ignorante respondía que la abuela. Ojalá que mi madre aún no se coma ese cuento porque siempre me he sentido mal con esa respuesta porque no refleja la realidad. Madre: siempre te he amado.

    Esta introducción es para equilibrar esta publicación, donde traigo estas fotos de la abuela. No es gratuito que sea un ‘paticontento’, que me fascine salir, viajar, caminar; mi ‘abue’ también lo era, o lo es, pues hace poco viajó a Guaduas, Cundinamarca y se quedó un mes. Juana, Juanita, Anita -como la llaman otros-, Mita, Nita, Güelis, como le digo actualmente, fue campesina, cocinera, coció, lavó, fue panadera, fumó Lucky, fue católica, vivió en varias ciudades de Colombia. Hoy, la ‘Güelis’ vive sus días con su hija, mi madre, en plena tranquilidad, esperando que sea viernes para prepararle almuerzo al nieto (yo), para después hacer lo que ha hecho por años, carga impuesta por la vida: rascarle la cabeza. ¿Usted tan grande y todavía le tienen que rascar la cabeza? -Pa’ que vea, dichoso yo que aún me rascan la cabeza, vicio bendito-.

    Estas fotos recuerdan a Junín, que anda tan feo hoy por cuenta del cambio de alcantarillado, al otrora Junín, al del paseo, la vitrina, el encuentro, la foto contacto, la foto imprevista, tomadas por fotógrafos de oficio que registraron para la historia el caminar de una época y su moda, con sus marcas y sus colores, sus esencias, sus texturas y demás. La foto inferior provoca risa y curiosidad, costumbre frecuente esa de ‘matar’ al otro en la foto, sepultarlo en el olvido mutilando la foto. “Güela ¿quién estaba a tu lado ahí? Hum, quién sabe, mijo”. Le faltó decir “Eso fue hace tanto tiempo”, frase con que rematan cualquier comentario del álbum de familia.

    Sin cámara

    Solo puedo decir que ya estoy aburrido sin cámara. Ando sin ella desde hacer tres meses. ¿Ya se imaginan ustedes la tortura mía? Se dañó y no pienso arreglarla nuevamente. Tocará una nueva… pero ¿cuándo? Así quién se inspira.

    Para las lombrices: ajo

    El mozuelo Carlos Mario era levantado por su abuela para recibir una pócima preparada de manos de ella, un bebedizo horrible cuya receta detallo:

    • Medio pocillo de leche.
    • Uno o dos ajos criollos machacados.
    • Media copita de aguardiente.
    • Zumo de limón.

    Mezclados los ingredientes en un pocillo de peltre -con su aporrión típico-, era dado al paciente con lombrices en el estómago para esperar una paulatina mejoría. Esas eran algunas de las mañanas de mi niñez, acojiendo desprevenido dizque unas lombrices. Debo confesar que alguna vez pasé mi noche con un collar de ajos colgado de mi cuello. No sé la efectividad de tal collar, pero para la estética popular valdría la pena fotografiarlo.

    Y A VOS ¿TE DIERON ALGO PA LAS LOMBRICES? ¡Comenta!

    Comenta Alberto Mejía: En mi tiempo sentíamos pavor ver llegar a nuestros padres uno con una cuchara y el otro con la taza de aguadulce a nuestra cama. Le tapaban la nariz y le hacían tomar todo el contenido del quinopodio, que era tan efectivo, que de inmediato salíamos a la carrera en calsoncillos para el escusado (el baño era para otra cosa) y lo lo peor Carlos del alma,  ese día que nos daban el vermífugo, no se podía comer nada de sal y a nuestra bella mamá, le daba por hacer los mejores fritos para los demás y uno chupando naranja encerrado en la pieza, de botas y en pantaloncillos, pero a pesar de la tortura, jamás dejamos de amar a nuestros padres.

    ‘Toña': ¡Feliz Aniversario!

    ¡Qué pena con ustedes!, estimados lectores, amigos, si me lo permiten, vengo por aquí ofreciendo disculpas ante tan personal entrada esta que leen ustedes, pero es que hoy es el aniversario de nuestra boda (señora Diana & señor Carlos) -suena eso muy serio-. Veo en la mente algunas preguntas, la principal: ¿Qué tiene que ver ‘Toña’ con Diana? Efectivamente nada, pero es que por cuatro años he sido objeto de sobrenombres por parte de mi esposa: ‘Fonso’, ‘Critojesú’, entre otros que han pasado de moda en la casa.

    La cosa es que este es un detallito, que no por salirme gratis, deja de ser valedero. Hagamos, pues, de esta entrada, un homenaje a mi esposa Diana -esta vez no le digamos ‘Toña’- y felicitarla además, por ser una mujer: casera, hacendosa, de buenos modales, muy querida, cocina bien y no hecha tanta cantaleta. No quiere decir eso que Diana vaya pareciendose a los ángeles inmaculados; defectos los tiene, pero si los nombramos me estaría señalando a mi mismo en los míos y no sería este un homenaje.

    ‘Toti’ -permítanme este-, Feliz Aniversario, es este un homenaje a ti y un GRACIAS, ya que yo no digo ‘dioslepague’. (¡Eh!, me salió barato este regalito. Jejeje y con eso quedo bien, jajaja).

    15 años del Metro de Medellín – Feliz Cumpleaños

    La primera imagen que ven corresponde al primer tiquete de metro que compré, en la Estación Madera de Bello, después de dejar pasar algunos días para que bajara, de manera considerable, la cantidad de gente que deseaba montar en lo que se nos presentaba como novedoso.

    Cuando fui a dar el paso hacia el interior del vagón sentí un escalofrío que me avergonzó. De ahí en adelante fue un mar de risas por la ‘montañerada’ de todos los usuarios, que no sabían cómo ‘actuar’ al interior. Para la empresa Metro de Medellín fue una odisea comenzar la alfabetización en el uso y apropiación de este medio, puesto que el famoso botón rojo y la palanca azul, eran activadas por cualquier motivo:

    • “Señor, pare que se quedó Rosalía por fuera” – Botón rojo.
    • ¡Ay, se me quedó el bolsó apretado por la fuera!” – Botón rojo y palanca azul.
    • “Undí el botón rojo a ver qué pasa” – Llamado de atención por altavoces.

    Una vez pasó la ‘goma’, todo nos pareció normal. Hacíamos y hacemos de guías cuando vemos al turista. El botón rojo y la palanca azul desaparecieron de nuestra percepción. De ahí en adelante nos pusimos a leer libros, periódicos, revistas; otros, se pusieron a dormir.

    Por mi parte han sido muchos los libros de mi biblioteca que he iniciado y terminado de leer en los recorridos por Metro. Muchas, las miradas a través de las ventanas, muchos los pensamientos y muchos los trabajos, inquietudes, incertidumbres, ideas y demás, resueltos.

    Con estas fotos del Mini Metro de San Javier, y con la imagen de mi primer tiquete pasado por el torniquete el 5 de diciembre de 1995, a las 9:37 de la mañana, le deseo a esa empresa un FELIZ CUMPLEAÑOS.

    Yo tuve chaza en el Poli

    Chaza: puesto de venta fijo o ambulante. Caspete.

    Mi madre ya no tuvo más empleo y a mí me dio por montar una chaza en el Politécnico Colombiano Jaime Isaza Cadavid. Llevaba años haciendo unas tarjetas a mano y una compañera de estudio que ya tenía montada su silla en el corredor (Junín), me vendió las primeras diez tarjetas. Dos días después fui yo el que sacó silla a Junín y montó lo que fue la única entrada de dinero a la casa.

    Jamás me ha dado pena contar que fui vendedor ambulante mientras estudiaba Producción de Televisión; mis tarjetas eran a mano y los mensajes eran personalizados. Cada cliente llegaba y me contaba un rollo sentimental y yo lo traducía en algún dibujo hecho con colores Prismacolor y en un texto seco o romántico según el cliente.

    De esta manera llegué a conocer los secretos del corazón de algunas decenas de estudiantes que entraban y salían permanentemente de la universidad. Supe de una hermosa mujer enamorada de un seminarista a punto de ser ordenado; de muchos hombres que el día anterior habían estado con ‘la otra'; hasta de un decano que quería festejar que su bebé de pocos meses, había terminado una larga jornada de estreñimiento (Sé que la tarjeta aún existe y la niña está grandecita).

    Cada mañana sacaba una buena silla de algún salón sin clases y montaba el negocio. Madrugaba a las cuatro de la mañana o me acostaba a las doce de la noche anterior para dejar tarjetas listas. Desempacaba, exhibía las tarjetas y a esperar. Nunca fui de los vendedores necios y cansones, esperaba que mis tarjetas se vendieran solas. Y así fue: decanos, profesores, estudiantes y trabajadores fueron mis clientes por cuatro semestres, tiempos en los que me desesperaba un poco cuando la universidad comenzaba a poner problema por las ventas ambulantes. En la mañana llegaba al Politécnico con una tanda de tarjetas y por la noche llegaba a casa con algunos ingredientes de la canasta familiar hasta que logré reunir el dinero para mercar quincenalmente.

    Pudiera haber sido una época dura y por lo contrario fue una época divertida y de muchas enseñanzas. El ver unos papelitos pintados convertidos en fríjol, carne, leche y pan; es algo satisfactorio, además, mi sitio de trabajo se convirtió en la llamada ‘oficina’ de los estudiantes de Televisión.

    Traigo esta historia como reflexión ante la cantidad de vendedores ambulantes que buscan una entrada económica para el hogar. A los estudiantes que buscan convertir dulces, manillas, obleas, pasteles, empanadas y demás, en pasajes, pensión y comida. Estudiantes que buscan de manera sana, haciendo con sus manos, caricaturas, tarjetas, pasteles, empanadas, Brownies y tortas para vender.

    Lo primero que deberá ser izado a la hora de tratar esos temas, será el RESPETO por la vida y la DIGNIDAD de los estudiantes. Esta reflexión la hago como respuesta a un correo recibido de la Organización de Chazas de la Universidad Nacional de Colombia ocu.presente@gmail.com.

    La imagen superior corresponde a ventas ambulantes en el Alto de la Virgen, Guarne – Antioquia.

    Lo que me trajo el niño Jesús…

    Con tantos textos publicados ya olvidé si les conté algo, pero igual se los contaré:

    Un 25 de diciembre estabamos destapando los regalos de los traídos. A mi abuela, le trajo el “Niño Jesús” ropa interior. Mi madre tomó los papeles que envolvían los regalos y los tiró a la basura, yo pegué un grito ante semejante sacrilegio. “Má, cómo los vas a botar si allí está escrita la letra de Dios”, le dije a mamá, valorando la mismísima rúbrica de Dios. ¡Cosas de niños!

    Lo que realmente quería decirles es la efectiva respuesta que tiene este blog entre los lectores. Ante la búsqueda propuesta en el post “Busco máquina de moler – Servicio social”, reventó en un hermoso regalo que Sandra López me hace con un honor especial: era su propia maquinita de moler, que cede ante mi caprichoso antojo. Gracias Sandra, tu maquinita estará muy bien en mis manos y en mi biblioteca, donde ya la ubiqué. Gracias.

    Busco máquina de moler – Servicio social

    Aún permanece en mi memoria aquel sonsonete que decía o dice: “servicio social, en Radio Reloj”, luego de ello, el locutor decía: “Se perdieron los papeles de Humerto Martínez en un bus de Villa Hermosa. Hay gratificación para quien los devuelva. Repito, se perd…”

    Esta vez el servicio social es para mí: Busco máquina de moler de juguete, de esas de metal, idénticas a las reales, incluso muelen de verdad dos o tres granitos de maíz, sólo que en menor escala. Quien sepa del paradero de una maquinita de esas, hágamelo saber por este medio.

    Es que quiero de “traído” una maquinita de moler de juguete, que me traiga a la memoria tantos días en que mi abuela me levantaba a moler el maíz para las arepas.

    Imagen tomada en el municipio de Angelópolis, Tienda de Héctor, un espectacular lugar para los que les gusta conversar y tomarse unos guaritos.

    Periódicos del mundo – Gracias a todos

    Ayer me tomé un tinto en compañía de Jorge y Vanessa Ríos Escobar. Vanessa es fiel lectora de mi blog desde la República Checa. A Vanessa ya la conocía tiempo atrás y nuestro encuentro de ayer -cita conocida por Diana- fue para recibir de sus manos, el material que tenía para mí como regalo de traído: periódicos de Bielorusia, Ucrania, Kasajistan y Praga.

    Como le dije a Vanessa y a todos los que me han traído prensa del mundo: yo salgo baratico. Con que me traigan periódicos del mundo, ya quedan bien conmigo. Jjejejejejej

    El milagro de saltar

    Antes de bajarme en la estación del Metro que me correspondía, me detuve a ver a un niño que saltaba y reía, saltaba y repetía.

    Algunos, con su mirada, desaprobaron dicha actuación de libertad. Su madre ni le prestaba atención.

    Recordé de inmediato, que en el transcurso de mi vida, he conocido a varias personas cuadrapléjicas, personas que ´lo único que pueden hacer es pestañear.

    Saltar, caminar, correr, caerse, levantarse, rasparse la piel jugando, cansarse de tanto andar el centro en busca de la talla que no se encuentra… ¡Ja! ¡TREMENDOS MILAGROS!

    Me hicieron un regalito muy particular

    Me encanta la radio hablada, es decir, noticias, conversatorios y programas hablados -no musicales-, aunque me gusta escuchar música también, variada: electrónica, clásica, tangos, carrilera u otra bien montañera. La radio, es pues, mejor compañera para mí, que el Mp3 y 4.

    Este año, en el Día del Hombre -¿existe eso?-, las compañeras de trabajo en la Secretaría de Educación Departamental me regalaron un pequeño radio transistor -dejémoslo en radio- que causó alegría en mis ojos. Un “lorito barato” reza en parlache. La voz de este humilde radio cesó pronto y al cambiar sus cargas de energía, me encontré con la joya que ven en la imagen: par de baterías PenesamiG.

    Ahí, voy con el radio, loco de contento, pero con pilas nuevas.

    Hablando de regalos…

    Hablando de regalos, agradecido estoy con los lectores, que radicados en el exterior y de paso corto por Colombia, me dejan sus regalitos para mi colección de periódicos del mundo. Hoy reposa en mi haber, prensa de la República Checa, Montpellier, España, Alemania, Usa, España, entre otros. Además espero compulsivo, otros que me tienen guardados. Yo salgo barato pa los regalitos ¿no?

    ¿De dónde tanta carajada?

    Hay que decir que fui criado cuando no existían los centros comerciales, a excepción de San Diego, primer centro comercial en Colombia allá en el 73. Que ante la inexistencia –por fortuna- de dichos seudo-parques del modernismo -¿posmodernismo?- mi territorio de diversión se enmarcó en las calles del centro de Medellín como El Palo, Avenida Oriental, Argentina, La Playa y parques de Berrío y Bolívar, Juan del Corral y Bolívar -donde me compraban el Kokorico-.

    Que en las calles antes mencionadas, solo se ven transacciones adultas, perifoneos ambulantes, aceras dominadas por el comercio informal y cientos de olores y sudores de salario mínimo, todo ello, alimento maduro para una mente infantil.

    Que ante la ausencia de nana que cuidara al púber, fui encomendado para acompañar de manera juiciosa a mi abuela Juana en todas sus visitas. Que en el lugar de las visitas no había niño alguno para emparentar alguna amistad, y que por ello, me tocaba escuchar las conversaciones de adultos con todo su imaginario correspondiente.

    Que fui, además, vestido con cortes de terilene y frescolene –tipos de telas- con los colores que los años 70 disponían –para nada infantiles-, mi cabello fue peinado de lado por largos años y combinado el corte con unas zapatillas blancas. Que las visitas que llegaban a mi casa, traían pan y demás parva, pero nunca un niño para con él jugar.

    Es decir, el imaginario de este bloguero, fue alimentado por imágenes, voces y olores adultos, fue sazonado –deliciosamente- por la bella tradición oral de cuentos, tramas y relatos de boca de mis tías abuelas, fue configurado por los intercambios de la palabra con adultos de origen humilde y en algunos casos, de tradición rural.

    Hoy en día, con algunas excepciones, mis amigos son mayores que yo. Ello, me enriquece cada día, me da alegría y me genera el reto hacerlos evocar con cada recuerdo mío.

    Foto: Parque de Támesis.

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